Nadje al-Ali
Presidenta del Center for Gender Studies, School of Oriental and African Studies (SOAS), University of London. Autora de “Mujeres iraquíes: historias nunca contadas desde 1948 hasta la actualidad”. [+ DEL AUTOR]

Mujeres y conflicto en Oriente próximo: Iraq

Para muchas personas en Europa y Estados Unidos, Oriente Próximo representa un área de peligro y desorden, popularmente caracterizada como un lugar de guerras, pobreza, gobiernos despóticos y ausencia de derechos para las mujeres. Se considera el origen de inmigrantes y grupos extremistas violentos y, por consiguiente, una amenaza para la seguridad y la estabilidad de Occidente. Estos miedos, a menudo un eco de las caracterizaciones europeas del Oriente que legitimizaron la dominación colonial (Said, 1978), han sido amplificados tras el 11 de septiembre y los atentados en los metros de Madrid y Londres. Las preocupaciones por la seguridad, además de la enorme riqueza en petróleo y gas de la región, han convertido a Oriente Próximo en una prioridad estratégica para los gobiernos norteamericanos y europeos, abriendo el camino a una serie de intervenciones bajo la bandera de “la paz y la seguridad”, pero a menudo con impactos devastadores para el bienestar de las personas de la región.

soldados estadounidenses interrogan a una mujer

soldados estadounidenses interrogan a una mujer durante un registro en su casa. Samara, Iraq, 11 de agosto de 2003. / Evan Vucci /EFE

Aunque los conflictos armados de Oriente Próximo son frecuentemente percibidos por los políticos occidentales como una amenaza para la seguridad de sus propios países, son las personas dentro de la región quienes han sufrido la mayor carga de la guerra y los enfrentamientos. Además de décadas de conflicto entre Israel y los palestinos y de las numerosas guerras de Iraq, su brutal dictadura y trece años de sanciones internacionales, otros conflictos de Oriente Próximo incluyen varias guerras entre Israel y sus vecinos (1948, 1956, 1967, 1973, 1982 y 2006); guerras en Líbano (1975-1990); Argelia (1991-2000) y Yemen (1994); el conflicto de baja intensidad entre el gobierno egipcio e islamistas armados y la violencia de Estado contra las minorías étnicas, como los nacionalistas kurdos en Turquía, Iraq, Siria e Irán. La gran diáspora de Oriente Próximo en todo el mundo es un indicador de la inestabilidad provocada por las distintas guerras, incidentes de violencia y persecuciones políticas. Aunque la mayoría de los muertos y heridos son hombres, la guerra y el conflicto han tenido un efecto ampliamente negativo en las vidas de las mujeres, en su lucha por mantener sus hogares y asegurarse de que sus familias permanecieran unidas en un contexto de servicios básicos limitados, falta de redes de seguridad social, actividades limitadas de generación de ingresos y desmantelamiento de las redes sociales (Al-Ali & Pratt, 2009a).

Cuando estallan la violencia y el conflicto, las mujeres y los hombres tienden a sufrir de forma diferente. Los hombres siguen siendo los principales responsables de la toma de decisiones, políticos, generales, líderes y soldados/miembros de la milicia implicados en “hacer la guerra”. Como consecuencia de ello, cierto tipo de hombres, concretamente los soldados/miembros de la milicia, constituyen en gran número las víctimas de la guerra. No obstante, las guerras se luchan cada vez más en el frente del hogar. En Iraq, Argelia, Israel/Palestina y Bosnia-Herzegovina, por ejemplo, se bombardearon mercados, puentes, suministros de agua, casas y refugios. Las víctimas de estas guerras son predominantemente civiles, y entre ellos, mujeres y niños. Las mujeres y los niños a menudo constituyen la mayoría de los refugiados y de los desplazados internos que huyen de la violencia. Independientemente de que se queden bajo los bombardeos o huyan de los lugares de violencia, a menudo se deja en manos de las mujeres, consideradas casi universalmente como las cuidadoras y educadoras principales, la responsabilidad de garantizar la supervivencia de sus familias en el día a día.

En este artículo me centraré en las experiencias específicas de las mujeres iraquíes que, junto con las mujeres palestinas, han sido uno de los grupos más expuestos a la guerra y al conflicto en la región durante muchas décadas. Han sido las más castigadas por la dictadura, las sanciones y una serie de guerras. A pesar de ello, mi trabajo ha consistido en intentar cuestionar la opinión ampliamente extendida de que hay algo inherente a la cultura musulmana, de Oriente Próximo o iraquí, que es responsable de la creciente violencia y la erosión sistemática de los derechos de las mujeres. Defiendo que no es el islam ni la “cultura” lo que ha empujado a las mujeres iraquíes de vuelta a sus hogares. En lugar de ello, culpo a las condiciones políticas, económicas y sociales rápidamente variables, así como a una amplia gama de actores nacionales, regionales e internacionales. Si se analiza de forma más detallada la participación histórica de las mujeres iraquíes en la vida pública, sus logros en educación, su contribución al mercado laboral y el ambiente social general, se descubre, en muchos sentidos, que las condiciones eran mejores para las mujeres en el pasado que ahora.

PROPORCIONAR UN CONTEXTO HISTÓRICO

En el periodo que siguió a la invasión de Iraq en 2003, me pidieron que escribiera un libro acerca del impacto de la invasión y la ocupación sobre las mujeres en Iraq. Aunque era una idea atractiva, me sentía incómoda por tener que escribir sobre el presente sin dar un contexto histórico. Temía que un libro sobre el impacto devastador de la ocupación podría interpretarse demasiado fácilmente como “simplemente otro país musulmán oprimiendo a sus mujeres”. Sentía que lo que hacía falta era una historia moderna de las mujeres iraquíes que cuestionara algunas de las opiniones generalizadas sobre el “retraso” de la sociedad iraquí y la inherente opresión de sus mujeres. También quería cuestionar la noción de que era la cultura del islam, musulmana o de Oriente Próximo, la responsable de la injusticia social, el creciente conservadurismo y el deterioro de los derechos de las mujeres.

Las guerras se luchan cada vez más en el frente del hogar. En Iraq, Argelia, Israel/Palestina y Bosnia-Herzegovina, se bombardearon mercados, puentes, suministros de agua, casas y refugios

Por lo tanto, decidí partir de mi trabajo anterior sobre el impacto de las guerras, la dictadura y las sanciones económicas sobre las mujeres iraquíes y ampliar mi marco histórico hasta incluir el periodo anterior a los 35 años de régimen del partido Baaz (1968-2003), analizando la transición de la monarquía a la república (desde finales de los años 40, pasando por la revolución de 1958, hasta principios de los años 60), y profundizar mi comprensión entrevistando a casi 200 mujeres iraquíes en Erbil y Sulaimaniya en Iraq, Londres, Ammán, Detroit y San Diego. Publiqué mis descubrimientos en Iraqi Women: Untold Stories from 1948 to the Present (2007, Zed Books, traducido al español: Mujeres iraquíes: historias nunca contadas desde 1948 hasta la actualidad, Sirpus, 2009).
Sin nunca desear quitar importancia a la magnitud de los crímenes y atrocidades cometidos por el régimen anterior, mi investigación sugiere que es necesario un análisis más detallado y matizado para comprender las distintas formas en las que el Estado anterior impactó en las mujeres, las relaciones de género y la sociedad de forma más general. Esto no se debe únicamente a que las políticas estatales dirigidas a las mujeres fueran complejas y a menudo contradictorias, sino también porque el régimen Baaz en sí cambió radicalmente tanto su retórica como sus políticas dirigidas a las mujeres en respuesta a las cambiantes condiciones económicas, sociales y políticas en el terreno. Aunque limitadas y dirigidas por las consideraciones pragmáticas, las políticas iniciales del régimen de empujar a las mujeres a la esfera pública, especialmente en el sistema educativo y en el mercado laboral, tuvieron ciertamente un impacto en la posición de las mujeres en la sociedad y en las relaciones entre hombres y mujeres. Este fue especialmente el caso de las clases medias urbanas en expansión, pero incluso las mujeres de otros contextos socioeconómicos se beneficiaron de programas de alfabetización, una atención sanitaria mejorada y prestaciones sociales durante los años 60 y 70 (Al-Ali, 2007: pp. 109-146).

Desde 1968 hasta finales de los años 80, el Estado iraquí intentó extraer el poder patriarcal de los padres, esposos, hermanos, hijos y tíos, a fin de convertirse en el principal patriarca y patrón del país. Muchos hombres y mujeres de clase media agradecieron las políticas sociales relativamente progresistas del Estado que se mantuvieron mientras prosperó la economía. No obstante, entre las fuerzas más religiosas y conservadoras de la sociedad iraquí, como los líderes tribales y los islamistas, había un considerable resentimiento contra el intento del Estado de interferir en las tradiciones del pueblo y su sentido de la propiedad. Las limitaciones del “feminismo de Estado”, es decir, la fácil inversión de las reformas y cambios impuestos desde arriba, se hicieron evidentes cuando cambiaron las condiciones en el terreno. La posición históricamente ambivalente hacia las mujeres, como trabajadoras educadas por un lado y madres de futuros ciudadanos por otro, fue extremadamente evidente durante la guerra entre Irán e Iraq (1980-88), cuando se esperaba que las mujeres iraquíes fueran “supermujeres”. Tenían que contribuir incluso en mayor número para aumentar las filas de la diezmada fuerza laboral, la Administración y todas las instituciones públicas, mientras que los hombres luchaban en el frente. Al mismo tiempo, se presionaba a las mujeres para que produjeran más hijos, idealmente cinco según Saddam Husein, y contribuyeran al esfuerzo de la guerra proporcionando futuras generaciones de soldados iraquíes.

Durante los años 80, el régimen utilizó a las mujeres más para demarcar los límites entre las comunidades y llevar la pesada carga del honor en una sociedad que se estaba volviendo fuertemente militarizada. Sus cuerpos se convirtieron cada vez más en el lugar de las batallas y las políticas nacionalistas. Se animaba a los hombres iraquíes a divorciarse de sus esposas “iraníes” durante la guerra con Irán. Por otro lado, se empujaba a los hombres árabes iraquíes a casarse con mujeres kurdas como parte de las políticas de arabización en el norte. Al mismo tiempo, las mujeres islamistas, nacionalistas kurdas, comunistas y otras mujeres cercanas a la oposición política eran torturadas y se abusaba sexualmente de ellas, humillando no solo a las mujeres, sino “deshonrando” también a sus familiares masculinos.

Si se analiza la participación de las mujeres iraquíes en la vida pública, sus logros en educación, mercado laboral y el ambiente social, las condiciones eran mejores en el pasado que ahora

Después de la invasión de Kuwait en 1990, la Guerra del Golfo y los alzamientos de 1991, hubo un cambio radical desde las anteriores políticas de Saddam Husein de centralización y supresión de los poderes tribales. Debilitado por otra guerra y una economía en deterioro, una de las estrategias de Saddam Husein para mantener el poder consistió en animar el tribalismo y revivir el poder de los líderes tribales que le eran leales. El tema de las mujeres y de sus derechos era una cuestión fundamental para la coopción de los líderes tribales y una baza para conseguir su lealtad. El régimen aceptó las costumbres y prácticas tribales, como los denominados asesinatos “de honor” a cambio de su lealtad.

Un grupo de colegialas se dirige a su escuela

Un grupo de colegialas se dirige a su escuela el día de comienzo del año académico. Bagdad, Iraq, › 1 de octubre de 2003. / Ali Abbas /EFE

La represión política, una serie de guerras y la militarización de la sociedad afectaron seriamente a las mujeres, las familias y las relaciones de género, no solo en términos de la pérdida de los seres queridos, sino también en términos de una economía en deterioro, de cambio de políticas estatales y normas variables y de valores cada vez más conservadores en torno a las mujeres y el género. Después del final de la guerra, y bajo las sanciones en los años 90 y principios de la primera década del siglo XXI, se produjo un cambio radical en cuanto a la decreciente participación de las mujeres en el mercado laboral, su restringido acceso a la educación y la inadecuada atención sanitaria y servicios sociales, así como mayores restricciones y conservadurismo social. Se presionó cada vez más a las mujeres para que volvieran a sus hogares cuando las tasas de desempleo se dispararon, tambaleó la economía y se vinieron abajo las infraestructuras.

Las mujeres fueron claramente presionadas de vuelta a sus hogares y a los papeles tradicionales de madres y esposas. La tasa de empleo femenino pasó de ser la más alta de la región, calculada por encima del 23% antes de 1991, a solo el 10% en 1997, según informó el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, 2000). Los salarios mensuales en el sector público, que desde la guerra entre Irán e Iraq había estado cubierto por mujeres, cayeron dramáticamente y no mantuvieron el ritmo de las altas tasas de inflación y el coste de la vida. Muchas mujeres dijeron que simplemente ya no se podían permitir trabajar, ya que el Estado tuvo que retirar sus servicios gratuitos, incluidos el cuidado de los niños y el transporte (Al-Ali, 2005).

Las jóvenes adolescentes y las jóvenes de veinte y treinta años hablaban con frecuencia de los cambios relacionados con la socialización, los lazos familiares y las relaciones entre vecinos y amigos. A menudo se citaba a un padre o un familiar mayor para declarar lo distintas que eran las cosas con respecto al pasado, cuando la socialización tenía un papel mucho más importante en la vida de la gente. Zeinab, una chica de quince años de Bagdad, habló de la falta de confianza entre las personas. Y sobre el cambio en el código de la vestimenta y las restricciones sociales, que ella y sus iguales experimentaban constantemente:
“La gente ha cambiado por las dificultades económicas y de diversa índole de la vida en Iraq. Ahora tienen miedo los unos de los otros. Creo que se debe a que tanta gente ha perdido su empleo o su negocio, ahora tiene mucho tiempo para hablar de la vida de otras personas, y a menudo se inmiscuyen en los asuntos de los demás. También creo que como muchas familias son tan pobres que no se pueden permitir comprar nada más que la comida básica del día a día, es difícil para ellas comprar ropa bonita y cosas bonitas y, por lo tanto, es mejor llevar el hiyab. La mayoría de la gente sufre cierta presión para cambiar su vida a fin de protegerse de los rumores de otras personas, especialmente sobre el honor de la familia” (Al-Ali & Husein, 2003: p. 46).

Los temores relacionados con la reputación de una mujer pueden haberse agravado por la frecuencia de los asesinatos de “honor” durante y después del periodo de sanciones. Saddam Husein, en un intento por mantener la legitimidad después de la Guerra del Golfo apaciguando al electorado patriarcal conservador, aprobó una legislación anti-mujeres que otorgaba la inmunidad a los hombres que cometieran crímenes de honor. Los padres y hermanos de las mujeres de las que se supiera o a menudo simplemente se sospechara que habían “violado” el código aceptado de conducta, especialmente en lo referente a mantener su virginidad hasta el matrimonio, podían matar a dichas mujeres para restaurar el honor de la familia. A pesar del hecho de que la ley fue derogada después de solo dos meses sin dar razones específicas, el conocimiento de la existencia de los asesinatos de “honor” funcionó como elemento de disuasión con muchas mujeres y adolescentes iraquíes. Otras podrían haber estado menos preocupadas por las dramáticas consecuencias de “perder su reputación”. En el caso de las mujeres educadas de clase media de las áreas urbanas, no temían tanto este tipo de crímenes, sino más bien las reducidas perspectivas de matrimonio.

Los indicios más obvios de este cambio hacia un mayor conservadurismo social que afecta a las mujeres y las relaciones de género fueron el cambio en el código de vestimenta (muchas chicas y mujeres empezaron a llevar el hiyab), las restricciones en la movilidad y en los espacios públicos para socializar en contextos mixtos y un cambio general hacia roles de género más tradicionales. Las sanciones también cambiaron las diferencias de clase en la sociedad iraquí, ya que condujeron al empobrecimiento de una clase media anteriormente amplia y educada, a la vez que permitían que emergiera una nueva clase de nouveau riche (nuevos ricos) especuladores de las sanciones y de la guerra (Al-Ali, 2007: pp. 201-205).

En muchas ocasiones he lamentado la amnesia generalizada en relación con el impacto de las sanciones económicas. Hay una tendencia a escribir sobre el devastador impacto del sistema de sanciones más completo que jamás se haya impuesto a un país fuera del contexto histórico. De nuevo, no quiero sugerir que todo fuera bien antes del periodo de las sanciones, sino subrayar que los dramáticos cambios en relación con la posición de las mujeres en la sociedad, los valores sociales y las condiciones de vida fueron característicos de los años 1990. Si se analizan teniendo en cuenta la situación actual en el Iraq posterior a 2003, los cambios y acontecimientos desencadenados por las sanciones y el cambio en las políticas estatales proporcionan el contexto y los antecedentes más inmediatos a la situación actual. Es un indicador de la situación desesperada a la que el país ha sido reducido en los últimos cuatro años el que muchas mujeres iraquíes se refieran ahora al hablar del periodo de sanciones incluso en términos nostálgicos y que lo comparen favorablemente con la situación actual.

ACONTECIMIENTOS DESDE 2003

Posteriormente, entre 2007 y 2008, mi colega Nicola Pratt y yo misma trabajamos en nuestro libro What kind of Liberation? Women and the Occupation of Iraq (University of California Press, 2009). Queríamos exponer la diferencia entre la retórica que situaba a las mujeres en el centro del escenario y la realidad actual de la reducción de sus funciones en el “nuevo Iraq”. Basado en entrevistas con activistas iraquíes de derechos de las mujeres, responsables internacionales de políticas y trabajadores de ONGs, e ilustrado con fotografías tomadas por mujeres iraquíes, What Kind of Liberation? habla a través de una selección de voces. Intentamos corregir la opinión generalizada de que la violencia, el sectarismo y la erosión sistemática de los derechos de las mujeres en el país provienen de algo inherente a la cultura musulmana, de Oriente Próximo o iraquí. Pero también demostramos cómo, a pesar de las agendas políticas en conflicto, las mujeres activistas iraquíes están presionando firmemente para participar en la transición política, la reconstrucción y la formación del nuevo Iraq.

La supervivencia diaria es una prioridad en un contexto en el que la falta de seguridad va mano a mano con condiciones de vida increíblemente difíciles. Las infraestructuras iraquíes, que ya estaban seriamente debilitadas como consecuencia de las sanciones económicas y una serie de guerras, se han deteriorado aún más desde 2003. Según Oxfam, “ocho millones de personas necesitan urgentemente ayuda de emergencia; dicha cifra incluye más de dos millones de desplazados dentro del país y más de dos millones de refugiados. Muchos más viven en la pobreza, sin los servicios básicos y cada vez más amenazados por las enfermedades y la malnutrición” (Oxfam, 2007: p.3). Aunque se reconoce ampliamente que la marcada magnitud de la violencia en Iraq no es comparable a ninguna otra situación de emergencia en el mundo en la actualidad (UNAMI, United Nations Assistance Mission for Iraq, 2007: p.1), la crisis humanitaria de Iraq ha recibido menos atención pública. No obstante, comunidades enteras son extremadamente vulnerables y necesitan protección y asistencia humanitaria inmediatas. Paradójicamente, la ayuda humanitaria se redujo de forma alarmante durante los últimos años, a pesar de las extensas pruebas de un incremento de las necesidades (Oxfam, 2007).

La magnitud de la violencia en Iraq no es comparable a ninguna otra situación de emergencia en el mundo en la actualidad

La pobreza se ha generalizado extremadamente y se ha generalizado, con un 54% de iraquíes viviendo con menos de un dólar americano al día. La comida es escasa y la malnutrición endémica. Un 43% de los niños de entre 6 meses y 5 años sufre malnutrición. El 18% de éstos sufre retrasos del crecimiento. El 70% de los iraquíes tienen que sobrevivir sin un abastecimiento de agua adecuado y el 80% no cuenta con un saneamiento eficiente. El agua está frecuentemente contaminada debido a los malos sistemas de saneamiento y el vertido de aguas residuales no tratadas a los ríos. El incremento de enfermedades diarreicas es seriamente letal para los niños. Los servicios sanitarios son un caos absoluto: ya afectados por 13 años de sanciones económicas, se han deteriorado significativamente desde 2003. El 90% de los 180 hospitales de Iraq no disponen de recursos fundamentales como los suministros médicos y quirúrgicos básicos. Más de 12.000 de los 34.000 médicos de Iraq han dejado el país desde 2003, 250 han sido secuestrados y 2.000 han sido asesinados desde la invasión (UNAMI, 2007: p. 2). Los hospitales no están equipados para hacer frente al gran número de personas heridas. Los médicos y las enfermeras están trabajando por encima de sus posibilidades y tienen que improvisar en una situación de caos y privación absolutos.

De forma similar al éxodo a gran escala de los médicos, los maestros y profesores universitarios también se fueron en gran número, ya que los profesionales y los intelectuales han sido los objetivos principales de los asesinatos. Muchas escuelas han sufrido daños y no tienen suministros. Algunas escuelas han pasado a ser refugios para las personas desplazadas internamente o han sido ocupadas por grupos armados. Según Save the Children UK, más de 800.000 niños pueden estar sin colegio (informe de 2007). Las niñas y las mujeres jóvenes son especialmente vulnerables en un contexto en el que los secuestros y los abusos sexuales están desenfrenados y algunos padres mantienen a sus hijas en casa por miedo.

Aunque los hombres constituyen la mayoría de las víctimas de la violencia, la falta de seguridad afecta a las mujeres de una forma especial. Hay mujeres que han sido raptadas por bandas, violadas, maltratadas o vendidas como prostitutas. Si consiguen sobrevivir a la terrible experiencia, el estigma asociado a la violación impide a las mujeres denunciar los casos de violencia sexual, ya que podrían ser asesinadas por sus propias familias para proteger su “honor”. Como consecuencia de la situación de seguridad, muchas mujeres han dejado de ir a trabajar o a la universidad y se han sacado a las niñas de las escuelas.

Aunque los bombardeos aéreos de las áreas residenciales son responsables de un gran número de muertes de civiles, muchos iraquíes han perdido la vida por disparos de las tropas americanas o británicas. Familias enteras han sido exterminadas al acercarse a un punto de control o por no reconocer las áreas marcadas como prohibidas. Además del asesinato de mujeres, hombres y niños inocentes, las fuerzas de ocupación también han contribuido a otras formas de violencia contra las mujeres. Hay numerosos informes documentados sobre agresiones sexuales en puntos de control y en registros de viviendas. Varias de las mujeres con las que hablé me contaron que habían sido amenazadas o agredidas verbal o físicamente por soldados durante los cacheos en los puntos de control. Las fuerzas norteamericanas también han arrestado a las mujeres, las hermanas y las hijas de sospechosos insurgentes a fin de presionarlos para que se entreguen. Aquellas personas de las que se sospecha que están implicadas en la resistencia y en actividades terroristas son detenidas con regularidad, sin informar a sus familias de su paradero ni de su bienestar. La desaparición de personas, los arrestos aleatorios y la tortura y los abusos en prisión son irónicamente fenómenos comunes en el Iraq posterior a Saddam. Las familiares mujeres han sido literalmente tomadas como rehenes por las fuerzas de Estados Unidos y utilizadas como moneda de cambio. Aparte de la violencia relacionada con el arresto en sí, las mujeres que eran detenidas por las tropas podían sufrir el mismo sentido de la vergüenza asociada a tal detención. Dado que ha habido crecientes pruebas, no solo de las agresiones sexuales y la tortura, sino también de violaciones, las mujeres que hayan sido detenidas pueden incluso ser posteriormente víctimas de los denominados crímenes de honor.

Los militantes islamistas y los grupos terroristas también suponen un peligro específico para las mujeres iraquíes. Muchas organizaciones de mujeres y activistas dentro de Iraq han documentado las crecientes amenazas a las mujeres, la presión para que cumplan con ciertos códigos de vestimenta, las restricciones de movimiento y comportamiento, incidentes en los que se ha tirado ácido a la cara de las mujeres e incluso el ser objeto de asesinatos específicos. A principios de 2003, muchas mujeres en Basora, por ejemplo, denunciaron que las obligaban a llevar un velo o a restringir sus movimientos por temor a ser acosadas por los hombres. Las estudiantes femeninas de la Universidad de Basora denunciaron que desde que acabó la guerra, grupos de hombres empezaron a detenerlas a la entrada de la Universidad, gritándoles si no llevaban la cabeza cubierta (IRINNews.org, “Iraq: Female Harassment from Religious Conservatives,” 14 de abril de 2004).

Una anciana y una niña visitan la tumba de familiares

Una anciana y una niña visitan la tumba de familiares en un cementerio de Faluya, Iraq,
19 de diciembre de 2007. / Mohammed Jalil /EFE

No solo las estudiantes, sino también mujeres de todas las edades y de todas las condiciones sociales son obligadas en la actualidad a cumplir con ciertos códigos de vestimenta, así como a restringir sus movimientos. Suad F., una antigua contable y madre de cuatro hijos que vive en un barrio de Bagdad que solía ser relativamente mixto antes de los asesinatos sectarios de 2005 y 2006, me contó durante una visita a Ammán en 2006: “Me resistí durante mucho tiempo, pero el año pasado también empecé a llevar el hiyab, después de que me amenazaran varios militantes islamistas en la puerta de mi casa. Están aterrorizando a todo el barrio, comportándose como si les perteneciera. Y realmente están consiguiendo controlar la zona. Nadie se atreve a desafiarlos. Hace unos meses repartieron unos panfletos en toda la zona advirtiendo a la gente que debíamos obedecerles y exigiendo que las mujeres se quedaran en casa.”

En la actualidad, la amenaza que suponen las milicias islamistas y los grupos extremistas islámicos que aparecen rápidamente va más allá de la imposición de códigos de vestimenta y llamamientos para la segregación de géneros en la universidad. A pesar de la retórica de Estados Unidos y el Reino Unido sobre la liberación y los derechos de las mujeres, o incluso en parte debido a ello, las mujeres han sido relegadas aún más a un segundo plano y a sus hogares. Las mujeres que tienen un perfil público, como médicas, académicas, abogadas, activistas de ONGs o políticas, son amenazadas sistemáticamente y se han convertido en el objetivo de los asesinatos. Las bandas de criminales incrementan el “ambiente general de miedo” secuestrando mujeres por un rescate, para abusar sexualmente de ellas y para traficar con mujeres jóvenes fuera de Iraq a fin de venderlas a la prostitución.

A pesar de las circunstancias increíblemente difíciles, las mujeres iraquíes han estado en primera línea intentando mejorar y hacer frente a las condiciones de vida sumamente difíciles y a la crisis humanitaria desde 2003. Se ha producido un florecimiento de iniciativas y grupos de mujeres a nivel local, principalmente en torno a necesidades prácticas relacionadas con la pobreza generalizada, la falta de asistencia sanitaria adecuada, la falta de vivienda o de servicios sociales adecuados facilitados por el Estado. Las mujeres han puesto también sus recursos en común para ayudar a solucionar la necesidad de educación y formación, como clases de informática, y proyectos de generación de ingresos. Muchas de las iniciativas que cubren la falta de prestaciones estatales relacionadas con la asistencia social y la sanidad están relacionadas con partidos políticos, grupos y organizaciones con motivación religiosa. Sin embargo, también se han estado movilizando para ayudar mujeres profesionales independientes sin afiliación.

Las mujeres iraquíes han estado en primera línea intentando hacer frente a la crisis humanitaria desde 2003

Muchas mujeres iraquíes comprendieron rápidamente que a pesar de la retórica sobre la liberación de las mujeres y mayores derechos para ellas, no podían confiar en que los norteamericanos, los británicos ni sus propios políticos masculinos participaran y tuvieran un papel significativo en la creación del “nuevo Iraq”. Samira Moustafa, secretaria general de la Liga de Mujeres Iraquíes con sede en Bagdad, el grupo iraquí más antiguo de derechos de las mujeres, dijo en 2003: “Queremos ocupar un lugar real en el mapa político de Iraq”. En una entrevista en el programa Woman’s Hour (BBC Radio 4) en abril de 2003, Shanez Rashid, otra activista iraquí, dijo con empatía: “Tuvimos una parte igual de dolor y necesitamos una parte igual de paz”. Las mujeres que participan en estas numerosas organizaciones tienden a vivir en zonas urbanas y pertenecer a la clase media, de distintos contextos étnicos y religiosos. Aunque muchas organizaciones son fundadas por mujeres de la élite, algunos de los grupos cuentan con miembros de todas las extracciones sociales y tienen ramas en todo el país. La Red de Mujeres Iraquíes (al-Shabaka al-Mar‘a al-Iraqiya), por ejemplo, está formada por más de ochenta organizaciones de base de mujeres que están distribuidas por todo Iraq. Las actividades de estas organizaciones giran en torno a proyectos humanitarios y prácticos, como la generación de ingresos, asesoramiento legal, atención sanitaria y orientación gratuitas, etc., así como defensa política y presión a nivel político (Al-Ali & Pratt, 2009b).

CONCLUSIÓN
A pesar de la retórica sobre la liberación de las mujeres y la democratización por parte de los gobiernos occidentales, especialmente Estados Unidos, hemos visto una fuerte reacción violenta contra los derechos de las mujeres dentro de Oriente Próximo. En el contexto iraquí, por ejemplo, vimos que la invasión y ocupación de Iraq por parte de Estados Unidos y el Reino Unido ha debilitado al Estado central, dando mayor fuerza a los líderes étnicos y sectarios, y ha abierto el camino al crecimiento de la economía informal y a la creciente desigualdad en relación con los roles y las relaciones de género. Esto ha conducido a una inversión de los derechos de ciudadanía de las mujeres y a un deterioro de facto en la situación de las mujeres. Es mucho más fácil condenar al islam y a los “opresivos hombres musulmanes” que analizar las intrincadas relaciones entre las políticas mundiales relacionadas con la construcción del imperio y la expansión del capitalismo, así como las luchas regionales y nacionales que giran en torno al poder político y económico y a los recursos. Para simplificar las cosas, las mujeres iraquíes no están sufriendo por nada específico del islam. Están sufriendo por la increíble magnitud de la violencia a todos los niveles y porque no hay un Estado en funcionamiento que proporcione seguridad,servicios y la adecuada asistencia humanitaria.Nadie está dispuesto ni es capaz de garantizar e implementar los derechos legales de las mujeres. Para empezar, los derechos legales consagrados en la constitución impugnada están viciados y no fomentan la igualdad de ciudadanía. Las mujeres iraquíes sufren privación también por la pobreza generalizada y atroz, el desempleo a gran escala y la falta de acceso a los recursos adecuados.

Y sí, las mujeres sufren porque el islam es utilizado por distintos partidos políticos, facciones, miliciasy grupos insurgentes para ganar credibilidad y legitimidad. Los políticos iraquíes, los militantes islamistas y los insurgentes persiguen ideologías y políticas de género que son conservadoras en el mejor de los casos y extremistas la mayoría de las veces. El islam y la ley islámica, como cualquier otra religión en este sentido, están abiertos a la interpretación y ha tenido distintas manifestaciones, prácticas, tradiciones y derechos a lo largo de la historia y en distintos contextos culturales y nacionales. Aunque uno puede defender que todas las religiones son inherentemente patriarcales, no hay nada grabado en piedra sobre las articulaciones y prácticas específicas de las sociedades musulmanas relativas a las mujeres y las relaciones de género. Sin embargo, en el contexto iraquí, estamos siendo testigos de una radicalización de los grupos armados y de su liderazgo político, en la que la cuestión de la mujer es clave en el intento de ganar el control, imponer normas e inscribir un nuevo orden enraizado en estrechas interpretaciones que se basan en consideraciones estratégico-políticas y la rectitud ideológica, en lugar de una aproximación instruida a las tradiciones y textos religiosos (Al-Ali & Pratt, 2009b). La ironía es que es precisamente la ocupación que vino a liberar a las mujeres iraquíes la que ha dado poder a estos grupos y la que les proporciona recursos y armas.

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