Delphine Minoui
Periodista del diario francés “Le Figaro” y autora del libro “Les pintades à Tehérán: Chroniques du quotidien des Iraniennes”. [+ DEL AUTOR]

Las iraníes desveladas

Ni placa de cobre ni mobiliario pomposo. En casa de Farkhondeh Gohari se entra sin cita. Madres con chador negro, adolescentes con mechas rebeldes que sobresalen del velo, estudiantes sin dinero, son decenas las que acuden diariamente a su puerta con la esperanza de un único consejo: tomar prestado el libro de la semana. “Las considero a todas mis hermanas”, sonríe con picardía esta bibliotecaria autodidacta detrás de su mesa de despacho de Shahr é Rey, un barrio popular en plena expansión del Sur de Teherán.

Farkhondeh Gohari no es una heroína, con su velo claro y su abrigo sin forma. Nada que ver con algunas pasionarias que se encuentran tras los barrotes por haber denunciado abiertamente el régimen clerical, la tortura psicológica y los asesinatos políticos. Esta madre, de unos cincuenta años y con dos hijos, lucha a su modo, y sin hacer ruido, por la emancipación de las mujeres iraníes. Como únicas armas, algunos libros apilados sobre modestos estantes de madera. “Los tengo para todos los gustos: libros de cocina, novelas de Dostoievski, cursos de inglés, poemas persas. Sea cual sea la lectura, estoy convencida de que posee virtudes muy singulares: libera las mentes”, dice recorriendo los estantes sobrecargados. Ya han pasado quince años desde aquella bonita mañana de marzo en que esta cincuentona de carácter templado decidió transformar su salón de belleza en un salón de lectura. Una apuesta loca coronada de éxito. “Todo empezó con 50 libros ofrecidos gratuitamente. Hoy en día tengo una selección con más de 7.000 obras. Y la demanda no deja de aumentar”.

Una de las celdas en la sección de mujeres de la prisión de Evin

Una de las celdas en la sección de mujeres de la prisión de Evin. Las autoridades judiciales iraníes permitieron a la prensa extranjera la oportunidad única de visitar la conocida prisión. Teherán, 13 de junio de 2006. / Abedin Taherkenareh/EFE

Pero, para ella, su mayor victoria es, antes que nada, el triunfo de todas esas chicas jóvenes anónimas que ha visto pasar por su casa con los corazones llenos de problemas y para las que un simple libro, a menudo, se ha convertido en una tabla de salvación. Como Sedigeh, una joven de 17 años que una tarde se derrumbó entre sus brazos. “Estaba desesperada, ya que no tenía medios para comprar los libros necesarios para examinarse”, recuerda Farkhondeh. Enseguida le vino a la mente lo peor. En caso de fracaso en sus estudios, la pobre joven podría verse abocada a casarse con un hombre que le doblara la edad, atrapada entre las cuatro paredes de su casa. En caso de éxito, un futuro más feliz le podría estar esperando con, quizás, un oficio por recompensa. “Recorrí toda la ciudad para encontrar los libros que necesitaba y le dije: ahora, no te preocupes de nada más y sácale provecho a los estudios”.

LAS PARADOJAS DE LA REPÚBLICA ISLÁMICA

Las mujeres iraníes representan una de las mayores fuerzas vivas del país en un sistema regulado por leyes religiosas y reglas patriarcales que las marginan

Detrás de los velos y los muros de las casas, son millares de mujeres anónimas las que luchan por sus derechos

Es, sin duda, una de las numerosas paradojas de la República Islámica. Las mujeres representan hoy en día una de las mayores fuerzas vivas del país en un sistema regulado por leyes religiosas y reglas patriarcales que las marginan. A la luz de la ley islámica, la mujer solo vale la mitad que un hombre. Es el caso en materia de herencia o de testimonio en un tribunal. El acceso a profesiones como, por ejemplo, jueza, les está vedado. No tienen derecho a cantar ante un público masculino, ni dar la mano a los hombres, ni a quitarse el velo obligatorio en la calle. Y a pesar de ello, nunca han sido más visibles. Las encontramos dirigiendo empresas, en el hemiciclo del parlamento o también conduciendo taxis que recorren, desde la mañana hasta la noche, las calles abarrotadas y contaminadas de Teherán, capital tentacular con una población que supera los 12 millones de habitantes. Detrás de los velos y los muros de las casas, son millares de mujeres anónimas las que luchan, como Farkhondeh Gohari, por sus derechos. Milímetro a milímetro. Estos cambios no afectan únicamente a las grandes ciudades, sino también a las aldeas más alejadas. En las provincias, son numerosas las mujeres miembros de los consejos municipales. Y, soprendentemente, un 60% de los estudiantes son chicas. Sin contar con la miríada de asociaciones, de periódicos y de blogs dirigidas por el género femenino. En un país joven, donde el 70% de la población tiene menos de 30 años, ellas son la punta de las protestas y superan diariamente los obstáculos que se presentan en su camino.

Aunque resulte sorprendente, fue la revolución de 1979 la que provocó esta onda expansiva inesperada. Al favorecer la urbanización y escolarizar masivamente a las mujeres, el Ayatolá Jomeini abrió el camino finalmente a las futuras detractoras de la República Islámica que militan hoy en día en pro de más democracia. Actualmente la tasa de alfabetización de la población está en torno al 85%, comparado con el 50% en 1970.

Los religiosos no lo habían previsto probablemente, pero la instauración obligatoria del velo ha provocado igualmente el impulso irresistible a la emancipación de las mujeres tradicionales, a semejanza de las que viven en el barrio de Farkhondeh Gohari. El hiyab, considerado como una protección contra la mirada de los hombres, ha permitido a las jóvenes provenientes de familias conservadoras obtener el consentimiento de sus padres para ir a estudiar a la universidad. Y escapar del yugo familiar donde vivían recluidas, en la época del Sha, cuando el velo era, a la inversa, mal visto. Un pañuelo pasaporte, pues, que permite a las iraníes entrar más fácilmente en las esferas mixtas que desconocían anteriormente.

El hiyab, considerado como una protección contra la mirada de los hombres, ha permitido a las jóvenes de familias conservadoras obtener el consentimiento de sus padres para ir a la universidad

Para las chicas conectadas y laicas del Norte de Teherán, fans de casetes de música piratas, de veladas clandestinas y alcohol de contrabando, el pañuelo obligatorio solo ha agudizado su sentido de rebeldía. Coquetas hasta el extremo de sus uñas, han conseguido transformar, al filo de los años, este pedazo incómodo de tejido en un auténtico objeto de moda. En función de las últimas tendencias actuales, se lleva anudado al cuello o se pone como un chal sobre los hombros. Las más audaces se entretendrán en dejar asomar una franja o una cola de caballo –decolorada, preferentemente, para provocar a la policía de la moral islámica y que patrullan las calles de la capital–. Ironía de la historia: treinta años después de la revolución, la consciencia femenina nunca fue tan poderosa. Pero ha sido necesario mucho tiempo y paciencia para llegar hasta aquí.

ACTIVISMO Y REPRESIÓN

Los años 80 no regalaron nada a las mujeres iraníes. Represiones ensangrentadas, detenciones políticas, redadas de la policía en las veladas privadas, mujeres detenidas en la calle por haber dejado entrever un trozo de tobillo o una mecha sobrante… Los tiempos son duros. Habrá que esperar, efectivamente, al final de la guerra Irán-Iraq (1980-89) y al principio de los años 90 para que sople un ligero viento de libertad en la República Islámica. El presidente de la época, Ali Akbar Hashemi Rafsanyani, tenía un objetivo concreto: reconstruir el país. Preconizó una cierta liberalización económica, que estuvo seguida, unos años más tarde, de una liberalización social con la victoria de su sucesor, Muhammad Jatami. Ese religioso atípico de sonrisa encantadora fue elegido en 1997 con casi el 70% de los votos, gracias en parte a los jóvenes y las mujeres. Tan pronto como llegó al poder, otorgó simbólicamente a dos mujeres el puesto de vicepresidente. Massoumeh Ebtekar se hizo cargo de los asuntos ligados al Medioambiente. Zahra Shodjai se convirtió en responsable de los Asuntos de la Mujer. Jatami suavizó igualmente la censura sobre los libros y la prensa y fomentó la apertura cultural y el desarrollo de organizaciones no gubernamentales. Cine, teatro, música… Las mujeres están por doquier. Muy rápidamente, las iraníes aprovechan las oportunidades que abren sus discursos sobre la sociedad civil, el Estado de derecho y la democracia islámica, para hacer progresar las cosas.

Es la época en que Farkhondeh Gohari empieza a interesarse por la vida asociativa. Al principio es un poco por casualidad. Una vecina del barrio le habla de un taller de sensibilización contra el cáncer de pecho organizado por el ayuntamiento. El tema le interesa, ya que una de sus amigas ha fallecido recientemente debido a ello. “Esos diez minutos cambiaron mi vida”, comenta. Tan pronto como quedó convencida, empezó a animar a otras mujeres para que vinieran a informarse sobre su estado de salud. Sensibilización a las enfermedades infantiles, cursos de dietética, consejos psicológicos… Muy rápidamente, el taller empieza a adquirir una amplitud sin precedentes, como si viniera a colmar el vacío dejado por las autoridades. Y finalmente Farkhondeh se convierte ella misma en asistente social voluntaria.

Estudiantes en Isfahán

Estudiantes en Isfahán. Esta fotografía forma parte de la exposición “Días de octubre en Irán” de Anna Elías. Octubre de 2008.

Una vez por semana, su salón de belleza se transforma en taller de discusión. “Al principio, las mujeres del barrio venían a regañadientes. Y les ofrecía cortes de pelo gratis para animarlas a reunirse con nosotras”, recuerda riéndose. Al cabo de algunos días, el número de personas se multiplicó por cinco. “Pasamos rápidamente de 5 a 25 participantes”, me comenta. Alrededor del té que cierra la sesión, las lenguas se desatan y las amistades entre las mujeres se van consolidando. Divorcio, custodia de los hijos, problemas conyugales… Todo va fluyendo, sin reservas. “Poco a poco, fui dándome cuenta de que no era la única mujer que tenía problemas y que mis preocupaciones no eran nada comparadas con las de otras mujeres”. Se va tejiendo una auténtica red social y se abordan nuevos temas: la criminalidad, la mala iluminación de las calles, la falta de parques… Para conseguir que las cosas cambien, no duda en acudir a los responsables del municipio y las autoridades del régimen. Pero la acogen con reticencias. Bajo el pretexto de que no le gusta tratar con mujeres, un representante del Ministerio encargado de la electricidad le hace llegar el mensaje de que no quiere reunirse con ella. “Le contesté que solo le robaría algunos segundos de su tiempo”, según recuerda. “Le hice comprender que, si se negaba a recibirme, llevaría autobuses llenos de mujeres para ocupar su oficina”. Victoria: algunos días más tarde, nuevas farolas empiezan a brotar en el barrio lleno de casitas de ladrillo.

En las conversaciones entre mujeres un tema se hace recurrente: la ausencia de ocio y especialmente de biblioteca en el barrio. En la librería de la esquina, los libros son caros y nadie tiene medios para comprarlos. “Un día, me decidí y transformé mi salón de 12 metros cuadrados en un club de lectura”. A cambio de algunos productos de belleza, Farkhondeh cosecha sus primeros libros. Luego, el tema pasa de boca en boca y empieza a recibir donaciones del vecindario. En la misma época, la prensa iraní está en pleno apogeo, los cibercafés empiezan a brotar por doquier. El número de ONGs se multiplica. Ayudan a los jóvenes toxicómanos, apoyan la reinserción de los niños de la calle, animan a las prostitutas a retomar una vida normal… Nada se deja al azar. En la universidad aparecen nuevos cursos sobre materias tales como los derechos humanos, un tema inédito en la prensa iraní. Como consagración de esta movilización femenina, Shirin Ebadi recibe el Premio Nobel de la Paz en 2003. Un auténtico símbolo.

Paradoja o fenómeno irreversible, las mujeres iraníes nunca han estado tan comprometidas socialmente como en los últimos años

Las jóvenes seguidoras del fútbol, que no pueden acudir al estadio desde 1979, se cortan el pelo y se atornillan una gorra en la cabeza para entrar en los estadios a espaldas de los guardias de la moral islámica

Pero el camino hacia la igualdad de los hombres y las mujeres sigue siendo sinuoso. Con el regreso progresivo de los conservadores al poder y la elección de Mahmoud Ahmadineyad a la presidencia en 2005, las tenazas se vuelven a cerrar sobre los libres pensadores. Y las mujeres pagan directamente las consecuencias. Sin embargo, paradoja o fenómeno irreversible, las mujeres iraníes nunca han estado tan comprometidas socialmente como en los últimos años. Es, efectivamente, en el 2006 cuando las activistas a favor de los derechos de las mujeres lanzan una petición inédita, la cual cuenta con el beneplácito de todas las tendencias (a la vez laica e islámica) y todas las generaciones y que milita a favor de la paridad entre mujeres y hombres. Desde la aldea más alejada a la sede de Amnistía Internacional, esta carta, conocida bajo el nombre de “un millón de firmas”, dio la vuelta por todo el país y el planeta en un tiempo record. La carta reclamaba la abolición de las discriminaciones de las que son víctimas las mujeres.

Esta lucha por conseguir más derechos tiene, sin embargo, un precio. Intimidación, convocatoria ante los servicios de información y arrestos forman parte de la triste realidad de las mujeres. Hace un año, su revista fetiche, Zanan (Mujeres), se vio obligada a cerrar su sede. Y sin embargo, la movilización prosigue. Discretamente. Furtivamente. De forma atrevida. Como la de las jóvenes seguidoras del futbol, que no pueden acudir al estadio desde 1979, que se cortan el pelo muy corto y se atornillan una gorra en la cabeza, vistiéndose de pilluelo para entrar, a pesar de todo, en los estadios, a espaldas de los guardias de la moral islámica. Como la de esas militantes comprometidas que consiguieron recientemente la anulación de un proyecto de ley que favorecía la poligamia a fuerza de alboroto mediático y manifestaciones ante el parlamento. Como la de Farkhondeh Gohari, quien, entre libro y libro, ofrece algunas recetas de supervivencia a sus vecinas del barrio. Como la de la joven Sedigheh quien, después de haber triunfado en sus estudios, ocupa hoy en día un puesto de asistente social.

EL “BLOGUISTÁN”: UN REFUGIO QUE SE DECLINA EN FEMENINO

Tres periodistas encienden velas como símbolo de duelo por la censura de los medios durante una protesta en la sede de la Asociación Iraní de Prensa

Tres periodistas encienden velas como símbolo de duelo por la censura de los medios durante una protesta en la sede de la Asociación Iraní de Prensa. Teherán, 7 de agosto de 2004. / Abedin Taherkenareh/EFE

Es el nuevo refugio, un espacio que resiste a todos los envites de la censura y donde las porras de la policía no pueden golpear. Al tener prohibidas las manifestaciones y no tener tribunas para expresarse, las mujeres iraníes han encontrado la solución: el bloguistán, apodo persa dado a la blogosfera. Un universo virtual donde todo es posible, donde ellas pueden escupir contra el régimen, contar su vida sexual y desafiar sutilmente los tabús. Sin límite.

“Para las iraníes es un medio de decir: resistimos y seguiremos movilizándonos a cualquier precio, a pesar de los arrestos, a pesar de las presiones”, comenta la socióloga Masserat Amir Ebrahimi, que ve en ello la manifestación de un “nuevo movimiento social”.

En enero de 2007, cuando estaban preparándose para viajar a Nueva Delhi para asistir a una conferencia, tres militantes feministas fueron arrestadas en el aeropuerto Imán Jomeini y enviadas a la cárcel de Evin. Zafarrancho de combate en la Red. Como una estrella fugaz, la noticia recorre el mundo de los blogs.

“Talat Taghinia, Mansoureh Shojai y Farnaz Seyfi han sido detenidas, divulga el mensaje”, alertan más de un centenar de páginas web. En un relámpago, el incidente llega a oídas de la prensa internacional y de las organizaciones de defensa de los derechos de la mujer. ¿Poder de internet? En menos de 48 horas, las tres iraníes fueron finalmente liberadas. En otra época, donde la información se podía censurar fácilmente, su historia se hubiera mantenido en el mayor de los secretos. Y su suerte hubiese sido mucho más incierta. Gracias a la fuente Unicode, que permitió la utilización del persa en internet a partir de 2001, las iraníes han podido lanzarse sin dificultad a la resistencia virtual.

Hoy en día, se calcula que existen unos 700.000 blogs redactados en la lengua de Hafez, entre los cuales más de la mitad son alimentados por mujeres. Muy rápidamente, el bloguistán se ha impuesto como el espacio ideal de la oposición.
Los numerosos reporteros, que sortean a duras penas los cierres de los periódicos sometidos a la merced de los sobresaltos políticos, los han convertido en su nuevo desahogo. Mandando mensajes en internet, las aficionadas al fútbol consiguieron organizarse el año pasado de manera clandestina y colarse en los graderíos. Fue también mediante una gigantesca petición electrónica que las feministas lanzaron la campaña “un millón de firmas”. La fuerza de estos pequeños periódicos en internet ha desempeñado, incluso recientemente, un papel en la anulación de la pena de muerte de jóvenes condenados. Toda una hazaña. Pero la magia del blog en Irán no se detiene ahí. En un país dominado por la moral islámica y las costumbres patriarcales, Internet sirve a menudo de catalizador a las iraníes de a píe, aquellas que no pertenecen ni a un grupo político de oposición, ni a una asociación de defensa de los derechos de la mujer. Con una ventaja fundamental: el anonimato.

“Señora la ciruela”, “Señora Sol”, “La esposa”… Ya sean estudiantes, amas de casa, lesbianas o islamistas, son muchas las que se han reinventado una identidad para soltarse mejor. “Gracias al blog la mujer iraní puede decirlo todo”, analiza Masserat Amir Ebrahimi. Una especie de puesta al desnudo integral, donde todos los temas que enojan, incluidas las cuestiones sexuales, se abordan hasta sus detalles más pequeños. “¿Acostarse con cualquier hombre? No es un problema”, confiesa una de ellas, bajo pseudónimo, en su ciberperiódico. Su blog, enteramente dedicado al relato de sus retozos sexuales, viene a romper el sacro santo tabú de la virginidad antes del matrimonio.

Pero, precio del éxito, la movilización virtual tiene también sus riesgos. En el otoño de 2004, una decena de ciberperiodistas se encontraron entre rejas por haberse relajado excesivamente en sus relatos.

Se calcula que existen unos 700.000 blogs, más de la mitad alimentados por mujeres

Desde entonces, las autoridades no cesan de bloquear, a cuentagotas, millares de blogs y sus webs. A principio de año, nueva ofensiva gubernamental: los bloggers son conminados, esta vez, a registrar sus nombres bajo pena de ser filtrados. Lucha perdida de antemano: al día siguiente, Parastoo, una de las rebeldes más contestatarias de la Red, lanza un desafío a esa nueva directiva añadiendo una proclama en el lado derecho de su periódico electrónico, con el siguiente mensaje: “¡No registraré mi web!”. Muy rápidamente, otros blogueros siguieron el ejemplo denunciando lo que ellos consideraban una directiva pueril.

A veces, una web puede quedar bloqueada, únicamente porque contiene la palabra sexo o mujer. “¡Es ridículo!”, comenta una bloggera furiosa. “¿Qué pasa con una ginecóloga que necesita investigar en la Red?”, protesta. Esta joven defensora de la web ha aprendido, como sus compañeras de las páginas feministas más visitadas –Zanestan, Meydaan, We-change…– a crear una nueva dirección cada vez que la censura se lanza sobre su blog e informar de ello a sus lectoras por correo electrónico.

Y para hablar de amor, se refugian en la metáfora. “¡La censura nos hace más creativas!”, comenta entre risas.

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