Yael Lerer
Fundadora de la editorial Andalus Publishing, especializada en la traducción de literatura árabe al hebreo. [+ DEL AUTOR]

La odisea de la editorial Andalus Publishing

Si llegase por casualidad un visitante de otro planeta y pudiese echar un vistazo, pero no a través de la habitual lente distorsionadora, a la realidad que existe en la zona entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, se daría cuenta de que en Israel/Palestina (es decir, el territorio que se extiende desde dicho río hasta el mar Mediterráneo y que se ha visto sometido a un único gobierno durante más de 40 años) casi la mitad de la población es árabe-palestina y su lengua materna es el árabe, como lo es de casi la mitad de la población judía israelí. Si nuestro invitado distinguiese entre ciudadanos israelíes y de la Palestina ocupada (tal como hacen la Agencia Central de Estadística, la Academia y los medios de comunicación israelíes), descubriría que dentro de la categoría de “ciudadanos israelíes” la mayoría posee un origen lingüísticamente árabe (sobre todo hablado, pero muchos también lo escriben y leen). Nuestro visitante probablemente se daría cuenta de que Israel se encuentra situado en el corazón del mundo árabe y de que todos sus países vecinos son árabes.

Manifestantes con banderas palestinas cerca del muro construido por el gobierno de Israel alrededor de los territorios palestinos

Manifestantes con banderas palestinas cerca del muro construido por el gobierno de Israel alrededor de los territorios palestinos. Abu Dis, Jerusalén Este, 7 de febrero de 2004. / Pavel Wolberg /EFE

Con el deseo de familiarizarse con la cultura local, nuestro visitante quizá entrase en una librería en la que esperaría encontrar libros en hebreo y en árabe -los dos idiomas oficiales del Estado de Israel-; pero no, en la primera tienda sólo encontraría libros en hebreo. En la segunda, algunos libros en inglés y en la tercera, literatura rusa. “¡Aquí no hay árabes!”, le dirían todos. “Querido, esto es Tel Aviv”. El visitante, que ha estado en París, en Roma, Londres, Moscú, Nairobi, Johannesburgo y Buenos Aires, se sorprendería un poco: “¿una ciudad sin árabes?, ¿sin el idioma árabe?, ¿aquí?, ¿en el corazón de Oriente Próximo?”.

Fundé la editorial Andalus Publishing con la intención de que se especializara en la traducción de literatura árabe al hebreo

A pesar de que Israel se encuentra en el corazón del mundo árabe, los lectores en lengua hebrea israelíes no están expuestos a la cultura, pensamiento y literatura árabes

Quizá nuestro invitado quedase con un amigo, también de otro planeta. A diferencia de nuestro visitante, su amigo no mira a la realidad sino más bien a sus representaciones. Ve programas de actualidad y las noticias de la noche en la televisión, lee los periódicos -sobre todo el “periódico liberal más importante”, Haaretz-, va al teatro y a la ópera, asiste a reuniones en la universidad y, del mismo modo que hace nuestro invitado, también visita librerías. “¿Por qué te sorprendes tanto? -reprende a nuestro visitante- ¡Después de todo, esto es un país europeo!”. Porque lo que más ve su amigo son judíos askenazíes laicos de mediana edad. Son prácticamente las únicas personas que se ven, se oyen o leen: sus libros y los de sus homólogos americanos, franceses, alemanes y españoles inundan las librerías. Nuestro invitado no consigue convencer a su amigo de que los askenazíes laicos de mediana edad suponen menos del 10% de los habitantes del territorio (y menos del 15% de los ciudadanos del Estado). Tampoco consigue que su amigo se crea que Israel no forma parte de Europa.

Andalus Publishing nació en el marco de esta realidad, y de sus representaciones, pero cuando fundé esta editorial, que pretendía especializarse en la traducción de literatura árabe al hebreo, tenía la impresión de que esta realidad iba a cambiar. Era a finales de los años noventa, en vísperas de la segunda Intifada, y a pesar de mis críticas al llamado “proceso de paz” que vino tras los Acuerdos de Oslo, yo no había interiorizado del todo mi propias críticas. No podía evitar tener esperanzas.

Destacados intelectuales palestinos, entre otros el fallecido Edward Said y el ex MK (miembro de la Knesset, el Parlamento israelí) Azmi Bishara, actualmente en el exilio, temían que los Acuerdos de Oslo conducirían a la formación de bantustanes palestinos -en referencia a los territorios de población negra auto-administrados pero sometidos al régimen sudafricano- y a la consolidación del apartheid israelí. Aunque la política de “cierre” israelí comenzó a principios de los noventa (anunciando la “desaparición” de los árabes de Tel Aviv), ni los arquitectos liberales que idearon la “separación” llegaron a imaginarse un muro de cemento de ocho metros de altura que separase de un modo tan eficaz a los árabes de los judíos y viceversa. Muchas de las personas que criticaron los Acuerdos de Oslo, entre las que me incluyo, se imaginaron el “cierre” como un revés temporal en un marco cuyo objetivo era, no obstante, alcanzar un acuerdo y una “paz” históricos. Y aunque a la palabra paz se le hubiese despojado de todo significado, como el de justicia e igualdad, parecía que el proceso todavía señalaba hacia el acercamiento, el entendimiento y la convivencia más que hacia la segregación.

Durante los felices años de los Acuerdos de Oslo, además de la construcción de nuevos asentamientos y de carreteras para uso exclusivo de judíos, se fomentaron numerosas actividades entre árabes y judíos, muchas bajo los auspicios de programas destinados a promover el diálogo financiados con fondos europeos, americanos y japoneses. Simultáneamente, parecía que la ideología askenazi-sionista dominante, que concibe a Israel como un “bastión europeo de Occidente en Oriente”, estuviera comenzando a debilitarse: la presencia pública de dos grupos históricamente marginados y sin poder -los ciudadanos palestinos de Israel y los judíos originarios del norte de África y de Oriente Próximo (los mizrajim)- comenzaba a sentirse fuerte y clara. La élite israelí comenzó a escuchar música árabe y mizrajim. Y si en los años ochenta sólo era posible encontrar discos de la cantante Umm Kulzum en Jaffa y en los guetos judeo-iraquíes de Hatikva y Ramat Gan, en los noventa se podían comprar en cualquier tienda de la cadena Tower Records y oír la canción Inta Omri en cualquier club nocturno de Tel Aviv que se preciase.

Ni los arquitectos liberales que idearon la “separación” llegaron a imaginarse un muro de cemento de ocho metros de altura que separase de un modo tan eficaz a los árabes de los judíos y viceversa

Nuestro primer paso fue buscar a los traductores y editores. El artista palestino Sharif Waked, que ha diseñado todos nuestros libros, también nos ayudó a seleccionar los primeros títulos que publicamos. Consultamos a muchos expertos y cuando pedimos consejo las contribuciones fueron entusiastas y generosas. Nuestra primera lista de publicaciones estaba formada por diez novelas que proporcionarían a los lectores de lengua hebrea no iniciados una buena “muestra” de la literatura árabe contemporánea (tanto de escritores como de escritoras de distintos orígenes y de generaciones y estilos diferentes).

Mahmud Darwish nos concedió todos los derechos para poder publicar sus libros, negándose a recibir cualquier tipo de retribución

Sin embargo, nuestros planes cambiaron cuando en marzo del año 2000 el entonces ministro de educación israelí Yossi Sarid anunció que se incluirían dos poemas de Mahmud Darwish en el plan de estudios de los institutos israelíes. Los poemas, que según Sarid son “poéticos y no políticos”, se incluirían en una larga lista de la que los profesores podrían elegir algunos para sus alumnos, pero los poemas de Darwish -¡Dios no lo quiera!- no se iban a incluir en la lista de lecturas obligatorias. Sin embargo, este hecho no evitó que la decisión del ministro desatara la histeria pública. Todos los expertos en política, académicos y miembros de la Knesset dieron su opinión sobre el asunto. El entonces primer ministro Ehud Barak dijo: “La sociedad israelí aún no está preparada para estudiar a Darwish”. El profesor Zohar Shavit, en aquella época asesor del ministro de cultura Matan Vilnai, siguió el ejemplo del primer ministro Barak diciendo: “Antes de que los niños de Israel lleguen a saber quiénes son Mahmud Darwish y Sammy Michael (un importante novelista judío-iraquí), que indudablemente deben también conocer, primero tienen que aprender el canon literario de Bialik, Agnon y Amichai”. Mucho ruido y pocas nueces, y al final las estanterías hebreas se quedaron sin una sola colección de poemas de Darwish.

El primer traductor al que me dirigí fue el fallecido Muhammad Hamza Ghanaem. Ghanaem dedicó su vida a la traducción del árabe al hebreo y del hebreo al árabe. Estaba entregado a Andalus Publishing como proyecto y tradujo tres de las colecciones de poesía de Darwish (¿Por qué has dejado al caballo solo?, en la edición española traducido como El fénix mortal, Estado de sitio y Mural), así como una novela de Hanan al-Sheikh (La historia de Zahra).

Queríamos publicar libros basándonos en consideraciones puramente culturales. Traducir árabe al hebreo del mismo modo que alguien querría traducir del francés al hebreo

Cuando estalló la “histeria” sobre los poemas de Darwish en Israel, Ghanaem sugirió que publicásemos El fénix mortal, que él ya había traducido. De hecho, nuestra primera publicación no fue una novela, sino una colección de poemas. Esa “histeria” fue la que vino a confirmar nuestra creencia de que los lectores de hebreo necesitan entrar en contacto con la literatura árabe. Tardamos sólo algunas semanas en poner nombre a la editorial, en diseñar una estrategia y en poner nuestro primer libro a la venta.
Para sorpresa nuestra, cuando el libro apareció publicado no se le prestó prácticamente ninguna atención. Al parecer para la gente era más fácil hablar de Darwish sin haber leído ninguno de sus libros. A pesar de la histeria, (y de la publicidad gratuita que lo acompañó), El fénix mortal no se vendió bien -y sin embargo continúa siendo uno de nuestros best sellers-. Hasta la fecha se han vendido unas 1.500 copias. En Israel esta cifra se considera una proeza, ya que la poesía no goza de mucha popularidad ni en hebreo ni traducida. La mayoría de los poemas de la colección tratan sobre la Nakba (término árabe que designa la catástrofe palestina de 1948) y la vida que existía antes de la misma. Pero resultó que este “material” tenía un lector, que no era otro que el ex primer ministro israelí Ariel Sharon. En una entrevista concedida al periódico Ma’ariv en abril de 2005 respondía:

¿Ha terminado de leer Fontanelle de Meir Shalev?
“Me faltan aún algunas páginas. Al principio me costaba leerlo, pero a medida que avanzaba me di cuenta de que se trataba de un libro extraordinario.”

Meir Shalev no es precisamente admirador suyo.
“¿Y qué? También he leído el libro de Mahmud Darwish y he hablado sobre uno de sus poemas, el del caballo, y de cuánto envidio su descripción de la conexión que sienten con la tierra.”

Mahmud Darwish se dirigió a la motivación de sus lectores israelíes incluso antes de que el libro fuese publicado, repitiendo la misma opinión en varias ocasiones: “Me gustaría que los israelíes leyeran mi poesía, pero no como si fuese representante del enemigo, ni para hacer las paces”. Con esta actitud Darwish nos concedió todos los derechos para poder publicar sus libros, negándose a recibir cualquier tipo de retribución: “Al pedir permiso habéis superado a vuestros predecesores. Cuando empecéis a ganar dinero con este negocio, volved con vuestra oferta de ofrecerme remuneración económica”. Me negué a aceptar lo que me decía. Con la arrogancia y el orgullo de una empresaria cultural primeriza, estaba segura de que Andalus sería diferente. Si las traducciones árabe-hebreo se convertían en algo habitual, a la demanda le seguiría mayor oferta. ¡Qué equivocada estaba!

Igual que los socios de Andalus, yo también apoyo la postura de los intelectuales árabes y palestinos que se oponen a la “normalización” con Israel, es decir, que se oponen a forjar relaciones económicas, políticas y culturales normales y cordiales con Israel pese a la continuada ocupación. Normalizar las relaciones con Israel implica que también se normaliza la ocupación; la ocupación se convierte en algo “normal”. Sólo a partir de una “paz” justa, igualitaria y viable se podrán normalizar las relaciones con Israel, y acabar con la ocupación no es sino el primer requisito. Traducir literatura árabe al hebreo no normaliza la ocupación, más bien al revés. En nuestra realidad racista, donde los muros de “separación” se vuelven cada día más grandes, hacer que la lengua y la cultura árabes estén presentes en el día a día de la vida en Israel es en sí misma una forma de resistencia a la sinrazón de la ocupación.

Queríamos publicar libros basándonos en consideraciones puramente culturales (si es que existe semejante cosa). No buscábamos libros que “hiciesen que a los judíos les gustasen más los árabes” (tal como dijo un editor de literatura árabe-hebrea). Ni tampoco buscábamos libros que reforzasen lo que los judíos ya piensan de los “árabes”. Queríamos traducir árabe al hebreo del mismo modo que alguien querría traducir del francés al hebreo: obteniendo los permisos para hacerlo y hacerlo de acuerdo a las normas y convenciones de la intelligentsia (en contraposición a la comunidad de la “inteligencia” -que es la que produce la mayoría de las traducciones árabe-hebreo en Israel-) y, dentro de nuestras posibilidades, hacerlo sin paternalismo ni Orientalismo.

Desgraciadamente, los escritores egipcios con los que nos pusimos en contacto no compartían nuestro punto de vista y se negaron a que sus obras fuesen traducidas al hebreo usando como pretexto la “anti-normalización”. Estos escritores, que evitan cualquier tipo de contacto con los israelíes y se niegan a visitar los territorios ocupados ni tan siquiera para cooperar con los palestinos, piensan que cualquier tipo de contacto con Israel, incluido el solicitar un visado para atravesar su frontera, supone “normalización”. Tras ponerme en contacto con ellos, Andalus Publishing se vio sometida a crueles ataques por parte de la prensa árabe.

Afortunadamente, Andalus también cuenta con muchos partidarios dentro de los círculos literarios árabes. Darwish, Elias Khoury, Edward Said, Muhammad Berrada y Muhammad Chukri, entre otros, lanzaron un “contraataque”, elogiando a Andalus tanto en la teoría como en la práctica. Muchos de ellos nos concedieron los derechos de publicación de sus obras sin coste, expresando así su comprensión y solidaridad con nuestro esfuerzo. No nos sorprende que este debate, que resonó con fuerza por todo el mundo árabe, no se hiciera eco en Israel. Así como a la mayoría de judíos de Israel parece no importarles lo que los árabes escriben, tampoco parece importarles lo que éstos piensan. Habitualmente un lector árabe puede encontrar unos 20 artículos traducidos de la prensa en hebreo. Sin embargo, es difícil que el lector hebreo encuentre al menos un artículo traducido cada 20 días.

Imagino que Mahmud Darwish estaba en lo cierto. A la mayoría de los israelíes no les importa la literatura árabe y los pocos que se interesan quieren “conocer al enemigo” o “hacer las paces” con él. La mayoría de los libros que hemos publicado no tienen nada que ver con el conflicto palestino-israelí: El pan desnudo, del escritor marroquí Muhammad Chukri; Como un verano irrepetible, de su compatriota Muhammad Berrada; La boda de Zein y Bandar Shah, del sudanés Tayeb Salih; El primer pozo, del palestino Yabra Ibrahim Yabra; La historia de Zahra y Barriendo el sol de los tejados, de la libanesa Hanan al-Shayj; La piedra de la risa y El labrador de las aguas, de la también libanesa Huda Barakat -todos ellos obtuvieron críticas muy favorables, pero ningún ingreso económico (200-500 copias vendidas de media)-.

Una interesante excepción la constituye el libro Puerta del sol (Bab al-Shams), del libanés Elias Khoury, que publicamos en 2002 y que trata sobre la Nakba, la tragedia palestina. La prensa israelí mencionó el libro durante algunos años, pero cuando se publicó en hebreo cosechó relativamente pocas críticas. A pesar de todo, conseguimos vender más de 5.000 copias (un cuarto de las cuales fueron donadas a librerías públicas de Israel donde se sacan en préstamo con frecuencia). Éste es el best seller de Andalus Publishing y la obra árabe traducida al hebreo que goza de mayor popularidad.

La mayoría de los libros que hemos publicado no tienen nada que ver con el conflicto palestino-israelí

Todos los libros que hemos traducido obtuvieron críticas muy favorables, pero ningún ingreso económico

En 2005 publicamos Yalo, la obra maestra de Khoury, que no tiene nada que ver con la narrativa palestina per se, pero igual que Puerta del sol, trata de la intersección entre la historia y la memoria, en esta ocasión las de un prisionero libanés que tiene que soportar interrogatorios y torturas. Como sucede en cualquier idioma, no todos los libros escritos por el mismo autor generan las mismas ventas. En el caso de Yalo, pensamos que superaría las ventas de Puerta del sol, sobre todo porque las librerías y la prensa le prestaron mucha atención (16 críticas favorables durante el primer mes). Pero no fue así, Yalo vendió 1.500 copias, que son muchas más de las habituales 500, pero esta cifra no dejó de ser una decepción. Si esto es todo lo que un best seller puede conseguir, parece que hemos perdido la batalla para conquistar el corazón y la mente del lector en lengua hebrea. Nuestro sueño de ser una editorial autosuficiente e independiente llegó a su fin. La pequeña semilla de idioma árabe que intentamos sembrar entre estos muros asfixiantes que nos rodean no fue suficiente. ¿Cómo podemos “alimentar y enriquecer” culturas cuando apenas somos capaces de alimentarnos y enriquecernos a nosotros mismos? Ante la ausencia de medios, dejamos de adquirir títulos nuevos y nos centramos en los libros que teníamos listos para imprimir y en vender los que teníamos almacenados.

Cientos de personas siguen la comitiva del poeta palestino Mahmud Darwish durante su funeral

Cientos de personas siguen la comitiva del poeta palestino Mahmud Darwish durante su funeral de Estado en la sede presidencial palestina. Ramallah, Cisjordania, Territorios Palestinos, 13 de agosto de 2008. / Atef Safadi /EFE

Andalus hace lo que puede para demostrarme que estoy equivocada, y espero que algún día consiga hacerlo. Yo sigo reexaminando el modo en el que trabajamos, las decisiones que tomamos y las armas que empleamos para que nuestros libros vean la luz. Como empresa dedicada a la cultura, Andalus Publishing ha dejado una huella de gloria: excelentes críticas, fervientes seguidores y lectores agradecidos. Desde el punto de vista económico, Andalus ha supuesto un completo fracaso empresarial: oferta sin demanda. Quizá no seamos nosotros, a pesar de las continuas revisiones, sino más bien las otras editoriales: nosotros publicamos 24 títulos en siete años, 18 de ellos eran literatura árabe traducida al hebreo. Aumentamos el número de dichos libros en más de un 50%, mientras que las obras traducidas publicadas por otras editoriales hebreas durante el mismo periodo de tiempo se pueden contar con los dedos de una mano.

Y aquí es cuando debemos recordar a nuestros visitantes. Qué extraño debe parecer que a pesar de que el idioma de la mayoría de los habitantes de la zona sea el árabe o bien tengan un origen lingüístico árabe, la lengua árabe se oculte, y con ella las oportunidades de un al-Andalus -un lugar de cultura judeo-árabe- y de Andalus Publishing. “Nuestro lugar en al-Andalus”, escribió Maimónides, sin embargo, el número de judíos israelíes que saben que Maimónides escribió sus mejores obras en árabe es cada día más reducido.

Nuestro sueño de ser una editorial autosuficiente e independiente llegó a su fin. ¿Cómo podemos “alimentar y enriquecer” culturas cuando apenas somos capaces de alimentarnos y enriquecernos a nosotros mismos?

A veces parece como si la separación cultural y las barreras mentales fuesen más altas y más profundas que cualquiera de las barreras físicas que existen. Estas barreras no sólo se elevan entre “ellos y nosotros” (como dijo el ex primer ministro Ehud Barak: “Nosotros estamos aquí y ellos allí.”), sino que se erigen dentro de nosotros, entre nuestro pasado y nuestro presente, entre la fantasía metafísica y la realidad física, entre nosotros y el lugar en el que vivimos.

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