Vjeran Pavlakovic
Departamento de Estudios Culturales, Universidad de Rijeka, Croacia [+ DEL AUTOR]

La (nueva) cultura conmemorativa y la política del pasado

Los expertos occidentales que escriben sobre la antigua Yugoslavia a menudo han apuntado que el pasado se niega a convertirse en historia; en otras palabras, el pasado sigue firmemente afianzado en el discurso de la política contemporánea. Los países como Croacia están orgullosos de su larga historia, pero invariablemente se convierten en prisioneros del pasado que obstaculiza su capacidad para volverse hacia el futuro. ¿Por qué están algunas sociedades más encerradas en el pasado que otras? El sociólogo francés Maurice Halbwachs, en su trabajo sobre la memoria colectiva, dice de forma provocadora que todos los recuerdos se construyen socialmente. Tanto la memoria institucionalizada –las interpretaciones del pasado construidas por las élites políticas, sus partisanos y oponentes– como la memoria individual están sujetas a las necesidades del presente. Mientras que la memoria individual, la recopilación y reconfiguración de las experiencias propias de una persona entra en el campo de la neurobiología, la memoria institucionalizada puede ser más fácilmente analizada dentro del contexto de la política. Las conmemoraciones, los libros de texto, los nombres que se ponen a los espacios públicos y los monumentos son algunos de los elementos de la memoria institucionalizada que los Estados y los regímenes utilizan para presentar su narrativa del pasado a fin de justificar el orden político actual.

Croacia está actualmente en una intersección crucial del pasado y el presente. Se consiguió la independencia con un alto coste en vidas humanas y destrucción material hace menos de veinte años, y aún así las tendencias políticas de la última década han sido el constante avance hacia la integración europea y un futuro en una nueva asociación multiétnica. La capacidad de Croacia para reconciliarse con el pasado se ha visto por tanto fuertemente influenciada por la Unión Europea y las organizaciones internacionales que supervisan los derechos humanos y los derechos de las minorías, que examinan mucho más que los criterios económicos y financieros de los candidatos de la UE.

Supervivientes del campo de concentración ustasha de Jasenovac

Supervivientes del campo de concentración ustasha de Jasenovac durante la conmemoración del 59º aniversario de su liberación por los partisanos. Se calcula que unas 600.000 personas –en su mayoría serbios, gitanos y judíos– fueron asesinadas en el campo entre 1941 y 1945. Jasenovac, Croacia, 25 de abril de 2004. / Antonio Bat /EFE

Aunque la UE se ha centrado principalmente en el procesamiento de individuos sospechosos de crímenes de guerra, la cooperación con el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia en La Haya y la garantía de los derechos de los refugiados serbios a volver a sus hogares, el espectro de la 2ª Guerra Mundial y las ideologías fascistas que la acompañaron sigue persiguiendo el desarrollo de una sociedad tolerante, pluralista y democrática en Croacia, que estaría en línea con los modernos valores europeos. Aunque el desenfrenado nacionalismo asociado con el gobierno del presidente Franjo Tudman en los 90 fue contrarrestado por las fuertes convicciones y políticas antifascistas de la “destudmanización” de su sucesor, Stjepan Mesic (2000-2009), el actual presidente de Croacia, Ivo Josipovic, se enfrenta a numerosos retos para superar las profundas divisiones que se entrelazan en los traumáticos recuerdos culturales de la 2ª Guerra Mundial y de la guerra de Croacia por la independencia (conocida como Guerra de la Patria, o Domovinski rat). Josipovic ha mostrado un liderazgo maduro forjando una nueva cultura conmemorativa que pretende salvar las divisiones ideológicas y étnicas mediante el abandono de la grandilocuencia política que ha caracterizado los debates públicos sobre los monumentos y las conmemoraciones desde la independencia.

MONUMENTOS PÚBLICOS: INTERPRETACIÓN OFICIAL DEL PASADO

Los monumentos públicos son quizás los ejemplos más fácilmente visibles de la cultura de la memoria de un país, y por tanto también son a menudo la diana de las polémicas durante los periodos de transición política. Junto con otras clases de lugares de la memoria que no son necesariamente físicos (días festivos nacionales, símbolos nacionales, instituciones, etc.), los monumentos juegan un papel importante en la celebración de las victorias de una nación y en la conmemoración de sus muertos. Pero precisamente porque son objetos físicos, ya sea una placa de piedra describiendo un acontecimiento histórico o un enorme arco de la victoria, los monumentos representan la interpretación oficial que hace un régimen del pasado y cuestionan la capacidad de una nueva Administración para superar un legado históricamente problemático.

El espectro de la 2ª Guerra Mundial y las ideologías fascistas siguen persiguiendo el desarrollo de una sociedad tolerante, pluralista y democrática en Croacia

La construcción, destrucción, restauración o censura de los monumentos de un país permite a los estudiosos analizar cómo las élites políticas pretenden transmitir su visión ideológica del mundo y los mecanismos que utilizan para modelar el pasado a fin de lograr la legitimidad política contemporánea. La Croacia moderna, emergente de un siglo XX traumático caracterizado por la subida y caída de múltiples imperios, Estados e ideologías, ofrece un fascinante caso práctico sobre cómo su narrativa histórica ha sido definida (y redefinida) a través de los monumentos públicos, especialmente los relacionados con la 2ª Guerra Mundial. Los monumentos, como todos los lugares conmemorativos y de la memoria, indican no solo los acontecimientos históricos nacionales que las élites quieren que se recuerden, sino también aquellos acontecimientos que, por exclusión o censura, deben olvidarse. Los especialistas de los estudios de la memoria han observado que a menudo era “el régimen más débil el que instalaba los monumentos menos móviles, una compensación por no tener nada de más valor por lo que ser recordado”. Este hecho significa que los gobiernos de transición tienen que enfrentarse a los legados monumentales de sus predecesores, una tarea especialmente sobrecogedora para los países que salen de dictaduras u otros sistemas políticos represivos. Además, estos gobiernos se enfrentan a la cuestión de si los espacios de conmemoración servirán como herramientas para la reconciliación o como fracturas que perpetuarán conflictos no resueltos. Los murales adversos y los provocadores desfiles en Irlanda del Norte, un territorio que se supone que ha cosechado los beneficios socioeconómicos de ser miembro de la UE, son un ejemplo de una cultura conmemorativa que ha fracasado a la hora de curar a una sociedad dividida o de poner definitivamente fin a un conflicto candente.

Evidentemente, la construcción y revisión del pasado con fines políticos no es una característica que se aplique solo a los modernos Estados-nación. Los primeros trabajos del egiptólogo Jan Assmann sobre cómo los faraones del Imperio Medio creaban cultos basados en las anteriores dinastías reales del Imperio Antiguo a fin de reforzar su legitimidad fueron clave en el desarrollo de sus posteriores teorías sobre la memoria cultural.

La construcción de una cultura de la memoria es particularmente importante para los Estados recientemente independizados como los que aparecieron tras la desintegración de Yugoslavia. Un país como Eslovenia fue capaz de alcanzar un consenso sobre el pasado con bastante facilidad debido a que su población es más homogénea y a que sus conflictos con sus vecinos son principalmente de naturaleza económica, en lugar de étnico-territorial. En el otro extremo, los Estados sucesores de Yugoslavia como Macedonia, Bosnia-Herzegovina e incluso Serbia han tenido una increíble dificultad para desarrollar Estados fuertes y promulgar auténticas reformas democráticas, lo que se refleja en sus fragmentadas políticas de la memoria cultural y las problemáticas cuestiones de identidad. En Macedonia, por ejemplo, los conflictos políticos (y a veces, armados) entre la mayoría eslava y la minoría albanesa también se han manifestado en la construcción de una estatua en honor del héroe nacional albanés Skenderbeg en la capital, Skopje, y posteriormente en una enorme cruz ortodoxa como represalia, en la montaña con vistas a la ciudad, así como en las constantes controversias sobre un monumento gigantesco a Alejandro Magno que también ha enfurecido a la vecina Grecia. La política de la conmemoración en Croacia está entre los dos extremos: mientras que el pasado lejano suele provocar poca polémica, los monumentos y conmemoraciones relacionadas con el atribulado siglo XX siguen ocupando las primeras planas en este país después del conflicto.

EL ESPECTRO DE LA 2ª GUERRA MUNDIAL

La 2ª Guerra Mundial terminó hace más de sesenta años, pero la memoria de dicho conflicto sigue siendo una batalla política en Croacia. La invasión del Eje en 1941 había permitido a los croatas, bajo el movimiento terrorista y fascista Ustasha, declarar un Estado nominalmente independiente por primera vez desde el siglo XII, pero las políticas genocidas del régimen provocaron una reacción nacionalista serbia radical (los chetniks), así como una resistencia partisana multiétnica, antifascista y liderada por los comunistas. Las narrativas opuestas de los partisanos, los chetniks y los ustashe aún forman parte del discurso público, las polémicas historiográficas, el sensacionalismo de los medios de comunicación e incluso de los acontecimientos deportivos y la cultura popular. Además, la denominada división “roja y negra” está presente en el paisaje físico. La topografía de la Yugoslavia de Tito estaba ideológicamente delineada con objeto de reforzar el monopolio del Partido Comunista sobre el pasado.

Solo en Croacia se erigieron más de seis mil monumentos y marcas de lugares de la memoria entre 1945 y 1990. De los lieux de memoire (lugares de la memoria) comunistas yugoslavos –por utilizar el término del historiador francés Pierre Nora para describir a los depositarios de la memoria y la identidad nacional–, los monumentos partisanos fueron los que duraron más después de que cayera el régimen comunista, se hubieran cambiado los libros de texto, se hubieran eliminado los símbolos y se hubieran construido nuevas culturas nacionales de la memoria en el lugar de la desacreditada cultura yugoslava. La memoria de los que habían luchado en el “lado equivocado”, en otras palabras, los que habían colaborado con las fuerzas del Eje, había sido decididamente suprimida con anterioridad y florecía públicamente solo en los círculos de los exiliados.

Mientras que los países de Europa occidental habían experimentado un periodo de reevaluación y reconciliación con el pasado de la 2ª Guerra Mundial en los años 60 y 70, fue la caída del comunismo en Yugoslavia y Europa del Este después de 1989 lo que activó el revisionismo del mito partisano y de otros mitos comunistas. El problema en Croacia, como en algunos otros antiguos países comunistas como Lituania, Letonia, Estonia y Eslovaquia, era que las fuerzas nacionalistas y anticomunistas se habían puesto invariablemente del lado de la Alemania nazi y la Italia fascista con objeto de crear nuevos Estados-nación, y en los años 90, el reconocimiento de las fuerzas colaboracionistas en estos países rayaba en la glorificación de los regímenes a favor del Eje y de tiempos de guerra (y a la larga criminales).

El problema en Croacia es que las fuerzas nacionalistas y anticomunistas se habían puesto invariablemente del lado de la Alemania nazi

Precisamente debido a la discordancia entre la naturaleza duradera de los monumentos partisanos y las nuevas interpretaciones del régimen colaboracionista anticomunista, cuando Croacia se sumió en la guerra en 1991, los monumentos se convirtieron en objetivos de un gobierno nacionalista que recalibraba lo que debía recordarse y lo que debía olvidarse de la 2ª Guerra Mundial. Los monumentos partisanos, y los espacios públicos en general, sufrieron una transformación ideológica y etno-nacional a fin de suprimir el pasado yugoslavo de la narrativa histórica dominante y sustituirlo por un pasado más aceptable y más croata. La “censura” de los monumentos partisanos incluía no solo su eliminación por parte de las nuevas autoridades, sino también vandalismo, daños causados con distintas armas, su completa destrucción por parte de paramilitares o soldados croatas y la erección de nuevos monumentos con narrativas contrarias que celebraban el régimen ustasha. La Asociación de Veteranos Antifascistas de Croacia calculó que se dañaron o destruyeron más de tres mil monumentos partisanos en los años 90, un proceso que se vio ciertamente afectado por el conflicto entre serbios y croatas durante la Guerra de la Patria.

La decisión del gobierno de Franjo Tudman de introducir nuevos símbolos, construir una nueva cultura de la memoria y eliminar la huella ideológica del régimen anterior de los espacios públicos no fue única ni sin precedentes. Como se comentó anteriormente, desde tiempos antiguos las transiciones políticas conllevaban la reconfiguración de la cultura de la memoria de una sociedad. Croacia ha sufrido este proceso varias veces durante el consternado siglo XX. Los símbolos de la monarquía de los Habsburgo fueron derribados en todo el antiguo imperio después de 1918, desde Praga hasta Ljubljana y a Zagreb. En Croacia, el gobierno real yugoslavo erigió los símbolos de la dinastía serbia Karadordevic, bajo la apariencia de construir una nueva identidad yugoslava, como la gran estatua del rey Alejandro en Udbina o el pabellón de Zagreb diseñado por Ivan Meštrovic como monumento al rey Pedro I. La creación del Estado Independiente de Croacia en 1941 bajo el control del movimiento Ustasha dio lugar a la destrucción de todos los símbolos yugoslavos, y a la transformación en mezquita en el caso del pabellón Meštrovic.

La victoria partisana en 1945 y la consiguiente revolución comunista provocó aún otro drástico giro histórico y otra revisión generalizada de la memoria institucional y del espacio público, especialmente debido a la importancia de la 2ª Guerra Mundial en la legitimidad política del régimen de Tito. El pabellón de Meštrovic volvió a sufrir un cambio de imagen ideológico y se convirtió en un museo de la revolución. Por lo tanto, no es sorprendente que la sangrienta guerra por la independencia de Croacia y la transición post-comunista conllevara algún tipo de revisión de la memoria colectiva de la nación para reflejar los valores e identidades adecuadas para un país que pretende ser miembro de la Unión Europea. Pero los monumentos partisanos que dominaron el paisaje no eran solo marcas del régimen comunista, sino símbolos de la lucha antifascista, monumentos conmemorativos de los que habían luchado en el lado de los Aliados durante la 2ª Guerra Mundial y, ante todo, obras de arte dinámicas de algunos de los escultores más célebres de Croacia del siglo XX, como Dušan Džamonja, Vojin Bakic y Vanja Radauš. El violento ataque a los monumentos partisanos en los 90 fue algo más que una reevaluación del pasado, se trató de un asalto sistemático contra los valores antifascistas en los que se basó la Europa moderna después de 1945. Además, fue claramente un esfuerzo de los nacionalistas radicales de borrar la memoria de la minoría serbia de Croacia, que había sido perseguida por el régimen ustasha y, por tanto, había sido particularmente activa en la resistencia partisana, especialmente en la primera fase de la lucha antifascista. Por ejemplo, los nombres de las víctimas de una masacre de la Ustasha en Glina, incluidos los civiles que fueron quemados vivos en una iglesia, fueron eliminados del lugar del monumento que conmemoraba la tragedia, y la casa conmemorativa fue convertida en un centro cultural croata.

La mera escala de esta “censura de la memoria” indica que el Estado croata en los años 90 toleró el ataque a los monumentos partisanos, especialmente cuando se tiene en cuenta que nunca se procesó a ninguna persona por los daños al patrimonio cultural del país. La devastación de los monumentos fue especialmente exhaustiva en las regiones más afectadas por la guerra, como Dalmacia, Lika, Banija, Kordun y Eslavonia. Les dispararon con metralletas, lanzamisiles, tanques e incluso fueron volados en pedazos con explosivos. A otros, en particular al enorme monumento de Bakic en Petrova Gora, les quitaron sus componentes valiosos y los vendieron como chatarra. Eso le ocurrió también al monumento del hospital partisano en Drežnica y a los bustos de los Héroes del Pueblo en Plaški.

Los nuevos monumentos, algunos mezclando las víctimas de la 2ª Guerra Mundial y las de la Guerra de la Patria, no hacían distinciones entre los que habían luchado en las unidades de la Ustasha y los que habían muerto como civiles, desdibujando peligrosamente las definiciones de víctima y de baja en tiempo de guerra. Esto no es problemático para aquellos que lucharon en ambos bandos durante la 2ª Guerra Mundial si se conmemora correctamente, pero sí que lo es cuando un régimen pro-fascista y pro-nazi recibe legitimidad a través de un monumento público. Después de la muerte de Tudman en 1999, el clima político cambió lo suficiente para que dejara de tolerarse la utilización libre de los símbolos fascistas y para que se pudieran restaurar poco a poco los monumentos destruidos. El monumento y el complejo conmemorativo de Jasenovac, el lugar del campo de exterminio más famoso del régimen ustasha, fueron restaurados y se inauguró una nueva exposición en 2006, lo que, aunque seguía siendo polémico, indicaba la voluntad del gobierno croata de adoptar una política diferente con respecto al pasado de la 2ª Guerra Mundial.

Pero la “división roja y negra” sigue estando presente en la política croata a pesar de los esfuerzos por centrarse en el futuro y ser miembro de la UE. En 2004, el gobierno desmanteló monumentos que conmemoraban a dos ustashe de alto rango, Mile Budak y Jure Francetic, lo que varios meses después fue seguido por la destrucción aún sin resolver de la estatua icónica de Tito en su aldea natal, Kumrovec.

Las conmemoraciones en Jasenovac y Bleiburg vuelven a despertar los debates y las polémicas sobre la 2ª Guerra Mundial todos los años. La conmemoración de Jasenovac honra la memoria del último intento de fuga de los prisioneros en este campo de exterminio ustasha, mientras que Bleiburg es el lugar en el que las fuerzas ustasha y otros colaboradores se rindieron o fueron entregados a los partisanos de Tito, después de lo cual decenas de miles de ellos, la mayoría croatas, fueron ejecutados sumariamente en varios lugares en toda Yugoslavia. Aunque Tudman nunca visitó ninguno de estos lugares (prefirió construir su legado basándose en la Guerra de la Patria), Mesic había utilizado la conmemoración de Jasenovac para arremeter contra sus oponentes políticos. Para Mesic, Bleiburg fue objeto de manipulación política por las fuerzas de derechas que pretendían encubrir la relación de la Ustasha con sus crímenes y su alianza con el fascismo y el nazismo, y por tanto se negó en rotundo a visitar ese lugar, incluso aunque la conmemoración estaba financiada por el gobierno croata.

No obstante, el presidente Josipovic ha intentado inculcar una nueva cultura conmemorativa en la política croata y visitó ambos lugares traumáticos de la memoria. En la conmemoración de Jasenovac en 2010, Josipovic hizo un llamamiento para acabar con el abuso político de todos los lugares conmemorativos (de la 2ª Guerra Mundial y de la Guerra de la Patria) con objeto de honrar adecuadamente a las víctimas y evitar más violencia, como ocurrió en los años 90. Aunque no asistió realmente a la conmemoración de Bleiburg, su visita un mes después fue sin embargo significativa. Josipovic está políticamente en oposición a los partidos que organizan los acontecimientos de Bleiburg, pero hizo hincapié en que todas las víctimas merecen tener un monumento o una tumba adecuadamente marcada. Además, declaró que quería “poner fin a la historia de la 2ª Guerra Mundial” reconociendo a las víctimas de ambos lados del conflicto. A pesar de su idealismo, es poco probable que las amargas polémicas sobre la 2ª Guerra Mundial desaparezcan tan fácilmente.

Tras la muerte de Tudman, el clima político cambió lo suficiente para que dejara de tolerarse la utilización de los símbolos fascistas y se pudieran restaurar poco a poco los monumentos destruidos.

La restauración del monumento en la ciudad de Srb que conmemora el principio de un levantamiento masivo contra el terror de los ustashe en julio de 1941 provocó nuevas fisuras en la política de la memoria, y puede considerarse en cierto modo como una reacción de la derecha a las políticas de reconciliación anunciadas por Josipovic. La reparación del monumento de Srb, destruido por soldados croatas durante la Operación Tormenta en 1995, forma parte del acuerdo de coalición entre la Unión Democrática Croata (HDZ) en el poder y el mayor partido serbio en Croacia, el Partido Democrático Independiente Serbio (SDSS). Una campaña contra la restauración estalló en la prensa de derechas, con los oponentes del monumento diciendo que el levantamiento fue exclusivamente un ataque chetnik, es decir, extremista serbio, contra croatas locales con el objetivo de crear una Gran Serbia. Aunque es cierto que algunas de las personas implicadas en el levantamiento se unieron después a unidades chetnik y que en la espiral de muertes y subsiguientes ataques por venganza murieron croatas, el levantamiento incluyó a auténticos partisanos antifascistas y fue provocado por las atrocidades de los ustashe contra los civiles serbios en toda esta región de Croacia en el verano de 1941, que es lo que el monumento conmemora en última instancia.

El presidente croata Ivo Josipovic

El presidente croata Ivo Josipovic deposita flores ante el monumento que recuerda a las 116 personas asesinadas en la “masacre de Ahmici”, cometida en abril de 1993 por tropas bosnio-croatas. Josipovic pidió disculpas formales a Bosnia por este y otros actos cometidos en la guerra. Ahmici, Bosnia-Herzegovina, 15 de abril de 2010. / Fehim Demir /EFE

Aún así, la constante lucha entre las opuestas narrativas históricas revela que en muchos casos los hechos que ocurrieron son menos importantes que las representaciones altamente subjetivas y a menudo emocionales del pasado. La asistencia de Josipovic a la ceremonia de inauguración del monumento restaurado quince años después de su destrucción fue eclipsada por la presencia de unos doscientos manifestantes radicales de derechas que amenazaron con perturbar el desarrollo del evento. Aunque Josipovic y los políticos serbocroatas insistieron en que el monumento simbolizaba la cooperación de serbios y croatas para vencer al mal del fascismo, los manifestantes, que recibieron una cantidad desproporcionada de tiempo en el aire en la televisión estatal, parecían decididos a revivir el discurso del odio y el ambiente de intolerancia que predominaba a principios de los 90.

LAS POLÍTICAS DE LA MEMORIA

La destrucción y los intentos de restauración de la memoria a través de los monumentos y las conmemoraciones partisanas en Croacia es solo una de las facetas de la política contemporánea de la memoria europea. En España, los fantasmas de la Guerra Civil y el legado de la amnesia negociada desde 1975 dieron lugar a la aprobación de la Ley de la Memoria Histórica en 2007 que prohibió los símbolos del régimen de Franco, reconoció a las víctimas del franquismo y prohibió las conmemoraciones anuales de Franco en su tumba en el Valle de los Caídos. Hungría, que había tratado los monumentos de la era comunista de forma innovadora consagrándolos en un “parque de las estatuas” en lugar de destruyéndolas, ha sido sacudida repetidamente en los últimos años por un movimiento de derechas que, para cuestionar al gobierno, utiliza lugares de la memoria y fechas conmemorativas clave relacionados con los acontecimientos de 1848 y 1956. El presidente georgiano Mijeil Saakashvili fue muy criticado por su decisión de destruir un monumento antifascista construido por los soviéticos, que además provocó la muerte de dos personas durante su demolición en diciembre de 2009. Dijo que se demolía el monumento para hacer sitio a nuevos edificios del gobierno que reanimarían la economía, mientras que otros lo consideraban un intento de eliminar todos los símbolos rusos del país después de la breve guerra por Osetia del Sur el año anterior. Serbia, que había hecho ostentación de sus credenciales antifascistas ante la comunidad internacional en los años 90, pero había descuidado gravemente el patrimonio y los monumentos partisanos internamente (mientras que cultivaba simultáneamente la rehabilitación del movimiento chetnik), rápidamente restauró el complejo conmemorativo dedicado a la liberación de Belgrado en octubre de 2009 antes de la llegada del presidente ruso Dimitri Medvedev. Todos estos casos muestran cómo el pasado sigue siendo una poderosa herramienta para las élites políticas contemporáneas, y en qué medida ese pasado será recordado, olvidado o censurado.

Impertérrito por la ruidosa (aunque en la actualidad políticamente marginal) oposición de derechas en el interior y la ambigua posición sobre la política de la memoria en algunos Estados miembros de la UE y en los países vecinos, el nuevo presidente de Croacia ha seguido presionando a favor de un discurso de reconciliación en su enfoque relativo a la cultura conmemorativa. En una etapa temprana de su mandato dio el histórico paso de traer a los líderes políticos y religiosos de Bosnia-Herzegovina a los lugares de la memoria de los tres grupos étnicos (bosnios, serbios y croatas) en ese país fragmentado, lo que le consiguió las alabanzas de la comunidad internacional. Se dio otro paso histórico en octubre de 2010, cuando Josipovic asistió a la inauguración de un monumento a nueve civiles serbios de edad avanzada que murieron en el pueblo de Varivode después de la Operación Tormenta, la primera vez que se construía un monumento oficial para víctimas serbias de la Guerra de la Patria. Esto fue un claro indicio de que seguiría cumpliendo su promesa de honrar a las víctimas de todos los bandos, no solo a las de la 2ª Guerra Mundial, sino también a las de otros conflictos más recientes, en un esfuerzo por despolitizar dichos recuerdos traumáticos.

Estas políticas acompañan a otros esfuerzos de reconciliación, concretamente la mayor cooperación regional y el abierto apoyo a las iniciativas de justicia transnacionales, como la constitución de una comisión regional para la verdad y la reconciliación (REKOM). Las encuestas de opinión de 2010 que mostraban un índice de apoyo del 85% y el estatus de político más popular de Croacia indican que la nueva cultura conmemorativa de Josipovic cuenta con el respaldo de los ciudadanos de Croacia ahora que el país se aleja de su pasado desgarrado por la guerra y mira hacia el futuro en la UE. •

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