Rafael Carpintero
Traductor, entre otras, de las obras del Premio Nobel turco Orhan Pamuk y profesor en la Universidad de Estambul. [+ DEL AUTOR]

La narrativa turca contemporánea

Uno de los peligros al hablar de una literatura poco conocida reside en que se corre el riesgo de redactar una especie de guía telefónica de nombres que poco o nada le dicen al lector y que dependen en gran parte de los gustos de quien escribe. El desconocimiento en España de la literatura turca es notable y se debe sobre todo a dos razones, aparte de las de índole estrictamente editorial. En primer lugar, la lengua; el turco no es un idioma fácil y apenas existen lugares donde aprenderlo, lo que redunda en una escasez crónica de traductores, no exclusiva de nuestro país. En segundo, la abrumadora presencia de dos grandes figuras internacionales en la narrativa turca, Yasar Kemal y Orhan Pamuk (no olvidemos a Nazım Hikmet en poesía), ha eclipsado un tanto a otros autores.

el novelista Orhan Pamuk, primer autor turco galardonado con el Premio Nobel de Literatura 2006

el novelista Orhan Pamuk, primer autor turco galardonado con el Premio Nobel de Literatura 2006. Estambul, Turquía, 15 de septiembre de 2006. / Tolga Bozoglu /EFE

El desconocimiento de una literatura suele conducir a una pregunta cuando menos arriesgada, la de cuáles son las características particulares que la diferencian de las demás o, al menos, sus tendencias más marcadas. En lo que respecta a las tendencias generales de la narrativa turca podríamos decir, aún a riesgo de falsear la realidad, que ha destacado por su tendencia al realismo militante, sea político o social.

Dos son las fechas importantes en la historia contemporánea turca. La primera es 1839, cuando se proclamó el edicto de Gülhane que dio lugar al inicio del periodo de las Reformas (Tanzimat) en el Imperio Otomano. La segunda es 1923, año de la proclamación de la República de Turquía. Las Reformas abrieron el Imperio a las influencias occidentales, particularmente francesas y, por tanto, a sus formas literarias. Durante la época clásica del Imperio, la literatura imperante había sido la del Diván, así llamada porque se recogía en colecciones llamadas “divanes”, y consistía fundamentalmente en largos poemas narrativos escritos según modelos árabes y persas. Esta literatura hacía tiempo que se había anquilosado y se limitaba a repetir o imitar a los grandes maestros de los siglos XVI y XVII. La llegada de profesores extranjeros al Estambul de las reformas supuso la entrada de una literatura desconocida hasta entonces en Turquía. En este aspecto es de gran importancia el Liceo de Galatasaray, en principio escuela de pajes de palacio, pero reconvertido a partir de 1868 en la escuela donde se formarían, siguiendo una educación francesa, las nuevas élites del imperio.

Pronto empiezan a aparecer traducciones al turco de autores considerados más o menos didácticos: Fenelón, Voltaire, Rousseau, etc. Pero también de novelitas policíacas o sentimentales. Y en 1872 se publica la que todos consideran la primera novela turca propiamente dicha: Los amores de Talât y Fitnat de Semsettin Sami, autor de una obra ingente. A Semsettin Sami le siguen otros escritores, algunos de gran importancia como Ahmet Mithat o Namık Kemal, aunque este último destaque más como intelectual que como narrador. Las primeras novelas turcas son de clara influencia romántica y se dirigen, por lo general, a la alta burguesía de Estambul, consumidora de hecho de novelas francesas.

La abrumadora presencia de dos grandes figuras internacionales en la narrativa turca, Yasar Kemal y Orhan Pamuk, ha eclipsado un tanto a otros autores

Estas primeras obras narrativas tienen dos objetivos fundamentales. Por un lado, y en parte como consecuencia del costumbrismo que empieza a ponerse de moda, desarrollar un lenguaje más adecuado a la novela que el otomano literario tradicional. Por otro, la investigación en la identidad turco-otomana, en crisis a causa de la eclosión de los nacionalismos y del choque que supuso la irrupción casi repentina de la cultura europeo-occidental en el Imperio. Este último tema, el de las conflictivas relaciones culturales con Europa, será tan frecuente en la novela turca (por ejemplo, es casi constante en Orhan Pamuk) como lo fue en la española hasta la generación del 98.

Pronto irrumpen el realismo y el naturalismo con autores como Hüseyin Rahmi Gürpınar, muy influido por Zola. Al mismo tiempo, finales del XIX, comienza a publicarse la revista Servet-i Fünun, de enorme importancia para la formación de los escritores que luego crearán lo que se ha dado en llamar “la literatura nacional”, aunque el movimiento iniciado por la revista será sobre todo poético.

En lo que respecta a las tendencias generales de la narrativa turca podríamos decir, aún a riesgo de falsear la realidad, que ha destacado por su tendencia al realismo militante, sea político o social

La llegada al poder de los Jóvenes Turcos en 1908 dio un fuerte impulso al nacionalismo turco, incluyendo la búsqueda de una nueva lengua literaria más simple y más “auténtica”. Los ideales otomanistas de un país plurinacional se ven sustituidos por las aspiraciones panturquistas. La derrota en la Primera Guerra Mundial traerá como consecuencias la Guerra de Liberación y la proclamación de la República de Turquía en 1923. Los autores jóvenes procedentes de la revista Servet-i Fünun y otras, tras el cierre de aquella en 1901, se unen al esfuerzo colectivo de crear una nueva nación. Para conseguirlo vuelven sus ojos hacia Anatolia como los autores del 98 los volvieron hacia Castilla. Hasta ese momento, la mayor parte de la producción literaria se centraba en Estambul y los temas procedían del ambiente de dicha ciudad. Ahora el referente es el campesinado turco, objetivo fundamental de las reformas republicanas. El protagonismo del pueblo en la guerra inspira obras como Atesten Gömlek de Halide Edip Adıvar, una de las primeras novelistas de importancia en una literatura hasta entonces dominada por hombres. Y la necesidad de educarlo y de buscar en él la esencia de la nación, las de autores como Yakup Kadri Karaosmanoglu o Resat Nuri Güntekin.

El nuevo régimen republicano se lanza a ingentes campañas educativas, sobre todo a partir del cambio del alifato árabe por el alfabeto latino modificado en 1928. Los índices de alfabetización crecen espectacularmente y con ellos las publicaciones más o menos literarias que van a propiciar el florecimiento del cuento, del relato corto, género que será extraordinariamente popular en Turquía y en el que se curtirán gran parte de los narradores. Pero antes de continuar hablando de literatura, y en conexión con la alfabetización del país, conviene mencionar a quien fue uno de los ministros de educación más influyentes de toda la historia republicana, Hasan Âli Yücel, y dos de sus muchos proyectos educativos: los “Institutos Campesinos” (Köy Enstitüleri) y la Oficina de Traducciones (Tercüme Bürosu). Los Institutos recogían a jóvenes de origen rural y los formaban como maestros para que luego ejercieran en las aldeas de las que procedían y convertirlos así en la punta de lanza de una educación de tipo occidental que contrarrestara la influencia de los imanes locales. La experiencia no tuvo una larga duración pero formó a una generación que posteriormente narraría sus vivencias como maestros, ofreciendo una imagen muy distinta de la visión idílica del campo que pretendía difundir el poder. Entre ellos destaca Mahmut Makal con su libro Bizim Köy (Nuestro pueblo), que sería el germen de lo que posteriormente se llamó “Novela campesina”.

En 1872 se publica la que todos consideran la primera novela turca propiamente dicha: Los amores de Talât y Fitnat de Semsettin Sami, autor de una obra ingente

El escritor turco Yasar Kemal y el autor alemán Gunter Grass

El escritor turco Yasar Kemal (d) y el autor alemán Gunter Grass en una rueda de prensa celebrada en el Instituto Goethe. Estambul, Turquía, 15 de abril de 2010. / Tolga Bozoglu /EFE

Otro logro de Hasan Âli Yücel fue la fundación de la Oficina de Traducciones. Era un organismo estatal que se dedicaba a publicar traducciones de obras y autores importantes, fundamentalmente clásicos occidentales pero también orientales, a un precio asequible. Se pretendía con eso cubrir el hueco que dejaba la industria editorial y proporcionar en turco las obras que son la base del canon occidental. La influencia de las traducciones de la Oficina fue enorme, puesto que permitió a los jóvenes que no tenían conocimiento de lenguas extranjeras acceder a un acervo cultural que hasta entonces les estaba vedado.

Los autores jóvenes se unen al esfuerzo colectivo de crear una nueva nación. Para conseguirlo vuelven sus ojos hacia Anatolia como los autores del 98 los volvieron hacia Castilla

La educación, las traducciones y las revistas literarias permitieron la aparición de una nueva generación de escritores totalmente desvinculada del Imperio Otomano que inició su andadura en la década de los treinta y que se convertirá en modelo de los autores posteriores. Entre ellos destacan, y todos ellos especialmente en el ámbito del relato corto, Memhuh Sevket Esendal, Sabahattin Ali, Sait Faik u Orhan Kemal, este último ligeramente más joven y uno de los pioneros de lo que se dio en llamar la “Nueva Literatura”. Esta “nueva literatura” reorientará el realismo imperante, de tipo bien costumbrista, bien político-patriótico, en un realismo social más preocupado por las injusticias sufridas por la clase obrera tanto en el campo como en las ciudades, como efecto del éxodo rural y la proletarización. Esa actitud llevará a que gran parte de los escritores turcos tengan choques con la justicia y lleguen a sufrir penas de cárcel o algo peor (como en el caso de Sabahattin Ali, asesinado por su guía cuando intentaba escapar a Bulgaria).

Por supuesto, siguen publicando autores que son del todo ajenos a esta corriente general, entre quienes cabe destacar a Ahmet Hamdi Tanpınar, que desarrolla un preciosismo narrativo centrado en Estambul impregnado de nostalgia por el pasado.

El tema de las conflictivas relaciones culturales con Europa será tan frecuente en la novela turca como lo fue en la española hasta la generación del 98

Tras la Segunda Guerra Mundial empieza a publicar la primera generación de “hijos de la República”, autores nacidos en los años del cambio de régimen o poco antes. Este hecho provoca que, en general, desaparezca de la narrativa uno de los motivos más constantes hasta entonces: el choque que suponían los modos y costumbres occidentales en el Imperio. No obstante, sí se sigue escribiendo sobre el paso del Imperio Otomano a la República, particularmente en busca de la esencia nacional, como es el caso de Kemal Tahir, muy citado por Orhan Pamuk. La personalidad más destacada de esta primera generación de “hijos de la República” es, sin duda, Yasar Kemal, perpetuo candidato al Premio Nobel. Aunque antes había publicado diversos relatos cortos (recogidos en la colección Calor amarillo), es la aparición del primer volumen de Memed el Flaco (Ince Memed, El Halcón) en 1953 la que le lanza al estrellato literario. Aunque Yasar Kemal no es un autor de la llamada “novela campesina”, la trama de sus novelas suele situarse en el ámbito rural, especialmente en la zona de Çukurova. Sin embargo, la fuerza y vitalidad de su mundo narrativo provoca que sus novelas trasciendan el costumbrismo de la “novela campesina” típica.

La nómina de autores que empiezan a publicar en los años cincuenta y sesenta es enorme y, por lo general, desconocida más allá de las fronteras de Turquía. El interés por el atraso del campo se va viendo desplazado por los problemas de la emigración, tanto a la gran ciudad como al extranjero, particularmente Alemania. Uno de los autores más representativos de este tipo de realismo social es Tarık Dursun K., a pesar de su empleo de nuevas técnicas narrativas.

La nómina de autores en los años cincuenta y sesenta es enorme. El interés por el atraso del campo se va viendo desplazado por los problemas de la emigración, tanto a la gran ciudad como al extranjero, particularmente Alemania

El golpe de 1980 supone un corte brutal en la vida de Turquía, cuyas consecuencias aún se sufren treinta años después. Los autores abandonan la militancia directa

También por esos años comienza otra tendencia que tendrá una gran importancia en Turquía: el relato de humor, entre cuyos autores destaca Aziz Nesin. Se trata, por lo general, de obras de crítica social con un fuerte contenido político, que serán extraordinariamente populares.

El golpe de Estado de 1960 inicia una serie terrible de intromisiones del ejército en la política. Las buenas intenciones que pudieran tener los militares de 1960 son contrarrestadas por el golpe de timón del 12 de marzo de 1971. La represión es tremenda y muchos intelectuales son encarcelados. Como consecuencia, la mayor parte de la narrativa de los años sesenta y setenta es directamente política, llegando incluso a aparecer una corriente llamada “novela del 12 de marzo”, muchas veces de tema carcelario. Fruto de la preocupación político-social de la literatura de la época es también el surgimiento del tema de la mujer. Empiezan a publicar una serie de escritoras de gran calidad (Nezihe Meriç, Adalet Agaoglu, Füruzan, Sevgi Soysal, Pınar Kür, etc.) que se centran en los problemas de la mujer en esos años de profunda transformación de la sociedad turca. Turquía ha dejado de ser un país campesino, se ha convertido en una sociedad industrial y las mujeres se incorporan al mundo del trabajo en las ciudades, aunque continúan siendo reprimidas por las costumbres tradicionales.

En los años setenta aparecen también las primeras obras que se centran en la renovación formal. Autores como Selim Ileri, Ferit Edgü o la mencionada Adalet Agaoglu comienzan a incorporar a sus obras mecanismos innovadores que superan las estructuras novelísticas tradicionales. Sin duda, la figura más destacada de este grupo es Oguz Atay, aunque su muerte temprana (1977) privó a la literatura turca de quien podría haberse convertido en un verdadero revolucionario del panorama novelístico. Además, su gran obra Tutunamayanlar, publicada entre 1971 y 1972, posiblemente fuera demasiado avanzada para unos años en que imperaba la novela política del 12 de marzo. Con todo, su influencia en autores posteriores fue impresionante y demostró, a pesar de la opinión de muchos, que la lengua turca es perfectamente apta para la experimentación.

Las décadas de los ochenta y noventa son también las de la aparición de la novela postmoderna, muy relacionada con el simbolismo y la reflexión sobre el individuo

Esta novela subraya también otro de los temas que van a hacerse frecuentes en la literatura turca a partir de los años setenta: el papel del intelectual. Los intelectuales turcos se ven a sí mismos sumidos en un dilema insoluble al constatar que los intereses de la clase obrera, a la que pretenden dirigirse y dirigir, van en una dirección completamente distinta a la que ellos habrían deseado. De hecho, son totalmente incapaces de integrarse en la base de la sociedad de su propio país porque han gozado de una educación occidental que, en sentido estricto, no consideran la suya. La consciencia de la propia alienación no es nada nueva (de hecho, es el motivo fundamental de Yaban –El forastero– de Yakup Kadri Karaosmanoglu, publicada en una fecha tan temprana como 1932), pero, en lugar de una reflexión del papel que debería desempeñar el intelectual como pionero de la sociedad, se convierte en un callejón sin salida. Esta crisis existencial, a la que habrá que añadir la despolitización general provocada por el golpe del 80, será en parte la causante de que los autores siguientes vuelvan al pasado otomano como fuente de inspiración.

El golpe de 1980 supone un corte brutal en la vida de Turquía, cuyas consecuencias aún se sufren treinta años después. Con este golpe no se pretende, ni siquiera aparentemente, democratizar la vida política (como ocurrió con el del 60), ni restaurar el orden público (como en el 1971) sino, simple y llanamente, crear un nuevo régimen sometido en todos sus aspectos a la autoridad central. Una de las armas que se utilizan para conseguirlo es la despolitización. Técnicamente, todo lo que son instituciones del Estado se desvinculan de la esfera política. El impacto sobre los intelectuales en, por ejemplo, las universidades, es devastador. La opinión general de la gente es la de culpar a los políticos por el estado de anarquía que condujo al golpe. Pero eso no quiere decir que la literatura se desvincule de temas políticos, más bien al contrario, aunque ahora el tratamiento es completamente distinto. Los autores abandonan la militancia directa y vuelven la mirada hacia los sesenta y los setenta intentando encontrar qué fue lo que pudo salir mal. Se trata de un tema que puede verse con claridad en algunas obras de, sin ir más lejos, Orhan Pamuk, en concreto La casa del silencio y El libro negro.

Esta revisión del pasado reciente viene acompañada de una nueva lectura de la época otomana, especialmente los últimos años en los que, mutatis mutandis, se produjeron acontecimientos que podían extrapolarse con facilidad al presente (la dictadura de Abdülhamit II, la intervención de los Jóvenes Turcos y las tendencias totalitarias de sus líderes, la revuelta reaccionaria de 1909, etc.). Entre los autores que se ocupan de este tema destaca Ahmet Altan, cuyas obras se han convertido en auténticos best-sellers, pero también otros como Zülfü Livaneli o, en un plano muchísimo más personal, Nedim Gürsel.

Posiblemente el autor más interesante de la “alta literatura” sea Ihsan Oktay Anar, cuyas obras, muy influidas por Borges, presentan un universo onírico e irónico muy atractivo

El abandono del realismo tradicional propicia una nueva forma de escribir por parte de autores innovadores que frecuentemente usan la alegoría para reflexionar sobre la situación del país y el ser humano en general y para escapar de un marco político estrecho. En este sentido cabe destacar a Bilge Karasu o a Buket Uzuner, aunque no son los únicos. La narrativa se centra ahora en el individuo inmerso en una sociedad problemática más que en el individuo como representación de un grupo o clase.

Las décadas de los ochenta y noventa son también las de la aparición de la novela postmoderna, muy relacionada con el simbolismo y la reflexión sobre el individuo anteriormente citados. Gran parte de los autores que hemos mencionado podrían ser incluidos con facilidad en esta corriente y, sin embargo, no es habitual que los novelistas se dejen etiquetar como “postmodernos” porque la recepción de este tipo de obras ha sido muy polémica por parte de críticos y lectores. La nueva novela, que expone su naturaleza de artificio, que hace un uso intensivo de la intertextualidad bien entendida, que centra gran parte de su atención en detalles triviales y que plantea más preguntas que soluciones, es considerada como un ejercicio inane de escritura por muchos críticos partidarios de una concepción decimonónica de la novela. A este rechazo de la novela postmoderna no han sido ajenos ni el ascenso del nacionalismo, herméticamente cerrado a cualquier posibilidad de crítica, ni el hundimiento de la URSS, que supuso una decepción con los ideales de izquierda que se añadió a la despolitización general para desconcierto de muchos que veían en la novela un instrumento para la educación del pueblo.

Cartel con los retratos de las escritoras turcas Latife Tekin y Pinar Kür en la Feria del Libro de Fráncfort

Cartel con los retratos de las escritoras turcas Latife Tekin (i) y Pinar Kür en la Feria del Libro de Fráncfort, dedicada en esta edición a Turquía. Fráncfort, Alemania, 14 de octubre de 2008. / Arne Dedert /EFE

Posiblemente, el ejemplo más claro de este tipo de críticas sea el de Orhan Pamuk. Dejando de lado los aspectos políticos, los admiradores de Pamuk en Turquía se dividen en dos grupos: los que opinan que sus mejores novelas son las primeras (especialmente Cevdet Bey e hijos), de corte más clásico aunque incorporen técnicas modernas; y los que consideran una obra maestra El libro negro, su libro más complejo, y le dan mucha menos importancia a las dos primeras (entre los que se cuenta el mismo Pamuk). Precisamente, Orhan Pamuk debe su éxito internacional a El castillo blanco, su primera novela decididamente postmoderna, con un amplio uso de la intertextualidad, de los juegos narrativos y que deja al capricho del lector la posible interpretación, si es que la tiene.

Tanto los que pretenden buscar interpretaciones al caos de la vida moderna como los que no, beben de las mismas fuentes. Faulkner, Borges, Dostoyevski, etc. Y por la parte turca Oguz Atay, por supuesto, el Luis Martín-Santos de la novela turca contemporánea.

Junto a la literatura de autor también ha aparecido en los últimos años la novela de género. Un tipo muy popular, consecuencia de la política internacional, especialmente de las fluctuantes relaciones entre Turquía y la Unión Europea, es lo que podríamos denominar novela nacionalista o paranoica. La idea básica es que los turcos sólo pueden fiarse de ellos mismos porque el mundo entero está en su contra. El enorme éxito de obras como Esos turcos locos (Su Çılgın Türkler) de Turgut Özakman, sobre la Guerra de Liberación u otras fantásticas en las que los EE UU invaden Turquía, por ejemplo, son una muestra clara de este tipo de narrativa.

A estas alturas, parece un poco ridículo que insistamos en hablar de la literatura de tal o cual país como si se tratara de algo ajeno a la literatura mundial

Otro género que ha tenido una eclosión en los últimos años ha sido el policíaco o, más exactamente, la novela negra. Probablemente como consecuencia de la despolitización, la imagen del policía ha pasado de ser la del torturador de las décadas de los setenta y ochenta a la del torturado tipo Marlowe. Destacan autores como Emrah Serbes con su personaje Behzat Ç. (muy popular gracias a una serie de televisión) y, sobre todo, Ahmet Ümit, el pionero del género en el país, aunque con una obra tan particular que, en ocasiones, hace difícil encasillarle.

La novela turca de principios del siglo XXI parece encaminarse en esa doble dirección. Por un lado la narrativa de género más comercial, aunque algunos de sus autores destaquen gracias a su estilo personal. Por otro, la “alta literatura” muy influida por las técnicas postmodernas. En ambos casos, es muy habitual el empleo de lo histórico, bien sea como marco de la trama (en el caso de la novela histórica) o bien como referencia que invita a la reflexión. Tampoco se olvidan los ajustes de cuentas con los pecados de un pasado hasta ahora tabú, como hace Elif Safak en su novela La bastarda de Estambul. Posiblemente el autor más interesante y original de los últimos tiempos de esa “alta literatura”, al menos en mi opinión, sea Ihsan Oktay Anar, un profesor de filosofía de Esmirna cuyas obras, muy influidas por Borges, presentan un universo onírico e irónico muy atractivo.

Volviendo al principio de este escrito, podemos preguntarnos si existen unas características particulares que distingan a la narrativa de Turquía. A principios de los ochenta Tahsin Yücel, narrador, lingüista y crítico literario, recordaba la opinión de otro crítico, Fethi Naci, sobre si existía algo a lo que pudiera llamarse novela turca: “La hay, pero tanta como fútbol [turco]”. Naci se basaba en dos argumentos muy habituales para negar la existencia de una novela propiamente turca. En primer lugar se intenta establecer una comparación entre la literatura turca y la literatura occidental, término que Yücel rechazaba, con razón, por demasiado amplio y ambiguo. Por otra parte, se le suele negar una cualidad esencial a la novela turca basándose en motivos sociales: en Turquía no ha existido una clase burguesa que exaltara la expresión del individuo y, por lo tanto, formas literarias como la novela. A este último argumento, Yücel contraponía un ejemplo muy sólido, el de la novela rusa. Tampoco en Rusia se puede hablar de una clase burguesa ni de una tradición novelística anterior al siglo XIX y, sin embargo, ahí están sus grandes autores. Por lo tanto, aparte de que el fútbol turco ha mejorado mucho, sería injusto negar la existencia de un género meramente porque Turquía carezca de una tradición novelística similar a, por ejemplo, la española.

¿Tiene, pues, la narrativa turca alguna característica peculiar? Simplemente que habla de Turquía; pero de una Turquía real y no de ese mágico país de las Mil y una noches que nos imaginamos en España

A estas alturas, parece un poco ridículo que insistamos en hablar de la literatura de tal o cual país como si se tratara de algo ajeno a la literatura mundial. Por mucho que trate de su propia realidad, el escritor verdaderamente grande siempre la trasciende. Yasar Kemal ha repetido infinidad de veces que “su” Çukurova existe en todas las partes del mundo y Murat Belge comentaba en un congreso sobre Orhan Pamuk que para ser universal es necesario ser local. ¿Tiene, pues, la narrativa turca alguna característica peculiar? Simplemente que habla de Turquía; pero cuidado, de una Turquía real y no de ese mágico país de las Mil y una noches que nos imaginamos en España. Solo si tratamos de ser más receptivos a las particularidades de otras culturas podremos comprender que, en el fondo, todas son más o menos iguales y disfrutaremos de los pequeños matices.

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