Carlos Taibo
Profesor de Ciencia Política, Universidad Autónoma de Madrid [+ DEL AUTOR]

La desintegración de Yugoslavia

El propósito principal de este texto es examinar cuáles fueron las claves fundamentales que explican la desintegración de Yugoslavia operada en el decenio de 1990 y qué papel asumió la república de Croacia en el proceso correspondiente. A buen seguro que el lector no ignora que la materia que nos ocupa es singularmente conflictiva y que, de resultas, ha dado pie a percepciones muy diferentes de los hechos.

LA CROACIA YUGOSLAVA

En 1944-1945, y al amparo de la victoria militar asumida durante la 2ª Guerra Mundial frente al invasor alemán por la guerrilla partisana liderada por Josip Broz, Tito, vio la luz lo que conocemos como Estado federal yugoslavo. Esta instancia política pervivió en los hechos hasta 1991. Croacia fue –junto con Bosnia-Herzegovina, Eslovenia, Macedonia, Montenegro y Serbia– una de las seis repúblicas integrantes de la federación yugoslava que ahora nos interesa.

El mariscal Tito da la bienvenida al Secretario General del Partido Comunista de la URSS

El mariscal Tito da la bienvenida al Secretario General del Partido Comunista de la URSS, Nikita Krushev. Belgrado, Yugoslavia, 26 de mayo de 1955. /EFE

Lo suyo es reconocer que, en inicio, la inserción de Croacia en el naciente Estado federal fue delicada. Conviene tener presente que, aunque en la guerrilla partisana no faltaban los croatas –el propio Tito era medio croata, medio esloveno–, durante la guerra el grueso de la población local había respaldado, mal que bien, al régimen ustasha encabezado por Ante Pavelic. Ese régimen se había traducido en una franca dictadura, había colaborado activamente con la Alemania hitleriana y se había hecho responsable de durísimas políticas de represión que había contado entre sus víctimas, en lugar preferente, a los integrantes de la población serbia residente en el país. Los antecedentes de la Croacia de Pavelic no eran precisamente los mejores, en otras palabras, a la hora de facilitar la integración de la república en el Estado federal que veía la luz, que se otorgaba a sí mismo con orgullo la etiqueta de socialista y que, por añadidura, había cobrado cuerpo merced a la derrota y expulsión del invasor alemán. Aun así, lo cierto es que con el paso de los años, la mayor preocupación de Tito no la configuraron las posibles desavenencias croatas. Mayor relieve correspondió, antes bien, al riesgo de que en Serbia, la más poblada de las repúblicas yugoslavas y que había aportado, además, el grueso de la élite política del naciente Estado federal, emergiese un poder absorbente claramente emplazado por encima de los que correspondían al centro federal y a las restantes repúblicas. Así las cosas, parece innegable que Tito se inclinó, en un grado u otro, por cortarle las alas a Serbia dentro del Estado yugoslavo. Una de sus concreciones principales de ese designio se registró cuando, en 1974, una nueva Constitución creó dentro de la propia Serbia dos provincias autónomas –Kosovo y la Vojvodina– que empezaron a escapar de facto al control ejercido por los gobernantes serbios.

La inserción de Croacia en el naciente Estado federal fue delicada, pues durante la guerra el grueso de la población local había respaldado al régimen ustashe que había colaborado activamente con la Alemania hitleriana

En paralelo, es obligado subrayar que la dinámica general introducida por el Estado federal yugoslavo se tradujo en dos procesos de interés que con toda certeza afectaron a Croacia. El primero fue una activa y progresiva descentralización que acabó por perfilar un modelo muy singular: una dictadura de partido único, encabezada por un dirigente carismático, que era capaz de asumir, sin embargo, una notable descentralización espacial en el ejercicio del poder, permitiendo que las diferentes repúblicas accediesen a niveles respetables de autogobierno y propiciando, claro, la aparición y consolidación de las élites locales. El segundo lo aportó la introducción, en el sistema económico, de fórmulas autogestionarias que a menudo coexistieron de manera conflictiva con las pulsiones propias de una suerte de planificación centralizada a la soviética. Agreguemos que en la trastienda era fácil percibir una agria polémica de la que eran protagonistas principales las dos repúblicas yugoslavas más septentrionales, Eslovenia y Croacia, por añadidura las más ricas. Las disputas en lo que se refiere al reparto de los recursos en el Estado federal –cuya economía era, por cierto, razonablemente abierta, como lo testimonia la posibilidad al alcance de los ciudadanos yugoslavos de emigrar– estuvieron a la orden del día. Una de sus manifestaciones señeras fue, en 1971, una ebullición nacionalista en Croacia que en una de sus claves principales bebía del deseo de los dirigentes locales en el sentido de reservar para la república el grueso de los beneficios que aportaba la explotación de la industria turística que empezaba a adquirir peso en la costa del Adriático. En su política de palo y zanahoria, Tito destituyó a la dirección de la Liga de los Comunistas de Croacia –la organización republicana de la Liga de los Comunistas de Yugoslavia, el partido único del momento– para, a continuación, aceptar sibilinamente buena parte de las demandas que habían estado en el origen de la ebullición nacionalista.

A efectos de cerrar un balance de lo que supuso en Croacia el Estado federal yugoslavo, bueno será que añadamos que en el interior del país coleaban los problemas de integración de una población serbia que en el decenio de 1980 aportaba del orden de un 12% del total de los habitantes. Los serbios, presentes con cierta entidad en la capital, Zagreb, eran mayoría de la población en la Krajina –una región encajonada entre las costas del Adriático y Bosnia– y configuraban una minoría significada en Eslavonia oriental, junto a la frontera con Serbia.

La crisis del decenio de 1980

La muerte de Tito, en 1980, obligó a reformular muchas relaciones e instituciones en Yugoslavia. La operación correspondiente, que se vio acompañada de una crisis económica que no remitió en momento alguno, se saldó con un visible fracaso: lejos de emerger elementos comunes que permitiesen fortalecer políticas en el ámbito federal, al cabo se impusieron con claridad las élites que habían ido cobrando cuerpo, con perfil más o menos asentado, en las diferentes repúblicas. El fenómeno que nos ocupa adquirió inicialmente su mayor peso en Serbia, en donde, a partir de 1987 y con Slobodan Miloševic a la cabeza, se asentó en el poder una modalidad agresiva de nacionalismo firmemente decidida a reconfigurar en provecho propio las reglas del juego del Estado federal. Así las cosas, entre el año mencionado y 1991, las autoridades serbias procedieron a instaurar nuevas políticas que generaron un acaso inevitable impulso centrífugo que afectó ante todo a Eslovenia y Croacia. Recuérdese al respecto que los gobernantes serbios no dudaron en alentar la manifestación, por vez primera desde 1945, de mensajes francamente demonizadores de otros grupos étnicos; propiciaron reformas en sentido re-centralizador de la Constitución federal; estimularon la creación, visiblemente ilegal, de regiones autónomas en las áreas de Croacia y de Bosnia en las que había bolsas importantes de población serbia y, en suma, cancelaron en 1989 la condición autónoma de la que se beneficiaban desde tres lustros antes Kosovo y la Vojvodina.

En semejante escenario, y en 1990-1991, se registraron en Yugoslavia dos procesos de signo contrario. El primero lo aportó un intento acometido por un primer ministro federal de origen croata, Ante Markovic, en el sentido de reconstruir estructuras y políticas comunes a todas las repúblicas. El intento en cuestión se saldó con un ostentoso fracaso: mientras por un lado las políticas económicas postuladas por Markovic y alentadas por el Fondo Monetario Internacional no dieron resultado alguno –las autoridades serbias pusieron en funcionamiento, por ejemplo, la máquina de hacer billetes con los consiguientes efectos en materia de inflación–, por el otro no prosperó el intento del primer ministro en lo que se refiere a la organización de elecciones generales en el ámbito federal, y no en el de las repúblicas singulares, sobre todo de resultas de la oposición que se registraba en Serbia y en Croacia. Así las cosas, en 1990 se celebraron en cada república por separado –y vamos a por el segundo proceso– elecciones que arrojaron resultados muy dispares. Si en Eslovenia y en Croacia se impusieron, en abril de ese año, fuerzas políticas de cariz orgullosamente rupturista con respecto al orden marcado con anterioridad por la Liga de los Comunistas, en Serbia y en Montenegro el triunfo benefició, antes bien, a partidos que eran directos herederos de las organizaciones republicanas de la Liga, en tanto en cuanto en Bosnia-Herzegovina y Macedonia la victoria sonrió ante todo a fuerzas nacionalistas de diferente corte.

A partir de 1987 en Serbia se asentó una modalidad agresiva de nacionalismo decidida a reconfigurar en provecho propio las reglas del juego del Estado federal

En el caso preciso de Croacia, las elecciones auparon al poder a una fuerza política, la Unión Democrática Croata (HDZ, en sus siglas en serbocroata), que al poco convirtió a su máximo dirigente, Franjo Tudman, en presidente de la república. La figura de Tudman, y con ella la condición de la HDZ, ha suscitado de siempre muchas controversias. General del ejército yugoslavo y presidente en su momento de uno de los principales clubes de fútbol de Belgrado, la capital serbia, Tudman abrazó con claridad en los últimos años de su vida una versión esencialista del nacionalismo croata. Conviene subrayar al respecto que, aunque se hicieron valer semejanzas notables entre los nacionalismos serbio y croata en los años que nos ocupan, al menos en lo que hace a sus máximas representaciones personales, Miloševic y Tudman, despuntaban diferencias importantes. Mientras en el caso de Miloševic la adhesión al nacionalismo serbio fue fundamentalmente interesada y pasajera –encontró en aquél una mercancía útil a efectos de propiciar la reconversión de la élite dirigente de la Liga de los Comunistas de Serbia–, en el de Tudman operó un impulso mucho más consistente y perdurable. El hecho, en fin, de que tras el proyecto de la HDZ tudmaniana se apreciase una franca vocación de ruptura con respecto al orden “comunista” anterior no debe conducir, sin embargo, a una conclusión equivocada: al igual que había sucedido en serbia con el Partido Socialista que lideraba Miloševic, buena parte de los integrantes de la HDZ no eran sino cuadros de la vieja Liga de los Comunistas de Croacia que habían asumido una rápida reconversión en provecho de un ideario distinto.

Aunque no hay motivo para disentir de la idea de que el auge de una versión agresiva del nacionalismo serbio facilitó el asentamiento de un discurso paralelo en Croacia, no debe desdeñarse en modo alguno el impulso propio que correspondía al nacionalismo croata, con Tudman a la cabeza. Al respecto conviene subrayar que las medidas alentadas por el líder de la HDZ en 1990-1991 fueron cualquier cosa menos apaciguadoras de las tensiones. Piénsese que Tudman propició una reforma constitucional que relegó a los serbios de Croacia a la condición de mera minoría; rechazó toda perspectiva de negociación con los dirigentes serbios de la Krajina y de Eslavonia oriental –estos reclamaban derechos de autogobierno para sus regiones, que a la postre se declararon unilateralmente autónomas–, y eludió cualquier suerte de denuncia de lo que había supuesto, en la primera mitad de los 40, el régimen ustasha, al tiempo que alentó la aparición de fuerzas paramilitares autóctonas, con lo que estimuló, entre la población serbia, los temores ante la posibilidad de que reapareciesen políticas como las abrazadas por los gobernantes croatas durante la 2ª Guerra Mundial. No solo se trata de que, teniendo al alcance de la mano mecanismos de fácil empleo que hubiesen permitido rebajar la confrontación, Tudman se inclinase por rehuirlos: el recién elegido presidente sacó adelante, por añadidura, una purga de funcionarios de origen serbio que trabajaban en la Administración pública croata, medida que, como es sencillo suponer, no contribuía en modo alguno a rebajar las tensiones interétnicas.

LA GUERRA DE 1991

En 1991 se organizó en Croacia un referéndum de autodeterminación. Los resultados otorgaron una solvente mayoría a la opción independentista, no sin que faltasen, bien es cierto, disputas en lo relativo a la limpieza de la consulta electoral. No se olvide al respecto que el propio ordenamiento político-legal yugoslavo, que reconocía el derecho de autodeterminación a las llamadas “naciones constituyentes” de las repúblicas –a la población étnicamente croata, en el caso que nos ocupa– era por sí solo una fuente de agudas controversias. El año mencionado registró, con todo, una polémica más, en este caso vinculada al puesto del presidente del Estado federal yugoslavo, de cariz fundamentalmente representativo-ceremonial. El acuerdo que había cobrado cuerpo tras la muerte de Tito, en 1980, implicó la creación de una presidencia colectiva en la que debían tomar asiento representantes de cada una de las seis repúblicas y de cada una de las dos provincias autónomas. La presidencia formal de la federación debía recaer, en suma, y durante periodos de un año, en una persona designada por cada una de esas repúblicas y provincias. En 1991 el turno le correspondía a Croacia, que designó al efecto a quien más adelante, tras la muerte de Tudman en 1999, se convertiría en presidente de la república: Stipe Mesic. En franca violación de los pactos alcanzados un decenio antes, las autoridades serbias impidieron, sin embargo, el acceso de Mesic a la presidencia federal, circunstancia que –es fácil imaginarlo– no hizo sino agregar aún más leña al fuego de las tensiones.

El presidente croata Franjo Tudman, durante un mitin

El presidente croata Franjo Tudman, durante un mitin en la estación de trenes de Vukovar, a la que llegó en el “tren de la paz y la reconciliación”, en una simbólica visita a la ciudad símbolo del sufrimiento croata en la guerra de 1991-1995. Vukovar, Croacia, 8 de junio de 1997. / Antonio Bat /EFE

A finales de junio del propio año 1991, los parlamentos de Eslovenia y de Croacia declararon unilateralmente la independencia de las repúblicas respectivas. En el caso de Eslovenia se abrió camino un breve conflicto bélico que tuvo consecuencias menores y al cabo se saldó en una independencia de facto de la república. No se olvide al efecto que en Eslovenia los serbios eran una reducidísima minoría, de tal suerte que el impulso de defensa de sus derechos que hubiera podido hacerse valer en Serbia –esto era al menos lo que rezaba la retórica oficial en esta república– resultó ser también reducido. Las circunstancias discurrieron conforme a pautas muy diferentes en Croacia, en donde –como ya hemos señalado– los serbios eran una octava parte de la población y mostraban una presencia singularmente consistente en la Krajina y Eslavonia oriental. La declaración de independencia de Croacia se vio inmediatamente seguida de una contundente respuesta militar, en virtud de la cual unidades del ejército yugoslavo –en abierto proceso de “serbianización”– acudieron en apoyo de milicias locales serbias en las dos regiones que acabamos de mencionar.

Aunque en los meses anteriores los gobernantes croatas habían procurado fortalecer las unidades de defensa territorial de la república y no habían dudado en respaldar a milicias de carácter paramilitar, los dos bandos enfrentados exhibían capacidades muy dispares, en franco provecho, claro, de las milicias serbias y del ejército federal que las sustentaba. De resultas, Croacia perdió visiblemente el control sobre la Krajina y Eslavonia oriental, que quedaron en manos de las milicias serbias, entregadas al despliegue de lo que –recuperando un término de uso relativamente común en la primera mitad del siglo XX– se dio en llamar “limpieza étnica” de territorios. Conforme a ésta, los grupos étnicos distintos del propio debían desaparecer del territorio correspondiente, bien a través de su expulsión, bien a través, llegado el caso, del exterminio. La guerra serbo-croata de 1991 se prolongó durante la segunda mitad de ese año, para rematar con un alto el fuego aceptado por las partes en enero de 1992. En diciembre anterior, y casi solapándose con el final del conflicto, se verificó el reconocimiento unilateral de Eslovenia y de Croacia por Alemania, al que siguieron los reconocimientos de las independencias respectivas por otros países occidentales. Aunque es verdad que estas decisiones le dieron alas a lo que al cabo fue, de nuevo, una independencia de facto, conviene no olvidar que Croacia salió muy dañada de una guerra que con toda evidencia había perdido.

El carácter compartido de las responsabilidades se fundamenta en el hecho innegable de que los gobernantes croatas muy a menudo hicieron todo lo que estaba de su mano para acrecentar las tensiones

A efectos de perfilar el sentido de fondo de la guerra serbo-croata de 1991 bueno será que recurramos a una explicación que habla de responsabilidades jerarquizadas pero compartidas. Parece fuera de discusión que la responsabilidad mayor afectó a los gobernantes serbios, quienes entre 1987 y 1991 rompieron reglas del juego básicas en el Estado federal yugoslavo, generaron un inevitable impulso centrífugo en este y utilizaron la fuerza por vez primera, y con singular intensidad –así lo atestiguan las imágenes de dos ciudades de Eslavonia oriental, Vukovar y Osijek, machacadas por la artillería pesada serbia–, para mal resolver los problemas. Aun así, el carácter compartido de las responsabilidades se fundamenta en el hecho innegable de que los gobernantes croatas, lejos de trabajar activamente para reducir las tensiones, muy a menudo hicieron todo lo que estaba de su mano para acrecentarlas. En este sentido es razonable concluir que la erupción de un nacionalismo agresivo que se había verificado en Serbia acabó por encontrar una solvente imitación en Croacia.

LA POSGUERRA

En la guerra de 1991 Croacia perdió del orden de una cuarta parte de su territorio. No solo eso: el control que las milicias serbias pasaron a ejercer en la Krajina dividió en dos, de hecho, el territorio croata en la medida en que separó buena parte de la costa del Adriático, con ciudades como Split y Dubrovnik, del resto del país. Semejante división no dejaba de ser onerosa en términos de la construcción nacional de la república, en el sentido de que, en buena medida, venía a ratificar la separación entre una Croacia litoral, de vocación mediterránea y latina, y el interior del país, continental y eslavo, con Zagreb a la cabeza.

Fácil es concluir que la guerra dejó, por otro lado, secuelas económicas no precisamente menores. Al esfuerzo militar que aquélla había reclamado y a la destrucción generada en muchas regiones del país se sumó el cierre de una vital fuente de ingresos: la que proporcionaba la industria turística del Adriático, que como cabe esperar entró en una profunda crisis. El escenario económico, que en buena medida se veía lastrado también por la división territorial que la ocupación de la Krajina por las milicias serbias había generado, quedó ratificado por la firme decisión de las autoridades croatas en el sentido de perfilar en adelante unas fuerzas armadas que permitiesen recuperar los territorios perdidos. Al respecto, y de manera singular, Croacia hizo lo que estaba en su mano para adquirir armas en los mercados internacionales, sorteando al efecto –con el beneplácito de muchas de las potencias occidentales– el embargo internacional que, tras la guerra, había sido decretado sobre todos los contendientes.

Que las dinámicas bélicas no habían llegado a su fin lo demostró, en 1993, una sonora intervención de milicias croatas en el conflicto que acosaba a la vecina república de Bosnia-Herzegovina desde abril del año anterior. En la percepción de los gobernantes croatas, si la comunidad internacional, retórica aparte, había permitido una franca agresión de Bosnia desde Serbia –con una repetición de hechos similares a los registrados en Croacia en 1991–, nada debía oponerse a que esta última acudiese, también, al reparto del pastel bosnio. Así las cosas, las milicias croatas intervinieron en la Herzegovina occidental, la región cuya capital es Mostar, y procedieron a ocupar buena parte del territorio correspondiente. Acaso no es preciso subrayar que en sus acciones militares asumieron las preceptivas políticas de limpieza étnica, con víctima en este caso en las poblaciones bosniaca (musulmana) y serbia. Aunque la presión estadounidense se tradujo, en 1994, en la creación de la llamada “Federación bosnio-croata”, lo cierto es que en adelante las relaciones entre las autoridades croatas de la Herzegovina occidental y el gobierno bosnio siguieron siendo tensas. Así lo testimonió, sin ir más lejos, el hecho de que la ciudad de Mostar permaneciese dividida en dos sectores: uno croata y otro bosnio. Aun así, la gestación de la federación que nos ocupa permitió cancelar buena parte de la tensión bélica entre las dos partes afectadas, en detrimento de las milicias serbo-bosnias, algo que a buen seguro facilitó movimientos de Croacia en otro terreno. Porque lo cierto es que el esfuerzo de reconstrucción militar operado en la república a partir de 1991 dio los frutos esperados en el verano de 1995, cuando el ejército croata lanzó una ofensiva en toda regla en la Krajina. En solo tres días Croacia recuperó el territorio perdido cuatro años antes y procedió a desplegar, una vez más, la preceptiva operación de limpieza étnica, con víctima mayor en los serbios que eran habitantes ancestrales de esa región.

Ancianas croatas en el festival de Dakovacki Vezovi

Ancianas croatas en el festival de Dakovacki Vezovi, fiesta folklórica de las regiones de Eslavonia y Baranja en la que se muestran trajes típicos y se celebran conciertos de música tradicional. Dakovo, Croacia. Fotografía sin fecha. /EFE

El éxito militar croata demostró, por un lado, que las milicias serbias no eran invencibles y tuvo, por el otro, rápidos efectos en el panorama bélico de Bosnia. Las unidades militares croatas penetraron en el centro de la república vecina y, en septiembre de 1995, pasaron a controlar del orden de un 20% del territorio de esta, circunstancia que al cabo se convirtió en cimiento fundamental para la firma, unos meses después, del acuerdo de paz de Dayton. No se olvide que este último se vio avalado por los presidentes de Serbia y de Croacia, algo que en los hechos parecía anunciar una suerte de satelización de Bosnia en provecho de las dos grandes potencias regionales. No está de más que agreguemos que tres años más tarde, en 1998, Croacia alcanzó un acuerdo con Serbia en virtud del cual le fue restituida Eslavonia oriental. De esta manera, la república recuperaba sus fronteras yugoslavas anteriores a 1991 y parecía rematar un proceso de construcción nacional que abocaba en una independencia reconocida por todos los vecinos.

LA CROACIA DE MESIc

El fallecimiento en 1999 de Franjo Tudman vino a consolidar la percepción de que, como acabamos de señalar, había tocado a su fin un proceso de construcción nacional marcado, a lo largo del decenio anterior, por gravosos hechos bélicos y un nacionalismo esencialista. A estos dos rasgos se había sumado el manifiesto autoritarismo del que había hecho gala el presidente fallecido, que se había librado, sin embargo, de lo que se antojaba un ineludible procesamiento por crímenes de guerra en el Tribunal de La Haya para la antigua Yugoslavia. Inevitable es mencionar al respecto que Tudman fue, a lo largo de todo el proceso de desintegración del viejo Estado federal, un aliado sólido de las potencias occidentales.

A principios del año 2000, y tras imponerse en las elecciones correspondientes, Stipe Mesic se convirtió en nuevo presidente de Croacia con un proyecto que hizo de la incorporación a la Unión Europea su hito principal. Los diez años transcurridos desde entonces, aunque visiblemente menos convulsos que el decenio precedente, no han sido en modo alguno un camino de rosas. Mencionemos al respecto que la situación política se ha visto poderosamente marcada por la recuperación electoral de la HDZ, un hecho que por sí solo invita a concluir que las fórmulas de nacionalismo agresivo imperantes en la última década del siglo XX no han remitido por completo en Croacia. En paralelo, y pese a lentos progresos, la impresión general de los analistas es que la economía del país, lastrada por fenómenos como la corrupción y el juego de las mafias, no ha experimentado el repunte que cabía esperar, tanto más cuanto que la guerra ha ido quedando lejos en el tiempo. Al efecto hay que atribuir un relieve importante, sin duda, a las dificultades que siguen acosando a la plena restauración de las relaciones comerciales entre las repúblicas ex yugoslavas. Otro aspecto conflictivo, que afecta a las relaciones interétnicas en Croacia, es el hecho de que en la mayoría de los casos los miembros de la población serbia que se vieron obligados a abandonar sus hogares en 1991 o en 1995 no han podido, o no han querido, retornar a ellos, con lo que Croacia es hoy, infelizmente, un país étnicamente mucho más homogéneo de lo que lo era dos decenios atrás.

Ninguno de los elementos mencionados –acaso hay que agregar que durante años la colaboración de las autoridades en Zagreb con el Tribunal de La Haya dejó mucho que desear– parece de relieve suficiente para frenar, sin embargo, una rápida incorporación de Croacia a la Unión Europea.

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