Farzana Shaikh
Associate Fellow, Asia Programme, The Royal Institute of International Affairs, Chatham House, Londres. [+ DEL AUTOR]

La bomba islámica. ¿Mito o realidad?

Ninguna imagen ha suscitado mayores temores en los últimos años que la posibilidad de que extremistas islámicos se hagan con el control del armamento nuclear paquistaní. Estos temores se han incrementado desde el 11 de septiembre de 2001 con el rápido deterioro de la seguridad en las áreas tribales fronterizas con Afganistán, en las que las fuerzas paquistaníes implicadas en operaciones militares se han visto presionadas gravemente por grupos protaliban con estrechas vinculaciones con al-Qaida. No es ningún secreto su interés por conseguir acceso a la tecnología nuclear paquistaní con la intención, se dice, de lanzar ataques terroristas contra objetivos occidentales fuera de su territorio. En los últimos meses la inestabilidad en Pakistán generada por la oposición política al presidente Musharraf ha intensificado la preocupación ante la posibilidad de que los extremistas islámicos aprovechen el clima de inseguridad ampliando su influencia en áreas adyacentes a las áreas tribales no sometidas a la ley paquistaní y que muchos creen se han convertido en la base de operaciones de al-Qaida.

El presidente de Pakistán, general Pervez Musharraf, posa con científicos, ingenieros y oficiales antes de la prueba de un misil de fabricación nacional de largo alcance con capacidad nuclear

El presidente de Pakistán, general Pervez Musharraf, posa con científicos, ingenieros y oficiales antes de la prueba de un misil de fabricación nacional de largo alcance con capacidad nuclear. Karachi, 19 de marzo de 2005. /ISPR

La cuestionable trayectoria paquistaní en materia de proliferación nuclear y el temor de que parte de los responsables de la política nuclear se haya dejado tentar por las influencias proislámicas causan también preocupación en las capitales occidentales. En este contexto, se están ejerciendo presiones, unas persuasivas y otras coercitivas, para que Pakistán acceda a la supervisión internacional de su política y procedimientos de control nuclear o se atenga a lo que algunos estrategas militares denominan «asaltos de control» con el fin de tomar posesión de materiales e instalaciones nucleares del país y que sean puestos bajo custodia de potencias nucleares más responsables, esto es, Estados Unidos.

Lógicamente, Pakistán se ha resistido fuertemente a estas iniciativas. Se ha negado con toda firmeza a la inspección internacional de sus instalaciones nucleares subrayando la fiabilidad de su sistema de control nuclear. Al mismo tiempo, se ha esforzado por demostrar su disposición a colaborar con la comunidad internacional ordenando una rápida acción contra los implicados en el escándalo de la venta de tecnología nuclear del que fue responsable el jefe del programa nuclear del país, el científico Abdul Qader Jan. Pero ha hecho poco para desvanecer las sospechas de que el país sirve a una causa más poderosa dictada por razones religiosas y culturales que se creen que subyacen en su afán por poseer armas nucleares.

Estas sospechas nacen de la idea de que la tecnología nuclear paquistaní se ha utilizado para fabricar una bomba «islámica» destinada a recuperar la gloria del islam y defender los derechos de los musulmanes dondequiera que sean perseguidos por las potencias infieles o cristianas. Esta idea afloró por primera vez a la superficie en la década de 1970, cuando el entonces primer ministro paquistaní Zulfikar Ali Bhutto organizó una campaña con los ricos Estados árabes del Golfo para conseguir ayuda financiera para el programa de armamento nuclear paquistaní, vendiendo la idea de que la bomba era un proyecto islámico. Fue reforzándose la sospecha tras la publicación de su testamento, redactado mientras esperaba el momento de su ejecución en 1979, en el que declaraba con cierta grandilocuencia que «las civilizaciones cristiana, judía e hindú tienen este potencial [nuclear]. Las potencias comunistas también lo poseen. Sólo la civilización islámica carecía de ella, pero esta situación está a punto de cambiar».

No obstante, no parece que haya muchas dudas de que, históricamente, el programa nuclear de Pakistán ha sido impulsado no tanto por razones relacionadas con la defensa del islam como por imperativos de seguridad nacidos del temor a un ataque militar de India. Pero la estrecha cooperación entre el poderoso estamento militar paquistaní y grupos radicales islámicos para la consecución de los objetivos regionales paquistaníes ha ido transformando paulatinamente lo que comenzó como un discurso esencialmente nacionalista hasta convertirlo en la retórica de la guerra santa transnacional. Este giro, con la crónica inestabilidad política desde siempre asociada a Pakistán ha intensificado la preocupación ante la posibilidad de que el país, con su armamento nuclear, caiga finalmente en manos de extremistas islámicos con consecuencias catastróficas para la comunidad internacional. Esta perspectiva, sin embargo, es poco probable que se materialice a menos que se produzca un cambio de dimensiones sísmicas a favor de los partidos proislámicos, lo que, como han demostrado las recientes elecciones, no tiene visos de que vaya a producirse. Pese a ello, muchos creen que la amenaza existe y que debe ser contrarrestada. Mi exposición quiere plantear que, de existir, esta amenaza debe situarse en la estrecha relación de trabajo entre los radicales islámicos con un programa transnacional y secciones del estamento militar paquistaní, que ejerce un control casi total sobre el arsenal nuclear del país.

TEMORES EN MATERIA DE SEGURIDAD

La preocupación por India

El conflicto entre India y Pakistán, que algunos califican como «rivalidad de larga duración», ha servido de argumento principal para el desarrollo del programa nuclear paquistaní. Las raíces de este conflicto se encuentran en la independencia de Pakistán en 1947, rodeada de controversia y violencia. La creación de un estado musulmán independiente constituido sobre áreas al noroeste y este del territorio de la India británica, en las que los musulmanes eran mayoría, se encontró con la feroz oposición de los nacionalistas indios. La partición dejó una estela de hechos de una violencia extrema que provocó el desplazamiento de millones de hindúes y musulmanes que aún guardan en su memoria amargos recuerdos de la expulsión de sus hogares ancestrales.

De existir una amenaza debe situarse en la relación entre los radicales islámicos con un programa transnacional y secciones del estamento militar, que ejerce un control total sobre el arsenal nuclear del país

Este legado de hostilidad, violencia y desconfianza mutua se ha cobrado un alto precio en las relaciones de Pakistán con India. Se manifiesta de modo más evidente en la honda creencia de los paquistaníes de que India sigue sin reconciliarse con su existencia y de que busca destruir Pakistán o someterlo a su control hegemónico. La enorme extensión territorial de India, el tamaño de su población y su incuestionable superioridad militar se han sumado para reforzar la percepción paquistaní de amenaza india. Debe también señalarse que esta asimetría de poderes tiene un especial significado para Pakistán, que históricamente se ha configurado en torno a la idea de la paridad hindú-musulmana y, por extensión, de la paridad con India. La búsqueda y la obtención de armas nucleares como «igualador» último ha servido para reforzar la imagen fundamental de Pakistán como igual de India.

La disputa por Kachemira

Ninguna cuestión ha sido expresión más poderosa de su mutua rivalidad que la disputa sobre Kachemira. Antiguo principado de mayoría musulmana, Pakistán esperaba en la Partición que este territorio quedara bajo su soberanía. El gobernador hindú de Kachemira optó, sin embargo, por unirse a India, decisión que, según afirmó, adoptó en defensa propia cuando grupos tribales respaldados por Pakistán atacaron su territorio en otoño de 1947 con intención de apoderarse de él. En unas semanas las fuerzas indias se movilizaron para proteger Kachemira (actualmente parte de India, aunque en disputa). Se produjo así el primer conflicto armado entre India y Pakistán, que se prolongó hasta que un alto el fuego propiciado por la ONU puso fin a los combates en 1948. En esas fechas Kachemira quedó dividida entre los dos contendientes, con más de dos tercios del Estado bajo control indio y el resto (conocido como «Azad» o Kachemira Libre) administrado por Pakistán.

El alto el fuego (que estableció una Línea de Control, como es denominada desde entonces) constituyó un precario cese de hostilidades. Pakistán seguía albergando un sentimiento de injusticia por haber sido privada de lo que consideraba su derecho sobre Kachemira. Sus esfuerzos por convencer a la comunidad internacional de que presionara para la celebración de un plebiscito en ese territorio se vieron también frustrados repetidamente ante la insistencia de India de que el conflicto era un asunto estrictamente bilateral. En 1965 Pakistán, envalentonado en parte por la derrota militar india a manos de China en 1962, protagonizó otro intento de recuperar Kachemira utilizando voluntarios armados que se infiltraron a través de la Línea de Control con la esperanza de desencadenar una revuelta popular contra las fuerzas indias. El incidente se fue agravando hasta provocar una segunda guerra en la que las fuerzas indias, por primera vez, lanzaron ataques directos contra el territorio paquistaní y de la que salieron como claros vencedores, forzando a Pakistán a aceptar lo que éste consideró un humillante alto el fuego.

Intervención india en Bangladesh

Cuando India anunció que había realizado con éxito una prueba nuclear, Pakistán quedó sobrecogido

La experiencia de un ataque militar directo de India intensificó la sensación de inseguridad en Pakistán frente a su rival más poderoso. Su nerviosismo se acentuó a causa de una crisis interna generada por su imposibilidad de contener presiones étnicas y regionales que ahora planteaban una amenaza aún mayor para la federación. En 1971 la provincia oriental del país (Pakistán Este, ahora Bangladesh) estaba inmersa en una sangrienta guerra civil que lanzó al ejército paquistaní contra los nacionalistas bengalíes. En el conflicto se produjeron miles de muertos civiles y el desplazamiento de otros miles, que huyeron a India en busca de refugio. Su presencia, que fue considerada por India como una carga insostenible para sus recursos y un riesgo potencial para su seguridad, actuó como detonador de la intervención india, que se puso del lado de los nacionalistas bengalíes. En diciembre el conflicto culminó en una guerra total contra las fuerzas paquistaníes, que finalizó con su espectacular rendición ante los jefes militares indios dos semanas después.

Si bien India justificó su intervención alegando razones humanitarias, Pakistán no tuvo ninguna duda de que el objetivo real fue dividir un país cuya existencia, decía, India no había aceptado nunca. Pero al margen de este sentimiento de amargura estaba la constatación de que la ignominiosa derrota de Pakistán era la prueba de que años de ayuda militar occidental no habían podido darle la capacidad necesaria para igualar el poder y la clara superioridad de las fuerzas convencionales indias. Fue esta valoración imparcial de la creciente capacidad militar india, espoleada por la furia que se sentía ante la pérdida de la mitad de su territorio, lo que alimentó el enardecido afán por obtener armamento nuclear como gran igualador para compensar la disparidad en materia de fuerzas convencionales.

La prueba nuclear de India

Ese afán fue impulsado por el primer ministro Zulfikar Ali Bhutto, del que se sabe que había defendido durante mucho tiempo la posesión de armamento nuclear con fines disuasorios para que Pakistán quedara liberado de su excesiva dependencia de la ayuda militar extranjera, pero que, como muchos otros, había descartado por el alto coste del programa nuclear. Las dudas que pudiera haber tenido se desvanecieron en mayo de 1974, cuando India anunció que había realizado con éxito una prueba nuclear. Pakistán quedó sobrecogido. Según una fuente reciente, «Pakistán sintió como si le hubieran engañado, como si hubiera quedado eclipsado, escarnecido y burlado por una acción que parecía… confirmar la supremacía india sobre la región. Islamabad debía responder». Pero los obstáculos en el camino de Bhutto eran numerosos, porque, aunque había proclamado en un famoso discurso que su pueblo «comería hierba» si hiciera falta para conseguir un arsenal nuclear, la oposición internacional resultaría bastante más dura de lo que había imaginado, amenazando su supervivencia política (y posiblemente incluso la física).

ACONTECIMIENTOS INTERNOS

El programa nuclear de Bhutto

La mayor resistencia a los planes de Bhutto provino de Estados Unidos, país que, si bien había defendido en un principio el desarrollo de energía nuclear para Pakistán, dentro del programa «Átomos para la paz» durante la década de 1960, pronto se erigió como poderoso opositor al programa nuclear paquistaní. Su inquietud se debía a la declarada decisión de Pakistán de compensar las limitaciones causadas por el embargo de armas impuesto por el país americano tras la guerra indo-paquistaní mediante la adquisición de armamento nuclear. Estados Unidos sabía que estas intenciones se habían hecho fuertes con la derrota militar sufrida por Pakistán en 1971. Se confirmaron sus temores en 1975, cuando Pakistán negoció un acuerdo con Francia para la compra de una planta de reprocesamiento nuclear, noticia que coincidió con las informaciones de que un ingeniero metalúrgico paquistaní, Abdul Qader había huido a Pakistán después de robar documentos clave para desarrollar tecnología por centrifugación de una planta de enriquecimiento de uranio holandesa en la que trabajaba. Más tarde salió a la luz que Pakistán también había suscrito un acuerdo con China en esas fechas por el que este país se comprometía a aumentar el programa nuclear paquistaní.

Estos planes, sin embargo, se vieron pronto frustrados. El mayor contratiempo fue el que supuso la cancelación en 1978 del acuerdo con Francia. A esto siguió una intensa campaña de presión de Estados Unidos, donde el recién elegido presidente Jimmy Carter se había impuesto la tarea de impulsar una agenda de no proliferación encaminada a «limitar, congelar y cancelar» el programa nuclear paquistaní. Constreñido por un régimen cada vez más exigente de no proliferación y bajo la amenaza constante de sanciones económicas, el programa de Pakistán quedó soterrado y a la espera de cosechar los beneficios de la astuta reorientación dada por Bhutto a la política exterior de Pakistán.

El arquitecto del programa nuclear de Pakistán, Dr. Abdul Qader Jan (izda) recibe el mayor honor civil del país de manos del entonces Presidente Rafia Tarar

El arquitecto del programa nuclear de Pakistán, Dr. Abdul Qader Jan (izda) recibe el mayor honor civil del país de manos del entonces Presidente Rafia Tarar. Islamabad, sin fecha. /T. Mughal

La política se centraba ahora en unas relaciones más estrechas con el mundo musulmán árabe que representaba en parte el deseo de Pakistán de reafirmar su identidad islámica tras la secesión de Bangladesh, que se pensaba que había debilitado la base religiosa paquistaní. Aunque no está nada claro si el propio Bhutto actuó movido por esas consideraciones, no hay duda de que esperaba que produjeran sustanciosos dividendos en forma de apoyo a las aspiraciones nucleares de Pakistán. La clave se encontraba, sin embargo, en dar a toda la operación la apariencia de «proyecto islámico».

Uno de los primeros países en caer en sus redes fue la rica en petróleo Libia. En 1974 el líder libio Muammar Gaddafi acordó financiar el potencial nuclear paquistaní a cambio de información técnica para poder iniciar su propio programa. Otro país del que se rumorea que participó estrechamente en el lanzamiento del programa de armamento nuclear paquistaní a comienzos de los años 70 fue Arabia Saudí. El Shah de Irán, próximo a Bhutto, parece que también prestó una generosa ayuda a Pakistán, aunque sigue sin dilucidarse qué parte de la ayuda económica iraní a Pakistán fue desviada al programa nuclear.

La islamización de un Estado en la línea de frente

El sucesor de Bhutto, el general Zia-ul-Haq, que se hizo con el poder en un golpe de Estado en 1977, reforzó de manera significativa esta dimensión islámica declarando oficialmente Pakistán Estado islámico. Bajo su régimen se llevó a cabo un programa de islamización patrocinado por el Estado y, además, el fortalecimiento de las relaciones entre Pakistán y los Estados musulmanes conservadores de mayoría sunní, entre los que se encontraban Arabia Saudí y los Estados árabes del Golfo, en los que las reformas de Zia fueron especialmente aplaudidas. Todos ellos estaban unidos en una misma oposición a la invasión soviética de Afganistán, que transformó a Pakistán en el canal principal de paso para la ayuda financiera árabe a los muyahidines afganos. Pese a su tono marcadamente sunní, Zia también consiguió estrechar relaciones (aunque algo precarias) con el nuevo régimen de los clérigos de Irán, que alimentaba sus propias ambiciones nucleares y que claramente indicaba que estaba dispuesto a pagar un alto precio por acceder a la tecnología nuclear paquistaní.

Pero fue la declaración de Pakistán por Estados Unidos como «Estado en línea de frente» en la ejecución de la Guerra Fría en Afganistán el factor que resultó clave para el pistoletazo de salida al programa de armamento nuclear paquistaní y su liberación de las normas sancionadoras del régimen de no proliferación. A los pocos meses de aceptar los planes para las operaciones encubiertas estadounidenses contra las fuerzas soviéticas en 1980, Pakistán vio cómo terminaban diez años de sanciones y recibía claramente «un mensaje tácito de que [Estados Unidos] podría vivir con el programa nuclear paquistaní siempre que Islamabad no hiciera explosionar ninguna bomba».

La declaración de Pakistán por Estados Unidos como «Estado en línea de frente» en la guerra en Afganistán fue el pistoletazo de salida al programa de armamento nuclear paquistaní

No obstante, este permiso para la reanudación de su programa nuclear contribuyó poco a aliviar las presiones ejercidas sobre Pakistán por la campaña estadounidense de no proliferación y sus defensores en el Congreso americano. En 1985 los congresistas lograron sacar adelante lo que se conoce ahora como la Enmienda Pressler, que obligaba al presidente de Estados Unidos a certificar cada año que Pakistán no se dedicaba a la fabricación de armas nucleares para poder recibir la ayuda estadounidense. La aprobación de esta Enmienda se produjo como consecuencia de las declaraciones realizadas en 1984 por A.Q, Jan, responsable entonces del laboratorio nuclear clandestino paquistaní en Kahuta, de que su país «ponía fin al monopolio» de los científicos nucleares occidentales «sobre los secretos de la bomba atómica».

Pero fue la alarma por la amenaza de Jan de que Pakistán utilizaría armas nucleares «si nuestra existencia se viera amenazada», lanzada en medio de una crisis militar que estalló entre India y Pakistán en 1987 (la llamada crisis «Brasstacks»), la que finalmente dirigió la atención a la posibilidad real de una guerra nuclear en el sur de Asia. En 1990 Estados Unidos se movió rápido para evitar otra crisis entre los dos países asiáticos –en esta ocasión sobre Kachemira– al aumentar los signos de que Pakistán podría realmente haber conseguido dominar la tecnología necesaria para montar un arma nuclear.

Esta no era la única situación de alarma a la que se enfrentaba ahora la comunidad internacional. Desde su participación en la guerra civil de Afganistán, el estamento militar paquistaní y sus principales servicios secretos tenían rienda suelta concedida por Estados Unidos para actuar en apoyo de los grupos muyahidines afganos y elegir de entre ellos a sus favoritos. La orientación proislámica del régimen militar del general Zia fue un factor que contribuyó especialmente a ello. Junto a la delicada gestión diaria de la ayuda encubierta a los muyahidines, ayudó a forjar lazos comunes que muchos en las filas del ejército paquistaní vieron como prueba de un «propósito islámico» común.

Habiendo sido testigos de su poder en el servicio prestado a los objetivos estadounidenses contra los soviéticos, a los militares paquistaníes les resultó imposible resistir la tentación de alimentar una nueva generación de muyahidines para que ayudaran a conseguir los propios objetivos paquistaníes en la región contra India, especialmente en Kachemira. En este territorio había nacido un movimiento de insurgencia propio contra el control indio en 1989 y estos grupos ofrecían una oportunidad perfecta para que el estamento militar paquistaní pudiera trabajar en estrecha colaboración, y financiar, a grupos yihadistas radicales con capacidad para hacer daño a las fuerzas indias, evitando de esa manera una guerra declarada con un país militarmente superior. Fue esta creciente relación simbiótica entre grupos militares con una agenda islamista más amplia y altos mandos del ejército paquistaní, con su casi monopolio y control sobre el arsenal nuclear de Pakistán, lo que disparó las alarmas sobre la seguridad de este arsenal.

El régimen de sanciones

Esto no quiere decir que esa relación transcurriera sin obstáculos. La retirada de las fuerzas soviéticas de Afganistán en 1988 no sólo había interrumpido bruscamente su desarrollo sino que también había obligado a un reajuste de la relación con los grupos radicales de acuerdo con unos recursos que ya no contaban con la generosidad americana. Más incómodo aún fue el intenso cuestionamiento internacional del programa nuclear paquistaní causado por la retirada de las tropas soviéticas de Afganistán, cuya presencia había servido de excusa perfecta para la expansión del programa. Retirada esta pantalla y perdiendo a toda velocidad su categoría de Estado en «línea de frente» para Estados Unidos, en poco tiempo cayó sobre Pakistán todo el peso de las sanciones.

En 1990 no pasó las condiciones de la Enmienda Pressler, después de que no obtuviera la certificación presidencial dando fe de los usos pacíficos de su programa nuclear, lo que generó una ola de estupor general en todo Pakistán unido al resentimiento por lo que muchos paquistaníes percibían como un trato injusto hacia su país por Estados Unidos, que no había penalizado a India, a pesar de que India había realizado una prueba real con una bomba nuclear. Sin embargo, Pakistán estaba decidido a apaciguar a sus críticos y volvió a plantear su propuesta (formulada por primera vez a mediados de los años 70) de declarar el sur de Asia Zona Libre de Armas Nucleares, propuesta rechazada de inmediato por India por no resolver su problema de seguridad con China. Al mismo tiempo se vieron signos de la influencia en Pakistán de un estridente grupo de presión pronuclear dominado por personal militar retirado que presionaba para que su país abandonara su postura de ambigüedad nuclear y asumiera su estatus de nuclear como signo de soberanía nacional plena. Este grupo ha estado también en primera línea de la resistencia a la presión internacional sobre Pakistán para que suscriba el tratado de no proliferación, y desde las pruebas nucleares paquistaníes en 1998 han dirigido la campaña contraria a la firma del Tratado de Prohibición Total de Pruebas Nucleares (CTBT).

Las extraordinarias revelaciones difundidas a finales de 2003 confirmaron que Pakistán era el centro de una importante red de proliferación nuclear supervisada por el llamado «padre de la bomba paquistaní», A.Q. Jan

Mientras tanto, el apoyo militar paquistaní a los grupos insurgentes proislamistas de Kachemira había comenzado a causar alarma en algunas capitales occidentales. El gobierno de Clinton, que accedió a la presidencia en 1993, advirtió a Pakistán de que dejara de patrocinar grupos islámicos radicales o que de lo contrario corría el riesgo de ser condenado como «Estado terrorista». Pakistán se tomó la revancha denunciando a Estados Unidos por la nueva actitud hacia los muya­hidines islámicos a los que antes llamaba «luchadores de la libertad» contra el ejército soviético en Afganistán y a los que ahora llamaba «terroristas» cuando participaban en la resistencia contra la opresión india en Kachemira. El mensaje era claro: Pakistán no se desviaría de su propósito de realizar operaciones militares en Kachemira, en la que, según sus estrategas militares, había tantas posibilidades de éxito como en Afganistán, siempre que las fuerzas de los extremistas islámicos fueran sabiamente controladas y desplegadas.

La victoria de los talibán en 1996, que disfrutaban del apoyo y el respaldo de los altos mandos militares paquistaníes, pareció dar contenido a estos optimistas pronósticos. Si la combinación de fervor religioso y meticulosa planificación militar podía asegurar un régimen amigo en Afganistán, razonaban los generales, también podría forzar a los indios a negociar sobre Kachemira, juego que perdieron los paquistaníes bajo el mando del entonces general en jefe Musha­rraf, en los altos de Kargil, en la Kachemira india, en la primavera de 1999.

Vista general de las colinas de Chagai durante las pruebas «frías» de un artefacto de implosión nuclear llevados a cabo por Pakistán en 1986

Vista general de las colinas de Chagai durante las pruebas «frías» de un artefacto de implosión nuclear llevados a cabo por Pakistán en 1986. Islamabad, 11 de diciembre de 2003. /STR

Los combates se produjeron muy poco después de que India y Pakistán intentaran obtener la categoría de Estado con Armamento Nuclear el año antes. Respaldados por las tropas paquistaníes, extremistas islámicos se infiltraron a través de la Línea de Control para asegurar los picos del Himalaya alrededor de la ciudad de Kargil. Este incidente desencadenó una «guerra corta y cuenta» con muchas bajas y causó la retirada de las fuerzas paquistaníes bajo una intensa presión de Estados Unidos. La aventura resultó además completamente contraproducente. No sólo endureció la decisión de India de no negociar bajo coacción, sino que además dañó gravemente la imagen que Pakistán quería dar de potencia nuclear responsable. El golpe militar que llevó al poder al general Musharraf a finales de 1999 aisló aún más a Pakistán frente a la comunidad internacional y reforzó los temores de inestabilidad política en un país en el que los extremistas islámicos estaban a punto de emerger como grupo de fuerza en la política interior.

PAKISTÁN COMO ESTADO DE IMPORTANCIA CRUCIAL

La «guerra contra el terror»

Los atentados terroristas en Nueva York y Washington en septiembre de 2001 transformaron radicalmente la consideración internacional de Pakistán, de Estado casi paria a aliado fundamental de la campaña encabezada por Estados Unidos contra los talibanes y al-Qaida. Pusieron también fin de una manera abrupta a los vínculos cuidadosamente establecidos entre el estamento militar dominante del país y una serie de grupos de extremistas islámicos, muchos de los cuales mantenían lazos de unión con al-Qaida y el régimen talibán, al que Pakistán retiró bruscamente su reconocimiento diplomático. En un movimiento que parecía confirmar, quizá no deliberadamente, el grado en el que habían calado las simpatías proislámicas en las instituciones del ejército, Musharraf anunció también el traslado de jefes militares clave conocidos por su oposición a sus planes de eliminación del extremismo islámico. Las medidas adoptadas por Musharraf fueron vistas por muchos como prueba de que Pakistán estaba dispuesto a romper con su larga y perniciosa política de apoyo a grupos extremistas destinada a asegurar una ventaja en el esquema militar asimétrico que había caracterizado su conflicto con India.

No obstante, incluso aunque el régimen militar de Musharraf pretendía mejorar su imagen en el extranjero declarando a los talibanes y al-Qaida enemigos de Pakistán y de Estados Unidos por igual, su dudosa legitimidad política en su país pronto le obligó a recurrir en busca de apoyo a los mismos grupos de los que había intentado distanciarse. Entre estos grupos estaban los poderosos ulemas, que eran conocidos por haber actuado como mentores de los talibanes y como promotores de facciones islamistas con vinculaciones con al-Qaida. Su rehabilitación fue facilitada por la feroz crítica recibida de los partidos liberales y laicos que se habían opuesto al golpe de Estado de Musharraf. Si bien la mayor parte de los partidos religiosos se oponían también a las políticas prooccidentales del general, el acuerdo tácito de apoyar su régimen en casa parecía un precio pequeño si se comparaba con la posibilidad de emerger como fuerza importante en su gobierno, privilegio que les había negado repetidamente el electorado.

El espectro de la proliferación nuclear

Estos pactos en la sombra no podían mantenerse durante mucho tiempo en el volátil clima político de Pakistán sin que quedaran a la vista pronto sus contradicciones. En octubre de 2002 las elecciones nacionales, que ahora se reconoce ampliamente que fueron irregulares, devolvieron al poder a los partidos religiosos por primera vez. Establecieron coaliciones con los partidos que apoyaban a Musharraf en Baluchistán y se hicieron cargo del gobierno de la difícil Provincia Fronteriza del Noroeste limítrofe con Afganistán. Al cabo de un año, sin embargo, Musharraf se vio obligado a aceptar las exigencias de Estados Unidos de intensificar las operaciones militares en las áreas tribales, en las que los talibanes y al-Qaida habían encontrado un entorno favorable por parte del gobierno provincial proislámico. Estas demandas dieron lugar a la mayor ofensiva jamás lanzada contra los extremistas islámicos, con el despliegue de casi 100.000 efectivos paquistaníes y fuerzas paramilitares, todavía destinadas en ese territorio.

Estos acontecimientos se desarrollaron en el marco de las extraordinarias revelaciones difundidas a finales de 2003 que confirmaron que Pakistán era el centro de una importante red de proliferación nuclear supervisada por el llamado «padre de la bomba paquistaní», A.Q, Jan. Pero no pasó mucho tiempo antes de que este descubrimiento diera pie a numerosas especulaciones de que Jan podía haber actuado con la connivencia y el conocimiento de miembros destacados del estamento militar, que mantenía un celoso control sobre el arsenal nuclear paquistaníes. Estas noticias alimentaron los temores de que oficiales con simpatías proislámicas podían incluso haber tenido conocimiento de una reunión celebrada en Afganistán en agosto de 2001 entre dos científicos paquistaníes recientemente retirados y Osama bin Laden con el que, confesaron, haber tratado planes secretos para el desarrollo de armas nucleares.

A su vez, plantearon nuevas dudas sobre la vulnerabilidad del programa nuclear paquistaní frente a secciones de las filas militares de rango inferior, a los que se suponía fuertemente islamizados durante la era posterior a Zia. El régimen de Musharraf respondió a estos temores echando la culpa a «elementos radicales» del ejército que, decía, habían sido expulsados por poner en peligro la seguridad nacional. Pero muchos siguieron mostrándose escépticos, afirmando que estas declaraciones no representaban más que un débil intento por ocultar los fallos de la política estatal que, hasta hacía poco, fomentaba el uso de los grupos extremistas como instrumentos para la consecución de los objetivos regionales de Pakistán.

Refuerzo de los controles

Estas absurdas teorías nacen, y se hacen eco, de la histeria que rodea a la idea de la «bomba islámica» de Pakistán, lista para ser utilizada al servicio de una comunidad mundial de musulmanes

Nada dispuesto a poner en peligro el régimen de no proliferación y sin saber con seguridad hasta qué punto los militares paquistaníes habían conseguido romper los vínculos con los grupos extremistas, Estados Unidos ha actuado con decisión, aunque con cautela, para presionar a Pakistán para que demuestre la seguridad de su arsenal nuclear. El grado de preocupación de Estados Unidos quedó de manifiesto recientemente cuando se supo que el gobierno de Bush había asignado más de US$100.000 a un programa de alto secreto desde el 11 de septiembre para entrenar a expertos paquistaníes en la seguridad de arsenales nucleares contra un posible ataque de extremistas islámicos. La atención se ha concentrado en cuatro grandes áreas: la mejora de procedimientos técnicos de salvaguarda, el veto a personal, el endurecimiento de las restricciones en torno a las instalaciones nucleares y un sistema de confidencialidad de máximo secreto.

Sin embargo, estas medidas no han calmado los temores a que los islamistas se hagan con el control del arsenal nuclear paquistaní. De hecho, se han acentuado no sólo por la extensión de la violencia radical, sino por el recuerdo del uso reciente de la violencia extremista por las autoridades militares. Explican, en parte, la corriente de ilusorias propuestas que piden el envío de fuerzas especiales estadounidenses, ante la posibilidad de una subida al poder de los islamistas en Pakistán, para que tomen posesión del arsenal nuclear del país y, si es posible, lo saquen del país y lo lleven a algún «lugar como Nuevo México», nada menos.

Estas absurdas teorías nacen, y se hacen eco, de la histeria que rodea a la idea de la «bomba islámica» de Pakistán, lista para ser utilizada al servicio de una comunidad mundial de musulmanes. La realidad, como he explicado, es más prosaica. El temor por la seguridad frente a India y no la solidaridad religiosa con otros musulmanes ha sido la causa principal del interés por el programa nuclear en Pakistán. En definitiva, la mejor forma de garantizar la seguridad de este arsenal nuclear es abordar la preocupación que siente Pakistán por su seguridad frente a India e introducir normas constitucionales que prevean la inclusión de dirigentes civiles en el proceso de decisión en materia nuclear. Estas dos medidas contendrían el papel de los militares paquistaníes, cuyas cuestionables alianzas con los radicales islámicos podrían ser todavía un peligro para la protección de las «joyas de la corona» nuclear de Pakistán.

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