Avi Shlaim
Profesor de Relaciones Internacionales, St Antony's College, University of Oxford. [+ DEL AUTOR]

La administración George W. Bush: Iraq y Palestina

Palestina e Iraq eran los dos problemas más importantes del accidentado terreno político de Oriente Próximo cuando George W. Bush se convirtió en presidente en enero de 2001. Es tentador analizar Palestina e Iraq como dos cuestiones distintas y no relacionadas, pero hacerlo así sería cometer un grave error. Aunque geográficamente separados el uno del otro, ambos problemas están relacionados de modo intrínseco y relevante.

El vínculo entre Palestina e Iraq se remonta al menos a la primera Guerra del Golfo en enero de 1991. Iraq había invadido Kuwait el 2 de agosto de 1990. Diez días después, Saddam Husein creó el vínculo, sugiriendo que se retiraría de Kuwait si Israel se retiraba de los territorios árabes ocupados. Tenía la lógica de su parte. Ambas ocupaciones eran ilegales y ambas estaban condenadas por toda una serie de resoluciones de Naciones Unidas. El insistir en una inmediata e incondicional retirada iraquí, a la vez que se toleraba la permanencia de Israel en los territorios árabes ocupados que había capturado por la fuerza en enero de 1967, habría puesto a la luz el doble criterio de Estados Unidos. De modo que la Administración liderada por George Bush rechazó la conexión simultánea a favor de una conexión aplazada. En otras palabras, prometió que cuando Iraq se hubiera retirado de Kuwait se encargaría de la disputa árabe israelí.

Después de la guerra, Bush padre ejerció mucha presión sobre Israel para que negociara con los palestinos, y esta presión tuvo mucho que ver con su derrota en las elecciones presidenciales de 1992. Bush hijo estaba ansioso por no repetir el error de su padre. Desde el principio, adoptó por tanto una actitud de no intervención con respecto a la disputa israelo-palestina. El contraste entre la primera y la segunda Administración Bush no podía ser más pronunciado. Cuando George W. Bush entró en la Casa Blanca en enero de 2001, la mayoría de la gente esperaba que siguiera los pasos de su padre con una Administración Bush II. Lo que en realidad surgió se parecía más a una Administración Reagan III. Si Bush padre fue el presidente estadounidense más ecuánime, con la posible excepción de Jimmy Carter, Bush hijo sorprendentemente resultó ser el presidente más proisraelí de la historia de Estados Unidos. Era más parcial con Israel que Harry S. Truman, Lyndon Johnson, Ronald Reagan, e incluso Bill Clinton, que fue una vez descrito por un periódico israelí como el último sionista.

El presidente palestino Yasir Arafat, entonces líder de la OLP, saluda al presidente iraquí Saddam Husein

El presidente palestino Yasir Arafat (i), entonces líder de la OLP, saluda al presidente iraquí Saddam Husein. Fotografía difundida por la Autoridad Palestina. Bagdad, Iraq, 25 de septiembre de 1980. /EFE

Saddam Husein sugirió que se retiraría de Kuwait si Israel se retirabade los territorios árabes ocupados

La premisa básica tras la política estadounidense en Oriente Próximo reflejaba este fuerte sesgo proisraelí. Esta premisa planteaba que el problema político clave en la región no era Palestina, sino Iraq. Punto de partida equivocado en al menos un aspecto: para la gran mayoría de los árabes y musulmanes del mundo, Iraq no representaba ningún problema durante el periodo que condujo a la guerra. El problema real era Palestina y, más concretamente, la opresión por parte de Israel de los palestinos y el apoyo ciego de Estados Unidos a Israel a pesar de su opresión a los palestinos.

En un intento de ganarse a la opinión pública, los defensores estadounidenses de la guerra contra Iraq prometieron que la acción contra este último formaría parte de un compromiso más amplio con los problemas de Oriente Próximo. Decían que el camino hacia Jerusalén pasaba por Bagdad. Cortar el apoyo de Saddam Husein al terrorismo palestino era, según ellos, un primer paso esencial en la búsqueda de una solución.

George Bush prometió que cuando Iraq se hubiera retirado de Kuwait se encargaría de la disputa árabe israelí

Estados Unidos y sus aliados iniciaron la guerra de Iraq el 20 de marzo de 2003. En los años siguientes, el gobierno estadounidense estuvo tan absorbido por esta guerra que la atención que prestó a la disputa entre Israel y Palestina fue como mucho intermitente. Dada la falta de un compromiso continuado, la situación en Palestina fue de mal en peor.

La cuestión palestina siempre ha estado en el núcleo del conflicto árabe-israelí y sigue siendo así hoy en día. Los Acuerdos de Oslo se firmaron en la Casa Blanca el 13 de septiembre de 1993, y se cerraron con un vacilante estrechón de manos entre Isaac Rabin y Yasir Arafat. En esencia, los Acuerdos de Oslo se basaban en tres elementos: la OLP reconocía a Israel, Israel reconocía a la OLP como representante del pueblo palestino, y ambas partes acordaban resolver sus diferencias pendientes por medios pacíficos. Los críticos de los Acuerdos de Oslo dicen que eran unos acuerdos viciados y, por lo tanto, condenados al fracaso desde el principio. Si se me permite, yo no estoy de acuerdo en ese punto. Mi explicación de por qué Oslo fracasó es que Israel incumplió su parte del acuerdo. La crisis surgió en la cumbre de Camp David en julio de 2000. La cumbre no pudo resolver el conflicto. Más allá del episodio específico de Camp David, está latente una pregunta más general: ¿cuál fue la causa de la ruptura del proceso de paz de Oslo? Claramente hubo muchas razones, y los palestinos ciertamente contribuyeron a la ruptura del proceso incumpliendo su compromiso original de no utilizar la violencia. Pero el factor individual más importante fue la ampliación de los asentamientos israelíes en Cisjordania. Todos los gobiernos israelíes desde Oslo (tanto del Likud como del Partido Laborista) siguieron ampliando los asentamientos en Cisjordania. De hecho, utilizaron los Acuerdos de Oslo como tapadera para su despiadado e implacable expansionismo territorial. Esto forma parte de la mejor tradición sionista de “crear hechos en el terreno”, pero era completamente incompatible con el objetivo declarado de poner fin al conflicto. Simplemente, no se puede avanzar en el frente político hacia un acuerdo de paz con los palestinos y a la vez expropiar cada vez más territorio árabe. Israel podía tener territorio o paz; no podía tenerlos los dos. Con el fracaso de la cumbre de Camp David, empezó la cuenta atrás hacia la vuelta a la violencia. La chispa que encendió el barril de pólvora fue la visita de Ariel Sharon a al-Haram al-Sharif (la Explanada de las Mezquitas) en la Ciudad Vieja de Jerusalén el 28 de septiembre de 2000. La visita provocó disturbios que fueron creciendo hasta convertirse en un levantamiento violento a gran escala: la Intifada de al-Aqsa.

Bill Clinton hizo un último esfuerzo por hacer que las dos partes volvieran a la mesa de negociaciones. El 23 de diciembre de 2000, convocó a las partes enfrentadas a la Casa Blanca, y les presentó lo que modestamente denominó “Los Parámetros de Clinton”. Estos parámetros concebían un Estado palestino independiente en toda Gaza y el 94-96% de Cisjordania, con una capital en el Este de Jerusalén. Esta propuesta fue la base de las negociaciones entre las delegaciones israelí y palestina en Taba en enero de 2001. En Taba se produjo el mayor acercamiento hasta el momento entre las dos partes, antes de alcanzar un acuerdo de estatus final, pero se les acabó el tiempo.

Si Bush padre fue el presidente estadounidense más ecuánime, con la posible excepción de Jimmy Carter, Bush hijo resultó ser el presidente más proisraelí de la historia de Estados Unidos

El 6 de febrero de 2001, Ariel Sharon derrotó a Ehud Barak en las elecciones generales israelíes. Sharon renunció inmediatamente a los acuerdos de Taba. Simultáneamente, se produjo un cambio de Administración en Washington, y la nueva Administración, liderada por George W. Bush, dijo que los Parámetros de Clinton se iban con la Administración saliente. El gobierno republicano no tenía ningún compromiso con estos parámetros, de modo que los palestinos volvían de nuevo al punto cero.

El 11 de septiembre lo cambió todo. Puso en marcha la guerra estadounidense contra el terror. Se trata de una guerra abierta, vagamente definida contra un enemigo esquivo. Ariel Sharon se subió rápidamente al tren de la guerra contra el terror. Su argumento ante los estadounidenses era que él estaba haciendo en su pequeño territorio lo que ellos hacían a nivel mundial: luchar contra los terroristas. La Autoridad Palestina era una organización terrorista, decía, y por lo tanto él tenía que enfrentarse a una organización terrorista. La Administración aceptó la mayor parte de estos argumentos y abandonó a los palestinos a la merced del general Sharon. Esta estrecha asociación con el gobierno de Sharon fue en realidad un impedimento para Bush en su búsqueda de una coalición mundial para combatir el terrorismo. Algunos gobiernos cooperaron con reservas con la guerra estadounidense contra el terror porque no querían que se les asociara con lo que consideraban una alianza infame de los gobiernos de Sharon y de Bush. La influencia del Likud y sus amigos en Washington podía detectarse en todo el espectro de la política estadounidense en Oriente Próximo. Especialmente sorprendente era la convergencia ideológica entre algunos neoconservadores líderes en la Administración de Bush (como Richard Perle, Paul Wolfowitz y Douglas Feith) y los partidarios de la línea dura en el círculo más íntimo de Ariel Sharon.

En 1996, un grupo de seis judíos estadounidenses, liderados por Richard Perle y Douglas Feith, redactaron un documento para el Primer Ministro entrante Benjamin Netanyahu. El documento, titulado “A Clean Break” (Un Cambio Limpio), proponía esencialmente la inversión repentina de la política exterior de la Administración Clinton en Oriente Próximo. Argumentaba que la búsqueda de un proceso de paz que incluyera el eslogan de “Nuevo Oriente Próximo” minaba la legitimidad de Israel y lo conducía a una parálisis estratégica. Se recomendó a Israel que cambiara la naturaleza de sus relaciones con los palestinos, que ignorara los Acuerdos de Oslo, y que alimentara alternativas a Yasir Arafat. También se animó a Israel a ejercer presión militar sobre Siria, especialmente en Líbano, y a rechazar la propuesta de “tierra por paz” en los Altos del Golán. Pero la recomendación política más fascinante de los autores está relacionada con Iraq. “Este esfuerzo (la formación del entorno estratégico de Israel) puede centrarse en derrocar a Saddam Husein del poder en Iraq (un importante objetivo estratégico israelí de por sí) como medio para frustrar las ambiciones regionales de Siria”. Por lo tanto, cinco años antes del ataque a las Torres Gemelas, la idea de cambio de régimen en Bagdad ya estaba en la agenda de algunos de los más fervientes apoyos republicanos a Israel en Washington.

Para la gran mayoría de los árabes y musulmanes, Iraq no representaba ningún problema. El problema real era Palestina

El documento “A Clean Break” es muy revelador con respecto al modo de pensar de sus autores. Se trata de un documento claramente alejado de la realidad regional del momento e ingenuo al asumir que un cambio limpio se podría hacer sin tener en cuenta lo que había ocurrido en el pasado. También mostraba una curiosa incapacidad para ver Oriente Próximo desde un punto de vista distinto al israelí. Mientras que la devoción de los autores por los intereses de Israel era obvia, su identificación implícita de dichos intereses con los de EEUU estaba mucho más abierta al cuestionamiento.

Toda la política de la Administración W. Bush en Oriente Próximo apoyaba igualmente los intereses estratégicos a corto plazo de Israel. Bernard Lewis, profesor jubilado de Princeton, ofreció el apuntalamiento intelectual necesario para esta política. Muchos de los altos cargos de la Administración, especialmente el Vicepresidente Dick Cheney, son acólitos del extraordinariamente erudito profesor. Richard Perle dijo que “Hablar con el Sr. Lewis es como ir a Delfos a ver al oráculo”. Los dos temas de las historia de los países islámicos que más subraya el Sr. Lewis son el fracaso de la modernización y el resentimiento hacia Occidente. Israel y Turquía, dos países no árabes, se presentan como los únicos Estados modernos y con éxito de la región. Dado que los países árabes no son capaces de generar reformas desde dentro, el Sr. Lewis recomendó que una invasión militar estadounidense acabara con los regímenes existentes y extendiera la democracia por la región. Se le dio entonces la vuelta a la sabiduría convencional: en lugar de apoyar a los tiranos para que promuevan la estabilidad y protejan los intereses estadounidenses en el mundo árabe rico en petróleo, el Sr. Lewis defendía que sembrar la democracia sería el mejor aliado posible de Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo. Después del 11 de septiembre, pidió insistentemente una invasión militar de Iraq para prevenir otros y peores ataques terroristas. Quería reemplazar la antigua e ineficaz política de la contención por una política de confrontación. “Ponerse duros o irse” era el punto crucial de la Doctrina de Lewis.

Uno de los argumentos a favor del cambio de régimen en Bagdad era acabar con el apoyo iraquí a los militantes palestinos y a la considerada intransigencia palestina en el proceso de paz con Israel

Uno de los más fervientes admiradores de Bernard Lewis en el círculo íntimo de la Administración de Bush era Paul Wolfowitz, el Vicesecretario de Defensa y un líder de la línea dura sobre Iraq. El ataque terrorista del 11 de septiembre le dio a Wolfowitz la oportunidad de ir a por Saddam Husein. Bob Woodward, en su libro Bush at War (Bush en guerra), revela que justo después del ataque, Wolfowitz hablaba de una guerra contra Iraq como alternativa a la incierta guerra en Afganistán. Cuando no se impuso esta opinión, Wolfowitz mantuvo la presión para hacer que Iraq se convirtiera en el segundo objetivo en la guerra contra el terror.

Uno de los argumentos a favor del cambio de régimen en Bagdad era acabar con el apoyo iraquí a los militantes palestinos y a lo que se consideraba intransigencia palestina en el proceso de paz con Israel. Mientras que Iraq era el objetivo principal, los neoconservadores también defendían que Estados Unidos debía ejercer una presión militar implacable sobre Siria e Irán. Esto representaba un marcado contraste con la política estadounidense de diálogo crítico y compromiso crítico. La política de Washington de confrontación y cambio de régimen recibía un ferviente apoyo en Tel Aviv. En este caso también era mucho más evidente el beneficio para Israel que el beneficio para Estados Unidos. Y en este caso también, la agenda estadounidense en la región parecía incorporar la agenda de derechas del Likud.

El cambio de régimen en Iraq siempre fue descrito por los neoconservadores como una tarea muy fácil. Predijeron que el frágil régimen caería tras el primer golpe y que el pueblo iraquí oprimido durante mucho tiempo daría la bienvenida a las fuerzas de la coalición con los brazos abiertos, como a libertadores. El objetivo proclamado de la invasión de Iraq era remodelar Oriente Próximo a imagen y semejanza de Estados Unidos, convertir a los iraquíes en una nación feliz de demócratas jeffersonianos y a Iraq en un modelo para el resto del mundo árabe. Pero la expectativa de que las fuerzas norteamericanas serían bienvenidas como libertadores no tuvo nada que ver con las lecciones de la historia.

Cinco años antes del ataque a las Torres Gemelas, la idea de cambio de régimen en Bagdad ya estaba en la agenda de algunos de los más fervientes apoyos republicanos a Israel en Washington

Los iraquíes, en especial, recuerdan muy bien cómo los traicionó Estados Unidos al final de la Guerra del Golfo en 1991. Bush padre animó al pueblo iraquí a sublevarse contra Saddam Husein y luego los abandonó a su merced. Con las fuerzas americanas cruzadas de brazos a un lado, Saddam pudo aplicar su habitual brutalidad para acabar con el levantamiento kurdo en el norte y el levantamiento más importante de los chiíes en el sur. Si hubo un tiempo para el cambio de régimen en Bagdad, febrero de 1991 era ese momento. El repentino final de la campaña terrestre de la Tormenta del Desierto, no obstante, dejó a Saddam Husein en el poder. Los americanos tuvieron la oportunidad perfecta para deshacerse de Saddam y la fastidiaron, con consecuencias desastrosas en todos los sentidos. Aún estamos pagando el precio de este enorme error estratégico.

Aviones de las Fuerzas Aéreas de EEUU sobrevuelan pozos petrolíferos incendiados por el ejército iraquí en su retirada de Kuwait

Aviones de las Fuerzas Aéreas de EEUU sobrevuelan pozos petrolíferos incendiados por el ejército iraquí en su retirada de Kuwait, durante la Operación Tormenta del Desierto en 1991. / United States Air Force.

La visión árabe es esencialmente la misma que la visión del Tercer Mundo en lo referente a la primera Guerra del Golfo. Básicamente, esta visión sostiene que Estados Unidos entró en Iraq con una gran tecnología militar, destrozó el lugar, dejó todos los problemas sin resolver, creó un montón de problemas nuevos y después se fue a casa para declarar la victoria. La doctrina de Lewis establece que es necesario comprender el pasado como base esencial para construir un futuro mejor. Pero la incapacidad de ver el reciente pasado desde la perspectiva de los iraquíes condujo a los defensores de la invasión a crear expectativas irrealistas. La guerra de Iraq no podía salir como se había planeado porque se había basado en una visión selectiva e interesada del pasado.

El objetivo proclamado de la invasión de Iraq era remodelar Oriente Próximo a imagen de EEUU y convertir a los iraquíes en una nación feliz de demócratas jeffersonianos

Hay un dicho en árabe que dice que lo que mal empieza mal acaba y la guerra de Iraq es un buen ejemplo de ello. Nunca hubo una base sólida para esta guerra en el Derecho Internacional. La resolución 678 de las Naciones Unidas fue aprobada en 1990 con la finalidad específica de liberar Kuwait. No podía interpretarse de buena fe que la resolución autorizara una invasión de Iraq en marzo de 2003. La resolución 1441 de 2002 no autorizaba específicamente el uso de la fuerza por parte de los Estados. Reservaba la cuestión de Iraq para que el Consejo de Seguridad la solucionara. Se pidió una segunda resolución de Naciones Unidas para autorizar expresamente el uso de la fuerza por parte de los Estados, pero esta resolución nunca fue aprobada.

Se dieron tres razones principales para justificar la guerra de Iraq. Una de ellas fue la posesión de armas de destrucción masiva que supuestamente convertían a Iraq en una amenaza clara y presente para la seguridad internacional. Nunca se descubrieron armas de destrucción masiva. En este sentido, los aliados fueron a la guerra basándose en condiciones falsas. David Kay, el jefe del Grupo de Vigilancia de Iraq lo presentó ante el Congreso de los Estados Unidos con una franqueza cegadora: “Todos nos equivocamos”.

La segunda razón fue el supuesto vínculo entre el Partido Baaz y al-Qaida. En aquel momento, ningún servicio de inteligencia estaba disponible para confirmar dicho vínculo. Los informes de la inteligencia británica dejaron claro al número 10 de Downing Street que en realidad eran adversarios ideológicos. Pero, como consecuencia de la invasión de Iraq, se creó un vínculo que no existía antes. No hacía falta ser un experto en terrorismo internacional para predecir que iba a ocurrir eso. Atacar Iraq iba a convertir al país en una merienda de niños para los terroristas.

La tercera razón incumbía el ámbito moral: Saddam Husein era un monstruo con forma humana liderando una dictadura diabólica. Una intervención humanitaria era por tanto necesaria para liberar al pueblo iraquí del monstruo. Esta descripción del hombre y su régimen es indiscutible. Pero Saddam siempre fue un monstruo, también en los años 80, cuando Occidente lo armó y lo apoyó durante la agotadora guerra de ocho años con Irán que había empezado él mismo. Por lo que no es sincero hablar de la invasión de Iraq como un acto de intervención humanitaria. La invasión de Iraq fue una decisión estratégica y se quiso disfrazar la decisión con argumentos morales.

La guerra de Iraq contribuyó a paralizar la diplomacia en Palestina

La guerra de Iraq contribuyó a paralizar la diplomacia en Palestina. En un esfuerzo por dar un soplo de vida al agotador proceso de paz israelo-palestino, Tony Blair tomó la iniciativa de liderar al Cuarteto para elaborar la llamada Hoja de Ruta: Estados Unidos, Rusia, Naciones Unidas y la Unión Europea. Todos se pusieron de acuerdo, tras la invasión de Iraq, en la necesidad de una gran iniciativa política para solucionar el problema palestino. Blair utilizó todo el capital político que había acumulado con George W. Bush con respecto a Iraq para movilizar su apoyo a la Hoja de Ruta. Bush no estaba muy a favor de ésta: la aprobó bajo la presión de sus aliados.

La Hoja de Ruta fue lanzada oficialmente por el presidente Bush en nombre del Cuarteto en mayo de 2003. Contemplaba tres fases que conducían al establecimiento de un Estado palestino independiente junto con Israel para finales de 2005. Los palestinos abrazaron rápidamente la propuesta. Fue como lanzar un flotador a un hombre que se está ahogando. Empezaron incluso a implementar la Hoja de Ruta antes de que fuera anunciada formalmente. La posición de Israel era más ambigua. Ariel Sharon pidió y recibió del presidente Bush tres aplazamientos para el lanzamiento de la propuesta y, cuando finalmente la inició, presentó catorce enmiendas diseñadas para vaciarla de cualquier contenido político serio. El Gabinete israelí nunca dio su apoyo a la Hoja de Ruta como tal; sólo votó medidas específicas que se pedían a Israel en la primera fase. También había cierta oposición categórica a esta propuesta por parte de los ministros situados más a la derecha de Ariel Sharon.

Tras la invasión de Iraq, EEUU, Rusia, la UE y la ONU se pusieron de acuerdo en la necesidad de una gran iniciativa política para solucionar el problema palestino y se lanzó la Hoja de Ruta

Las políticas del gobierno israelí no cambiaron significativamente tras esta adopción poco entusiasta de la Hoja de Ruta. Siguió con las incursiones en las áreas palestinas, los asesinatos de militantes palestinos, la demolición de casas, los toques de queda, las restricciones, arrancando árboles y provocando deliberadamente miseria, hambre y dificultades para fomentar la migración de Cisjordania. Al mismo tiempo, siguieron las actividades de asentamiento en Cisjordania debido al “crecimiento natural”, pero infringiendo flagrantemente las disposiciones de la Hoja de Ruta.

Un obstáculo relacionado e igualmente grave para el avance en la vía marcada por la Hoja de Ruta era la denominada barrera de seguridad, o muro, que el gobierno del Likud empezó a construir en Cisjordania. Se suponía que la finalidad de este muro era evitar ataques terroristas contra Israel, pero los motivos ocultos estaban tan relacionados con la apropiación de la tierra como con la seguridad. Para construir el muro, Israel expropió tierra, derribó casas, separó a los agricultores de sus campos, a los trabajadores de sus lugares de trabajo, a los niños de sus escuelas y a comunidades enteras de sus fuentes de agua. El objetivo no declarado del muro era reunir a cuantos palestinos fuera posible en el menor territorio posible. En cualquier caso, el efecto fue que cortó el territorio de Cisjordania en media docena de enclaves aislados. En pocas palabras, el muro está allanando el camino para que Israel se anexe de facto una parte sustancial de Cisjordania, con lo que mina la posibilidad de una solución genuina de dos Estados.

El presidente norteamericano George W. Bush aviva la Llama Eterna, en recuerdo de los judíos asesinados por los nazis durante el Holocausto

El presidente norteamericano George W. Bush aviva la Llama Eterna, en recuerdo de los judíos asesinados por los nazis durante el Holocausto, en la Sala del Recuerdo del Museo del Holocausto Yad Vashem. Jerusalén, Israel, 11 de enero de 2008. / Olego Popol /EFE

El movimiento más significativo de Ariel Sharon fue la retirada israelí unilateral de la Franja de Gaza en agosto de 2005. Habiendo fracasado intimidando y captando a los palestinos, intentó la separación según unas condiciones impuestas. Gaza es el territorio más densamente poblado de la Tierra. Para los israelíes también es un sinónimo de infierno. La expresión hebrea “¡Vete al diablo!” es lekh le-azza (¡Vete a Gaza!). Gaza muestra el rostro del colonialismo israelí en su forma más cruda y despiadada. En 2005 había 1,4 millones de habitantes palestinos, la mayoría refugiados y descendientes de estos, y unos 8.000 israelíes, principalmente agricultores. Los israelíes controlaban el 25% del territorio y el 40% de suelo agrícola. Sharon presentó la retirada de Gaza como una contribución a la Hoja de Ruta, pero no era nada de eso, sino que se trataba de un movimiento unilateral. A cambio de la retirada de Gaza, Sharon pidió la aceptación de Estados Unidos por escrito de su plan para reforzar varios bloques clave de asentamientos judíos en Cisjordania. Los asentamientos, generalmente denominados en Israel los “asentamientos del consenso”, incluían Ma’ale Edumim, al este de Jerusalén; Ariel, al noroeste de Tel Aviv y el Bloque Etzion, al sur de Jerusalén. La respuesta inicial de los asesores del presidente George W. Bush sobre este plan fue claramente fría. Estaban unidos para resistir cualquier cambio formal en la oposición a los asentamientos judíos en los territorios palestinos mantenida por Estados Unidos a lo largo de los años. Algunos de ellos consideraron el plan de retirada unilateral de Sharon como un movimiento atrevido que podría finalmente ayudar a lanzar las negociaciones sobre el estatus definitivo. Pero les preocupaba que “Gaza primero” se convirtiera en “Gaza lo último” y eliminara las posibilidades de una solución pacífica consolidando la ocupación de Cisjordania. Aaron Miller, un antiguo funcionario del Departamento de Estado, advirtió de que la aprobación estadounidense de los movimientos de Israel para consolidar su fuerza en bloques de asentamientos específicos sería “algo que hipotecaría el futuro y finalmente socavaría cualquier posibilidad de una solución de dos Estados”. Dijo que el reto de Estados Unidos era modificar la iniciativa unilateral de Israel de forma que animara a los gobiernos palestino y árabe a ir a la mesa de negociaciones. Pero la iniciativa de Israel se mantuvo totalmente unilateral.

Los gobernantes árabes sospechaban de los planes de la Administración W. Bush para impulsar cambios en la región antes de resolver el conflicto árabe-israelí

Derrocar a Saddam Husein del poder también fracasó a la hora de generar el prometido ímpetu de reforma política en el mundo árabe. Los llamamientos de reforma provenían de dentro de la región y del exterior también. Un hito importante fue la publicación en el verano de 2002 del Informe sobre Desarrollo Humano Árabe con el apoyo de las Naciones Unidas, en el que 30 intelectuales de la región expusieron los deprimentes fracasos del mundo árabe. El informe identificó tres obstáculos clave para el desarrollo humano: el creciente déficit de libertad, de los derechos de las mujeres y del conocimiento. Elaborado por árabes para los árabes, el informe abrió un debate muy necesario en la región. Pero también resultó útil para los responsables de las políticas en Estados Unidos cuya agenda de política exterior incluía la transformación de Oriente Próximo. El presidente Bush lo citó en un importante discurso en noviembre de 2003, en el que presentó sus planes de promover la democracia en la región. “Según palabras de un informe elaborado por académicos árabes”, dijo el Sr. Bush, “la ola mundial de democracia, y cito, apenas ha alcanzado a los Estados árabes”. Un borrador de la Iniciativa del Gran Oriente Medio, una serie de medidas que serían reveladas por Estados Unidos en la cumbre del G8 de los países más ricos en el verano de 2004, sacó muchas ideas de dicho informe e intentó solucionar los tres déficits identificados por sus autores. El documento estadounidense, publicado en su totalidad en el periódico con sede en Londres Al-Hayat, era un llamamiento para unas radicales reformas económicas, políticas, culturales y educativas en el mundo árabe.

Los intelectuales árabes reaccionaron negativamente al intento de Washington de apropiarse de su informe de autocrítica. Les gustaba el mensaje, pero desconfiaban totalmente del mensajero. Declararon que Washington había sido selectivo con el informe, ignorando las críticas de sus propias políticas antes del 11 de septiembre por haber apoyado a los regímenes autoritarios que ayudaron a generar el extremismo religioso que ahora amenazaba su seguridad. Las nuevas ideas de Washington se veían como el producto del “nuevo colonialismo”, diseñadas para cambiar los valores de la sociedad árabe e islámica e imponer la reforma desde arriba. No tenían ninguna legitimidad a los ojos de los árabes porque provenían de una potencia que había invadido dos países musulmanes, Afganistán e Iraq y que no había hecho nada para promocionar los intereses del pueblo árabe. Los intelectuales árabes reconocían la necesidad urgente de reforma, pero pedían que el proceso estuviera en sus manos, rechazando el programa estadounidense general para todos. En pocas palabras, consideraron que la agenda de reformas venía determinada por las prioridades y los intereses estadounidenses.

La Administración de George W. Bush destruyó el régimen de Bagdad en tres semanas, pero no consiguió convencer al gobierno del Likud para que entregara siquiera un asentamiento en Cisjordania a lo largo de cuatro años

Los gobernantes árabes también sospechaban de los planes de la Administración Bush para impulsar cambios en la región antes de resolver el conflicto árabe-israelí. El presidente de Egipto, Hosni Mubarak, rechazó las propuestas estadounidenses para la región en una reunión con Tony Blair en Chequers el 9 de marzo de 2005. Mubarak insistió en que toda modernización tendría que provenir de las tradiciones y la cultura de la región. También subrayó que el conflicto israelo-palestino era un elemento clave de los problemas de la región. Llevar a cabo reformas ignorando la cuestión palestina, advirtió, no produciría la estabilidad deseada.

Los funcionarios de la Administración de Bush, por su parte, eran críticos con los gobiernos árabes por utilizar el conflicto árabe-israelí como excusa para denegar la democracia, la libertad de expresión y otros derechos a su pueblo. Tenían razón. Los líderes árabes, por otro lado, sospechaban que los amigos de Israel en Washington pretendían crear un grupo de Estados clientes en la región que permitirían a Israel quedarse con los territorios ocupados. Ellos también tenían razón. Sólo había un modo de disipar estas sospechas, es decir, volver a implicarse en el proceso de paz en Oriente Próximo y ejercer una presión real sobre Israel para que se retirara de los territorios ocupados.

Esto nos lleva de nuevo al vínculo entre Iraq y Palestina. La guerra de Iraq no fue como se había planeado. Con las guerras casi siempre pasa eso. Cuando los líderes llevan a sus países a la guerra, saben cómo empezará la guerra, pero nunca pueden saber cómo acabará. Se derrocó a Saddam Husein y sus secuaces del poder, pero los objetivos de democracia, seguridad y estabilidad resultaron ser esquivos una y otra vez. Iraq pasó de ser un país que no tenía ningún vínculo con los terroristas internacionales a ser un imán para los terroristas de todo el mundo musulmán. El cambio de régimen en Bagdad fue un obstáculo en lugar de ayudar en la lucha contra el terrorismo internacional. La invasión estadounidense de Iraq tampoco contribuyó a resolver el problema palestino ni a promover la democracia en el resto del mundo árabe. Para promover la paz mundial, habría sido mejor que la Administración de Bush hubiera intentado acabar con la ocupación israelí de los territorios árabes, en lugar de iniciar una nueva ocupación por su parte. Destruyeron el régimen del Baaz en Bagdad en tres semanas, pero no consiguieron convencer al gobierno del Likud para que entregara siquiera un asentamiento en Cisjordania a lo largo de cuatro años. Independientemente del bien que la guerra de Iraq pudiera haber hecho, fracasó rotundamente a la hora de hacer justicia al pueblo palestino que sufre desde hace tanto tiempo.

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