Carmen López Alonso
Profesora de Historia del Pensamiento y los Movimientos Sociales y Políticos, Universidad Complutense de Madrid. [+ DEL AUTOR]

Estados Unidos e Israel. Caminos entrecruzados, historia abierta

El 4 de junio de 2008, al día siguiente de su nominación como candidato demócrata a la presidencia de los Estados Unidos, Barak Obama pronunciaba una conferencia sobre política exterior cuyo eco se vio multiplicado por el lugar elegido, el congreso que anualmente celebra en Washington el AIPAC (Comité de Asuntos Públicos Americano-Israelí), el lobby judío americano fundado en 1951 y cuya influencia política, creciente en las últimas décadas, ha sido objeto de un debate que ha trascendido el marco académico y que durante meses ha ocupado las primeras planas de los medios de comunicación de todo el mundo.

Lo nuevo es el compromiso con la diplomacia y la política, aunque Obama afirma que la amenaza de una acción militar sigue estando sobre la mesa “para defender nuestra seguridad y la de nuestro aliado, Israel”

Además de por el lugar y la fecha en que se pronuncia, el discurso es significativo porque presenta un estudiado entrelazamiento de la historia personal del actual presidente norteamericano, la de su país y la del pueblo judío, en una narración en la que se condensan varios de los puntos clave de la historia de las relaciones de los Estados Unidos con Israel, que ni son unidireccionales ni pueden ser reducidas a un único elemento. Es significativo, finalmente, porque se trata del primer discurso sobre política exterior que Obama pronuncia como candidato a la presidencia, por lo que a su indiscutible carácter electoral interno hay que añadir la repercusión internacional que tiene la afirmación de su compromiso con la “sagrada e innegociable” seguridad de Israel, algo que es compartido por todo el país y que va “más allá de las diferencias de partido”. No obstante, este compromiso, sostiene Obama, no ha dado resultados positivos en la reciente política exterior norteamericana, al haber conducido al aislamiento de los Estados Unidos en la zona, con el consiguiente debilitamiento de su poder, al tiempo que se ha puesto en riesgo la seguridad de Israel.

El requisito para modificar esta situación es que la política exterior estadounidense vuelva a unas pautas, basadas en una diplomacia firme que se asiente sobre una influencia real, que ya habían sido trazadas por Truman, Kennedy y Reagan. Para ello, es preciso plantear la zona en su conjunto, sin aceptar las tesis de quienes sostienen que Israel es la causa fundamental de los problemas de Oriente Medio, “como si el conflicto israelí-palestino fuera la raíz de todo los conflictos de la región”. La forma de recuperar la fuerza y la influencia no es abandonar a Israel, la única democracia de Oriente Medio y un sólido aliado de los Estados Unidos, con quienes comparte valores e historia; no existe más camino que el logro de una paz duradera, que interesa tanto a Israel como a los palestinos y a los Estados árabes y que es, asimismo, del interés nacional de los Estados Unidos.

Esta paz ha de materializarse en la existencia de dos Estados, uno judío y otro palestino, según las líneas trazadas en los sucesivos acuerdos ya firmados, en cuya implementación Obama se compromete a trabajar desde el primer día de su presidencia. Los palestinos deberán contar con un Estado “contiguo e integrado que les permita prosperar”, pero cualquier acuerdo “deberá preservar la identidad israelí como Estado judío con fronteras seguras, reconocidas y defendibles” cuya capital, Jerusalén, “deberá permanecer indivisa”. Lo que se dice explícitamente en un discurso puede ser tan importante como lo no dicho, lo sugerido, o lo que es interpretable a partir de frases estudiadamente ambiguas, como la última citada sobre la indivisibilidad de Jerusalén que, en principio, coincidiría con lo defendido por la corriente israelí que acepta un Estado palestino pero con capitalidad en otro lugar. No obstante, la misma frase también puede ser entendida –como mayoritariamente se hizo– como un guiño a la derecha y ultraderecha israelíes que no admiten la existencia de un Estado palestino ni, en consecuencia, su capitalidad en parte alguna o, incluso, en la línea de la izquierda política israelí, que sí acepta un Estado palestino con capital en al-Quds (Jerusalén oriental) pero sin que se produzca una división física similar a la que existió hasta junio de 1967 y que partía a la ciudad en dos mitades valladas.

El presidente de Egipto, Anwar el Sadat, de Estados Unidos, Jimmy Carter, y el primer ministro de Israel, Menajem Beguin, en los jardines de la residencia presidencial de Camp David

El presidente de Egipto, Anwar el Sadat (i), de Estados Unidos, Jimmy Carter (c), y el primer ministro de Israel, Menajem Beguin, en los jardines de la residencia presidencial de Camp David, donde se llevan a cabo las negociaciones de paz para Oriente Medio. Maryland, Estados Unidos, 6 de septiembre de 1978. /EFE

En relación con el conflicto palestino-israelí no es nuevo este recurso a la “ambigüedad constructiva”, el concepto creado por Henry Kissinger en los años sesenta para denominar la forma de negociación utilizada en el conflicto del sureste asiático, que permite que ambas partes presenten ante sus públicos unos resultados positivos, aunque escasamente concretos. Formas de ambigüedad parecidas han sido comunes en la diplomacia americana en relación con el conflicto palestino-israelí, y una “opacidad creativa” similar ha sido uno de los elementos distintivos de buena parte de la política de negociación israelí.

También existe una línea de continuidad en las ausencias –como sucede con la nula referencia a los refugiados palestinos–, o en cuestiones importantes que apenas quedan enunciadas, como en el párrafo en el que Obama pide a Israel que, sin mengua de su seguridad, alivie las restricciones a la libertad de movimiento de los palestinos, mejore sus condiciones económicas y que, como se ha acordado en Annapolis en noviembre de 2007, “se abstenga de construir nuevos asentamientos”, sin referencia a los ya construidos.

Lo nuevo, en relación con las dos últimas administraciones presididas por George W. Bush, es el compromiso con la diplomacia y la política, que deberán reemplazar a la guerra contra el terror como instrumento principal, aunque Obama afirma con claridad que la amenaza de una acción militar sigue estando sobre la mesa “para defender nuestra seguridad y la de nuestro aliado, Israel”. El compromiso con la vía política vuelve a ser reiterado en sus primeras declaraciones como presidente de los Estados Unidos, lo que, según todos los analistas, debería llevar a Obama a un replanteamiento de las relaciones con Israel (Birnbaum, 2009). En caso de producirse, es probable que el alcance de dicho replanteamiento de la política interior norteamericana no se corresponda exactamente con la tesis que atribuye al lobby pro-israelí un poder casi total en el establecimiento de las pautas de la política exterior de los Estados Unidos, tal como ha sido interpretado en una lectura poco matizada del libro de Mearsheimer y Walt en el que se realiza un análisis muy pertinente, y ampliamente compartido, sobre los efectos negativos que este apoyo incondicional a las políticas israelíes ha tenido sobre los intereses norteamericanos.

Por otra parte, en lo que se refiere a la política hacia Israel, hay muchos otros factores que intervienen para explicar la postura y el peso de los ciudadanos y los grupos políticos y sociales estadounidenses, que continúan siendo una constante en la historia de los Estados Unidos en su relación con Israel y con el pueblo judío. En su discurso, Obama alude a un buen número de ellos, tanto en el plano más estrictamente individual, cuando se refiere a su infancia y formación, como en el de la historia colectiva. Los primeros años de Obama fueron geográfica y familiarmente dispersos: “crecí sin un sentimiento de arraigo”, con una madre blanca de Kansas y un padre de Kenya que abandonó el hogar cuando tenía dos años, a los que siguió una infancia vivida en Indonesia y luego en Hawai; “no sabía de dónde venía”, continúa Obama, lo que me llevó a “creer que se puede sostener una identidad espiritual, emocional y cultural, y comprendí la idea sionista de que siempre existe una patria (homeland) en el centro de nuestra historia”. A esta experiencia individual, Obama suma la historia colectiva de los Estados Unidos entendida como un proyecto de autogobierno liberal y democrático que se arraiga en un sistema de valores que también son los de Israel. Es en ellos, así como en los intereses compartidos, en los que se basa la alianza con Israel, de tal modo que “quienes amenazan a Israel nos amenazan”.

Aún es pronto para hablar del alcance de la política exterior de la nueva Administración y del lugar que en ella ocuparán Israel y el conflicto palestino-israelí, cuya resolución es una condición necesaria, pero no suficiente, para el reequilibrio de toda la zona. No obstante, no se trata ni se ha tratado nunca de un camino de una sola dirección sino de un entramado de relaciones, con rutas principales, con grietas y con flecos, que no permiten una interpretación unívoca ni predeterminada. En ese camino interviene la política interior y la exterior de los Estados Unidos, pero en él tiene también un papel fundamental la política israelí, crecientemente fragmentada y cuyo giro a la derecha se ha materializado en las recientes elecciones legislativas, celebradas el 10 de febrero de 2009, en las que quienes se han mostrado contrarios a las líneas de los acuerdos de paz establecidos en Oslo, retomados en la Hoja de Ruta y reiterados, más recientemente, en Annapolis, han obtenido una mayoría. También forma parte de ella la fragmentación política y social que existe en el lado palestino, cuyos orígenes, no simétricos, sí son múltiples y en los que la política de la anterior Administración norteamericana ha tenido un importante papel, como se ha encargado de precisar Obama al recordar su oposición, frente a la política abogada por el equipo de George W. Bush, no sólo a la guerra de Iraq, sino a la participación de Hamas en las elecciones legislativas palestinas de 2006.

El número y peso de las comunidades judías en el desarrollo de los EEUU creció considerablemente desde los últimos decenios del siglo XIX

La mayor parte de la población judía de EEUU se concentra en los grandes núcleos urbanos lo que explica en parte el peso de su electorado en distritos clave en las elecciones

TIERRAS PROMETIDAS

La historia de Israel, estrechamente entrelazada con las historias de los Estados europeos, lo está de forma aún más destacada con la de los Estados Unidos. Aparte de la enorme influencia que tiene la Biblia en los primeros colonos puritanos, los “peregrinos” ingleses que, huyendo de la intolerancia religiosa, desembarcaron en 1620 en Plymouth, en una nueva “tierra prometida” en donde el trabajo y el comercio iban de la mano con la defensa de la libertad religiosa, está la existencia de comunidades judías desde esas mismas fechas, cuyo número y peso en el desarrollo del país aumentó de forma considerable desde los últimos decenios del siglo XIX. Ya en el siglo XX, hasta que al final de la Guerra Fría la balanza se invierte a favor de Israel adonde emigra en torno a un millón de judíos rusos, más de un 40% de la población judía mundial y cerca de un 60% de los judíos de la diáspora se concentraba en los Estados Unidos.

Un factor esencial en este aumento demográfico está en la persecución de los judíos europeos, desde los grandes pogromos de la Rusia zarista en 1880, hasta la que desemboca en la aniquilación de gran parte de esta comunidad a manos del régimen nazi. Entre 1880 y finales de 1924, cuando se promulga la ley Johnson-Reed que termina con la libre inmigración, la población judía de los Estados Unidos pasa de 280.000 a 4.500.000 personas aproximadamente –sobre un total de cerca de 50 y 115 millones respectivamente–, es decir, pasa de representar el 0,56% a un 3,91% del total. Aunque existen algunos experimentos agrícolas, como las comunidades financiadas por el barón Hirsch en la costa oriental, o las colonias socialistas creadas en Oregon y New Jersey, la mayor parte de la población se concentra en los grandes núcleos urbanos, una tendencia que, con ligeras variaciones, continúa hasta la actualidad y que, dado el sistema electoral americano, explica en parte el peso del electorado judío en distritos que son clave a la hora de decidir los resultados de las elecciones, sobre todo los de las legislativas.

La importancia política y social de la comunidad judía de los Estados Unidos es el resultado de un largo proceso, no exento de tensiones, tanto internas como externas. Las primeras, muy similares a las de Europa occidental por la misma época, se producen entre los judíos nativos, de origen centroeuropeo, y los nuevos llegados, de cultura yiddish, con escasos medios económicos y, excepto una minoría, con una formación de base tradicional. Entre las externas, y en relación con el tema que nos ocupa, está la lucha contra la discriminación y el antisemitismo, que se hace más presente en los primeros decenios del siglo XX, un periodo de esplendor de la cultura judía americana, con su importante impacto en el teatro y en el cine, pero en el que también se expanden las ideas nativistas y raciales como las representadas, entre otros, por éxitos de ventas como Dearborn Independent y The International Jew de Henry Ford –retiradas por orden judicial en 1927–. Por esos mismos años se desarrolla en Europa la ideología nazi, que se materializa con la llegada de Hitler al poder en 1933.

Entre 1938 y 1941 llegan a los Estados Unidos unos 124.000 refugiados judíos, entre los que se encuentra gran parte de la élite intelectual centroeuropea. Esta inmigración será clave en la evolución científica e intelectual norteamericana, al igual que ocurre con la llegada de los refugiados judíos alemanes a Palestina, que en 1939 es cortada de modo casi total por las autoridades mandatarias británicas, enfrentadas a una rebelión palestina, un conflicto con los sionistas radicales y una inminente guerra mundial.

El movimiento sionista americano (Poale Zion, B’nai B’rith, laboristas, Hadassah, etc.), que había apoyado la Declaración Balfour (1917) a favor de la creación en Palestina de un “hogar nacional para el pueblo judío”, así como la Resolución Lodge-Fish (1922) en la que el Congreso pedía oficialmente el establecimiento de un Hogar Nacional judío, se aglutina ahora en el movimiento antinazi, con el apoyo de casi toda la comunidad judía del país. En el periodo que media entre la invasión de Polonia en septiembre de 1939 y el ataque a Pearl Harbour en diciembre de 1941, los debates sobre la participación norteamericana en la guerra se intensifican. Entre los contrarios a la intervención, mayoritariamente integrados dentro del “Comité América Primero”, se escuchan voces como la de Charles Lindberg que acusan a los judíos de tratar de implicar a los Estados Unidos en una guerra que no es la suya. Mientras, en Europa, la persecución antisemita del régimen nazi se transforma en una sistemática operación de exterminio a partir de la campaña de Rusia en el verano de 1941. A mediados de 1942 la existencia de la “solución final” es ampliamente conocida; en mayo de ese año los sionistas convocan un congreso extraordinario en el hotel Biltmore de Nueva York en donde, por primera vez, proclaman abiertamente su objetivo de que en Palestina “se establezca un Estado judío (Jewish Commonwealth) integrado en la estructura del mundo democrático”.

Después de la 2ª Guerra Mundial, no todos los judíos de EEUU estaban conformes con el establecimiento de un Estado judío en Palestina

Este objetivo, asumido por los representantes de los principales grupos y organizaciones judías, que en su mayoría se integran en la Conferencia Judía Americana (1943-1949), no es compartido por todos los judíos del país, que sí participan en la lucha antinazi, pero que no están conformes con el concepto sionista del pueblo judío como una nación con derecho a la autodeterminación política. El judaísmo “es una religión de valores universales y no una nacionalidad” sostienen los judíos religiosos, tanto ortodoxos como conservadores y reformistas, esta última la corriente mayoritaria en los Estados Unidos. Una parte se agrupa en el Consejo Americano para el Judaísmo, creado en 1942 por un grupo de rabinos reformistas, que se convierte en la más articulada expresión antisionista de los judíos americanos: su oposición, minoritaria, perdura tras la creación del Estado de Israel, con advertencias contra el “dominio sionista de América” y no cambiará hasta la guerra árabe-israelí de 1967, cuando algunos de sus miembros más destacados pasan a ayudar activamente a Israel (Kolsky, 1990).

TIERRA REAL, FRONTERAS IMPRECISAS

El Estado de Israel se proclama, como Estado judío, en la tarde del 14 de mayo de 1948, el día en que termina el Mandato británico sobre Palestina. El primer país en dar su reconocimiento de hecho es Estados Unidos, por una decisión del presidente Truman que, al igual que su apoyo al plan de partición de la ONU del 29 de noviembre de 1947 (AGNU, R.181), no es compartida por el Departamento de Estado, que teme la desestabilización en la región y el riesgo en las relaciones con los países árabes productores de petróleo. En este primer periodo, que coincide con los inicios de la Guerra Fría, la ayuda económica a Israel representa en torno al 10% del total de lo que el país recibe, muy lejos de las crecientes sumas que serán la tónica general a partir de la década de 1970. Lo que predomina entonces en las relaciones con Israel es una política de prudente distancia cuyo objetivo principal es contener la influencia soviética, asegurar la estabilidad regional y mantener pacificadas las líneas de armisticio, para lo que se acuerda el embargo de armas a las partes en conflicto.

Recortables de siluetas de soldados israelíes tras sacos de arena en los Altos del Golán,

Recortables de siluetas de soldados israelíes tras sacos de arena en los Altos del Golán, 1 de enero de 2004. / Atef Safadi /EFE

Francia y Gran Bretaña siguen desempeñando el papel fundamental en la zona hasta la crisis de Suez de 1956 cuando Israel, en conjunción con ambas potencias, interviene contra Egipto, que acababa de nacionalizar el canal. Esto provoca la indignación de la Administración Eisenhower, que fuerza el alto el fuego y obliga a Israel a retirarse del Sinaí (Shlaim, 2000). Con las presidencias de Kennedy y Johnson las relaciones comienzan a ser más fluidas, pero es a partir de la guerra de junio de 1967 cuando el apoyo se hace abierto e Israel pasa a ser considerado como un importante activo para los Estados Unidos, que le suministra armamento moderno durante la guerra de desgaste con Egipto (1969-1970), que termina a finales de julio con un cese del fuego mediado, respectivamente, por la URSS y los EEUU. Es en ese periodo cuando el secretario de Estado W. P. Rogers presenta el primer plan de paz norteamericano (diciembre de 1969, retirado por Nixon a los pocos meses), en el que propone llegar a un acuerdo sobre la base de la Resolución 242 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (22/11/1967), por la que Israel retornaría, con modificaciones mínimas, a las líneas del 4 de junio, a cambio de la paz con Jordania y Egipto.

Entre la guerra de junio de 1967 (Seis Días) y la de octubre de 1973 (Yom Kippur), la situación en Israel y en toda la zona sufre una transformación radical. El triunfo israelí, interpretado en clave de milagro y de anuncio mesiánico por algunos grupos, judíos y también cristianos, es seguido por una ocupación “provisional” de los territorios palestinos y por una política de asentamiento de colonos judíos a un ritmo que no ha decrecido durante las cuatro décadas siguientes, incluidos los años del proceso de Oslo, y que constituye uno de los más evidentes escollos para la resolución del conflicto (Eldar&Zertal, 2007). La percepción de Israel como un activo estratégico en la zona se ve reforzada, tanto por el triunfo en la guerra de 1967, como por el papel que juega en el verano de 1970, cuando contribuye a evitar la intervención siria en el conflicto jordano-palestino –que termina con la expulsión de Jordania de la cúpula de la OLP, que se instalará en el sur del Líbano–. La crisis de 1967, en un momento en que la memoria del Holocausto se había reavivado tras el juicio de Eichmann en Jerusalén (1961), despierta el temor ante una nueva destrucción de los judíos (Arendt, 1999; L. Alonso, 2004) y provoca un movimiento de solidaridad entre los judíos americanos que se traduce en campañas de obtención de fondos, tanto de los particulares como del Congreso, sobre todo durante la guerra de Yom Kippur. También aumenta el número de norteamericanos que emigra a Israel –unos 17.000 entre 1967-1970– y se refuerza el movimiento sionista de los Estados Unidos, al que se suma una gran parte de los miembros de las corrientes religiosas reformista y conservadora, que hasta entonces se habían mostrado o antisionistas o distantes del sionismo.

La guerra de 1967 provoca un movimiento de solidaridad en EEUU, reforzando el movimiento sionista, al que se suma una gran parte de las corrientes reformistas y conservadoras

A partir de 1970, Israel se convierte en el mayor receptor de ayuda por parte de EEUU

Las vulnerabilidades que Israel muestra en la guerra de octubre de 1973 constituyen un elemento más a favor del aumento de la ayuda norteamericana de la que Israel es, desde la aprobación en 1970 de la ley de ayuda militar, y hasta hoy, el mayor receptor: los 500 millones de dólares de 1970 llegan en la actualidad a los 3.000 millones de dólares anuales. La ayuda se presta en su mayor parte en forma de subvenciones, cláusulas comerciales favorables, ventas de armas y tecnología militar, además de una amplia legislación pro-israelí aprobada por el Congreso en donde, a diferencia de lo que ocurre en el caso de la Presidencia y el ejecutivo, el poder de los grupos de presión pro-israelíes es incuestionable.

En estos años, que coinciden con la crítica a la guerra de Vietnam y al colonialismo, también comienza a manifestarse entre los judíos americanos y la sociedad estadounidense en general, una corriente crítica hacia las políticas israelíes para con los palestinos y hacia los ciudadanos israelíes de procedencia oriental, más minoritaria en este último caso. También en Israel se producen críticas semejantes: el movimiento de los “Panteras Negras” que aparece en la década de 1970 tiene una clara influencia del movimiento afroamericano del mismo nombre; ambos son indicativos del agrietamiento social entre los ciudadanos judíos israelíes de diferentes orígenes geográficos y culturales por un lado y, por otro, entre los judíos y los afroamericanos que en los años 1950 y 1960 habían compartido la etapa central de la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos –cuando cerca de la mitad de los activistas blancos del movimiento eran judíos– y que en el decenio de 1970 rompen parcialmente su colaboración, sobre todo tras la aprobación de la resolución 3379 de la Asamblea General de Naciones Unidas (1975) que equiparaba sionismo y racismo.

Para logar el apoyo a los acuerdos de Camp David, Beguin se compromete a que la definición de “quién es judío” quede bajo el control de los ortodoxos

La crítica a las políticas israelíes, minoritaria en este periodo en el que el apoyo incondicional a Israel es la tónica dominante, sufre el ataque de las grandes organizaciones judías, como el que en 1977 dirige la ADL (Liga Anti-Difamación, creada en 1913 en el seno de la B’nai B’rith) contra Breira (Alternativa). Fundada en 1973, esta organización que defendía la creación de un Estado palestino, desaparece prácticamente después de que la ADL prohibiera la afiliación a los miembros de B’nai B’rith y a los rabinos vinculados a la Fundación Hillel, presente en la mayor parte de los campus universitarios y que en gran medida la sostenían. El año 1977, con el triunfo electoral del Likud, va a suponer un cambio mayor en la política israelí. Cinco meses después de que Menajem Beguin tomara posesión del gobierno, el presidente egipcio Anwar al-Sadat visita Jerusalén y habla ante la Knesset, dando el primer paso en un camino que desembocará en los acuerdos de Camp David (1978) y en la firma del tratado de paz entre Egipto e Israel al año siguiente. Uno de los aspectos menos visibles de este acuerdo, aunque de gran importancia en la posterior política israelí y en las relaciones con los judíos de la diáspora es que, para lograr el apoyo de Agudat Israel, el partido ultraortodoxo, Beguin se compromete a que la definición de “quién es judío” quede bajo el control de los ortodoxos, aunque la sanción formal seguirá estando en manos del gobierno. Esto, que tiene una repercusión inmediata en la Ley de Retorno por la que todo judío, que pruebe serlo, tiene derecho a obtener la ciudadanía israelí, provoca tensiones dentro de las comunidades religiosas de los Estados Unidos que, en el 29 Congreso sionista de 1978, reclaman un trato igual para todas las corrientes dentro del judaísmo (L. Alonso, 2008). Estas tensiones, todavía no resueltas, constituyen un elemento importante en el complejo entramado de relaciones que se establecen entre los Estados Unidos e Israel. No obstante, en ambos casos, la relación entre religión y política es bastante más compleja de lo que aparece en algunas descripciones tópicas. El fervor religioso-político, no sólo judío, también de los cristianos, tanto los evangélicos como los pertenecientes a la nueva derecha, se encuentra tras algunos de los apoyos más destacados a la política del Gran Israel, de no cesión de un palmo de tierra conquistada-ocupada y de lectura en términos de seguridad, doblados muchas veces de mesianismo. Pero también es cierto que se encuentran conspicuos representantes religiosos, judíos y cristianos, entre los críticos estadounidenses hacia las políticas en relación con el conflicto con los palestinos, la ocupación y las desigualdades en el trato real a los ciudadanos y, en última instancia, entre quienes ponen en cuestión una parte principal de la afirmación que, sin excepción, está presente en todos los discursos de apoyo político a Israel y que también constituye un elemento central en el ya citado discurso de Obama: la de que Israel es la única democracia de Oriente Medio.

El fervor religioso-político, no sólo judío, también de los cristianos, se encuentra tras algunos de los apoyos más destacados a la política del Gran Israel, de no cesión de un palmo de tierra conquistada-ocupada

POLÍTICA TERRENAL

Nos encontramos, por tanto, con dos líneas de argumentación: la que basa la privilegiada relación con Israel fundamentalmente en un sistema de valores y en una historia compartida cuyos orígenes son muy anteriores a los de la creación del Estado y aquélla que, sin ser contradictoria con la primera, la entiende como un elemento necesario para el mantenimiento de una seguridad que no solo atañe a Israel sino que alcanza a todo el sistema, el de los Estados Unidos en primer lugar. Ambas líneas tienen un trazado diferente, por lo que a veces discurren paralelas, sin encontrarse, mientras que en otras chocan y se entrecruzan. Lo que ocurre es que, en el primer caso, la interpretación de los valores no es unánime, ni en el interior de ambos países, ni en su política exterior. Por un lado, en aquellos grupos entre los que se encontraría el movimiento de los colonos más radicales, mayoritariamente religiosos pero también laicos, los valores tendrían su expresión primaria en la tierra, como en el peor nacionalismo de la tierra y los muertos. Una tierra que, en el caso de Israel, está sobrecargada de discursos extraterrenales que, paradójicamente, requieren esa misma tierra para ser cumplidos y que, muchas veces bajo la capa de lo sagrado, o de milenios inminentes y parusías finales, hacen de la religión idolatría y la convierten en argumento para legitimar la injusticia ejercida sobre quienes no han sido llamados a participar en el gran festín de los elegidos (Halbertal, Margalit, 1992). Y aquí, una vez más, coinciden judíos y no judíos, entre ellos los cristianos evangélicos seguidores del dispensacionalismo (dispensationalism), que interpretan de forma literal las promesas bíblicas y que creen que antes de la “segunda venida” de Jesús, el Mesías, tendrá lugar una terrible batalla en Megido (Armaggeddon), tras la que una parte de los judíos se convertirá y será salvada por Jesús, que inaugurará su reinado de mil años sobre la tierra (Weber, 2004; Spector, 2008).

En la actualidad, se calcula que más de una cuarta parte de los americanos que votaron en 2004 pertenecían a una iglesia evangélica –de los que un 88% votó a favor de George W. Bush (A. D. Miller, 2008)–. Desde los años setenta, con la creación de la Mayoría Moral de J. Falwell, seguido por Pat Robertson y la derecha cristiana, así como por los evangélicos, apocalípticos (dispensacionalistas) o no, Israel deja de ser un tema estrictamente religioso para convertirse en una cuestión política. Esta tendencia ya está presente en el respaldo al gobierno Beguin y se manifiesta claramente en la denuncia de los acuerdos de Oslo, así como en el apoyo que se presta al gobierno de Benyamin Netanyahu (1996-1999), pero es en el último periodo, que coincide con las dos administraciones presididas por George W. Bush, la segunda Intifada, las elecciones palestinas y la guerra del Líbano de 2006, cuando crece de forma espectacular. En ese tiempo la derecha cristiana pasa a convertirse en uno de los más firmes baluartes de la política de los gobiernos israelíes, que apoyan de forma incondicional, a la par que son apoyados por ellos de forma directa e indirecta. También el AIPAC ayuda activamente a movimientos como los representados por el CUFI, los Cristianos Unidos por Israel (www.cufi.org) fundado como grupo de presión por el pastor John Hagee, que desde los años 1980 celebra anualmente en su iglesia de Cornestone (Texas) la “Noche en honor de Israel” . El formato organizativo y mediático de la CUFI, que en muy pocos meses se ha convertido en el mayor movimiento de la derecha cristiana a favor de Israel, toma muchos elementos prestados del AIPAC (Miller, 2008; Spector, 2008; Oren, 2007). No obstante, estos grupos parecen estar aún muy distantes del peso político que hasta ahora han tenido el AIPAC o la Conferencia de Presidentes, por no citar sino a los dos más relevantes.

El candidato demócrata a la presidencia de EEUU, Barack Obama, durante un discurso ante los miembros del lobby pro israelí "Comité de Asuntos Públicos Americano-Israelí"

El candidato demócrata a la presidencia de EEUU, Barack Obama, durante un discurso ante los miembros del lobby pro israelí “Comité de Asuntos Públicos Americano-Israelí” (AIPAC, en sus siglas en inglés). Washington, EEUU, 4 de junio de 2008. / Matthew Cavanaugh /EFE

Pero los valores defendidos pueden ser, y son, otros: aquéllos para quienes la primacía está en la igualdad de los ciudadanos, la no opresión de los demás, la responsabilidad y la rendición política de cuentas, además de lo que en Israel tradicionalmente se ha denominado como “pureza de las armas” (es decir, la intervención armada solo como último recurso, y siempre de forma defensiva y causando el mínimo daño posible) son quienes, en principio, se encuentran dentro del primer grupo para el que la defensa de los valores es básica. Para ellos, en cambio, la crítica a Israel forma parte del compromiso con Israel y con la defensa de ese mismo Israel al que critican. No es, por tanto, incongruente que la polémica obra de Mearsheimer y Walt incluya dentro del lobby pro-israelí a grupos tan políticamente dispares como, por ejemplo, los miembros de Paz Ahora USA (una rama del movimiento Shalom Achshav, creado en Israel en 1978), o incluso a Meretz USA (la rama americana de Meretz, el partido de izquierda israelí), así como al Israel Policy Forum (fundado en 1993, en apoyo al proceso de Oslo), a Ameinu (creado en 2004 como sucesor de la Alianza Sionista Laborista, uno de cuyos objetivos es promover una paz negociada entre Israel, los palestinos y los árabes), a Brit Tzedek v’Shalom (Alianza Judía por la Justicia y la Paz, fundada en 2002, que pide la evacuación de los asentamientos, el final del terrorismo y de la violencia estatal contra los civiles, la creación de un Estado palestino viable y una resolución justa del problema de los refugiados), y también al grupo aglutinado en torno a revistas como Tikkun (fundada en 1986 por el rabino M. Lerner) cuya línea está casi en las antípodas de la representada por Commentary (fundada en los años 1930, que en el último periodo, dirigida por N. Podhoretz, ha sido una de las plataformas para la crítica al proceso de paz de Oslo, y uno de los más relevantes vehículos de expresión del pensamiento neoconservador norteamericano). También cabe incluir dentro del mismo conjunto al recientemente creado JStreet (www.jstreet.org), el nuevo grupo de presión pro-israelí que defiende una solución política y negociada del conflicto, la creación de un Estado palestino y una nueva política estadounidense con relación a Oriente Medio y cuya línea está muy alejada de la que está representada por el AIPAC (www.aipac.org), así como por una parte relevante de los integrados en la Conferencia de Presidentes (www.conferenceofpresidents.org), en la que, entre otros, Meretz no ha sido admitido. Entre los grupos que llevan a cabo una defensa más extrema de las políticas israelíes hay que incluir el Campus Watch , el sitio web creado en 2002 por dos destacados neoconservadores, Martin Kramer y Daniel Pipes, en el que, en una línea que recuerda a la caza de brujas macartista, se estimula a estudiantes y otros miembros de la comunidad universitaria a ‘monitorizar’ a quienes dan cursos sobre Israel y el Oriente Medio en los que se considera que existe un sesgo crítico hacia Israel y en cuyas listas han aparecido algunos de los más destacados intelectuales y académicos israelíes actuales (www.campus-watch.org).

Durante las dos administraciones presididas por George W. Bush, la derecha cristiana pasa a convertirse en uno de los más firmes baluartes de la política de los gobiernos israelíes

Por otro lado, la línea que pone el énfasis en la seguridad, la de Israel y, por ende, la de los Estados Unidos y sus aliados, funciona en principio con argumentos de índole más pragmática, que no están reñidos con los que, entre los anteriormente citados, sostienen que el único camino para la seguridad de Estados Unidos, y de Israel, es la resolución definitiva del conflicto con los palestinos, lo que, además de dar estabilidad a la zona, vaciaría de alguno de sus argumentos de más peso a los que critican la política, y no los valores, de los Estados Unidos y, sobre todo, restablecería la justicia, sin la que ninguna de las partes del conflicto, tanto israelíes como palestinos, puede edificar una sociedad verdaderamente democrática. La solución del conflicto no se hará sin atravesar una larga agonía, mayor a medida que se deje pasar el tiempo sin encontrar un acuerdo definitivo, como se ha encargado de recordar en más de una ocasión Shlomo Ben Ami. Tampoco será una panacea universal; no lo será en todo caso para todo un grupo de agentes, estatales y no estatales, para quienes el conflicto palestino-israelí es utilizado como un instrumento retórico en una crítica que no se dirige como objetivo fundamental al logro de los intereses reales y nacionales de los palestinos, sino contra los principios fundamentales del sistema democrático, basado en el imperio de la ley, entendida como expresión de la razón y de la soberanía nacional, y asentado en la igualdad de todos los ciudadanos ante ella, en la libertad de pensamiento y expresión, la garantía de los derechos humanos y la responsabilidad política de los dirigentes, que deben rendir cuentas, periódicamente, y sobre la tierra.

HISTORIA ABIERTA

Casi un 20% del personal de las primeras universidades israelíes cuenta con grados obtenidos en las más prestigiosas universidades americanas

La conclusión es necesariamente una conclusión abierta, como abierto es lo que aquí ha sido esquemáticamente trazado, de forma incompleta, sin aludir a toda una serie de relaciones entrecruzadas, intelectuales y académicas (casi un 20% del personal de las primeras universidades israelíes cuenta con grados obtenidos en las más prestigiosas universidades americanas y en éstas hay también intelectuales y científicos israelíes de prestigio contratados como docentes e investigadores), culturales (la “macdonalización” de Israel es un fenómeno que este país comparte con el resto de los países occidentales) y políticas, de las que no es la menor la influencia que tienen algunos aspectos de la política americana, como la que aparece en la programación y montaje de las campañas electorales, preparadas por asesores norteamericanos, tanto en el caso de partidos laicos como de algunos religiosos –posiblemente el caso del Shas sea el más relevante– por no hablar de los canales de información en lengua inglesa, tanto en los medios escritos como en radio y televisión, que abren Israel, y los territorios palestinos, más allá de los cierres reales en los que la situación actual les recluye. Por otra parte, los cambios que se han producido tras las últimas elecciones, norteamericanas e israelíes, así como la imposible situación en que se encuentran los territorios de Cisjordania y, sobre todo, de Gaza, hacen necesaria una solución, tanto para los “idealistas” como para quienes creen que la política es el territorio de lo real. Una realidad que no solo es un hecho tangible sino que también ha de ser el fruto de un proyecto consciente y decididamente perseguido que no se quede en meras declaraciones retóricas sobre la necesidad de dos Estados, ni sobre la de no construir nuevos asentamientos, que ha sido una de las peticiones más repetidas por todos los gobiernos estadounidenses desde los años 1970, así como la menos traducida en una práctica real. Porque si es cierto que, como decía Hobbes, la reputación de poder es poder (Leviatán, X,5) también lo es que no hay poder sin virtud, en el doble sentido del término.

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