Javier Valenzuela
Periodista de El País y tertuliano de TVE. Ha sido corresponsal de de este periódico en Beirut, Rabat, París y Washington, así como director adjunto. Director General de Información Internacional de la Presidencia del Gobierno entre 2004 y 2006. [+ DEL AUTOR]

Esperando a Obama. La democracia en Oriente Próximo

En sus primeras semanas en la Casa Blanca, Barack Hussein Obama ha dado muestras, en lo doméstico y en lo internacional, de un realismo teñido de progresismo que contrasta con la acción altamente ideologizada en un sentido neoconservador de su lamentable predecesor, George W. Bush. El flamante presidente estadounidense ha ido fortaleciendo así esa idea del regreso a la escena mundial del “amigo americano” que anunciaba su campaña electoral. Las expectativas generadas son enormes: van desde la esperanza en que la decidida política neokeynesiana del nuevo gobierno estadounidense sirva de palanca para superar la crisis económica global, hasta la posibilidad de que su nueva actitud dialogante en asuntos internacionales, tan lejos del “ordeno y mando” de Bush, rebaje, o hasta elimine, la tensión en distintas áreas del planeta.

Tan es así que no faltan aquellos que piensan que Obama podría incluso abordar una de las cuestiones más irresolubles de la escena mundial en las últimas décadas: la democratización del mundo árabe y musulmán. Obama podría al menos intentarlo, según los intelectuales de todo el mundo que, el pasado 10 de marzo, le remitieron una carta abierta sobre el asunto. Y no del modo tan retórico como contraproducente de Bush, sino con acciones concretas y de sesgo positivo.

Retrato del actual presidente de los Estados Unidos, Barack Obama

Retrato del actual presidente de los Estados Unidos, Barack Obama

La presidencia de Obama es “una oportunidad histórica para diseñar un nuevo rumbo en las turbulentas relaciones entre Estados Unidos y el mundo musulmán”, según la carta abierta de los intelectuales

La llamada “calle árabe” y las minorías reformistas han acogido a Obama con dosis paritarias de simpatía personal y escepticismo político

La presidencia de Obama es “una oportunidad histórica para diseñar un nuevo rumbo en la política internacional, y muy especialmente, en las turbulentas relaciones entre Estados Unidos y el mundo musulmán”, proclaman los firmantes de esa misiva, entre los que figuran el politólogo estadounidense de origen japonés Francis Fukuyama, el profesor de estudios islámicos John Esposito, el sociólogo egipcio Saad Eddin Ibrahim y la periodista, también egipcia, Mona Eltahawy. Algunas de las primeras medidas adoptadas por Obama, como el anuncio del cierre de Guantánamo o la consideración del conflicto entre Israel y Palestina como prioritario en su agenda, abren, señalan los firmantes, una puerta a la esperanza. Ahora bien, Fukuyama, Esposito, Ibrahim, Elthahawy y los demás no se limitan en los parabienes de rigor. Advierten a Obama de que esos primeros pasos deben ir seguidos de muchos otros, y señalan directamente la democratización del mundo árabe y musulmán como un objetivo por el que trabajar.

Desde la caída del Muro de Berlín, en 1989, la democracia ha registrado avances significativos en todo el planeta, siendo los más destacables los de Europa del Este y América Latina. No obstante, el universo islámico se le sigue resistiendo y, dentro de él, de modo muy particular, el mundo árabe, esos 22 países que van desde Mauritania a Omán. Esto es un hecho. ¿Inamovible? No necesariamente.

Obama tiene a su favor que su llegada al poder ha despertado en los países árabes una clara corriente de simpatía, como constata la egipcia Randa Achmawi, reciente ganadora del Premio de Periodismo Mediterráneo. Las razones son obvias: “Piel oscura, raíces familiares africanas y musulmanas, nombre y apellido de sonoridad árabes, promesas de cerrar Guantánamo, retirarse de Iraq y, en general, cambiar la política practicada durante ocho años por el detestado George W. Bush.” Pero hay más: el primer inquilino negro de la Casa Blanca, según Achmawi, ha “revalorizado la democracia estadounidense a los ojos de millones de escépticos árabes, que la identificaban con el tradicional padrinazgo de Israel y la guerra de Iraq”.

No obstante, la periodista egipcia, como tantos otros combatientes por la libertad en el mundo árabe, no se hace excesivas ilusiones. Y es que tanto la llamada “calle árabe” como las minorías reformistas han acogido a Obama con dosis paritarias de simpatía personal y escepticismo político. “La mayoría”, dice Achmawi, “no nos hacemos demasiadas ilusiones, no esperamos un verdadero cambio de la política norteamericana en esta región. Intuimos que el Estados Unidos de Obama no alterará su política respecto a Israel y, además, continuará sosteniendo a los regímenes totalitarios árabes mientras eso preserve sus intereses económicos y de seguridad. Preferirá el statu quo”.

En abril de 2006, un grupo de prestigiosos periodistas de diferentes países árabes recorrió Estados Unidos invitado por el Departamento de Estado del Gobierno de Bush. El objetivo de la visita era que, al regresar a sus hogares, esos periodistas contribuyeran a mejorar la imagen que los árabes tienen de la primera superpotencia, muy deteriorada por la invasión y ocupación de Iraq. Uno de los invitados, Zouhir Louassini, marroquí residente en Italia, relató la experiencia en un incisivo librito titulado en castellano En brazos de Condoleezza pero sin bajas.

El principal prisma con el que la mayoría de los árabes miran a la superpotencia es el triste destino de los palestinos

Louassini coincide hoy con su colega Achmawi. “Los periódicos y las televisiones árabes que crean opinión pública han coincidido en expresar un cierto escepticismo ante la posibilidad de auténticos cambios en la era Obama”, dice. “De hecho, el pesimismo es la sensación que más impera en el mundo árabe”. Al periodista marroquí no le extraña. “Para muchos ciudadanos árabes”, dice, “sus sociedades no sólo están malditas por la falta de libertades o las infinitas injusticias, sino también, e incluso sobre todo, por la tragedia palestina. Y Obama puede haber colocado en su lista de prioridades la resolución de este conflicto, pero cuando ha tenido que abordar la cuestión en detalle ha dejado muy clara su posición: apoyo incondicional a Israel”. Louassini tiene razón: el principal prisma con el que la mayoría de los árabes miran a la superpotencia es el triste destino de los palestinos; y en este asunto, al igual que en otros, Estados Unidos no ha dado precisamente lecciones de democracia y derechos humanos al mundo árabe, sino de duplicidad. El silencio clamoroso de Obama durante el bombardeo israelí de Gaza de la pasada Navidad y Año Nuevo no auguró ninguna novedad al respecto. La decepción de los árabes no pudo ser compensada por el evidente gesto de buena voluntad que supuso el que, ya en la Casa Blanca, Obama concediera su primera entrevista televisada a la cadena Al Arabiya.

“Sesenta años de derrotas sucesivas”, dice Louassini, “han machacado la autoestima del mundo árabe y le han generado una profunda desconfianza hacia el discurso norteamericano. No cabe duda de que las formas han cambiado con Obama, pero hay pocas razones para pensar que el fondo también lo hará. La política internacional se basa en los intereses y no en los principios, y, hasta que se pruebe lo contrario, los intereses norteamericanos siguen unidos a los de Israel”.

Mohamed Sabreen, redactor jefe del diario egipcio Al Ahram, es concluyente: “El único modo que tiene Obama de detener el resentimiento y recuperar credibilidad es forzando el nacimiento de un Estado palestino”. Lo malo es que lo ocurrido en los últimos años –continuidad de la política de asentamientos israelíes en Jerusalén oriental y Cisjordania, construcción del muro que sella el apartheid de los palestinos, cerco y acoso de Gaza, giro hacia la ultraderecha de la opinión israelí, debilidad de la Autoridad Nacional Palestina, conquista de Gaza por Hamás…– hace casi imposible imaginar la construcción de un Estado palestino viable en Tierra Santa. Sin un regreso a las fronteras de 1967 más o menos retocadas, ese Estado, incluso en caso de nacer, no sería otra cosa que un archipiélago de bantustanes y campos de refugiados.

La ausencia de un hogar nacional para los palestinos y la persistencia de la ocupación israelí de territorios árabes –no sólo en Tierra Santa, pensemos también en los Altos del Golán sirios– es el tumor primario que impide la normalización y estabilización en democracia de Oriente Próximo y sus aledaños, y que, además, sirve de coartada a algunos regímenes árabes –el de Siria sin ir más lejos– para justificar su estancamiento en un sistema de partido único y caudillismo. Este es el gran escollo que Obama tendría que superar si de veras quiere cambiar las cosas en la región.

El nuevo presidente norteamericano no lo tiene, pues, fácil. Está incluso por ver que le dure mucho el capital de simpatía con el que ha sido acogido por millones de árabes. Desde Casablanca a Bagdad, pasando por Argel, El Cairo, Beirut, Damasco y Riad, el antiamericanismo se ha disparado en la Umma (Comunidad de musulmanes) durante los ocho años de presidencia de Bush. Visto con ojos árabes, el legado del presidente neocon no puede ser más funesto: destrucción de Iraq, mantenimiento de la alianza norteamericana con despóticos gobernantes árabes, ninguneo hasta su muerte de Arafat, rechazo a Hamas cuando ganó las elecciones en Gaza y apoyo berroqueño a todas las acciones de Israel, desde la continuidad de la colonización de Cisjordania y Jerusalén oriental hasta sus operaciones militares en Líbano (verano de 2006) y Gaza (invierno 2008-2009).

Lo de Iraq, recuerda Achmawi, “ni tuvo ni tiene buena prensa entre nosotros, y no porque el déspota iraquí despertara demasiadas simpatías, sino porque no nos entusiasma que se bombardee, invada y luego ocupe un país hermano con falsos pretextos”. Muchos árabes, además, no han olvidado que, cuando se iban desvaneciendo los cuentos chinos sobre las armas de destrucción masiva de Saddam y sus vínculos con Bin Laden, Bush esgrimió un último argumento: la guerra de Iraq iba a ser el comienzo de una democratización profunda y masiva de Oriente Próximo.

Periodista de origen palestino instalado en Beirut, Rami Khouri es de los decepcionados. “A falta de ver cómo termina lo de Iraq, Estados Unidos”, dice, “ha seguido apoyando a los autócratas pro-americanos de siempre, en particular los de Arabia Saudí y Egipto”. O sea, que, en lo relativo a la democratización del mundo árabe, Bush, resume Achmawi, “se quedó en mera palabrería, en retórica barata”.

Los demócratas árabes existen, por sorprendente que pueda parecer a los ojos de muchos occidentales

Y sin embargo, los demócratas árabes existen, por sorprendente que pueda parecer a los ojos de muchos occidentales. Lo son los periodistas citados hasta ahora y lo es el egipcio Saad Eddin Ibrahim, profesor de Sociología de la Universidad Americana de El Cairo, activista de los derechos humanos y uno de los firmantes de la carta colectiva a Obama del pasado marzo. En Líbano, Egipto, Qatar, Argelia, Marruecos y otros países, él y gente como él sigue publicando, haciendo seminarios, organizando a la sociedad civil, manifestándose en las calles, usando espacios de libertad como las cadenas Al Yazira y Al Arabiya y empleando ingeniosamente instrumentos tecnológicos como los teléfonos móviles e internet. Condenado por enésima vez a dos años de prisión en verano de 2008 por el régimen de Hosni Mubarak, Saad Eddim Ibrahim tuvo que exiliarse por miedo a ser detenido o incluso asesinado. “En nuestros países”, dice hoy, “el poder, manifiestamente dictatorial o meramente autoritario, lo siguen detentando minorías vinculadas a una casa real, una camarilla política o un ejército, que persiguen ferozmente a los opositores políticos, y si estos son islamistas, con el aplauso añadido de los países democráticos occidentales”. Rami Khoury comparte el diagnóstico. “Hoy”, afirma, “los países árabes están generalmente regidos por la autocracia. Tal autocracia oscila entre la relativamente benevolente, como las monarquías jordana y marroquí y algunos pequeños emiratos del Golfo Pérsico, o la feroz, como el baasismo sirio.

En su libro The Arab Center. The promise of moderation, Marwan Muasher, ex ministro de Exteriores de Jordania, ex embajador de este país en Israel y Estados Unidos y hoy vicepresidente del Banco Mundial, ha levantado acta de cómo los árabes moderados (“centristas” los llama él, situando los extremos en Bush y Bin Laden) se estrellaron contra la torpeza del gobierno neocon cuando intentaron implicar a Estados Unidos en serias negociaciones de paz sobre Palestina y en el lanzamiento de un amplio proceso de reformas políticas, económicas y sociales en el mundo árabe. La alianza de Bush con autócratas árabes en la llamada Guerra contra el Terror frustró ese empeño. “Hoy”, se lamenta Muasher, “el mundo árabe es la región del mundo donde la democracia ha penetrado menos, y, entretanto, eso que se ha dado en llamar ‘la calle árabe’ está dominada por los islamistas”.

Detengámonos en este asunto. Para sazonar el argumento del supuesto impulso a la democracia con el que quisieron finalmente justificar la invasión de Iraq, los neocon, maestros en el arte de la comunicación política, crearon la fórmula del denominado Greater Middle East, un Gran Oriente Próximo y Medio democrático, desde Marruecos a Indonesia. De aquello nunca más volvió a hablarse. Las opiniones públicas árabes y musulmanas rechazaron desde el primer momento lo que consideraron como un intento de imponer la democracia mediante las bombas. En cuanto a los regímenes, tras un primer momento de temor, comprendieron que las exigencias norteamericanas respecto a ellos eran las tradicionales: garantizar el suministro de gas y petróleo y mantener el orden en sus países con el palo y tentetieso. Algunos de esos regímenes llegaron incluso a ser subcontratados por Washington para practicar la tortura a sospechosos de militancia en al-Qaida y organizaciones yihadistas afines.

La opinión pública en Oriente Próximo rechazó desde el primer momento lo que consideró como un intento de imponer la democracia mediante las bombas

Paradójicamente, Estados Unidos, supuesto campeón mundial en democracia, ha amparado a los regímenes despóticos para luchar con instrumentos brutales contra los movimientos islamistas. “Durante demasiado tiempo –explican los intelectuales que firman la carta abierta remitida a Obama el 10 de marzo– la política estadounidense respecto a Oriente Próximo ha estado equivocada. A lo largo de medio siglo, Estados Unidos ha apoyado frecuentemente regímenes represivos que violaban regularmente los derechos humanos y encarcelaban y torturaban a aquellos que osaban criticarlos”. Una política supuestamente destinada a “servir los intereses nacionales de Estados Unidos y la estabilidad regional”, pero cuyos frutos han sido “una región cada vez más atormentada por la corrupción rampante, el extremismo y la inestabilidad”.

“En su segundo mandato”, prosiguen los interlocutores de Obama, “el presidente Bush prometió que Estados Unidos no apoyaría más a los tiranos y, en cambio, sostendría a los activistas y reformistas que luchan por el cambio democrático. Sin embargo, la Administración estadounidense rápidamente volvió la espalda a Oriente Próximo tras el éxito de los islamistas en elecciones en toda la región”. Fue una reacción que no sólo hundió aún más la credibilidad de Estados Unidos en la zona y desairó a los demócratas, sino que envió a los tiranos árabes un claro mensaje: podían reafirmarse en el poder y aplastar cualquier tipo de oposición con total impunidad.

Son precisamente la tiranía, la arbitrariedad y la injusticia que rigen sus vidas cotidianas, las que empujan a tantos árabes a vivir intensamente la religión y hasta abrazar el islamismo político, observa el escritor egipcio Alaa Al Aswany, autor de El Edificio Yacobián, que primero como novela y luego como película ha sido uno de los pocos productos culturales árabes que ha tenido repercusión internacional en los últimos tiempos. En esa obra, Al Aswany describe el escenario de clasismo, autoritarismo, injusticia y corrupción en el que se desenvuelven las vidas cotidianas de sus protagonistas cairotas. “Me entristece mucho la búsqueda desesperada de un visado extranjero de nuestros jóvenes”, dice el escritor. “Lo que buscan es algo mucho más profundo que una vida fácil, lo que buscan es un trato humano y sus derechos como ciudadanos, algo de lo que carecen en nuestro mundo”.

Protesta por el bombardeo israelí de Gaza. Los manifestantes sostienen zapatos en sus manos emulando al periodista iraquí, Montazer al Zaidi

Protesta por el bombardeo israelí de Gaza. Los manifestantes sostienen zapatos en sus manos emulando al periodista iraquí, Montazer al Zaidi, que lanzó sus zapatos al presidente Geoge W. Bush durante una rueda de prensa. Ammán, Jordania, 20 de enero de 2009. / Jamal Nasrallah /EFE

Que las políticas de Bush han supuesto una nueva inyección de energía para el islamismo es asimismo un hecho. El ascenso de lecturas políticas de el Corán y de la vida y obra del profeta Mahoma, cuya variante más ominosa es el yihadismo, tiene múltiples causas: la persistencia del conflicto israelo-palestino, el incremento espectacular de la presencia militar estadounidense en la región, el autoritarismo y la corrupción de tantos regímenes, las profundas desigualdades sociales… Para Saad Eddin Ibrahim se pueden resumir en dos los fracasos espectaculares del mundo árabe: “El desastre de Palestina, que produjo la gran humillación y la gran desesperación colectivas en que vivimos hoy, y el desastre en que terminaron todos los experimentos políticos autoritarios y nacionalistas, fueran de raíz liberal o izquierdista, surgidos tras la II Guerra Mundial y la recuperación de las independencias”.

El ascenso del islamismo político –por no hablar del terrorismo yihadista– sirve de pretexto a los gobiernos árabes para mantener y hasta endurecer posiciones represivas, y lleva a muchos en Occidente a no impulsar seriamente la democratización del arco meridional y oriental del Mediterráneo. Pero, como afirma Al Aswany, “la dictadura y el fanatismo son hermanos siameses, tienen muchas cosas en común: la visión de la mujer, de la libertad, de la democracia y de la vida privada, y la certidumbre de que la gente no sabe distinguir el bien y el mal, algo que sólo pueden hacer ellos”. Y cabría añadir que dictadores y fanáticos se justifican mutuamente en el mundo árabe.

En libertad provisional y aguardando una sentencia en su apartamento del barrio cairota de Maadi, Saad Eddin Ibrahim me contaba en febrero de 2003:
“El truco de nuestros dictadores, el que emplean tanto con Occidente como con sus propios pueblos, es decir que si hay democracia ganarán los Jomeinis. Pero los islamistas han ganado en Turquía y no ha pasado nada. El AKP turco no está gobernando en función de su ideología, sino de los intereses de su país. Si a los islamistas, hablo de los moderados, no de los violentos, se les incluye en el juego, pueden comportarse muy racionalmente”. Esta opinión la comparten hoy los intelectuales autores de la carta a Obama, en la que consideran legítimo el temor que Estados Unidos tiene ante la posibilidad de que los islamistas accedan al poder, pero añaden un hecho capital: los principales grupos islamistas en el mundo árabe y musulmán “no son violentos y respetan los procedimientos democráticos”. Los firmantes prosiguen así: “En muchos países, incluyendo Turquía, Indonesia y Marruecos, el derecho a participar en elecciones razonablemente abiertas y creíbles ha moderado a los partidos islamistas y aumentado su compromiso con las normas de la democracia. Podemos no estar de acuerdo con lo que dicen, pero si queremos tanto predicar como practicar la democracia, es simplemente imposible excluir a los mayores grupos de oposición de la región de los procesos democráticos”.

Si la situación política es enrevesada, endiablada de hecho, en el mundo árabe, la económica tampoco es para tirar cohetes. Antes del estallido de la crisis económica global, el maná petrolero convirtió a Qatar, Kuwait, Dubai y otros pequeños emiratos del Golfo en El Dorado de la industria del lujo y la arquitectura espectacular, pero poco más. En una situación favorable, cuando el Extremo Oriente y América Latina mejoraban sus posiciones económicas, el mundo árabe seguía mayoritariamente empantanado. Lo cual ha impuesto mayoritariamente en el planeta una visión no sólo pesimista, sino claramente fatalista de la realidad árabe. Y sin embargo, no está escrito en ninguna parte que mundo árabe y democracia y progreso sean incompatibles.

La ribera sur y oriental del Mediterráneo de los años 80 estaba, en términos de libertad de expresión y de libertad de prensa, bastante peor que ahora

Lawrence de Arabia es, según confesión propia, una de las películas favoritas de Obama, el político que llegó a la Casa Blanca con el entusiasta y combativo lema de “Yes, we can” (Sí, podemos). Dirigida por David Lean e interpretada por Peter O´Toole, la película cuenta la historia de T. E. Lawrence, el fascinante aventurero británico que durante la Primera Guerra Mundial se sumó a la rebelión árabe contra el dominio turco de Oriente Próximo. Pues bien, cuando Lawrence de Arabia propuso a sus compañeros de armas beduinos atravesar un desierto infernal para atacar Akaba por la espalda y avanzar así hacia Damasco, estos le respondieron que eso era imposible. “¿Por qué?”, preguntó Lawrence. “Por que así está escrito”, le respondieron. “Nada está escrito”, sentenció el británico lanzándose hacia las arenas ardientes de El Houl.

Y efectivamente, nada está escrito. Para empezar, no todo ha ido a peor en la inmensa franja que, a lo largo de casi 13 millones de kilómetros cuadrados, y habitada por unos 325 millones de personas, en su inmensa mayoría, musulmanes, compone el mundo árabe. Tengo relación personal y profesional con la zona desde hace un cuarto de siglo, y, como he tenido oportunidad de explicar en alguna que otra ocasión, la ribera sur y oriental del Mediterráneo de los años 80 estaba, en términos de libertad de expresión y de libertad de prensa, y salvando un par de islas (Israel y Líbano), bastante peor que ahora.

Hace unos meses coincidí en un seminario con un viejo amigo, Juan Leña, ex embajador de España en Argelia. Al terminar nuestras respectivas exposiciones, hablamos de la libertad de expresión en ese país magrebí. El embajador dijo: “En la Argelia de hoy en día se publican artículos y caricaturas sobre el presidente Bouteflika que hubiera sido del todo imposible publicar sobre el dictador en la España de Franco, incluso en los años postreros de su régimen”. Tenía razón: en el último reportaje que hice sobre Argelia, publicado en El País Semanal en diciembre de 2002, me sorprendió favorablemente la libertad con la que los ciudadanos despotricaban de su gobierno ante periodistas extranjeros y la libertad con la que hacía lo mismo un nutrido grupo de caricaturistas, articulistas y periódicos argelinos. Si había censura, que probablemente la había, daba la impresión de ser a posteriori, una vez expresada la crítica y hasta la sátira feroz de Buteflika y la llamada Nomenclatura, esa amalgama de militares, servicios de inteligencia y hombres de negocios que, antes con el FLN y ahora con sus herederos, constituye la cúpula del poder en ese país magrebí.

También Marruecos ha experimentado cierto progreso desde el reinado de Hassan II, que conocí porque vivía entonces en Rabat, hasta el de Mohammed VI. En estos momentos hay una cierta libertad de expresión ciudadana y también de prensa; en aquella época no había nada de nada. Es verdad que la monarquía y la religión siguen siendo allí asuntos tabú, pero el Gobierno, el Parlamento, los partidos, los líderes políticos y, en general, el sistema, son criticados en determinadas publicaciones que ciertamente, a veces, lo pagan a posteriori con multas, cierres y procesos judiciales. Estoy muy de acuerdo con muchos de mis amigos marroquíes: las reformas políticas, sociales y económicas de Marruecos son excesivamente lentas, se produce incluso marcha atrás en algunos asuntos, pero la evolución existe al fin y al cabo. Y la mayoría de los analistas sensatos aprueba la idea de que ese país avance hacia la democracia a través de un camino propio, desde la monarquía alawí y desde su tradición musulmana.

Túnez es un mal ejemplo sin paliativos. País muy alabado por las potencias occidentales debido a la dureza de su régimen con los islamistas, incluidos los moderados, y por la relativa mejor situación de sus mujeres, no ha conocido progresos serios en materia de libertades cívicas. Todo lo contrario. Hace pocos años se celebró allí un congreso internacional sobre la sociedad de la información que fue un escándalo: un congreso sobre la Red en un país donde internet está severamente censurado. Desgraciadamente, el de Túnez, a pesar de su buena imagen en Occidente, es un régimen autoritario, particularmente a la hora de reprimir la libertad de expresión, se produzca a viva voz, sobre el papel o en el ciberespacio.

Uno de los elementos más determinantes en materia de libertad de información y opinión dentro del mundo árabe ha llegado de la mano de Al Yazira

Por su parte, Egipto sigue como siempre. Cuando yo vivía en Beirut y cubría periodísticamente todo Oriente Próximo, su rais (presidente) era Mubarak; veinticinco años después sigue siendo Mubarak. El presidente egipcio trata ahora de imitar al régimen sirio en lo que constituye, junto al islamismo, una de las pocas aportaciones árabes a la política contemporánea: la presidencia hereditaria de la República. Tras el reemplazo en Siria de Hafez al-Asad por su hijo Bashar, la principal preocupación del egipcio Mubarak –compartida por el libio Gaddafi– es dejarle el cargo a su hijo. Pero de avances significativos en materia de libertades y derechos, mejor no hablar. Y el mundo parece muy aliviado por el mero hecho de que Valle del Nilo no estalle por los cuatro costados.

Israel y Líbano son países en los que puede hablarse de libertad de asociación política y también de prensa. La mala noticia es que esas libertades ya existían hace lustros. Por el contrario, en el caso de Israel, lo novedoso es el ascenso de las pulsiones militaristas y ultraderechistas, y en el de Líbano, la reaparición de las tensiones políticas y confesionales tras la invasión israelí del verano de 2006. Aún más, en el país de los cedros se ha registrado un retroceso de las libertades: las voces que piden que Siria abandone definitivamente su tutela sobre Líbano suelen ser castigadas de forma expeditiva con el asesinato del periodista o del diputado díscolo. Y, por supuesto, Líbano tiene pendiente la asignatura de la plena conversión de Hizbullah en una formación política y social islamista de matriz chií pero sin rama militar. Ninguno de estos asuntos puede resolverse sin el final del conflicto israelo-palestino.

Volvamos, no obstante, a las buenas noticias. Uno de los elementos más determinantes en materia de libertad de información y opinión dentro del mundo árabe ha llegado de la mano de Al Yazira, la cadena televisiva con sede en Qatar. Y ello porque hasta en el más humilde de los hogares árabes hay una “paellera”, un receptor, gracias al cual la gente ve cadenas de televisión vía satélite que rompen el monopolio de las cadenas nacionales bajo control gubernamental. Tremendamente denostada por los neocon estadounidenses, Al Yazira expresa, sin embargo, un pluralismo notable para los estándares del mundo árabe y musulmán: allí se manifiestan laicos, panarabistas, islamistas, socialistas, liberales… y sí, hasta yihadistas. Que al Estados Unidos de Bush le horrorizara que todos esos sectores sólo tuvieran en común la crítica a su política exterior no es óbice para reconocer que hasta la aparición de esta cadena no había ningún medio de comunicación árabe tan plural y tan amante de la polémica. Su éxito ha provocado el surgimiento de imitadores, rivales y competidores, como la cadena Al Arabiya en la que se expresó Obama a comienzos de su mandato presidencial.

Y es que las nuevas tecnologías están permitiendo avances en la expresión libre y plural en el mundo árabe y musulmán. El fenómeno, sobre el que me llamó la atención ya hace varios años la escritora marroquí Fátima Mernissi, es vigoroso y probablemente imparable. En una entrevista que le hice en Fez, poco antes de que le entregaran el Premio Príncipe de Asturias de las Letras del año 2003, la autora de Sueños en el umbral afirmaba: “La televisión por satélite está destruyendo el monopolio del saber que detentaban las mezquitas y los palacios de los reyes y los presidentes, y está restableciendo el primigenio islam oral. Lo que está pasando, y eso es de mayor importancia para el futuro que cualquier fiebre terrorista coyuntural, es que los ciudadanos marroquíes y árabes están empezando a tener poder porque pueden comunicarse a través de los móviles, internet y las televisiones por satélite. Pueden comunicarse entre sí y con los extranjeros. Es lo que yo llamo ciber-umma: la comunidad virtual árabe, unida por una vieja lengua común, que hablan más de doscientos millones de personas, y por estas nuevas tecnologías liberadoras”.

En los correos electrónicos que recibo desde Casablanca, El Cairo o Beirut es evidente que mis interlocutores han visto el vídeo Yes, we can, conocen las últimas bromas que circulan por el ciberespacio y están vinculados a redes sociales tipo Facebook

Cuando voy a Marruecos, Argelia, Egipto o Líbano me asombra positivamente la gran cantidad de gente que hay conectada en cibercafés, generalmente cutres. Y en los correos electrónicos que recibo desde Casablanca, El Cairo o Beirut es evidente que mis interlocutores han visto el vídeo Yes, we can, de la campaña de Obama, conocen las últimas bromas que circulan por el ciberespacio y están vinculados a redes sociales tipo Facebook. De esta y otras maneras, incluidas las más clásicas, están naciendo interesantísimos gérmenes de sociedades civiles que los demócratas de todo el mundo deberíamos apoyar más decididamente.

Revistas con imagenes del candidato demócrata a la presidencia de los EEUU, Barack Omaba y su rival republicano, John McCain en un quiosco de prensa

Revistas con imagenes del candidato demócrata a la presidencia de los EEUU, Barack Omaba (i) y su rival republicano, John McCain en un quiosco de prensa. Hyderabad, Pakistán, 4 de noviembre de 2008. / Nadeem Khawer. /EFE

En resumidas cuentas: aunque las autocracias persistan y hasta se hayan reforzado con las políticas de Bush, como constatan los reformistas citados anteriormente, algo se mueve, aunque sea lentamente, en los países árabes. Lo cual podría ser la base de una nueva política estadounidense que, de una vez por todas, con inteligencia y no fuerza bruta, estimulara la democratización del mundo árabe. Es esa, al fin y al cabo, la actitud que reclaman los firmantes de la carta a Obama y los reformistas árabes consultados para la redacción de este artículo.

Existe, para empezar, un amplio consenso en que la evolución hacia la democracia debe efectuarse de modo paulatino y desde las tradiciones de los países árabes. También en que debe ser estimulada con la zanahoria más que impuesta con el palo. Estados Unidos debería sostener económicamente a los países árabes que celebren elecciones libres, establezcan sistemas judiciales verdaderamente independientes, tengan parlamentos robustos, desarrollen sistemas educativos decentes, garanticen la libertad de prensa y avancen en la igualdad entre hombres y mujeres. Simultáneamente, debería ir reduciendo su apoyo a los que no caminen por esta vía. “Pero sin amenazas de promover desde el exterior un cambio de régimen, puesto que eso termina siendo contraproducente”, precisa Rami Khoury.

Por descontado, Estados Unidos tendría que comprometerse a aceptar los resultados electorales en los países árabes. “Incluso cuando ganan los islamistas”, precisa Saad Eddin Ibrahim. En el mismísimo campo laico no faltan quienes piensan que el islamismo político moderado puede ser una de las vías de acceso a la modernidad, y citan el ejemplo de la Turquía gobernada por Erdogan, un país musulmán aunque no árabe. Soy de los que piensan que, del mismo modo que democracia y mundo árabe no son términos irreconciliables, el islam no es en absoluto incompatible con los derechos humanos y la igualdad de los géneros. Al contrario, estos valores pueden incluso ser sostenidos a partir de lecturas bien contextualizadas del Corán y de la experiencia del Profeta. Los españoles, portugueses e italianos debemos recordar que hubo un tiempo en que algunos afirmaban en los países europeos protestantes que el catolicismo –el papismo, le llamaban– era incompatible con el avance hacia la libertad. Pero el problema no está en las religiones, sino en las lecturas literales, integristas, fundamentalistas y descontextualizadas de las religiones, cualquiera de ellas. Esas lecturas concluyen con propuestas teocráticas, frente a las que deben alzarse con vigor otras humanistas. La ciudadanía es el concepto clave a defender aquí y allí.

Existe un amplio consenso en que la evolución hacia la democracia debe efectuarse de modo paulatino y desde las tradiciones de los países árabes

El islam no es en absoluto incompatible con los derechos humanos y la igualdad de los géneros

El caso de las elecciones ganadas a comienzos de los años noventa por el FIS argelino y anuladas por los militares, con gran aplauso en Occidente, contrasta con la, por el momento, positiva experiencia de gobierno en Turquía del AKP, el partido islamista moderado de Erdogan. El AKP no ha situado los asuntos religiosos en el centro de su agenda política y, por el contrario, ha hecho un manifiesto esfuerzo por acercarse a Europa. Y fue el primero en asociarse a la propuesta de Alianza de Civilizaciones del presidente del Gobierno español, José Luís Rodríguez Zapatero. Sabido es que Erdogan suele citar el precedente de la democracia cristiana europea, que tras la II Guerra Mundial, fue clave en el progreso político, social y económico del Viejo Continente y en la construcción de lo que hoy es la Unión Europea.

Norteamericanos y europeos han de asumir que tendrán que trabajar en países como Argelia, Marruecos, Túnez o Egipto con gobiernos islamistas moderados. Sembrar a priori el alarmismo ante una posible victoria electoral de formaciones de ese tipo solo sirve para reforzar el autoritarismo de tantos gobernantes del universo árabe y musulmán. La solución al dilema esencial, el planteado en su momento por la victoria del FIS en Argelia, está en el establecimiento previo de reglas de juego y cortafuegos constitucionales que impidan el abuso de poder –y la permanencia en él sin elecciones libres– de esas formaciones islamistas…, o de cualquier otra. Al respecto, Estados Unidos debería recordar que democracia no son sólo elecciones libres, como las celebradas en Iraq y Afganistán, sino un conjunto de instituciones sólidas (Constitución, separación de los tres poderes del Estado, prensa libre, Fuerzas Armadas ajenas a la política, derechos y libertades individuales, igualdad de los géneros, protección de las minorías, unos niveles mínimos de sanidad y educación públicas…).

Existe también un amplio consenso entre los reformistas árabes acerca de la necesidad de que Estados Unidos abandone el doble rasero con el que trata a Irán y a Arabia Saudí. En lo relativo a libertades de expresión y participación política y a promoción de la mujer, la situación de Irán, país musulmán que no árabe, es mejor que la de Arabia Saudí. Y sin embargo, el Washington de Bush, incluso tras el 11-S y el descubrimiento del peligro universal que supone la versión wahabí del islam difundida por Riad, siguió acogotando a Irán y tolerándole todo o casi todo a Arabia Saudí.

Y, por supuesto, Estados Unidos ha de emancipar su política exterior de Israel. “Obama”, según la periodista egipcia Achmawi, “terminará perdiendo toda su credibilidad en el mundo árabe si no se convierte en un honest broker, un mediador justo y neutral entre Israel, de un lado, y los palestinos y el resto de los árabes, del otro”. El ex ministro jordano Muasher va más lejos y precisa: “Ese compromiso sólo se puede dar en el primer mandato presidencial, no en el segundo, cuando el titular de la Casa Blanca se convierte en un pato cojo para todo el mundo”.

Una última reflexión sobre Europa. ¿Cómo puede y debe involucrase el Viejo Continente en la promoción de la democracia y las libertades en el mundo árabe? Es obvio que puede hacer más, su apoyo a los demócratas del sur y el este del Mediterráneo es muy tibio. En mis estancias en países de este universo, he escuchado quejarse a hombres y mujeres de gran lucidez y valentía del poco caso que se les hace en Europa. Cualquier islamista radical que haga declaraciones explosivas consigue grandes titulares en nuestros medios de comunicación, mientras que la detención, condena o encarcelamiento de un demócrata árabe no merece ni un breve. Sobre todo si se produce en esos países que, como Túnez tenemos por “amigos”.

Es cierto que la lentitud de la construcción europea, y en particular la práctica inexistencia de una política exterior y de seguridad común, dificulta la toma de decisiones conjuntas. Pero también lo es que el fiasco de Bush en Iraq ha abierto una oportunidad para un papel más activo de la Unión Europea, en defensa de sus principios y valores: el multilateralismo, el respeto a la legalidad internacional encarnada por Naciones Unidas, la resolución de los conflictos preferentemente a través del diálogo y la negociación, la promoción de vías internas hacia la democracia y el respeto a los derechos humanos y el incremento de la cooperación al desarrollo.

Estados Unidos ha de emancipar su política exterior de Israel

El fiasco de Bush en Iraq ha abierto una oportunidad para un papel más activo de la Unión Europea, en defensa de sus principios y valores

La libertad y la seguridad o son compartidas o no son. Imaginar una Unión Europea rodeada de una valla de alta seguridad es una pesadilla imposible. Por eso tendría que salir de su estupor y comenzar a actuar con claridad y rotundidad democráticas en su entorno, comenzando por los vecinos de la ribera meridional y oriental del Mediterráneo. Probablemente, eso es lo está pidiendo Obama al Viejo Continente: que no deje a Estados Unidos solo ante los grandes problemas. Y probablemente eso es también lo que están pidiendo los muchos árabes que contemplan al nuevo presidente de Estados Unidos con corazón esperanzado y mente escéptica.

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