Youssouf Amine Elalamy
Escritor y profesor en la Universidad Ibn Tufayl de Kenitra, Marruecos. Miembro fundador y actual Secretario General del Centro Marroquí del Pen Club International. [+ DEL AUTOR]

El escritor ¿nómada o emigrante profesional?

Algunos lectores, según tengo entendido, leen un único libro a la vez. Les confieso que yo soy incapaz de hacerlo. Tengo por costumbre mariposear de un título a otro y transitar en varios libros a la vez, ir y venir por kilómetros de hilos de tintas, a veces a la carrera y otras de puntillas, y al cruzar algún pasaje delicioso me he sorprendido incluso andando hacia atrás. Debo añadir probablemente que, si bien adoro los libros, me gustan por igual todos esos marcadores de páginas que me permiten abandonar una lectura para perderme en otra y poder volver en cada ocasión sin tropiezo. Tengo marcapáginas de todas las formas y colores: de cartón, de papiro, de tela, de madera e incluso uno de metal que me devuelve mi imagen cuando me inclino sobre él. Cada uno de esos accesorios está dispuesto a pasar la noche bajo la tapa de un libro, en el mismo sitio donde haya decidido dejar mi lectura; todos acechan el momento en el cual retomaré mi periplo y esperan mi regreso para indicarme el punto de partida. Yo, mientras tanto, sé con certeza meridiana que cuando vuelva a abrir el libro, el marcapáginas estará ahí para indicarme la frontera entre lo leído y lo desconocido, lo real y lo virtual, el conocimiento y el descubrimiento; esa necesidad, incluso obsesión, que siento por explorar lo que ésta más allá de las fronteras, en ese territorio que aún desconozco y que me dispongo a cruzar. ¿Pero acaso esto no es propio de cualquier emigrante que busque otro lugar para establecerse e iniciar una nueva vida?

Cuanto más escribía acerca de Nueva York, ese lugar cuya finalidad inicial consistía en alejarme, más mi carácter marroquí se resistía como si se negara a ser relegado a un segundo plano

Retrato de Youssouf Amine Elalamy

Retrato de Youssouf Amine Elalamy. Cortesía del autor

Mucho antes del 11 de septiembre viví un tiempo en Nueva York, pensando que podía dejar atrás mi país y mi gente. De ese periodo nació mi primer libro Un Marocain à New York (Un marroquí en Nueva York), donde Marruecos y el marroquí que soy jamás estuvieron tan omnipresentes, por no decir invasores. Cualesquiera que fuesen los personajes, las situaciones o lugares que describía, mi cultura de origen siempre terminaba por ganar la partida y situarse por delante de todo; usaba todos los engaños posibles para dejar huellas en el relato, infiltrarse en mi estilo, vestir mis propósitos y… quién sabe cuántas cosas más. En otras palabras, cuanto más escribía acerca de Nueva York, ese lugar cuya finalidad inicial consistía en alejarme, más mi carácter marroquí se resistía como si se negara a ser relegado a un segundo plano o ser ninguneado. Aunque absolutamente imperceptible desde la otra orilla del Atlántico, mi país se hacía cada vez más visible y, a medida que iba escribiendo sobre América, seguía resistiendo como las fachadas de los edificios a los que se cubre con su propia imagen para tapar los andamios y hacer olvidar que están en obras, y aparecen aún más reales que de forma natural. Sin saberlo, me había convertido en ese salmón migratorio que en el momento del desove abandona el mar para volver a su río natal. Para reflejar esa nueva realidad y domesticar ese universo que no era mío, siempre sentí la necesidad de redescubrir los fundamentos culturales que daban forma a mi ser y los modelos con los cuales aún me podía identificar. Comprendí entonces que para poder salir completamente de la propia casa, primero había que lograr salir de uno mismo para interrogar el lugar que alberga nuestras propias subjetividades, lo que a decir verdad, no es poca cosa. En definitiva, y sin forzar la paradoja, si ya no vivía en mi país, Marruecos, éste seguía viviendo en mí por su cuenta, como nunca antes me lo había mostrado.

Mientras que el emigrante busca adaptarse a su nueva vida e integrarse en su nuevo ambiente respetando las reglas vigentes, el escritor cultiva incesantemente su extrañeza

No obstante, y aunque ambos sienten esa necesidad perentoria de construir ese otro lugar, el emigrante y el escritor siguen siendo dos personas totalmente diferentes y sería erróneo intentar equiparar el uno con el otro. Mientras que el emigrante sufre una fuerte presión por diluir, incluso negar su identidad y fundirse en la cultura de acogida, al escritor, especialmente del sur, se le ordena tomar el camino contrario. Se le exige que se limite a su cultura de origen y no se adentre nunca en territorio del Otro. Un único ejemplo revelador: si usted es una joven novelista que empieza a escribir, debe escribir sobre la mujer, y si es una joven novelista árabe, entonces sobre la mujer árabe. Peor aún, en ese caso concreto, se espera de usted que se limite a su propias vivencias de “mujer árabe” y, cuidado, sus pequeñas vivencias deben ser al mismo tiempo orientales, árabes y femeninas. En esa nueva división del trabajo, como mínimo perversa, las editoriales y el establishment literario excluyen de antemano del campo de la experimentación y la innovación a la joven mujer árabe, por referirme únicamente a ella; le niegan incluso el derecho, por otra parte legítimo, a la fantasía y la empatía.

Un niño juega por las calles de la kasba Ouadia. Rabat

Un niño juega por las calles de la kasba Ouadia. Rabat, Marruecos, 31 de diciembre de 2007. / Vassil Donev /EFE

Me resisto a aceptar personalmente dicha situación, más aún cuando yo mismo aprendí, a través del ejercicio de la escritura, que para acceder a la creación debía aprender a escribir con una goma y no con un lápiz. Imaginar, crear, es poder deshacerse antes que nada de ese saber institucional que pesa tanto en nuestro imaginario para descubrir nuevamente la frescura de la ignorancia y la curiosidad del niño que fui. Quiero poder borrar, olvidar lo que siempre me dictaron y escribir un mundo en desequilibrio, huyendo incluso, sin tener que paralizarlo o enderezarlo para que sea más “habitable”. Quiero poder liberarme de todos esos obstáculos que representan los cánones de la literatura, la lógica, la coherencia, los límites del género, las prácticas y las técnicas de la escritura para adentrarme en nuevos territorios, sin ser señalado con el dedo, pillado o acusado. Anhelo, sin conseguirlo siempre, hacer saltar en pedazos todos esos cerrojos que me han puesto, uno detrás del otro, durante todos esos años de aprendizaje y que amordazan mi imaginación y frenan mi creatividad en vez de estimularla.

Otra diferencia considerable: mientras que el emigrante busca adaptarse a su nueva vida e integrarse en su nuevo ambiente respetando las reglas vigentes (si bien no siempre lo consigue, a decir verdad), el escritor, y en modo más amplio el artista, cultiva incesantemente su extrañeza y alimenta ese delicado desfase que valora sobre todas las cosas. Se niega a instalarse en cualquier territorio que le obligara a quedarse, aunque dicho territorio fuese acogedor y cómodo para él. El artista sabe que para renovarse y seguir creando necesita aceptar nuevos desafíos, desplazar los límites, explorar nuevos territorios, trazar nuevas fronteras con el fin último de atravesarlas a su vez para reemplazarlas por otros horizontes, cada vez más alejados. Sea cual sea la comodidad que le ofrece el lugar, se niega a instalarse porque para él, su “territorio” se sitúa siempre un poco más lejos, en ese proyecto futuro de escritura y que pronto abandonará por otro, tan pronto como haya terminado el proyecto. Al igual que un marcapáginas, el trabajo del escritor (y más globalmente del artista) es al mismo tiempo una llegada y una salida, y nunca un fin en sí.

Yo mismo aprendí, a través del ejercicio de la escritura, que para acceder a la creación debía aprender a escribir con una goma y no con un lápiz

Personalmente, cuidadoso en alimentar mi imaginación y mantener mi nivel de creación, sigo emigrando sin cesar de un territorio a otro. Al hilo de mis proyectos literarios me he convertido en lo que se podría llamar un emigrante “profesional”, en búsqueda de nuevos horizontes y siempre dispuesto a partir como si fuera a descubrir nuevamente América. Para mí, la línea de llegada indica e indicará siempre la salida hacia otras líneas y otros espacios literarios, siendo la propia escritura una sucesión de líneas rectas y curvas, una línea que lleva a otra y así sucesivamente. Sin pretender esquematizar excesivamente las cosas, podría indicar que en cierto modo vivimos en un mundo hecho de líneas (el propio Piet Mondrian estaría sin duda de acuerdo conmigo) y no es extraño que en esa búsqueda del sentido, algunos de nosotros nos empeñamos en seguir esas líneas. ¿Nuestra vida entera no se resume acaso en una línea más o menos larga que refleja un recorrido, el nuestro, desde ese punto minúsculo dentro del vientre de la madre hasta esa línea horizontal, tumbada de espaldas, una línea ‘quebrada’ como dirían algunos? Todos somos potenciales artistas expresionistas y, todos los días, expresamos nuestro estado de ánimo y nuestras emociones mediante líneas. Las que nuestra cara toma prestada para desdibujar una sonrisa, expresar nuestra cólera o traducir nuestra sorpresa. O incluso, las líneas que dibujan enteramente nuestro cuerpo para moverse, avanzar, correr, atrapar, bailar, amar, … Con una pizca de voluntad y sin duda con mucha imaginación podríamos seguir estas líneas de cabo a rabo y leer en ellas el relato de toda una vida. De modo que seríamos la suma de todas esas líneas reunidas que hemos trazado y dejado detrás de nosotros. Me encanta esa idea. La idea de una vida que se resumiría en kilómetros y kilómetros de hilo de tinta que podríamos desenrollar como nos plazca. Y cuando la tinta empezase a escasear, vuelta a la página en blanco…

Al escribir la palabra, la emoción y el pensamiento en una línea el escritor los materializa y los hace más legibles, al igual que los globos en un comic. Entre la línea y el globo sólo hay un paso, un límite que ya he franqueado en algunos de mis sueños nocturnos. He podido imaginar incluso un mundo con globos que contendrían nuestras palabras, todas nuestras palabras, aquellas pronunciadas y las silenciadas. Habría grandes globos para los más charlatanes de nosotros y otros, aún más grandes, para los soñadores que aún sin decir gran cosa siguen pensando igualmente. Y cuando ya no pudieran seguir creciendo con el volumen de las palabras, estallarían en silencio como pompas de jabón. Enseguida nacería otro globo que engordaría con el soplo de las palabras y así una y otra vez. En un mundo con globos, usted podría incluso leer mis pensamientos y yo los suyos. Imaginar un mundo con globos para contener nuestros pensamientos sería incluso tentador. Podríamos oír a un hombre decir: “quiero neutralizar sus armas de destrucción masiva” y leeríamos enseguida, en forma de globo que planea por encima de su cabeza: “soy un mentiroso redomado”.

Pero volvamos, si no le importa, a ese escritor que había llamado anteriormente un emigrante profesional, el que se niega a quedarse o a instalarse en cualquier territorio, sea cual sea el grado de comodidad que encuentre. Después de todo, quizás debiéramos llamar nómada a ese escritor cuya supervivencia solo es fruto de su voluntad de explorar nuevos espacios de creación, en una dinámica hecha de viajes perpetuos, y cuya llegada siempre anuncia una nueva partida. Ser “escritor nómada” es comprender que no poseemos ninguno de esos libros que nos encontramos por nuestro camino, y ni siquiera aquellos que hayamos escrito. A semejanza del nómada, si deseamos seguir avanzando y progresar, no cabe guardar o cargar con lo que debemos inevitablemente dejar tras nosotros. En un caso como en el otro, nos jugamos nuestra supervivencia.

Hace algunos años, escribí una novela titulada Nomade (Nómada) y decidí voluntariamente no publicarla en formato libro, sino en un formato ciudad. De esa novela nació mi proyecto artístico Un roman dans la ville (Una novela en la ciudad), que consiste en sacar la historia oculta para publicarla en el espacio urbano según un recorrido preciso, con etapas que albergan uno o varios capítulos a la vez. Para leer la novela y velar por la supervivencia del relato, el escritor debe convertirse en nómada, aceptar progresar en el espacio y desplazarse siempre un poco más lejos. Tras un periodo de reflexión y de prospección, el proyecto finalmente vio la luz en Rotterdam, Rabat, luego en Copenhague y, en el futuro, podría también emigrar a otras ciudades o adoptar otras formas, qué sé yo. Más allá del carácter nómada de este proyecto, el nomadismo atraviesa la novela de cabo a rabo, incluso cuando dejamos el desierto con sus grandes espacios en la segunda parte y el relato discurre como a puertas cerradas. La mano de Tachfine, el protagonista, esa mano que escribe y recorre la hoja, es nómada. Tras los muros de un riad, Tachfine prosigue su periplo a través de la escritura con una pluma tallada en una caña por única montura. Observaremos incluso que la moja y le da de beber de vez en cuando para que el instrumento le lleve allí donde quiere ir, es decir, a todos esos espacios de escritura que aún no ha pisado. Tachfine, el niño del desierto, sabe que la creación es un recurso escaso que deberá buscar siempre un poco más lejos. Él mismo nació en ese inmenso pergamino de arena que las bestias y los hombres atraviesan, dejando a su paso una escritura que los vientos, antes del anochecer, se encargan de borrar. Sabe que en el desierto todo el mundo viaja: las bestias, los hombres, los vientos, las arenas, y que la fuerza del viento termina por expulsar hasta las dunas. Tachfine sabe finalmente que si desea mantener su escritura viva y velar por su propia supervivencia debe avanzar y seguir avanzando en su recorrido. Nuestro personaje ha entendido que, cuando se es nómada, es para siempre.

Ser “escritor nómada” es comprender que no poseemos ninguno de esos libros que nos encontramos por nuestro camino, y ni siquiera aquellos que hayamos escrito

Al construir esta historia me parecía importante que los dos universos, el del desierto con sus grandes espacios y el universo cerrado de la casa, permanecieran perfectamente separados, con el fin de materializar mejor el camino recorrido por Tachfine, tanto a nivel del espacio como en un plano personal. En la primera parte de la historia, el desierto que se pisa bajo una luz agobiante, un sol capaz de diezmar poblaciones enteras de nómadas, es una alegoría de la hoja en blanco, esa superficie árida que uno desenrolla en un primer momento para escribir. La segunda parte, hecha en esta ocasión con mucha menos luz, corresponde a su vez a la escritura propiamente dicha, todas esas sombras que proyectamos sobre la hoja y que terminan fundiéndose con ella.

Instalación literaria urbana Nómada, de Youssouf Amine Elalamy

Instalación literaria urbana Nómada, de Youssouf Amine Elalamy. Copenhague, diciembre 2009-enero 2010. Imagen cortesía del autor.

Se comenta en la novela que antes de ponerse a escribir, Tachfine espera primeramente ese momento en el que empieza a oscurecer. Para escribir necesita de ese tinte nocturno y no otro, y no cualquier hilo de tinta. En la oscuridad se escribe, por decirlo de alguna manera, escudriñando, tal y como se diría de alguien que navega a oscuras. Se tiene la mirada puesta en todo lo que pudiese estar en nuestro camino y nos ayudase a progresar en nuestro viaje. Escribir en la oscuridad es sobre todo imponerse una restricción creativa, quizás una de las más importantes. Uno no puede leer de nuevo lo escrito para volver a esta o aquella frase ni para rectificar una palabra. Paradójicamente, aquel que acepta escribir en esas condiciones tendrá todas las bazas para seguir y progresar. Ofrece para la lectura su propia voz, sin artificio ni filtro; tiende al lector lo que acontece y, sobre todo, tal y como viene dado. Esto me lleva a pensar en esos poetas americanos que escribían sus textos de un tirón, directamente en la máquina de escribir, en una especie de escritura automática, publicándolos tal cual, con todas las erratas. Bueno, para volver a Tachfine, creo que en su manía de escribir a oscuras y mojar su pluma en la noche subsiste algo que es metafórico. No desea emigrar únicamente hacía otro lugar más confortable y más próspero, que ya habría identificado anteriormente y en el cual busca quedarse. No, se niega a cualquier comodidad y quiere tener la posibilidad de proseguir su búsqueda del sentido y de la escritura en ese camino oscuro que crece sin fin a medida que lo descubre.

A semejanza de mi personaje y para seguir creando, me niego a su vez a quedarme atrapado en un espacio o a encasillarme en un territorio sea cual sea, al igual que me niego a ser ese emigrante obligado a ocultarse, incluso a enterrar sus raíces en la tierra de acogida. Al igual que el nómada, puedo estar aquí o allí, e incluso en otro lugar si fuera necesario. Prefiero quedarme en el umbral, ni dentro ni fuera, ni en el Norte ni en el Sur, ni al Este ni al Oeste. Como buen nómada, solo me estimula una única cosa: rechazar las fronteras, ya sean nacionales, étnicas, lingüísticas, religiosas e incluso las fronteras de género, llegado el caso.

Como buen nómada, solo me estimula una única cosa: rechazar las fronteras, ya sean nacionales, étnicas, lingüísticas, religiosas
e incluso las de género

Reconozco sin embargo que este posicionamiento no ha sido tampoco muy agradable, a sabiendas que el umbral ha sido percibido durante mucho tiempo, y hasta hoy en día, con mucho recelo. En mi cultura es el territorio de los yinns, esos seres misteriosos y a veces maléficos que acosan nuestras casas al igual que nuestras mentes. El mundo en el cual vivimos hoy en día no tolera tampoco ese intervalo que constituye el umbral. La divisa del día después del 11 septiembre, “Estáis con nosotros o contra nosotros”, expresa perfectamente esta visión maniquea del mundo. Entre nosotros, si me hubiese visto obligado a votar, no habría votado probablemente por el autor de esa divisa ya que no creo en las líneas de demarcación ni en las fronteras, otras que no fuesen las que me invento precisamente para poder abolirlas un día y gozar de su desaparición. Tengo la profunda convicción de que todos podemos pensar “Negro y Blanco” antes que “Negro o Blanco”. Creo finalmente que siempre podemos desplazar los límites un poco más lejos, al igual que un marcapáginas que emigra constantemente de una página a otra a merced de nuestra lectura. •

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