Soli Ozel
Profesor de Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas, Bilgi University, Estambul y columnista del periódico turco “Sabah”. [+ DEL AUTOR]

Donde la geografía, la economía y la historia se encuentran. La política exterior turca

Hubo un tiempo en el que el análisis político de América Latina estaba plagado de presunciones culturales, por no decir prejuicios. La cuestión que se planteaba era por qué los países de esta región no conseguían establecer ni una democracia que funcionara ni un crecimiento económico sostenible. El catolicismo y la cultura solidaria eran los motivos que los autores defensores de un análisis “culturalista” de los fenómenos históricos y sociales solían mencionar. De la misma manera, el desarrollo japonés debía de interpretarse en referencia al sintoísmo, y no a los pilares estructurales/institucionales del capitalismo japonés.

El continente sudamericano, adorado por su literatura, su música y su comida, se consideraba propenso a la violencia e incorregible en lo que se refiere al desarrollo o la democracia debido a sus atributos religiosos/culturales. Cuando el gran Gabriel García Márquez recibió el Premio Nobel de literatura, dijo: “¿Por qué la originalidad que con tanta facilidad se nos atribuye para la literatura se nos niega con tanta desconfianza en nuestros dificultosos intentos por conseguir el cambio social? ¿Por qué se piensa que la justicia social que los europeos progresistas buscan para sus propios países no puede ser también un objetivo para América Latina, utilizando métodos diferentes para condiciones diferentes?” Hoy en día la mayor parte de los países de América Latina tiene sistemas democráticos que funcionan, muchos están creciendo y desarrollándose satisfactoriamente y Brasil es un gigante económico a nivel mundial que goza de una democracia saludable.

Así, las interpretaciones saturadas de culturalismo ya pasadas de moda para otras partes del mundo ahora se han trasladado de manera generalizada a los países habitados por musulmanes. Las generalizaciones simplistas campan a sus anchas, como si la vida en Senegal e Indonesia, Afganistán y Bosnia, Malasia y Argelia reflejara la misma interpretación de las creencias islámicas. Los obvios problemas de integración con los que muchos musulmanes se encontraron en los países europeos se explicaban simplemente haciendo referencia a una separación cultural que parecía definida genéticamente. Un debate absurdo sobre la compatibilidad del islam con el capitalismo o con la democracia se extendió por todo el mundo. Como si cualquier religión o su libro sagrado pudieran por sí mismos explicar las creencias, fenómenos y comportamientos sociales, económicos y políticos.

Las generalizaciones simplistas campan a sus anchas, como si la vida en Senegal e Indonesia, Afganistán y Bosnia, Malasia y Argelia reflejara la misma interpretación de las creencias islámicas

Tras la sonada victoria electoral del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), que le ha dado un tercer mandato consecutivo, estos argumentos culturalistas han sustentado gran parte de los comentarios. En lugar de tratar el caso turco con las herramientas analíticas de las que disponemos en el ámbito de las ciencias sociales, la mayor parte de los entendidos han decidido, de manera gratuita, hacer referencia al islam. Por lo tanto, lo realmente importante para ellos no es descifrar el éxito del AKP señalando las trampas de un sistema político con un único partido dominante propenso al gobierno autoritario. En cambio, han subrayado el “carácter musulmán” de esta democracia (nunca nadie escribe sobre el carácter cristiano y judío de la democracia) y han reiterado sus reservas, que surgían de la religión de los turcos.

Sugeriría que el debate sobre el islam y su compatibilidad con la democracia y el capitalismo sufre de los mismos defectos que todos los argumentos culturalmente reduccionistas que lo precedieron. En su obra magistral Islam y Capitalismo el gran historiador francés Maxime Rodinson demostró “en contra del estereotipo de la hostilidad islámica al capitalismo moderno… haciendo uso del análisis de textos, la historia económica y el sentido común… que los musulmanes nunca habían tenido ningún problema para ganar dinero”. Después de todo, el profeta de los musulmanes era un próspero mercader. De hecho, no fue el islam, sino los islamistas, los que se resistieron a la penetración del capitalismo, igual que los luditas del siglo XIX o los poujadistas del XX.

En el caso turco, el Dr. Cihan Tugal, autor de Passive Revolution: Absorbing the Islamic Challenge to Capitalism (Revolución Pasiva: Absorción del desafío islámico al capitalismo), argumenta que el partido gobernante en Turquía, el AKP, ha cumplido con su misión histórica. Ha hecho el capitalismo aceptable a segmentos más amplios de la población turca y ha puesto fin a la resistencia islamista contra la integración global. Inspirado por Antonio Gramsci, Tugal argumentó que la religión y la creación de redes religiosas han jugado un papel en la integración de grupos previamente excluidos del sistema económico. Estos se han incorporado a las redes del mercado global. Esta relación entre la movilización religiosa y la integración económica que transforma y moderniza las relaciones sociales es similar a la experiencia del movimiento evangélico en América del Sur.

Seguidores del AKP reciben al primer ministro Erdogan

Seguidores del AKP reciben al primer ministro Erdogan con carteles en los que se lee “Una nueva estrella en la Unión Europea”, a su regreso de la cumbre en la que se decidió la fecha de inicio de las negociaciones para el ingreso de Turquía en la Unión. Estambul, Turquía, 18 de diciembre de 2004. / Kerim Okten /EFE

Esta transformación profunda y compleja de la sociedad turca deja su sello de manera particular en el paisaje urbano del país, donde la visibilidad es mayor. A pesar de que haya más mujeres que lleven velo en los espacios públicos, el hecho mismo de que las mujeres estén en el espacio público interactuando como modernas urbanitas, interactuando con su entorno, supone un cambio con respecto a su lugar tradicional.

Cada vez se hacen más patentes las diferencias de clase entre las mujeres que llevan velo en cuanto a su comportamiento, pertenencias y estilos de vida. Actualmente, un 69% de la población turca, de acuerdo con la última Encuesta Mundial de Valores, se considera parte de la clase media. Estas personas, igual que las del resto de los países en vías de desarrollo en los que se está dando una explosión de segmentos de clase media en la población, aspiran a una vida mejor desde el punto de vista material. Desean disfrutar también de los bienes, servicios y atracciones que la vida moderna pone a su disposición y buscan convertirse en parte del sistema de mercado global. En una economía que ha crecido como media un 5,5% durante los últimos ocho años, para las nuevas clases medias turcas, el consumismo ha triunfado sobre el modo de vida frugal del islam.

Paradójicamente, en Turquía van de la mano un proceso de secularización de la sociedad y la islamización. En las relaciones de género, como en todos los aspectos de la vida práctica, asistimos a una rápida secularización. Sin embargo, en otras cuestiones relacionadas con la vida social se siente cada vez más un conservadurismo que lo permea todo. Este conservadurismo se manifiesta con fuerza en una cuestión tan potentemente simbólica como el consumo de alcohol en público a través de la presión política y una proliferación de limitaciones, pero sin llegar a la prohibición explícita del alcohol. Paradójicamente, a pesar de todas las limitaciones que sufre, está floreciendo una industria vinícola turca revitalizada que está alcanzando un alto nivel internacional.

El AKP, que emergió del movimiento islamista turco, es el agente de una clase empresarial ascendente que ha prosperado de manera fantástica durante los últimos ocho años

El AKP, que emergió del movimiento islamista turco, es el agente de una clase empresarial ascendente que ha prosperado de manera fantástica durante los últimos ocho años y se ha beneficiado del patrocinio y de la distribución de la renta. De ese modo, los nuevos capitalistas “periféricos” han comenzado a amenazar con desplazar al antiguo poder económico. El AKP no ha tenido ningún reparo en hacer uso del poder del Estado que ahora controla para ofrecer ventajas y más ventajas a estos grupos y a personas cercanas al partido. Mientras tanto, ha cuidado a los perdedores de un proceso de integración global de estas características a través de una serie de medidas populistas y populares.

El Gobierno ha utilizado todos los medios a su disposición para también proporcionar bienes y servicios en especie a los segmentos menos afortunados de la población. En los últimos ocho años se ha dado una transformación revolucionaria en la provisión de servicios sanitarios. La distribución de bienes básicos tales como harina, carbón y azúcar, libros escolares gratuitos para los niños y viviendas asequibles explica la popularidad continuada del AKP entre los segmentos menos afortunados de la población. Estos servicios son responsables en gran medida de que el partido ganara en las elecciones del 12 de junio. Por último, pero no por ello menos importante, la victoria del AKP también es un claro tributo al impecable trabajo de una maquinaria de partido bien organizada, disciplinada y altamente motivada que está concentrada en cuerpo y alma en sus objetivos. A todas estas ventajas hay que añadir la personalidad, la energía desbordante y el atractivo carismático de Recep Tayyip Erdogan, el popular primer ministro.

Resumiendo, el AKP es un típico partido populista, con una tendencia innata a tomar un rumbo autoritario. Ha conseguido respetar las normas del sistema económico y financiero global al mismo tiempo que movilizaba sus recursos domésticos para proporcionar una red de seguridad y algo de progreso a la ciudadanía más desfavorecida. Hasta cuándo se puede prolongar este número es algo que queda por ver, y sin duda esto representa el talón de Aquiles de la actual estrategia del Gobierno. Sin embargo, lo que es indiscutible es que la alineación política que moldeó la naturaleza de la República de Turquía y su democracia está siendo redefinida.

En ese sentido, el referéndum que tuvo lugar el 12 de septiembre de 2010 y que modificó 26 artículos de la actual Constitución supuso un hito importante. Aquella Constitución aprobada por la población en 1982 bajo el Gobierno militar, fue redactada por y para los militares. La ley fundamental creaba un sistema de tutela mediante el cual el poder militar y su aliado, el poder judicial, serían los guardianes de la pureza ideológica de la República laica y podrían invalidar a los políticos civiles cuando les pareciera bien. El “sí” abrumador a favor de las enmiendas puso fin a esta democracia tutelada en la que el poder militar ejercía su dominio. Las elecciones del 12 de junio han dado al nuevo Parlamento y, en particular, al partido en el poder, el mandato para redactar una nueva Constitución que refleje mejor las realidades y las aspiraciones de un país que se encuentra en un rápido proceso de modernización. El desafío para el AKP y para el resto de los partidos del Parlamento sería enfrentarse al perenne problema kurdo de Turquía e incorporar en la Constitución una filosofía política que privilegiara a los individuos sobre el Estado y redefiniera la ciudadanía de acuerdo con este principio.

UNA POLÍTICA EXTERIOR CADA VEZ MÁS ASERTIVA

Ahora se hace evidente que en el nuevo weltanschauung que el AKP pretende establecer como el marco de referencia para el sistema de gobierno en Turquía, la política exterior y el modo en que esta se articula, juegan también un papel importante. En los últimos años, muchos entendidos del mundo occidental que se sienten incómodos con la política exterior cada vez más asertiva de Turquía, han argumentado que, con el AKP, Ankara estaba cambiando su eje estratégico. Basándose en una supuesta islamización de la política exterior turca, e ignorando por completo los desarrollos estructurales que dentro del sistema internacional llevaban a Turquía a asumir un papel protagonista, esta interpretación ha dejado de lado las dinámicas de las elecciones y las políticas del AKP. Este punto de vista ha ido afianzándose no solo por la política de Turquía con Irán y el aumento de las tensiones entre Tel Aviv y Ankara, sino también por el deterioro de las relaciones entre la UE y Turquía.

La pertenencia a la Unión Europea había sido, y de acuerdo con el programa del nuevo Gobierno sigue siendo, el objetivo principal de la política exterior turca

La pertenencia a la Unión Europea había sido, y de acuerdo con el programa del nuevo Gobierno sigue siendo, el objetivo principal de la política exterior turca. Al principio de su mandato, el AKP persiguió obstinadamente el acceso de Turquía a la UE. La pertenencia de Turquía a la UE era un desafío para ambas partes. Turquía tenía que demostrar que era capaz de transformarse en una democracia normativa en la que el poder militar supiera cuál era su lugar. Esto también situaría al país firmemente en Occidente, a pesar de que el AKP tuviera un pedigrí islamista. Para la UE, el desafío que plantea Turquía no tiene que ver solo con la identidad. También representa una elección estratégica sobre la capacidad y el deseo de la UE de ser un actor global.

Ahora la UE se esconde detrás de la cuestión no resuelta de Chipre, que obstaculiza el proceso de acceso

Después de haber aceptado el reto mutuo, tanto la UE como Turquía han dejado caer el balón en cierto modo. Ahora la UE se esconde detrás de la cuestión no resuelta de Chipre, que obstaculiza el proceso de acceso. Chipre también emponzoña el entorno de seguridad en el Mediterráneo oriental e impide la mejora de las relaciones bilaterales entre Grecia y Turquía. Por otra parte, además de Austria, que se oponía totalmente a la adhesión de Turquía, tanto el Presidente francés Sarkozy como la Canciller alemana Merkel han expresado públicamente su oposición al ingreso de Turquía. Ellos prefieren una “asociación privilegiada” indefinida. Para el público turco y, posiblemente para el Gobierno, esta postura significa que la UE ha incumplido su promesa o no tiene voluntad de atenerse a su decisión anterior sobre el acceso.

El Gobierno turco, a su vez, ha perdido mucho interés en el proceso de acceso a la UE, pese a las declaraciones en las que se comprometía con el objetivo de la adhesión. A pesar de que la armonización avanzaba a buen ritmo y actualmente dos tercios de las normas y los reglamentos turcos cumplen con el acquis communautaire, las reformas políticas más importantes siguen paralizadas. En el debate doméstico la UE cada vez está más marginada y su influencia, que en un momento fue determinante en el proceso de reformas, ha ido disminuyendo de manera sustancial. Por lo tanto, tal y como están las cosas, tanto la UE como Turquía, cada uno por sus motivos, han dejado el proceso en hibernación y prestan solo la atención justa para que no estalle una crisis importante. Aun así, en vista de los acontecimientos en el mundo árabe y la confusión de la UE, causada tanto por una falta de liderazgo político como por la crisis económica, parece que forjar un nuevo tipo de relación con Turquía es vital. Para Turquía, a pesar de sus problemáticas condiciones actuales, la vía de la UE sigue siendo importante. Como mínimo, da un sello de aprobación a Turquía como democracia y como lugar de inversión.

El Gobierno turco ha perdido mucho interés en el proceso de acceso a la UE, pese a las declaraciones en las que se comprometía con el objetivo de la adhesión

Mientras tanto, la guerra contra Iraq liderada por Estados Unidos, que resultó ser un desastre, ha contribuido a configurar un entorno regional terrorífico. La retirada de la Administración Bush del proceso de paz entre Israel y Palestina fue además creando gradualmente un vacío estratégico en el Creciente Fértil. Los equilibrios estratégicos radicalmente alterados en Oriente Medio y el Golfo no podían sostener ni la inestabilidad ni el vacío. La emergencia de Irán, no solo como el poder predominante en el Golfo, sino como potencia del Mediterráneo oriental, a través de sus conexiones con Hizbulah en Líbano y Hamas en Gaza, no ha hecho sino agravar la situación.

En este entorno, Turquía ha proyectado una imagen cada vez más activa y autónoma, con la resolución de evitar contagiarse de la inestabilidad y/o la violencia en las que estaban sumidos sus vecinos. En general, el Gobierno ha conseguido mantener el curso de sus relaciones con EEUU a pesar del rechazo del Parlamento turco al despliegue de tropas estadounidenses en Turquía para abrir un nuevo frente en el norte de Iraq. Una vez que se activó la resistencia, Ankara mantuvo un estrecho contacto con las facciones iraquíes enfrentadas. La diplomacia turca fue crucial para que los sunníes volvieran al redil de cara a las elecciones de 2005.

La guerra contra Iraq liderada por Estados Unidos ha contribuido a configurar un entorno regional terrorífico. En este entorno, Turquía ha proyectado una imagen cada vez más activa y autónoma

El Gobierno del AKP rompió con una política ya antigua y una vez más siguió los pasos de Turgut Özal, encontrando que era tanto económica como políticamente oportuno estrechar relaciones con los kurdos iraquíes. Además de ser un mercado cada vez más importante para Turquía, el Kurdistán iraquí es la sede del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), que lanzó una ofensiva separatista violenta contra Turquía en 1984. Ankara espera que los kurdos iraquíes cumplan con su parte presionando y, en última instancia, desmantelando el PKK. Al no darse esta asistencia, las relaciones eran tensas. Más recientemente, según ambas partes cooperaban cada vez más en materia de seguridad, Turquía abrió un consulado en Erbil, la capital del Gobierno Regional de Kurdistán y la normalización de las relaciones siguió avanzando.

El presidente turco Abdullah Gül recibe a su homónimo iraní Mahmud Ahmadineyad

El presidente turco Abdullah Gül (d) recibe a su homónimo iraní Mahmud Ahmadineyad antes de la reunión de la Organización de Cooperación Económica (OCE). Estambul, Turquía, 23 de diciembre de 2010. / Tolga Bozoglu /EFE

Algo más controvertido fue que Turquía no cortara sus relaciones con el régimen baazista de Siria después del asesinato del antiguo primer ministro libanés Rafik Hariri en 2005. El régimen sirio estuvo implicado en este asesinato. Damasco estaba completamente aislado y el régimen se encontraba debilitado y vulnerable cuando Ankara le proporcionó la protección que tanto necesitaba. Igual que en el caso de Siria, Turquía también mantuvo buenas relaciones con Irán, un miembro fundador del llamado “eje del mal”, a pesar de la tremenda presión de Estados Unidos para que hiciera lo contrario. Con respecto al programa nuclear de Irán, Turquía se ofreció a intermediar y en el proceso muchos observadores percibieron que estaba favoreciendo a Irán. Sin embargo, entre bastidores obviamente estaba coordinando sus iniciativas de mediación con Estados Unidos, que se mostraba comprensiblemente desconfiado, y sus esfuerzos finalmente dieron fruto cuando, junto con Brasil, convenció a Irán para que firmara una declaración conjunta para el intercambio de su material nuclear.

Finalmente, las relaciones con Israel se han deteriorado considerablemente en la segunda mitad de la última década. La invitación que Turquía extendió a Jaled Meshal, líder del brazo militar de Hamas a quién Israel había intentado asesinar en el pasado, generó mucha incomodidad. La insistencia de Ankara para que Hamas participara en la búsqueda de la paz cayó en saco roto. Finalmente, tras el asalto israelí sobre Gaza que, entre otras cosas, aniquiló las conversaciones entre Siria e Israel que Turquía había concertado con tanto esfuerzo, las relaciones alcanzaron un nuevo nadir. La retórica del primer ministro turco, que nunca dejaba escapar una oportunidad para criticar severamente al Gobierno israelí y su política de poner a Gaza en cuarentena, fue haciéndose cada vez más radical.

La combinación de un partido gobernante, el AKP, cuyas raíces se hunden en el movimiento islamista del país, el debilitamiento de los lazos con la UE y los movimientos poco ortodoxos que Ankara hacía en su política exterior, han suscitado muchas preguntas acerca de la orientación del país. Gran parte de los comentarios se han centrado en la “islamización” de la política exterior. Desde este punto de vista, las nuevas y valientes aperturas hacia países de Oriente Medio surgían únicamente de las inclinaciones ideológicas del partido gobernante. El hecho de que el centro de gravedad de las relaciones internacionales se desplazara desde el escenario europeo hacia el oeste/suroeste de Asia y que, por lo tanto, Turquía adquiriera un perfil geopolítico diferente nunca ha sido un hecho a considerar al hacer estos análisis. Como tampoco lo ha sido la necesidad de llenar el vacío generado por Estados Unidos en Oriente Medio al retirarse y de equilibrar a un Irán cada vez más asertivo. Se ha pasado por alto que Turquía invirtiera una energía considerable en la mediación en los Balcanes, que sus líderes visitaran Serbia y Croacia varias veces, que celebrara cumbres entre los presidentes de las antiguas repúblicas yugoslavas y que actuara como intermediario entre Serbia y Bosnia. Incluso la apertura hacia Armenia, que actualmente está interrumpida principalmente debido a las dificultades internas del lado turco, solo ha sido vista y evaluada desde el punto de vista del fastidioso problema turco, con la proliferación de resoluciones de “genocidio” por todo el mundo con respecto al destino de los armenios otomanos durante la Primera Guerra Mundial. La dimensión de una visión general para el Cáucaso en muy pocos casos ha contribuido al juicio de los entendidos. Por último, pero no por ello menos importante, el desarrollo de relaciones cada vez más estrechas con Rusia, que reflejan los lazos económicos cada vez más fuertes entre los dos rivales históricos, no ha obtenido ni de lejos la atención que merecía.

Las relaciones con Israel se han deteriorado considerablemente en la segunda mitad de la última década

Además, este tipo de análisis ha ignorado por completo los elementos de continuidad en la política exterior turca ya mencionados, que se remontan a finales de los 80 bajo el mandato del Presidente Özal y, después de eso, a finales de los 90, cuando las relaciones turcas con la mayor parte de sus vecinos comenzaron a mejorar. Por lo tanto, este tipo de análisis una vez más ha proyectado el espectro de una Turquía que da su espalda a Occidente o que ha cambiado su orientación estratégica. La falta de progreso en el acceso a la UE y el menguante compromiso del Gobierno con el proyecto de la UE naturalmente han alimentado estas preocupaciones. De igual manera que sus excesos retóricos y políticos, como la defensa del gobierno sudanés y la injustificada cordialidad con la que se trataba a su Presidente Omar al-Bashir, que está acusado por el Tribunal Penal Internacional de crímenes contra la humanidad.

Teniendo en cuenta el tratamiento que la Unión Europea extiende a Turquía, el lenguaje de algunos de sus miembros destacados y sus fracasos en el caso de Chipre, uno debería ser perdonado por detectar la hipocresía de dichas empresas. Después de todo, desde el punto de vista turco, el tono y el lenguaje de algunos miembros de la Unión podrían sugerir que es la UE la que está dando la espalda a Turquía. Sin embargo, la inquietud persiste.

POLÍTICA EXTERIOR PARA LA NUEVA ERA

Por lo tanto, es necesario aclarar la situación y delinear los contornos de la nueva dinámica de la política exterior turca. El activismo de Turquía en su política exterior y la mejora de las relaciones con sus países vecinos se originaron con gobiernos anteriores al actual, aunque no hay duda de que cogió impulso tras el desastre de la guerra de Iraq. El objetivo de un compromiso de este tipo era contribuir a crear un entorno estable a su alrededor y evitar una calamidad como la de Iraq en cualquier otro lugar. La vía para realizar este objetivo pasaba por la integración económica con sus vecinos. En otras palabras, la fuerza que impulsa la política exterior de Turquía es la de los intereses económicos, y no la de la ideología. Teniendo esto en cuenta, tampoco se puede ignorar que existe una afinidad creada por una religión común, particularmente en el caso del Gobierno actual, y que, en la visión de una “civilización” islámica en ascenso Turquía es un líder natural. Por supuesto, el detalle interesante es que esta afinidad particular se ha convertido en un activo para Turquía solo después de que cambiara su actitud hacia sus vecinos. En ese momento, el atractivo de Turquía se multiplicó, porque se percibía como un socio/miembro de Occidente con pensamiento independiente. El pensamiento independiente y la occidentalidad son igualmente importantes en esta configuración.

La fuerza que impulsa la política exterior de Turquía es la de los intereses económicos, y no la de la ideología

De este modo, hoy en día es poco probable que la política turca se convierta en un derivado de los intereses occidentales tal y como los definen en exclusiva los socios de mayor antigüedad. Turquía querrá estar incluida y presionará para que se reconozcan sus intereses y sus políticas a la hora de dar forma a las políticas transatlánticas. También exigirá su espacio autónomo propio para maniobrar.

La persona que mejor ha articulado el nuevo enfoque es el actual ministro de Asuntos Exteriores turco, el profesor Ahmet Davutoglu. Davutoglu es un académico bien establecido y reconocido, cuya gran obra Strategic Depth –un libro denso e idiosincrásico basado en un enfoque geopolítico determinista y un marco de civilizaciones– se convirtió en un insólito superventas en 2001. Se unió al gobierno en 2002 como asesor del primer ministro. Bajo su punto de vista, el periodo que sucedió a la Guerra Fría abrió nuevas puertas a Turquía y la colocó en un lugar privilegiado para “traer el orden” a las regiones circundantes. En esa configuración, Turquía no podía ser solo una potencia regional, sino una potencia regional que además tenía voz y voto en las cuestiones globales.

Con su don para la conceptualización en su justa medida, Davutoglu presentó ante el país una nueva manera de contemplar la política exterior. Dentro de su visión, Turquía era un “país central” que intentaría tener “cero problemas” con sus vecinos. Como potencia regional, se reajustaría para ser además un actor global. La ubicación de Turquía en el centro de lo que él llama el espacio afroeurasiático en el que reinaron los grandes imperios históricos le permite desempeñar este papel en el entorno estratégico que sucedió a la Guerra Fría. Cuatro principios gobiernan las relaciones con otros actores regionales: a) una vecindad segura basada en una idea común de la seguridad; b) un alto nivel de diálogo político con todos; c) interdependencia económica en las relaciones regionales, creando áreas de libre comercio en las que las fronteras sean irrelevantes –Turquía y varios de sus vecinos eliminaron los visados para viajeros y firmaron multitud de acuerdos de comercio, transporte e inversión–; d) convivencia y armonía multiculturales y multisectarias.

Según va perdiendo importancia la UE en las relaciones internacionales tanto de manera individual para sus miembros como de manera colectiva, Turquía se verá a sí misma cada vez más como un país estratégico importante. En estas circunstancias, la actitud de rechazo de la UE hacia Turquía solo avivará el fuego de un nacionalismo arraigado en la política exterior y en el sentimiento público. En vista de esto, el componente ideológico de la política exterior turca que uno debería tener en cuenta es lo que el Dr. Ömer Taspınar llama “gaullismo turco”, con todas las implicaciones políticas y estratégicas que tenía la versión original francesa. Si esto debería o no preocupar a los círculos europeos es algo que las cancillerías europeas tendrán que decidir.

Finalmente, las relaciones transatlánticas de Turquía serán definidas cada vez más por sus relaciones bilaterales con Estados Unidos. Si Irán no se convierte en un impedimento para que estas relaciones sigan desarrollándose, estos dos aliados darán una nueva forma a su modo de cooperación. A diferencia de lo sucedido en períodos anteriores, la relación entre el actor global y el actor regional será más igualitaria.

Si Irán no se convierte en un impedimento para que las relaciones sigan desarrollándose, Turquía y EEUU darán una nueva forma a su modo de cooperación

La política exterior del AKP también tiene una dimensión de fuerte dinámica doméstica. Las nuevas clases empresariales ascendentes necesitan nuevos mercados y, en consecuencia, apoyan la apertura hacia Oriente Medio y África o hacia cualquier lugar del mundo en el que puedan acceder a mercados. En los últimos diez años, este dinamismo doméstico y la energética búsqueda de un área de interés para Turquía, así como los vacíos creados por Estados Unidos y la UE en la vecindad de Turquía contribuyeron a dar más relevancia a esta última. Al mismo tiempo, la política exterior se ha utilizado para moldear una potente imagen de “conseguidor independiente” para el partido gobernante, muy útil en la política doméstica.

Turquía no solo interactúa económica y diplomáticamente con sus regiones adyacentes, sino que Ankara ha creado para sí misma un área autónoma de acción y, en cuestiones como las de Irán y últimamente Israel, se ha enfrentado a sus aliados deliberadamente. El nivel de modernización y creatividad conseguido por la sociedad turca en las artes, el entretenimiento y el estilo de vida, han generado un poder blando para Turquía. Este poder blando ha convertido a Turquía en una inspiración, tanto para las clases medias laicas como para las fuerzas políticas islámicas que envidiaban la talla del AKP y su éxito, particularmente en los países musulmanes y en las regiones vecinas.

Niños jugando al fútbol en el campo de refugiados que la Media Luna Roja turca ha instalado en Hatay

Niños jugando al fútbol en el campo de refugiados que la Media Luna Roja turca ha instalado en Hatay, junto a la frontera siria, para acoger a los sirios que huyen de la represión provocada por las revueltas antigubernamentales. Turquía, 28 de junio de 2011. / Tolga Bozoglu /EFE

Durante este período, Turquía ha trabajado con los regímenes existentes y ha invertido política y diplomáticamente en ellos. Sin embargo, al mismo tiempo, al alinearse con la causa palestina, desafiar a Estados Unidos sobre la cuestión de Irán y manifestarse con respecto a cuestiones globales, también ha atraído a la opinión pública árabe que ya estaba harta de la corrupción y la servidumbre de sus gobiernos, por no hablar de su autoritarismo.

Las revueltas árabes han cambiado este panorama de manera dramática. Los regímenes han sido derrocados o, por su brutalidad, particularmente en Siria, donde Turquía había hecho grandes inversiones políticas y económicas, se ha hecho imposible sostenerlos. El tan comentado principio turco de “cero problemas” con los vecinos estaba en peligro. En Egipto, muy rápidamente, en Libia de manera gradual y con reticencia, pero finalmente Turquía se ha alineado con los rebeldes.

Al principio de las revueltas árabes se habló mucho de la posibilidad de que Turquía fuera un modelo para los países que habían derrocado a sus regímenes. Más adelante, cuando se hizo evidente la ineficacia de la política exterior turca, igual que la del resto del mundo, en lugares como Siria o Libia, algunos comentaristas argumentaron que Turquía había perdido su oportunidad. Yo opino que ambos argumentos estaban mal concebidos. Turquía cuenta con los medios para ajustarse a las nuevas realidades de Oriente Medio. Tendrá que cambiar el foco, de regímenes a poblaciones, como ya ha hecho en Libia y está haciendo de manera gradual en Siria. Tanto el partido gobernante como las ONGs allegadas al mismo tienen relación con los movimientos de oposición en las repúblicas árabes. La oposición siria ya se ha reunido tres veces en Turquía.

De hecho, al finalizar la campaña electoral, Turquía se ha hecho con un papel más relevante con respecto a la cuestión siria y de manera cada vez más asertiva ha comenzado a distanciarse del régimen de Bashar al-Asad. El énfasis sobre las cuestiones humanitarias, la presión cada vez más incesante sobre el propio al-Asad para que deje a un lado a sus parientes criminales y tome las decisiones “correctas”, sugiere el principio de un cambio fundamental en la política exterior turca, desde la practicidad extrema hacia una postura más orientada hacia los principios y los valores.

Turquía no va a querer ser una mera comparsa de nadie, y tanto su retórica como su comportamiento favorecerán la democracia, los derechos humanos y la soberanía del pueblo

Lo que ha conferido a Turquía su atractivo no ha sido solo la conjunción de factores de los últimos diez años que acababan de terminar. Los atributos del país han sido mucho más importantes. Durante los últimos dos siglos, las elecciones históricas de Turquía la llevaron a convertirse en un país capitalista, laico y democrático, con una población musulmana y miembro de la Alianza Atlántica. Continúa buscando, aunque sea con poco entusiasmo, pertenecer a la UE desde la ubicación que ocupa. Esto no cambiará.

Desde esta perspectiva, el AKP se debe considerar y evaluar como un producto de la historia económica y política de Turquía. Sus éxitos económicos y políticos, incluyendo su historial de desmilitarización de la política turca y sus primeros movimientos hacia la democratización, son en igual medida una función del pasado turco y del activismo del AKP. La mayor parte de la vecindad envidia el ambiente social y el estilo de vida de las cosmopolitas ciudades turcas. Los islamistas de la región envidian el éxito democrático del AKP en el Gobierno. Sin embargo, lo que ha hecho posible el éxito ha sido el hecho de que los islamistas turcos hayan sido parte integrante del sistema político turco desde finales de los 60. Como resultado, siempre se han mantenido dentro de los límites legítimos de la democracia tutelada de Turquía y no han recurrido a la violencia como han hecho otros movimientos islamistas.

Tras su sonada victoria, el AKP tiene que tomar decisiones importantes. En política exterior, el distanciamiento gradual pero seguro de Irán y el permitir de manera sutil que se abran vías con Israel para encontrar caminos para la reconciliación un año después del asalto funesto por parte de Israel de un buque civil que se cobró nueve vidas turcas, dan pistas sobre su orientación en el futuro. El AKP y el país en general seguirán reivindicando su papel central en la región, tal y como quedó claro en el discurso del Primer Ministro tras la victoria, en el que saludaba a los pueblos de todas las regiones circundantes, desde Sarajevo a Baku y Gaza. Turquía no va a querer ser una mera comparsa de nadie y, muy probablemente, tanto su retórica como su comportamiento favorecerán la democracia, los derechos humanos y la soberanía del pueblo.

Un historial de política exterior como este, junto con una retórica prodemocrática, darán un lugar central también al AKP. Su manejo del hasta ahora inextricable problema kurdo, con kurdos asertivos, seguros de sí mismos y abiertamente nacionalistas en el Parlamento, supondrá una gran prueba para sus credenciales y sus intenciones democráticas. La única cuestión pertinente sobre el futuro de la democracia turca es si el incontenible monopolio del poder que acaba de conseguir en el sistema político llevará al AKP por el camino trillado del autoritarismo populista o hacia una democracia genuina con plena libertad de expresión, de prensa y de asociación. Y la respuesta a esta pregunta depende del tipo de Constitución que tenga Turquía y de cómo proceda el AKP a su redacción.

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