Val Colic-Peisker
Investigadora y profesora, School of Global Studies, Social Science and Planning, Royal Melbourne Institute of Technology, Australia. [+ DEL AUTOR]

Diáspora croata, emociones, intereses, y lo que hay por medio

La diáspora es un concepto que se puso de moda en las ciencias sociales hace un par de décadas, pero en el mundo cada vez más post-nacional en que vivimos actualmente suena como una idea desfasada. Es un concepto que invoca ideas pasadas de moda: la pertenencia (mientras que la distancia y la movilidad son el último grito); la lealtad nacional del tipo “mi nación, tenga o no razón”; y una dispersión no deseada (mientras que quedarse inmóvil se ve más bien como un problema en la actualidad). Las ciencias sociales contemporáneas definen la diáspora mediante una conciencia de una pertenencia común a una nación y/o una patria lejana, y como una manera de actuar habitualmente según esa conciencia. Cultivar la conexión entre las comunidades “dispersadas” y la patria es esencial en la definición de la diáspora: la patria lejana, ya sea real o imaginaria, sigue siendo una fuente de identidad y un objeto de lealtad. Desde su primera encarnación judía, la “diáspora” ha sido utilizada para describir a diversos grupos transnacionales, como la “diáspora africana” –que alude tanto al comercio de esclavos en el siglo XVI como al actual flujo de refugiados–, o la “diáspora australiana” –que se refiere al cerca del millón de expatriados trotamundos en busca de aventura o mejores perspectivas profesionales–. La esencia de todas las diásporas, no obstante, es una población dispersada en el espacio. Evidentemente, la idea de la dispersión infiere que la población solía estar junta y que había ocupado originalmente un espacio continuo. Pero de nuevo, la idea de espacio continuo ha cambiado enormemente en la era de internet. Todos estamos en un espacio “virtual” continuo, pudiendo chatear los unos con los otros a través de nuestros ordenadores en cualquier momento que queramos. Por esa razón la diáspora puede ser una idea anticuada, al igual que su idea madre, la nación (Estado-nación).

Gran llanura Stari, en la isla croata de Hvar

Gran llanura Stari, en la isla croata de Hvar. Esta meseta, prácticamente intacta, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en julio de 2008. /EFE

La diáspora croata, bajo este nombre, apareció simultáneamente con el concepto de diáspora en las ciencias sociales y la literatura en la época de la creación del Estado croata independiente en 1991. Los croatas habían vivido en el extranjero antes de entonces, por supuesto, pero durante la era yugoslava (1918-1990) nunca recibieron el nombre de “diáspora”. En la Yugoslavia comunista (1945-1990), los líderes políticos se referían o bien a los “trabajadores temporalmente en el extranjero” (para describir a los “buenos”, los que se habían ido por razones económicas y enviaban las remesas a casa), o a la “emigración hostil” (para describir a los que se fueron por razones políticas y se sospechaba que trabajaban contra Yugoslavia y a favor de la independencia croata). Los croatas en el extranjero estaban bajo constante sospecha de separatismo, y algunos de hecho trabajaron a fin de minar la Yugoslavia comunista. Después de que esta se viniera abajo, los líderes de la Croacia independiente se apresuraron a rehabilitar políticamente a su diáspora. El término en sí se convirtió en una insignia de honor político, un símbolo de lealtad y apoyo de los croatas en el extranjero a su Estado naciente. La diáspora croata tuvo un papel significativo, y algunos analistas piensan que crucial, en un momento de lucha política y militar por la independencia. La estrecha relación de la “patria Croacia” (“domovinska Hrvatska”) con la “Croacia expatriada” (“iseljena Hrvatska”) duró aproximadamente una década (desde finales de los 80 hasta finales de los 90) y fue principalmente una movilización de la amplia diáspora, provocada por los nacionalistas en el poder (la Unión Democrática Croata de Tudman, HDZ), para lograr apoyo político, financiero y militar. A los croatas de la diáspora también se les concedió el derecho al voto en las elecciones de la patria: la HDZ fue quien más se benefició de esta polémica medida. La patria estaba tirando mucho de los “hilos del corazón y de los hilos del monedero” de los croatas expatriados en los años 90, pero una vez que el nuevo Estado fue estable e internacionalmente reconocido, y especialmente después de que la HDZ perdiera el poder en 2000 después de la muerte de Tudman, la diáspora fue gradualmente “desmovilizada”.

Croacia tiene una de las mayores diásporas en relación con el tamaño de su población. Se estima que aproximadamente 2,6 millones de personas emigraron durante el siglo XX

Croacia tiene una de las mayores diásporas en relación con el tamaño de su población. Se estima que aproximadamente 2,6 millones de personas emigraron durante el siglo XX. Debido a la arraigada tradición croata de la emigración, existe no solo una primera gran generación migrante, sino también una segunda, tercera y posteriores generaciones de personas de ascendencia croata en muchos países europeos y de otros continentes. Al haber emigrado en distintos momentos, por diferentes motivos y habiéndose asentado en países con distintas políticas de inmigración e incorporación, los heterogéneos grupos de la diáspora croata cultivan distintos tipos de relaciones con la patria. Sigue quedando pendiente resolver si las personas de ascendencia croata que han vivido fuera de Croacia durante siglos como los “croatas” en Austria, Italia y otros Estados vecinos deben ser contadas como diáspora o no. Los casi un millón de croatas en Bosnia-Herzegovina constituyen un caso especial aparte. Por tanto, intentar un recuento preciso o incluso aproximado de los croatas de la diáspora es tarea imposible: no hay nada objetivo en la pertenencia a dicha diáspora. Lo que realmente define la diáspora croata es la fuerza de los lazos emocionales y prácticos con la patria, que es distinta en cada individuo y familia en función de muchos factores, y va desde una devoción apasionada hasta la completa indiferencia. Todo lo que se puede decir “objetivamente” es que hay grandes grupos de migrantes croatas y/o sus descendientes en varios países europeos y de otros continentes, y que hay muchos pequeños grupos en muchos otros países. Los mayores grupos están en Estados Unidos, Chile, Argentina, Alemania, Austria, Australia, Canadá y Nueva Zelanda, y hay grupos más pequeños en muchos otros países europeos y latinoamericanos.

UN PAÍS DE EMIGRACIÓN

Las cifras de la emigración croata de la era moderna son difíciles de ajustar: desde los años 50 hasta 1981, 1.150.000 personas abandonaron Croacia. Según Nejašmic, esta cifra representaba el 33% de la población media y el 38% del incremento natural total del periodo. La conectividad transnacional sigue siendo alta entre los croatas: una mayoría tiene familiares (al menos lejanos) y amigos en el extranjero. Aunque menos que antes, los croatas siguen emigrando, y las familias mejor situadas envían a sus hijos a estudiar en el extranjero para que obtengan títulos con reconocimiento internacional que puedan garantizar su movilidad futura y su competitividad global. Como pequeña tierra del sur de Europa, Croacia siempre ha estado orientada hacia sus vecinos occidentales más ricos y más grandes. Durante gran parte de su historia también estuvo dominada por ellos: la parte litoral de Croacia estuvo bajo la influencia italiana/veneciana durante siglos y las regiones del interior del norte estuvieron bajo dominio húngaro y austroalemán desde el siglo XII hasta 1918. El Imperio Otomano dominó brevemente una parte del interior de Croacia en el siglo XVI. A principios del siglo XIX, los ejércitos de Napoleón conquistaron ciertas partes de Croacia y las denominaron “Provincias Ilirias”. Se pueden encontrar indicios de estas variadas influencias en los dialectos locales, el patrimonio arquitectónico, los nombres de lugares y muchas otras cosas. El catolicismo como religión compartida fue un factor importante subyacente a las conexiones croatas con sus vecinos occidentales. Estas conexiones no siempre fueron beneficiosas: el historiador americano-croata G. Prpich culpó de la emigración a las circunstancias sociales, económicas y políticas bajo el dominio extranjero.

Los croatas empezaron pronto a migrar a las tierras que ofrecían mejores oportunidades en los tiempos modernos. Las clases hacendadas solían enviar a sus hijos a estudiar a los grandes centros europeos como Viena, Praga, Budapest y las ciudades del norte de Italia. Esta práctica elitista se inició en Dalmacia, la región mejor conectada con Occidente a través de la industria marítima, y la primera en modernizarse. En muchos casos, los jóvenes croatas de éxito se quedaron en el extranjero e italianizaron o germanizaron sus nombres. En el siglo XIX, la emigración de clase alta continuó desde los grandes centros urbanos. Los hijos de la nobleza croata que estudiaron fuera trajeron con ellos al volver “remesas” sociales, políticas y culturales: las modernas ideas occidentales.

Puestos de melones y sandías en el mercado de Split

Puestos de melones y sandías en el mercado de Split, Yugoslavia. Años 60. / Angelo Novi /EFE

Otro flujo de migración temprana desde Croacia se produjo por la navegación en barcos extranjeros. Esta ocupación tradicional de los jóvenes dálmatas los llevó a prácticamente a todos los rincones de la Tierra: Alaska, Chile, California, Nueva Zelanda, Australia. A finales del siglo XIX los patrones de migración cambiaron, y empezó una emigración a gran escala de la población rural. La emigración de campesinos pobres de las regiones de la costa siguió siendo un patrón dominante hasta los años 70. La primera gran oleada se produjo en la década de 1890, después de que la filoxera, una enfermedad de la vid, arruinara una gran parte de los viñedos dálmatas. Además, los avances tecnológicos en transporte trajeron a Europa grano más barato de Estados Unidos, lo que significó el desastre económico para los pueblos europeos tecnológicamente atrasados incapaces de competir con los bajos precios norteamericanos. Una importación libre de impuestos de vino italiano, tras un acuerdo comercial entre Italia y Austria-Hungría en 1890, supuso otro golpe para los productores de vino locales, muchos de los cuales se vieron obligados a emigrar. Los croatas formaron, por tanto, parte de la mayor ola de emigración en la historia, a lo largo de la cual millones de campesinos europeos empobrecidos salieron hacia las Américas en las décadas de 1890 y 1900. Un gran número de croatas se asentaron en Estados Unidos antes de que se introdujeran las cuotas de “orígenes nacionales” en los años 20. Ya existía una importante comunidad croata en las regiones industriales del Medio Oeste en la primera década del siglo XX, cerca de las acerías, los corrales de ganado, las fundiciones, las curtidurías y las minas.

Los croatas en Estados Unidos, así como en otros países anglófonos, se contaban normalmente como “eslavos”. A principios del siglo XX, se consideraba a los “eslavos” adecuados para los trabajos más duros y difíciles, y dispuestos a aceptar condiciones de alojamiento mucho peores que los nacidos americanos. A finales del siglo XIX, muchos “eslavos” de Dalmacia llegaron a las cuencas de oro australianas. No muchos encontraron oro, así que trabajaban como leñadores y mineros, viviendo en campamentos en el interior caluroso y árido de Australia. Según Zivich, una abundante oferta de mano de obra inmigrante en Estados Unidos hizo que los croatas, especialmente los hombres jóvenes en el momento de la migración, aceptaran lo que les había tocado en la vida sin quejas. Aunque un cierto número de ellos se casó y asentó en el extranjero, perdiendo el contacto con sus familias y pueblos natales, muchos otros regresaron.

Las migraciones “en cadena” y “en grupo” fueron patrones típicos durante las décadas posteriores a la 2ª Guerra Mundial: en algunos casos pueblos enteros se trasladaron al extranjero

Los croatas en los países de América del Sur experimentaron una considerable movilidad social a lo largo de las generaciones y se convirtieron en empresarios de éxito o tuvieron cargos públicos de importancia. La emigración del siglo XX fue descrita como una “catástrofe demográfica dálmata”. En 1908, el político croata Stjepan Radic dijo que “muy pronto en los alrededores de Lokve y Fužine –pequeñas ciudades del interior de las montañas adriáticas del norte– no quedarán suficientes hombres para enterrar a sus muertos… todo el mundo huye a América”. Mi tío abuelo formó parte de esa ola. Emigró de la isla de Krk en 1908, unos meses después de que naciera mi abuelo. Los dos hermanos nunca se reunieron, pero sus hijos sí: el reencuentro de la familia de segunda generación tuvo que esperar 71 años, cuando en 1979 un americano-croata de sesenta años casado con una eslovena, recién jubilado de su trabajo en una gran corporación petrolífera, y que solo podía hablar unas pocas palabras de croata, vino a visitar a mi madre, su prima. Frank se sitió profundamente conmovido por este tardío encuentro con su “verdadera patria” y su familia extensa. Muchas familias croatas tienen historias similares.

Hasta medio millón de croatas emigraron antes de la 1ª Guerra Mundial. Prpich no atribuyó esto únicamente a razones económicas, y argumentó que los motivos de la migración han sido siempre una “mezcla de ansias de riqueza, tierra, cambio, libertad”. La emigración se ralentizó después de la Gran Guerra: en los años 20 debido a las cuotas de inmigración americanas y en los 30 por la Gran Depresión. Aún así, en el periodo de entreguerras unos 125.000 croatas emigraron. Fue entonces cuando empezó la migración hacia el Oeste de Europa, pero solo incluyó al 20% del número total de salidas del país.

La 2ª Guerra Mundial activó otra gran ola de emigración. En el decenio 1939-1948, 250.000 personas abandonaron Croacia. Muchas de ellas eran miembros de minorías étnicas que decidieron no participar en la Yugoslavia comunista y se reubicaron en sus “patrias”. Después de 1945, cuando Croacia pasó a formar parte de la Yugoslavia comunista, muchas personas huyeron por motivos políticos. Las circunstancias en Croacia durante la era comunista proporcionaron una combinación de “factores de empuje” económicos y políticos: el desempleo y un atraso en el desarrollo económico se unieron a la opresión comunista. Durante los años 60, las fronteras yugoslavas se abrieron gradualmente como válvula de escape para el desempleo inminente que siguió a la reforma económica de 1965. Sin embargo, no se dejaba a las personas cualificadas y con educación superior (entonces escasas) salir del país tan fácilmente como a los trabajadores no cualificados. En los años 60 emigró la mayor ola de croatas hasta la fecha, esta vez fundamentalmente hacia la Alemania occidental. La mayoría de estos gastarbeiter pretendía quedarse temporalmente, pero aproximadamente un tercio lo hizo para siempre. En el periodo de 1961 a 1981, más de 200.000 croatas emigraron a países europeos y unos 70.000 fuera de Europa.

Las migraciones “en cadena” y “en grupo” fueron patrones típicos durante las décadas posteriores a la 2ª Guerra Mundial: en algunos casos pueblos enteros se trasladaron al extranjero. Hasta los años 80, el patrón de migración en cadena incluía trayectorias de género diferentes. Los hombres y las mujeres estaban expuestos a las mismas presiones y limitaciones económicas, pero debido a la visión tradicional de los roles de género, se consideraba que los hombres respondían a presiones económicas estructurales, mientras que se consideraba que las mujeres migraban por razones privadas, familiares, es decir, para unirse a sus maridos y prometidos en el extranjero. Estaba implícito en este patrón de migración que el marido era el principal proveedor, aunque una gran mayoría de esposas croatas trabajaban a tiempo completo desde el principio de su vida en la emigración, incluso cuando tenían hijos pequeños.

Durante los años 60 y 70, el perfil de capacitación de los emigrantes croatas empezó a mejorar. La siguiente gran ola de emigración en los 80 fue una típica fuga de cerebros urbana. A finales de los 80 y en los 90, durante la dura crisis económica y la guerra, la emigración del país se intensificó. Es imposible analizar las cifras definitivas utilizando fuentes croatas, aunque sin embargo está claro que la mayoría de los que dejaron el país en los últimos 25 años eran jóvenes profesionales urbanos que escapaban de la crisis y el estancamiento finales del comunismo y de la dureza del post-comunismo. Mežnaric argumentó que la emigración, como forma convencional de resolver presiones económicas, sociales y políticas, sustituyó a la modernización y el desarrollo de Yugoslavia, incluida Croacia. Muchos otros autores también dijeron que la reciente emigración había sido perjudicial para el país, puesto que se llevó al segmento de población más culto y empresarial. A lo largo de la última década, la fuga de cerebros se ha ralentizado, en parte a cuenta de la eventual adhesión de Croacia a la Unión Europea. También se está produciendo una considerable migración de retorno.

LA DIÁSPORA HOY

Un gran número de croatas expatriados participó en el apoyo a su patria durante la crisis yugoslava de los años 80 y la guerra por la independencia en los 90. En esa época, la conexión con la patria en peligro era más fuerte que nunca, impulsada por los líderes de la diáspora con mentalidad nacionalista y también por el gobierno croata, especialmente durante la primera década de independencia (1990-99). La constitución del Congreso Mundial Croata en 1992 formó parte del empuje político para acercar a patria y diáspora: había llegado el momento de que esta cumpliera su misión y ayudara a enmendar las quejas históricas sentidas extremadamente por muchos exiliados políticos croatas.

Entre 1945, cuando el efímero Estado Independiente de Croacia fue abolido por el victorioso comunismo yugoslavo, y 1991, cuando la perspectiva de una independencia duradera se hizo realidad como parte del maremoto histórico que barrió el comunismo de Europa del Este, los exiliados croatas de todo el mundo tenían la imagen de un grupo intensamente politizado dedicado a lograr la independencia croata. Esto se aplicaba especialmente a la rama australiana de la diáspora croata, donde la conexión con la patria de la parte más ruidosa de la comunidad era intensamente emocional y política. Su marcado anticomunismo y una agenda separatista la convirtió en una caso bastante claro de “nacionalismo de larga distancia”.
El nacionalismo de la diáspora croata tuvo dos picos: el primero a principios de los 70, después de la “primavera croata”, un movimiento nacionalista albergado dentro del propio liderazgo comunista, que había sido suprimido por las autoridades yugoslavas, y el segundo durante la guerra yugoslava de secesión de 1991-1995. En los años 90, la diáspora patriótica no escatimó esfuerzos para dar apoyo político y financiero a su patria en la lucha por la independencia: esta fue la época de intensa recaudación de fondos y presión a favor de la causa croata. Los croatas en el extranjero fueron activos en la promoción de la causa separatista mucho antes de que el revuelo de la disolución yugoslava empezara en serio a finales de los 80. Mítines anti-yugoslavos y otras expresiones públicas de separatismo, conflictos con miembros de la comunidad serbia en competiciones deportivas y otras ocasiones públicas, e incluso el terrorismo formaron parte de tales actividades. No obstante, no todos los expatriados croatas eran nacionalistas: existía una división entre los partidarios de Yugoslavia y los anticomunistas en todos los países con minorías croatas significativas. El clero católico croata era fuertemente anticomunista y se alineaba con la causa de la independencia.

Podría decirse que Australia era la sede principal de los nacionalistas de la diáspora croata. Los croatas anticomunistas eran bienvenidos en Australia como parte de la gran ola de personas desplazadas a finales de los 40 y los 50, y durante la Guerra Fría se les consideraba parte del bando anticomunista y fueron apoyados por el duradero gobierno conservador del primer ministro anticomunista Robert Menzies. Una desafortunada alianza histórica del efímero Estado Independiente de Croacia con el régimen nazi alemán hizo que todos los croatas que expresaban sus ideas sobre una Croacia independiente fueran considerados como ustashe, fascistas y terroristas, tanto en Yugoslavia como en el extranjero. Un análisis más detallado de los croatas en Australia, percibidos como nacionalistas “impetuosos”, revela una diversa aglomeración de personas cuya experiencia de la identidad croata variaba enormemente en cuanto a su intensidad y significado. Los croatas en Australia pertenecen a distintos grupos de migrantes, así como a diversos bandos políticos, y provienen de diferentes orígenes regionales y socioeconómicos. Para los separatistas croatas elocuentes y políticamente militantes, el nacionalismo y apoyo de larga distancia a la independencia croata se convirtió en el significado de sus vidas de migrantes, mientras que otros decidieron no participar en el compromiso político y mantuvieron su conexión con la patria a nivel local y privado. Otra sección siguió siendo leal a la Yugoslavia multiétnica, incluso después de su desintegración en 1991. La gente que se reunía en los clubes dálmatas en las grandes ciudades australianas era principalmente de orientación yugoslava. Los “Yugo-nostálgicos” que quedan constituyen en la actualidad la diáspora de un país fantasma y una ilustración gráfica de la naturaleza imaginada de todas las diásporas y, de hecho, de todas las naciones.

En los años 90, el gobierno croata fomentó la migración de retorno con algunos programas de asistencia

Una intensa conexión con la “patria perdida” es en muchos casos una consecuencia de una incapacidad para integrarse en la sociedad de acogida y una consiguiente distancia emocional con dicha sociedad. Para muchos migrantes, sentirse y actuar como “nacionalistas” era una expresión de nostalgia por sus costas natales, sus barcos de pesca y el olor del romero, más que una posición políticamente articulada. La alienación ligüística, social y cultural de sus países de acogida amplificaba la identificación étnica “reactiva”. A pesar de la separación política de croatas, dálmatas y yugoslavos en la diáspora, aferrarse a la identificación étnica tenía en esencia el mismo significado para todas las facciones: una realización de la necesidad de pertenecer y formar parte de una comunidad mayor. La investigación sobre croatas australianos y canadienses muestra que la patria en sí puede imaginarse de distintas formas y tamaños: un pequeño pueblo de origen, una isla, una ciudad natal, Dalmacia, Croacia, “gran Croacia” o incluso Yugoslavia. Tanto en Australia como en Canadá, los clubes croatas han existido al lado de los yugoslavos y los dálmatas, y sus patronos, que pertenecían a distintas facciones políticas, a veces eran del mismo pueblo o incluso de la misma familia.

El perfil de los croatas de la diáspora en Estados Unidos es considerablemente diferente de las comunidades croatas canadienses y australianas. Durante la 2ª Guerra Mundial, los croatas estadounidenses apoyaron a la resistencia antifascista de los partisanos de Tito a través del Congreso Croata Americano en Nueva York y el Comité de Ayuda Yugoslavo fundado en Cleveland en mayo de 1941. Los partidarios destacados de Tito en Estados Unidos jugaron un papel decisivo a la hora de conseguir apoyos para su causa de F. H. La Guardia, el alcalde de Nueva York, y gradualmente también del Congreso y del gobierno de Estados Unidos.

Entrada al puerto de la ciudad de Orebic

Entrada al puerto de la ciudad de Orebic, en la península de Pelješac. Orebic, Croacia, 11 de julio de 2008. / Wolfgang Thieme /EFE

Durante las décadas del período comunista, la Unión Fraternal Croata (CFU en sus siglas en inglés), ampliamente aceptada como representante de la comunidad croata en Estados Unidos y Canadá, siguió una posición política “moderada” e incluso tenía miembros serbios, lo que era inimaginable en el contexto de las asociaciones australiano-croatas. The Fraternalist, publicado por la CFU desde 1904, era aceptable para los censores yugoslavos, al contrario que las publicaciones australiano-croatas con su agenda separatista. La agenda moderada de la CFU fue posible porque la mayoría de sus miembros eran nacidos en América, en lugar de los migrantes de primera generación que predominaban entre los croatas australianos y canadienses. La relación de la diáspora de la segunda y la tercera generaciones normalmente carece de las fuertes emociones presentes entre los migrantes de primera generación. Estos últimos se radicalizan más fácilmente con los acontecimientos de la patria. Otra diferencia importante es la aparente falta de una relación fuerte de las asociaciones americano-croatas con la Iglesia católica, el guardián tradicional de la identidad étnica croata. Durante los años 80 y 90, The Fraternalist apoyó la independencia croata pero se negó a apoyar a ningún partido político en particular. El que la CFU pasara desapercibida en Croacia en aquella época, a pesar de su considerable apoyo político y financiero a la independencia, puede atribuirse a su reticencia a apoyar inequívocamente a la Unión Democrática Croata de Tudman en el poder.

La conexión de la diáspora de la reciente oleada de emigrantes croatas puede ser considerablemente diferente a la de los grupos anteriores. Los croatas de clase media que empezaron a emigrar en los 80 han podido integrarse mejor en las sociedades de acogida, conseguir empleos profesionales y administrativos y han pasado a estar incluidos en las redes sociales de los nativos debido al dominio del idioma y al generalmente alto “capital humano”. Como consecuencia, ellos no tienen necesariamente una fuerte asociación con su “grupo étnico” y puede que no se sientan como parte de la diáspora, con todas las connotaciones nostálgicas, románticas y nacionalistas que el concepto adquirió en el léxico político croata después de la independencia.

arecen aceptar su “carácter croata” como un hecho de su vida de migrantes, pero puede no tener un valor emocional intenso. El catolicismo y sus tradiciones religiosas, como ingredientes cruciales del “carácter croata”, se perdieron en gran medida para esta generación urbana criada en el espíritu del ateismo comunista. Muchas personas de este grupo (nacidas en los 50 y los 60) transfirieron su “carácter croata” del ámbito emocional, de la “añoranza por la patria”, a un ámbito más pragmático en el que ser croata significaba ser bilingüe y bicultural. Aunque sus capacidades profesionales y su capital cultural contienen ingredientes específicos croatas, forman esencialmente parte de una clase media transnacional, capaz de reformular su capital humano y cultural en distintos entornos, más que formar parte de un grupo firmemente integrado en una existencia de diáspora.

LA MIGRACIÓN DE RETORNO

En los años 90, el gobierno croata fomentó la migración de retorno con algunos programas de asistencia a pequeña escala, y a través de la creación de un efímero Ministerio gubernamental para el Retorno y la Inmigración (Ministarstvo povratka i useljeništva, 1997-99). La campaña para la migración de retorno estaba destinada a personas que podían traer un considerable capital humano y financiero con ellas, por ejemplo, científicos, profesionales, empresarios e inversores. Los emigrantes retornados podrían ser un importante recurso humano para Croacia en el momento en el que el país lucha por establecerse dentro de la familia europea de naciones y entrar formalmente en la UE. La inminente adhesión de Croacia a la UE supone un incentivo para el retorno. Las cifras de emigrantes retornados son difíciles de calcular a falta de datos concluyentes, por lo que las estimaciones varían entre 6.000 y 60.000 para los 90.

Muchos factores operativos que se entrecruzan en la patria, la sociedad de acogida y los grupos de la diáspora en sí influyen en los procesos sociales transnacionales, incluidos los de la migración de retorno. Además, la perspectiva transnacional de la migración, que refleja la era de la globalización, considera la migración y el retorno como partes de un proceso de migración continuo de múltiples etapas. La excepcional conectividad mundial y la relativa asequibilidad de los viajes de larga distancia de la actualidad conducen a la aparición de nuevas categorías: “re-emigrantes” y aquellos que deciden vivir “bilocalmente”. Una de las principales causas del incrementado índice de migración de retorno es simplemente el envejecimiento de la diáspora: en lo referente a la mayor ola de emigración reciente (en los 60 y los 70), muchas de estas personas emigraron jóvenes y han estado alcanzando la edad de jubilación desde los años 90. A menudo, la gente había planeado volver a su patria al jubilarse, y en la actualidad muchos han empezado de hecho a realizar estos planes. Por ejemplo, en 2003, por primera vez en la historia de los croatas australianos las cifras de la migración de retorno superaron las llegadas permanentes de Croacia a Australia. Aunque los datos croatas disponibles no son lo suficientemente precisos, se puede asumir con tranquilidad que los retornos actuales a Croacia se deben principalmente a que el mayor grupo de migrantes croatas llega a la edad de jubilación. Para los jubilados nacidos y criados en Croacia, la vuelta a la patria, donde la vida en general es más barata que en sus países de acogida, puede representar una buena opción económica, y no solo la realización de un deseo nostálgico de hace mucho tiempo.

Las pocas personas más jóvenes (los que están en edad de trabajar) que vuelven a Croacia van atraídas por la recuperación económica y las posibilidades de inversión. El turismo, un sector fundamental, ha vuelto a estar en auge en el cambio de siglo, y muchos expatriados croatas originarios de las áreas costeras volvieron para participar en este acontecimiento. Algunas personas, incluidos miembros de la segunda generación de migrantes (los nacidos en el extranjero), pueden sentirse también atraídos por la inminente adhesión de Croacia a la Unión Europea como forma de conseguir un pasaporte de la UE en el futuro cercano. Hay datos anecdóticos de que hay un aumento del interés en la ciudadanía croata por parte de los miembros de la segunda y la tercera generaciones que tienen derechos de ciudadanía croata basados en la ascendencia, pero que nunca antes se sintieron obligados a aprovechar. Claramente, los motivos individuales para el retorno varían en toda la gama desde el movimiento nostálgico impulsado por las emociones hasta el “retorno por negocios” pragmático e impulsado por el interés, quizá más probable en la segunda generación y las siguientes, sin recuerdos significativos de la tierra ancestral. Desde la perspectiva del Estado croata, distintos grupos de retornados pueden hacer distintos tipos de contribuciones a la sociedad croata. Puede que merezca la pena mencionar una creciente categoría de retornados “virtuales”, conectados a su patria a través de redes basadas en internet, que pueden finalmente animarse al retorno real.

La recepción de los retornados por parte de la población y las instituciones, y los resultados (demográficos, económicos y culturales) de su retorno constituyen una interesante área de investigación. Dicha investigación podría explorar cómo los procesos de “trasplante” e inversión de capital financiero, humano y cultural se despliegan tras la vuelta a la patria. El retorno de los migrantes podría compensar en parte la elevada fuga de cerebros que Croacia experimentó durante los años 80 y 90 y también podría contribuir a invertir una tendencia de despoblación en Croacia que ha sido el resultado de décadas de altos niveles de emigración y una de las tasas de natalidad más bajas de Europa.

Un comentario en “Diáspora croata, emociones, intereses, y lo que hay por medio

  1. Beatriz dice:

    Muy interesante la publicación.Soy nieta de croatas que emigraron antes de la Primera Guerra Mundial.

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