Branka Magaš
Historiadora, periodista y escritora. Autora de Croatia Through History y The Destruction of Yugoslavia. [+ DEL AUTOR]

Croacia a través de la historia

La identidad de Croacia como un Estado con su población proviene, en primer lugar, de su situación geográfica, que la convierte en un punto de encuentro entre el Mediterráneo y Europa central. Croacia se compone de dos partes bien diferenciadas: la marítima y la continental. Su franja meridional, marítima, incluye gran parte de la costa oriental del mar Adriático y la mayoría de sus islas. En el norte, formando un gran ángulo con la costa, se dirige hacia el este desde los Alpes hasta el Danubio. En la confluencia de la parte marítima con la continental, Croacia tiene apenas 50 kilómetros de ancho. El país forma dos lados de un triángulo dentro del cual se encuentra Bosnia. Todos los ríos croatas (y bosnios) desembocan en el Adriático o en el Danubio. Estos ríos han proporcionado rutas de vital importancia para el comercio y la interacción cultural, así como para la migración de personas y las invasiones militares que han determinado la historia de esta parte de Europa.

MARCANDO LA PAUTA

La forma de medialuna de Croacia es producto de su historia. La narrativa histórica comienza en el siglo I de nuestra era, con la llegada de los romanos a este lado del Adriático. Los invasores llevaron a cabo la primera descripción sistemática del país -al que llamaron Illyricum- y de sus diversos pobladores, los ilirios, a los que aterrorizaron de diferentes modos y asimilaron a su Estado. A pesar de la llegada de los croatas eslavos en los siglos VII y VIII, una parte importante de la población actual del país procede en última instancia de los ilirios. Bajo el dominio romano, el sur de Croacia y Bosnia formaban la provincia de Dalmacia y el norte de Croacia formaba la Baja Panonia (al sur del río Drava). En la división administrativa diseñada por el emperador Diocleciano a finales del siglo III, estas tierras fueron asignadas a la mitad occidental del Imperio. Esta distribución tuvo profundas consecuencias para el Estado croata que surgiría de las ruinas del Imperio romano de Occidente en los siglos VII y VIII, inicialmente bajo jurisdicción de Bizancio (la mitad oriental del Imperium, que había sobrevivido). Cuando a finales del siglo VIII Carlomagno y el Papa comenzaron a reclamar Iliria para Occidente, los croatas se separaron de Bizancio y se unieron al Imperio de los francos. La separación entre Oriente y Occidente en aquellos tiempos no era tan rígida como lo sería más tarde, de modo que los dos Imperios y sus Iglesias cooperaron para restaurar -o llevar- la cristiandad a los territorios eslavos, a los que Croacia pertenecía. Como consecuencia de esto, en el siglo IX aparecieron en Croacia la escritura eslava, llamada glagolítica (a la que se unió posteriormente la escritura cirílica) y la liturgia eslava, que dieron lugar con el paso del tiempo a la literatura escrita en la lengua vernácula. Pero como el latín seguía siendo la lengua de la Iglesia y del Estado, y fue durante siglos el único idioma empleado para las artes y las ciencias, la lengua croata se desarrolló en armonía con el latín.

Alejandro I Karadordevic hacia 1925

Alejandro I Karadordevic hacia 1925. El rey Alejandro I transformó el Reino de Serbios, Croatas y Eslovenos en el Reino de Yugoslavia en 1929. /EF

En el complejo panorama histórico de Croacia, el periodo comprendido entre los siglos VIII y XI fue un periodo de crecimiento, con expansión del territorio del reino croata, de cohesión interna y de confianza. Nacida en Dalmacia, Croacia se orientaba hacia el mar. Esto es evidente en el mapa del Mediterráneo que dibujó el gran cartógrafo árabe Muhammad al-Idrisi en 1154, en el que Croacia aparece por primera vez con su nombre. Es interesante destacar que el coetáneo croata de al-Idrisi, Herman el Dálmata, fue el primer autor occidental que basó su propio sistema de filosofía y ciencias naturales en las enseñanzas árabes. Sin embargo, cuando la dinastía croata se extinguió a finales del siglo XI, los nobles croatas eligieron al rey de Hungría como su soberano. Este cambio dinástico coincidió con el apogeo del poder veneciano en el Adriático. Los reyes húngaros, con escaso interés por el mar, se fueron retirando paulatinamente de la costa y se centraron en consolidar su presencia en el norte de Croacia. Durante los dos siglos siguientes, Venecia llegó a dominar gran parte de la costa croata a pesar de la fuerte oposición de los nobles croatas y de los reyes de la casa de Anjou, en particular durante la segunda mitad del siglo XIV. La última guerra contra Venecia la perdió Segismundo de Luxemburgo, sucesor de los Anjou, que como rey de Alemania también estaba interesado en el Adriático. Pero ocupados como estaban con las peleas dinásticas de Europa central, con la creciente amenaza del Imperio otomano y al no haber conseguido crear una armada adecuada, los reyes continentales acabaron dándose cuenta de que era más fácil llegar a un acuerdo con Venecia. La costa dálmata permaneció bajo control de los venecianos durante los cuatro siglos siguientes.

El territorio croata se fue reduciendo a gran velocidad como consecuencia de la invasión otomana de Europa, cuyos primeros ataques tuvieron lugar a finales del siglo XIV. El avance turco parecía imparable. Constantinopla cayó en 1453, Bosnia en 1463 y en 1493 el ejército croata fue aplastado en una importante batalla librada en Croacia central. Se temía que Croacia corriera la misma suerte que Bosnia. A medida que los ejércitos otomanos avanzaban, llevando a cabo la táctica de “tierra quemada”, iban borrando del mapa pueblos y ciudades y cortaron las antiguas rutas comerciales que conectaban el norte y el sur del país. Este fue un periodo de grandes migraciones, con la población huyendo en masa cada vez que la línea del frente cambiaba de lugar. Muchas personas abandonaron el país definitivamente.

Hacia finales del siglo XVI, Croacia quedó reducida a una pequeña parte de su tamaño primitivo y los territorios que se salvaron quedaron devastados y despoblados o llenos de refugiados. Las ciudades dálmatas, que habían participado en el floreciente comercio veneciano con la cuenca oriental mediterránea, también compartieron su impresionante desarrollo cultural; pero cuando las conquistas otomanas acabaron con la supremacía marítima de Venecia y los ejércitos otomanos acamparon cerca de la costa, estas ciudades también sufrieron un prolongado declive. La única excepción fue la República de Dubrovnik -a la que la Sublime Puerta toleró como socio comercial y protegió de Venecia- que tuvo que depositar sus esperanzas en un posible rescate por parte de España. En vista de la incapacidad de los monarcas Jagellones para organizar una defensa efectiva, la nobleza croata eligió como soberano a Fernando I de Habsburgo en 1527, que tenía un interés directo en frenar el avance otomano hacia el oeste. De las condiciones que los croatas impusieron a la nueva dinastía, la mayoría de las cuales hacían referencia a los derechos del país y a su defensa, hay una que destaca: que el nuevo monarca tenía que gobernar también en Austria. Esta alianza croata-austríaca duró cuatro siglos.

Los Habsburgo eran también reyes de Alemania, Bohemia y Hungría -y Emperadores del Sacro Imperio Romano-, así que la evolución histórica de Croacia estuvo estrechamente relacionada con la de estos países. Como los Habsburgo gobernaban también en los Países Bajos y en España (incluidas sus posesiones en Italia, África y el Nuevo Mundo), a partir de entonces los croatas lucharon no solo contra el enemigo otomano, sino contra los rivales europeos de los Habsburgo. En 1527, huyendo de una aniquilación total, el país alzó su bandera en favor de la dinastía austríaca, sin saber lo que esto les acarrearía en el futuro. Sin embargo, con el paso del tiempo esta relación llegó a generar un auténtico sentimiento de pertenencia a la familia de los Estados austríacos. En muchas ocasiones durante los siglos siguientes, el parlamento croata desafió a Austria, llegando incluso los croatas a verse envueltos en rebeliones armadas contra ella. No obstante, la idea de que la patria de Croacia residía en la monarquía –si bien una monarquía que se había transformado en una asociación libre de Estados, que funcionaba de hecho como una Unión Europea en miniatura- se convirtió en la luz que guió a la política croata, hasta perder su atractivo a principios del siglo XX.

UNA ZONA FRONTERIZA

El sistema de defensa establecido por Viena en el siglo XVI y a comienzos del XVII en la Croacia de los Habsburgo fue la llamada Frontera Militar, un territorio con sus propias leyes y su propio gobierno. Esta Frontera estaba formaba por franjas de territorio, a menudo devastado, que rodeaban al país por el sur y el este. Aunque en teoría formaba parte de Croacia, no se encontraba bajo su control y estaba directamente gobernada por el rey o, más exactamente, por su ministerio de la guerra. La Frontera Militar estaba financiada principalmente por Austria y Alemania y la defendían en su mayoría tropas mercenarias extranjeras a las órdenes de oficiales alemanes. La creación de esta Frontera dio sus resultados: a finales del siglo XVI se consiguió detener definitivamente el avance otomano no muy lejos de Zagreb. Durante el breve periodo de paz que siguió, todo el sistema se reformó y consolidó. Como mantener un ejército de defensa permanente era demasiado costoso, la solución fue establecer en la Frontera a los nómadas valacos de fe ortodoxa que procedían de territorio otomano y cuyo número aumentó enormemente a comienzos del siglo XVII. La Sublime Puerta había establecido a los valacos en las zonas croatas conquistadas para reemplazar a la población que había perdido y les había encargado custodiarlas. Como resultado, se levantaron asentamientos valacos de diferente extensión a ambos lados de la frontera otomano-croata.

Los valacos vivían según su propio derecho consuetudinario y tenían su propia jerarquía, que los otomanos respetaron y a la que los austríacos también tuvieron que adaptarse. Se les prometió la libertad frente al régimen de servidumbre y se les ofrecieron tierras a cambio de su servicio en el ejército de la Frontera Militar. Croacia y Hungría pasaron gran parte del siglo XVII discutiendo con el rey sobre a quién le correspondía la jurisdicción sobre los valacos y los territorios donde estaban asentados, pero siempre prevaleció la voluntad del rey. La Frontera además incluía áreas que ya estaban pobladas por católicos croatas, cuyo número también creció debido a migraciones internas o la ampliación del área fronteriza. Para mantener el carácter rural de estos últimos, así como para garantizar su control exclusivo, la nueva clase militar insistió en la separación completa de la Frontera del resto de Croacia.

La Frontera Militar se convirtió, por tanto, en un lugar en el que la sociedad estaba constituida de otra manera; una sociedad en la que los campesinos poseían la tierra a cambio de servir en el ejército, vivían bajo un sistema jurídico diferente y bajo un gobierno diferente al del resto de Croacia. Esto resultó muy difícil de abolir. Cuando a finales del siglo XVII los otomanos fueron expulsados de la mayor parte de Croacia -en una acción conjunta de la monarquía austríaca y Venecia- el sistema fronterizo, lejos de desaparecer, se amplió con lo que es en la actualidad la frontera bosnio-croata y hacia arriba hasta incluir también una parte de la actual capital serbia, Belgrado. Desde entonces, Viena mantuvo esta organización, en parte como trampolín para futuras conquistas de los Balcanes otomanos, en parte como un seguro contra la potencial insubordinación húngara y croata y en parte como una fuente de soldados a bajo coste que se podían desplegar a voluntad del rey (de hecho, algunos de los mejores generales con los que contó la Monarquía procedían de la Frontera Militar).

Durante la reconquista que llevaron a cabo las fuerzas cristianas, la población musulmana de Croacia fue asesinada o se vio obligada a huir a Bosnia. Todas las mezquitas fueron destruidas y las pocas que quedaron en pie fueron convertidas en iglesias. La desaparición de los otomanos del este del país supuso también la extinción de gran parte de la vida y la cultura urbanas. El territorio liberado que no pertenecía a la Frontera Militar quedó dividido en varios Estados que fueron entregados a un puñado de generales y oficiales austríacos importantes, después de lo cual volvió a una existencia rural en su mayor parte. Estos terratenientes no mostraron mucha lealtad a Croacia sino que prestaban más interés a Viena y Budapest. Esta división de Croacia central y del norte en zonas civiles y militares duró casi hasta finales del siglo XIX, a pesar de los continuos esfuerzos del Parlamento para recuperar el control sobre ellas.

Mucho después de que las fuerzas otomanas desaparecieran, Croacia seguía viviendo las consecuencias de la conquista turca, de modo que una gran parte de la población se veía obligada a vivir en lo que de hecho era una plaza de armas inmensa, que abarcaba el país restringiendo y controlando los accesos a Dalmacia y al Danubio. El país fue una pieza decisiva en el particular Drang nach Osten de Viena, que confirió a la Monarquía un halo de gran potencia europea. Se gobernaba de un modo muy estricto, normalmente por militares nombrados gobernadores. La Frontera Militar no fue abolida hasta 1878, cuando la Monarquía ocupó Bosnia-Herzegovina. Su integración dentro de Croacia fue un proceso lento y doloroso, que no se terminó completamente hasta poco antes de que el país entrase en la Iª Guerra Mundial.

La incapacidad de Croacia para reintegrar los territorios de la Frontera Militar antes de que surgiera el Estado-nación tuvo importantes consecuencias para su futuro. Durante la primera mitad del siglo XIX, cuando la política vino a articularse sobre la soberanía nacional y la nacionalidad, y cuando el parlamento croata tomó la determinación de conseguir la unificación administrativa del país y un gobierno autónomo dentro de la monarquía, se vio también obligado a tratar el problema de la población multiétnica de la Frontera. Durante el siglo XVIII y la primera mitad del XIX, gracias en parte a los esfuerzos de la Iglesia ortodoxa serbia, los valacos de la Frontera Militar, comenzando por su clase culta, se fueron incorporando a la nación serbia; así que al problema de recuperar la Frontera Militar se sumó el de cómo integrar a esta población serbia en el Estado croata.

La idea de si eran serbios fue rechazada inicialmente. Se pensaba que como vivían en Croacia eran simplemente croatas ortodoxos de origen valaco. Los serbios eran las personas que vivían en Serbia, con las que -aparte de la religión- estos croatas ortodoxos tenían poco en común. Cuando ya no fue posible mantener esta postura frente a la oposición serbia, el parlamento croata los reconoció como serbios, con su autonomía cultural, e igualó su estatus como ciudadanos al de los croatas. Se descartó totalmente cualquier posibilidad de que los serbios gozasen de autonomía territorial; sin embargo, debido a la naturaleza dispersa del pueblo serbio, no se llegó a crear una entidad puramente serbia dentro del territorio croata, pero sobre todo porque los políticos serbios que pedían que se creara dicha entidad (para aumentar su territorio) pretendían unirla a Serbia. Para ello contaban con el apoyo de Serbia, que no ocultaba su ambición de hacerse con toda Bosnia-Herzegovina y con una parte considerable de Croacia.

VENCIENDO LA FALTA DE UNIDAD

A comienzos del siglo XIX imperó un gran optimismo cuando, tras la derrota de Napoleón, la Monarquía se hizo con Dalmacia y Venecia. Tras un largo periodo, toda Croacia se vio por fin bajo un mismo gobierno. El país, aseguraban los patriotas, había vuelto a nacer. Había mucho trabajo por hacer, afirmaba la joven élite en 1848, el año de las revoluciones. Pero aunque en 1814, en el Congreso de Viena, Austria había reclamado Dalmacia en nombre de Croacia, ahora se negaba a entregársela a Zagreb. Así que la devolución de Dalmacia enseguida vino a engrosar, junto con la incorporación de la Frontera Militar, la lista de exigencias del parlamento croata. Pero esto no llegó a suceder y Dalmacia siguió separada del norte de Croacia hasta que la Monarquía dejó de existir.

La división Norte-Sur se endureció aún más a causa del acuerdo alcanzado entre Viena y Budapest en 1867, que condujo a la aparición de una inestable alianza llamada Imperio Austrohúngaro. El norte de Croacia permaneció bajo autoridad húngara y Dalmacia (con Istria) bajo la austríaca -aunque tanto Viena como Budapest reconocían a Dalmacia como parte de Croacia-. El país se convirtió en una incómoda “tercera parte”, su unificación amenazaba con destrozar la Monarquía, motivo por el que Austria y Hungría obstaculizaron constantemente a los que intentaron conseguirla, sobre todo el Estado croata y los parlamentos provinciales dálmatas. El problema de la integridad de Croacia no se resolvió hasta el colapso de la monarquía de los Habsburgo a finales de 1918. Como resultado, el siglo XIX resultó ser un periodo de gran frustración nacional. Lejos de acercarse a la unidad nacional, a la democracia y a la prosperidad económica, el país se estaba fragmentando de nuevo, su Parlamento resultó ser bastante impotente y su desarrollo económico se vio sacrificado ante intereses extranjeros – alemanes y húngaros -. El país se precipitaba hacia la nada. La generación que dirigió a Croacia durante la revolucionaria primera mitad del siglo XIX creyó que el complicado conglomerado autocrático de los Habsburgo se podría volver a forjar como una unión de Estados libres. Este optimismo se fue desvaneciendo en el contexto de la dualidad austrohúngara. A la luz de las duras consecuencias que provocó Hungría especialmente en el norte de Croacia, donde un estrecho censo electoral evitó un desarrollo político normal (mientras que en Dalmacia la reforma electoral favoreció a la mayoría croata), este optimismo prácticamente desapareció a finales del siglo XIX, cuando la política nacional croata quedó dividida, a grandes rasgos, en tres orientaciones políticas diferentes: procroata, proaustríaca y proyugoslava.

Estas tres corrientes compartían el propósito de conseguir una Croacia unida y autónoma, si bien diferían en cómo conseguirla. También coincidían en que la emancipación de Croacia tenía que ir en consonancia con la unificación, bajo liderazgo croata, de los territorios eslavos del sur del Imperio. Puesto que ni Eslovenia ni Bosnia existían como entidades políticas independientes, tenía sentido que se uniesen a Croacia. Al aumentar su extensión de este modo, Croacia se convertiría en el tercer componente de la Monarquía -en opinión de algunos, como un primer paso para su completa independencia-. También pensaban que, en cualquier caso, los habitantes de Croacia, de Bosnia-Herzegovina y de Eslovenia eran étnicamente croatas. Esta era una percepción basada en una interpretación particular del pasado que contaba con una larga tradición en Croacia, en la que “ilirios” y “eslavos meridionales” eran sinónimos de “croatas”.

Otros sostenían que Bosnia históricamente era un territorio croata o que, en cualquier caso, comprendía una parte importante de Croacia de la que los otomanos se habían apoderado en el siglo XVI, pero que no había sido devuelta tras su derrota. Durante la monarquía de los Habsburgo, las fronteras políticas (las de los reinos, principados y provincias que la integraban) no habían sido diseñadas de acuerdo con la identidad étnica, de modo que no solo la Monarquía como un todo sino las diferentes partes que la integraban formaban sociedades multiétnicas. De hecho, el debate sobre si las fronteras políticas y nacionales se deberían reajustar o no y, en tal caso, cómo debería organizarse la representación de todos los grupos nacionales dentro del sistema de un modo que se adecuase a las exigencias de la democracia, estuvo candente durante todo el siglo XIX y nunca llegó a resolverse. Los líderes croatas eludieron el problema declarando a los croatas y a los serbios como un mismo pueblo, porque compartían el mismo idioma y la misma historia; pero esta política no contó con mucho apoyo por parte de los serbios, que pidieron ayuda a Serbia. Pero igual que algunos croatas pensaban que los eslovenos eran étnicamente croatas, había eslovenos que creían que los croatas que vivían en el noroeste de Croacia eran étnicamente eslovenos. El gobierno austríaco contribuyó a esta confusión con su propia interpretación del pasado y con su propia teoría de quién pertenecía a cada grupo étnico, en parte por ignorancia y en parte por la necesidad de simplificar su estructura o para evitar reformas políticas.

ESTRATEGIAS NACIONALES

Croacia podía dirigirse en tres direcciones: podía separarse de los Habsburgo y convertirse en un Estado independiente; podía intentar resolver sus problemas internos dentro del marco de la Monarquía; o podía convertirse en miembro de una asociación que reuniese a los eslavos meridionales.

La orientación procroata sostenía que la unidad y la independencia podían alcanzarse solo a través de una actuación croata independiente. Una Croacia independiente compartiría como mucho al rey con el resto de la Monarquía y solo si el rey protegía los intereses de Croacia: si no, sería depuesto. Como reacción al creciente nacionalismo serbio, los partidarios de la corriente procroata se negaron a reconocer a los serbios como un pueblo diferente dentro del país. Sin embargo, muchos de sus aliados dálmatas estaban dispuestos a hacerlo, siempre y cuando los serbios no apoyaran la creación de una Gran Serbia a expensas de Croacia y se comportasen como leales ciudadanos croatas, lo que supondría, en primer lugar, que tendrían que apoyar los urgentes y vitales objetivos croatas de autogobierno y unidad territorial. A comienzos del siglo XX, los líderes más importantes de esta corriente política, que procedían de Dalmacia y de Istria, tuvieron que tener en cuenta el hecho de que no contaban con aliados fuera de Croacia, ya que la larga existencia de los Habsburgo se percibía en gran medida como necesaria para la estabilidad europea.

Los seguidores de la orientación proaustríaca insistían en que Croacia no podía alcanzar sus objetivos por sí sola, sino que necesitaba la ayuda de Austria -o más bien la ayuda de los generales y políticos austríacos cercanos al príncipe heredero, el archiduque Francisco Fernando, que era contrario a la dualidad austrohúngara-. Pensaban que tras su subida al trono, el nuevo rey aboliría la dualidad y, a cambio del apoyo croata, les concedería sus demandas. Estos ideólogos estaban convencidos de que el futuro de Croacia estaba en Europa central, es decir, en la Monarquía de los Habsburgo, más que en cualquier asociación de países eslavos meridionales en la que participase Serbia, a la que veían como una amenaza para la Monarquía y para Croacia. En este sentido, se mostraban hostiles con los serbios croatas, a los que consideraban la principal fuerza detrás del proyecto yugoslavo. Yugoslavia, insistían, nunca podría ser sino una Gran Serbia. El asesinato del archiduque Francisco Fernando en 1914 supuso un duro golpe para los partidarios de esta orientación, aunque sus esperanzas se prolongaron durante un tiempo cuando Austria declaró la guerra a Serbia.

La orientación dominante proyugoslava veía a Croacia como parte del mundo eslavo y del mundo eslavo meridional y a su futuro en estrecha cooperación (no necesariamente unión, aunque a la larga podría suceder) con los Estados eslavos meridionales, que no solo mejorarían su estatus en Europa, sino que protegerían sus intereses en la región, especialmente contra Alemania. La Yugoslavia que ellos imaginaban incluía no solo a Serbia y Montenegro, sino también a Bulgaria. Curiosamente, dos de los ideólogos más eminentes de esta corriente eran altos clérigos católicos, que además de fervientes patriotas croatas, eran ardientes promotores de una unión entre las Iglesias ortodoxa y católica, que al acabar con la división entre cristianos orientales y occidentales serviría a los intereses no solo de Croacia (donde ayudaría a superar la división entre croatas y serbios) sino de toda Europa, por lo que se acercaría a Rusia al resto de Europa.

presidente de Croacia Ante Pavelic con el ministro nazi de Asuntos Exteriores

El presidente del recién creado Estado Independiente de Croacia y líder de la Ustasha, Ante Pavelic (i), durante la reunión con el ministro nazi de Asuntos Exteriores, Joachim von Ribbentrop. Salzburgo, Austria, 7 de junio de 1941. /EFE

A comienzos del siglo XX, el miedo ante el creciente poder de los alemanes en Europa central, la consolidación de intereses italianos en el Adriático oriental y la toma de conciencia de que el Imperio Austrohúngaro no sería capaz de reformarse, condujeron a una unión de las corrientes procroata y proyugoslava. Una de las consecuencias fue la formación de una alianza política serbocroata en el norte, que dominaría el parlamento croata hasta el final de la Iª Guerra Mundial, si bien desde que se estableció la Monarquía dual los poderes del Parlamento quedaron estrictamente limitados y controlados por Hungría. Por otro lado, en la mitad austríaca de la Monarquía, que contaba con sufragio masculino casi universal, las divisiones internas condujeron a la suspensión del parlamento central y de los provinciales en vísperas de la Gran Guerra. Cuando esta estalló y Rusia, Francia y Gran Bretaña se alinearon contra Alemania y el Imperio Austrohúngaro, los croatas dálmatas se encargaron de defender la causa yugoslava en Londres y París. En lugar de pertenecer a una confederación de Europa central basada en la Monarquía de los Habsburgo, con la que habían soñado las generaciones anteriores, Croacia, según su plan, se uniría a una confederación eslava meridional en la que estaría en igualdad de condiciones con Eslovenia, Bosnia, Serbia y Montenegro (Bulgaria fue excluida después de la guerra de los Balcanes de 1912-13). Pero los croatas se volvieron a llevar otra decepción: al final del conflicto bélico, y a causa de sus actividades para la independencia, nació Yugoslavia. Pero Serbia consiguió convertirla de facto en una Gran Serbia, al tiempo que Italia se hacía con casi toda Dalmacia y con la totalidad de Istria. La pérdida de gran parte de su costa volvió a paralizar de nuevo las perspectivas de futuro de Croacia.

CROACIA Y YUGOSLAVIA

La brutalidad del gobierno serbio provocó un gran resentimiento en el país, no solo entre los croatas sino también entre los serbios. Los serbocroatas acogieron con agrado la formación de Yugoslavia, como un marco en el que por fin podrían unirse a Serbia; pero sospechaban que Yugoslavia no tardaría en descomponerse si Belgrado no satisfacía de alguna manera las exigencias de autogobierno de Croacia. Tras la guerra, los serbocroatas también sufrieron los continuos saqueos de los serbios de los antiguos territorios austrohúngaros, además del caótico gobierno y la corrupción del sistema jurídico que sustentaba el dominio serbio.

Durante la monarquía de los Habsburgo, cuando el norte de Croacia estaba gobernado por Hungría y solo un pequeño porcentaje de la población tenía derecho al voto, los húngaros usaron a la minoría serbia para debilitar a la mayoría croata garantizándole a los primeros una parte considerable de los escaños del parlamento croata. La introducción del sufragio universal masculino también cambió el mapa de los partidos políticos de Croacia. A finales de 1920, la gran mayoría de los croatas votaron al Partido Campesino Croata, antes considerado un partido marginal, proporcionándole el poder y la apariencia de un movimiento nacionalista para la unidad y el autogobierno. Como además la Iglesia ortodoxa serbia consiguió sabotear la firma de un concordato con el Vaticano -dejando a la Iglesia católica en un limbo legal-, el clero católico acabó sumándose a la resistencia contra el gobierno serbio.

En 1927 el Partido Campesino Croata y el Partido Democrático Serbio unieron sus fuerzas para conseguir la autonomía de Croacia dentro de Yugoslavia. El Estado serbio respondió asesinando a líderes políticos croatas, aboliendo la Constitución e instaurando una dictadura monárquica. En 1932, la coalición serbocroata respondió negando la legitimidad del parlamento yugoslavo en nombre de la soberanía popular, y en 1939 apoyó una resolución por la que nunca reconocería a un gobierno que no se hiciera cargo del pueblo croata. En ese mismo año, se alcanzó un acuerdo serbocroata por el cual se creaba una Croacia autónoma dentro de Yugoslavia, que -sin presagiar nada bueno para el futuro- iba de un lado a otro de Bosnia. Fue un acto de desesperación por ambas partes, dada la proximidad de la 2ª Guerra Mundial. El periodo de entreguerras había sido la gran prueba del compromiso de Croacia con Yugoslavia. Croacia permaneció leal a ella en gran medida gracias al apoyo de los serbocroatas. En opinión de los líderes croatas, a Yugoslavia no le quedaba otra alternativa que reorganizarse a fin de permitir el autogobierno croata. Pero apenas acababa de crearse esta entidad autónoma croata, cuando todo cambió. En 1941, las tropas italianas y alemanas atacaron Yugoslavia y la borraron del mapa. Esta vez el que volvió a trazar el mapa de la región fue Hitler.

Yugoslavia sufrió muchos de los problemas a los que se habían enfrentado los Habsburgo, de ellos el más importante fue quizá la incapacidad de crear una estructura democrática que reflejase su carácter multinacional. A pesar de esto, los países que integraban la Monarquía habían estado unidos durante muchos años y habían evolucionado juntos bajo un gobierno común, opresivo y desfavorable en ocasiones, benévolo y progresista en otras. Además, el Imperio era mucho más diverso lingüística y culturalmente, mucho más consciente de su propia complejidad, mucho más arraigado en Europa, mucho más urbano y liberal, mucho más avanzado económica y socialmente, mejor ordenado y culturalmente más avanzado que esta Gran Serbia llamada Yugoslavia, compuesta por diferentes partes que se acababan de unir y que se mantenían unidas sobre todo mediante la violencia. Sin embargo, la Monarquía de los Habsburgo tenía un defecto básico: no podía gobernar democráticamente. Esto se puso de manifiesto tras el acuerdo austrohúngaro de 1867, tras el cual el país vivó un periodo tranquilo, a la espera de una gran agitación europea que legar a la historia. Al final, cuando se acababa el siglo XX, quedó claro que Yugoslavia también era irreparable, que tampoco había superado la prueba de la democracia y que como consecuencia ella también desaparecería, a pesar de las muchas ventajas que la vida en común bajo sus auspicios aportó a las naciones que la constituían.

Para facilitar su ocupación, Hitler y Mussolini colaboraron para crear el llamado Estado Independiente de Croacia, que incluía a Croacia y Bosnia-Herzegovina, pero prácticamente la totalidad de la costa fue entregada a Italia. Al no poder encontrar un colaboracionista croata, las fuerzas de ocupación dejaron simbólicamente el gobierno de esta nueva entidad en manos de un grupo de terroristas croatas exiliados (los ustashe) que hasta entonces vivían en Italia bajo la protección de Mussolini, y que al llegar a Zagreb intentaron emular el funcionamiento del régimen fascista italiano. Durante este periodo de guerra y ocupación, rebrotó una nueva rivalidad entre serbios y croatas cuando los ustashe intentaron consolidar su Estado mediante, entre otras cosas, la masacre de la población serbia, al tiempo que sus adversarios de la Gran Serbia, los chetniks, intentaron eliminar a los croatas y a los musulmanes bosnios de lo que ellos consideraban territorio serbio. Pero fueron los judíos yugoslavos las víctimas más importantes de la ocupación nazi.

El Partido Comunista Yugoslavo -en el que los croatas jugaron un papel muy importante- organizó una resistencia armada popular similar a la de los ejércitos de ustashe y chetniks, cuyo éxito se debió en gran medida a su promesa de establecer una federación yugoslava en la que una república autónoma croata estaría en igualdad de condiciones que el resto de los miembros. Esta nueva Yugoslavia federal, nacida de la guerra, se diferenciaba de la que abogaban los croatas dálmatas a comienzos de la 1ª Guerra Mundial en la que se incluía también a Macedonia y a las provincias de Kosovo y Vojvodina. Cuando la guerra acabó, los comunistas, guiados en parte por convicción ideológica y en parte por necesidad práctica, crearon un Estado altamente centralizado gobernado desde Belgrado. Pero se vieron forzados a aflojar el control del Estado y de la economía durante las décadas siguientes.

Durante los años 60 y 70, lo que había sido un control absoluto por parte del partido central y de las instituciones estatales sobre la vida económica y política del país dio paso a un sistema mucho más descentralizado, en el que las repúblicas y las provincias yugoslavas se hicieron más receptivas a las necesidades de sus sociedades y en el que se les concedieron poderes mayores para satisfacer sus demandas. Parece que a finales de los 60 existía una posibilidad de que Yugoslavia, mas que derrumbarse al estilo austrohúngaro, seguiría reformándose dentro de un marco de consenso, no siempre haciendo lo correcto, pero en general tratando de salir adelante hacia un futuro mejor. Las reformas constitucionales que comenzaron en este período sugerían que quizá sería posible. No obstante, todas las esperanzas se acabaron con el golpe político que en 1987 llevó al poder a Slobodan Milošević en Serbia, que eliminó a todos los oponentes del Estado serbio y de los órganos del Partido.

Bajo su mandato, Serbia le declaró la guerra no solo al orden federal existente, sino también a todos lo que eran contrarios a la Gran Serbia que él proponía, que en la práctica significaba al resto de Yugoslavia, con excepción de Montenegro. En 1989, como reacción a lo que sucedía en Serbia en particular y en todo el bloque comunista en general, los partidos comunistas esloveno y croata cambiaron las leyes de sus países para permitir la introducción de una democracia multipartidista. Los croatas se volvieron a dividir entre los que creían que las reformas se tenían que llevar a cabo dentro del marco existente (anteriormente el Imperio Austrohúngaro, ahora Yugoslavia), y los que creían en una actuación independiente y un futuro fuera de dicho marco. En las primeras elecciones parlamentarias celebradas en 1990, el 42% del electorado croata votó por la independencia incondicional. Entre los serbocroatas, el partido pro-Belgrado consiguió menos del 2% de los votos.

En lo que se refiere a extensión territorial y organización, la Croacia que surgió de las guerras yugoslavas difería muy poco de la Croacia que concibieron sus líderes nacionalistas en el año de las revoluciones, 1848. Por los acuerdos alcanzados tras la IIª Guerra Mundial, Croacia perdió una parte de su territorio –lo que en la actualidad es la provincia serbia de Vojvodina-, pero a cambio obtuvo territorios habitados mayoritariamente por croatas que antes de la guerra pertenecían a Hungría e Italia. A pesar de las expectativas del que fuera su primer presidente tras la era comunista, Franjo Tuđman, Croacia nunca recuperó los territorios de Bosnia-Herzegovina. La estabilidad fronteriza ha proporcionado al país estabilidad social y económica. La guerra contra Serbia de 1991-95 -para la que el gobierno de Tuđman no estaba preparado- se ganó gracias a las iniciativas independientes tomadas por miles de croatas, tanto civiles como militares, que se unieron espontáneamente para defender a su país y continuaron los esfuerzos bélicos a pesar de la indecisión de sus gobernantes.

A MODO DE CONCLUSIÓN

La expectativa de entrar a formar parte de la Unión Europea pone fin a una era de casi mil años en la que Croacia ha tenido que elegir entre su identidad mediterránea y su identidad centroeuropea y entre su lealtad “austríaca” y “yugoslava”. Ante la posibilidad de que Albania, el resto de la ex Yugoslavia y Turquía también sean admitidas en un futuro inmediato, Croacia podrá por fin dejar de sentirse como un territorio fronterizo entre Europa occidental y Europa oriental. Es una sensación agradable, aunque la Historia tienda a guardarse un as en la manga.

 N. del T.: Drang nach Osten, o afán de ir hacia el este, hace referencia originalmente a la poderosa expansión colonial de Alemania hacia los territorios eslavos del Báltico.

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