Firouzeh Khosrovani
Periodista iraní y realizadora de documentales. [+ DEL AUTOR]

Censor ciego, censura ciega. La regulación de las costumbres y las artes

En el momento de recopilar material de internet para escribir este artículo sobre la censura, he debido a menudo recurrir a páginas bloqueadas. Este artículo ha sufrido, por tanto, la censura en su propia carne.

Érase una vez un país en el que se practicaban extrañas costumbres, instauradas por órdenes superiores. Las vitrinas de las boutiques evitaban excitar a los varones con los maniquíes, objetos inanimados, cortándoles los pechos para disimular su feminidad. En todos los lugares públicos de aquel país, no ya en las oficinas estatales, sino también en despachos privados, negocios y fábricas, no solo existía la obligación de exhibir las efigies del Guía Supremo y el fundador de aquel extraño orden social, también se exigía dejar siempre abiertas las puertas para permitir el acceso a escrutadoras miradas, encargadas del control de la moral pública. En aquel país restaurantes y locales de esparcimiento tan inquietantes como un salón de té tenían prohibido el uso de cortinas gruesas que dificultasen la vigilancia desde el exterior, así como el de músicas no autorizadas.

Cartel con la imagen de la estrella de fútbol inglés David Beckham en la autopista principal de Modaress

Cartel con la imagen de la estrella de fútbol inglés David Beckham en la autopista principal de Modaress. Teherán, 21 de agosto de 2003. / Abedin Taherkenareh/EFE

No hablamos de un relato de George Orwell: es la realidad vivida.

Érase una vez un país en el que las revistas traídas de más allá de las fronteras, así fueran de carácter científico o artístico, en el caso de contener imágenes de cuerpos femeninos, pasaban a ser consideradas como una amenaza para el orden público. Cuando era factible, las imágenes se eliminaban, y cuando no, se ocultaban con toscas manchas de rotulador negro.

Había una vez un hombre a quien, como responsable de un departamento especializado del Ministerio de la Cultura y la Guía Islámica (abreviado por los habitantes del país como ERSHAD), se había encargado velar por la suavización del cine. El hombre conocía de memoria las mil razones que justificaban o imponían extirpar una palabra o amputar una imagen, y se limitaba a extender la mano, con un gesto mínimo, para indicar la necesidad del corte. Se sabía observado por las imágenes proyectadas sobre la pantalla colocada frente a él, consciente también de que él no podía hacer otro tanto, debido a un simple defecto físico. La imagen lo veía a él, sin ver él la imagen. Estamos hablando de un ciego. No es este ningún relato del realismo mágico escrito por Borges o Cortázar, sino el de un señor triste con barba apellidado Argani.

Desde la época del Sha a nuestros días, se viene publicando casi anualmente un manual de normas para la producción, distribución y proyección de cine

Los comportamientos sociales son regulados en Irán por un organismo especial encargado del control de la moralidad en los lugares públicos, un departamento más de esa especie de Ministerio de la Verdad, instituido en los albores de la Revolución Islámica de 1979 para “imponer la virtud y combatir el vicio”. Un control orwelliano de la moral, un control clemente y misericordioso, ya que todas las reglas que determinan la vida, pública y privada, han de ser acordes a la sharía en su versión chií. Y para hacerlas respetar se hace uso de la intimidación preventiva, se instaura el miedo a acercarse a los márgenes de la ley. Un control obsesivo lleno de aspectos irónicos. Un país en el que todos están obligados a esforzarse por alcanzar el Paraíso.

LA ENFERMEDAD DEL MAL VELO

Las indiscretas formas del cuerpo femenino constituyen en sí todo un problema, y han sido, por tanto, combatidas durante años al ser consideradas una peligrosa molestia para los castos ojos de los fieles a la revolución.

Todos los años, al comenzar la primavera, cuando templan los fríos y se aligeran los atuendos, en Teherán, como en el resto de las ciudades de Irán, se recargan las amonestaciones por faltas de respeto al código islámico de vestimenta. La campaña contra las mal veladas no apunta tan solo al pañuelo que ha de cubrir la cabeza por ley sino, también, a los sobretodos excesivamente transparentes o ajustados, los pantalones que no lleguen hasta el tobillo, los vaqueros rotos que dejen ver las rodillas, las sandalias, el esmalte de uñas o los fijadores de pelo que usan los chicos.

La plaga del mal velo se ha convertido en una seria epidemia. La imposición legal del hiyab, o velo islámico, por el Estado tras la revolución provocó auténtico rechazo por parte de las mujeres no tradicionalistas ni cumplidoras de los preceptos religiosos, que no aceptaban interiorizar esta prescripción del nuevo gobierno. Ellas, que también habían participado masivamente en las protestas revolucionarias contra el Sha, son quienes más han sufrido las consecuencias de la toma del poder y del espacio público por el islam político.

Sin embargo, hoy en día la nueva generación no recuerda ya como propios los fervores revolucionarios ni la santa defensa contra la invasión de la patria por Saddam Husein. Desde el final de la guerra Irán-Iraq (1980-1988), que inflamó las pasiones guerreras y cortó de raíz toda posibilidad de discrepancia interna pacífica, han transcurrido veinte años, y los jóvenes iraníes ya no sienten como suyos los mensajes revolucionarios de aquellos inicios ni las consignas de “imposición de la virtud y lucha contra el vicio”. El sentir común es, más bien, el enunciado por Fatemeh Haqiqatyu, diputada en el parlamento de mayoría reformista, para el que fue elegida como representante del movimiento estudiantil: “Reza Shah no consiguió abolir el velo por la fuerza (antes de la Segunda Guerra Mundial) y, del mismo modo, hoy el clero no puede imponer sus propias convicciones. Finalmente, llegará el momento de respetar el derecho de las mujeres iraníes a elegir su propia vestimenta”.

La novedad de las últimas campañas primaverales es su inicio con una operación policial en nombre de la seguridad pública ciudadana. En las primeras semanas de la campaña, incontables mujeres vieron cómo se les cortaba el paso, se les impartían lecciones no deseadas de moral islámica, y se llevaba a las comisarías diariamente a decenas de ellas. Los agentes, hombres y mujeres, paran los coches con mujeres mal veladas dentro, o con chicos y chicas sospechosos de andar de ligue, o por la contaminación acústica originada por los altos volúmenes de la música (una “polución occidental”).

La presidencia de Jatami aportó mayor apertura social: alegres pañuelos coloridos en los lugares públicos, hombres y mujeres paseando juntos de la mano, conciertos, teatro callejero…

Al iniciar su presidencia en 2005, Mahmud Ahmadineyad había proclamado no albergar intención alguna de intervenir en la vestimenta o el comportamiento de la gente en su vida privada cotidiana. Pero para la auténtica base social de su gobierno, la actual situación de corrupción moral es insoportable. Los ayatolás de Qom (ciudad que es el centro de los estudios teológicos chiíes iraníes) que inspiran al presidente, así como su entorno, se alarman y advierten de la pérdida de los valores por los que se hizo la revolución.

El año pasado, la mayor parte de los diputados del parlamento expresaron su agradecimiento a la policía por estas intervenciones moralizadoras. Los conservadores siempre han acusado a los reformistas por la difusión de la enfermedad del mal velo durante su mandato. En efecto, los ocho años de presidencia de Muhammad Jatami (1997-2005) aportaron mayor apertura social y transformaron las costumbres cotidianas, incluida la vestimenta: alegres pañuelos coloridos en los lugares públicos, hombres y mujeres paseando juntos de la mano, conciertos, multiplicación de cafés y locales, teatro callejero.

Las fuerzas del orden sostienen, lógicamente, que sus acosos se hacen “por el bien de las mujeres” y “para protegerlas de eventuales acosos masculinos”. Mejor salir con vestidos que cubran abundantemente, ya que, según ellos: “la mayor parte de las violencias sexuales se producen contra chicas mal veladas”. “Por vuestra santa seguridad, os arrestamos y os encarcelamos”, parodia desde el extranjero Nikahang Kowsar, periodista disidente.

Las normas de vestimenta tienen un valor simbólico, como si de caer los velos hubiera de caer también el régimen político. Pero, en el fondo, para las mujeres toda esta discusión sobre el derecho a elegir cómo vestirse –o también el derecho a entrar en los estadios deportivos o a fumar en narguile en las teterías– son pequeños detalles cuando “aún, en los tribunales, el testimonio de un solo hombre vale lo que el de dos mujeres”, como hace notar la premio Nobel de la Paz Shirin Ebadi: “para la ley iraní, la mujer cuenta la mitad”.

CINE

Añadamos algunos detalles sobre el paradójico caso del señor Argani. Apenas resulta posible creer que durante tantos años el censor mayor del cine iraní haya sido un ciego. Pero es que Argani es “de los nuestros”, es de “fiar”. Apoyándose en sus sentidos sanos, percibe la más leve inmoralidad susceptible de ser censurada y pregunta a su asistente qué se está viendo. Así, a Argani le bastan sonidos y diálogos para juzgar lo que el público debe o no contemplar. En las oficinas de la Fundación Cinematográfica Farabi, brazo ejecutivo del ERSHAD para el sector cinematográfico fundado en 1983, goza de especial renombre por su inteligencia y sus buenos antecedentes. Conoce al dedillo todas las nuevas tendencias, así como todos los recursos y metáforas cinematográficos puestos en práctica por los directores díscolos para burlar la censura. Hoy en día, es él quien tiene la última palabra en el comité de control de guiones de los seriales televisivos en la radiotelevisión estatal –la única existente–. Su asistente graba la lectura de los guiones, él escucha el archivo y registra su opinión. Una vez emitido su veredicto, no queda lugar para la duda.

Los comportamientos sociales son regulados en Irán por un organismo especial encargado del control de la moralidad en los lugares públicos

Tras la muy temprana introducción del cine en los círculos cortesanos iraníes por el monarca Naseroddin Shah (rey entre 1848 y 1896), las primeras tentativas de establecer un sistema formal de censura cinematográfica se remontan a los años veinte del siglo pasado, cuando los propietarios de las salas de exhibición se vieron sometidos a presiones ejercidas por el clero chií, alarmado por la exposición del público a la inmoralidad occidental y a la abierta sensualidad que se desprendía de las cintas importadas. Pronto estas presiones clericales condujeron a la adjudicación a los municipios de la competencia sobre el establecimiento de reglas y líneas de guía para la censura. A mediados de los años cincuenta, se elaboraron nuevas reglas de ámbito nacional que salvaguardaban de la crítica, por un lado, los fundamentos de la religión y, por otro, el buen nombre de la dinastía Pahlavi. Fueron estas reglas las que fundamentaron la prohibición de la proyección de películas extranjeras consideradas revolucionarias, como La Batalla de Argel de Pontecorvo (1965) o Z de Costa-Gavras (1969), y retocaron partes de otros films de importación. En lo relativo a las obras iraníes, la censura de los años cincuenta y sesenta se interesaba sobre todo por las que criticaban las condiciones sociales y políticas del país.

A principios de la década de los setenta, en conformidad con la política del Sha que ambicionaba acercar la moral social iraní a la de los países occidentales, se observa una mayor permisividad con las escenas de sexo y desnudos, lo que contribuiría a la condena del cine por parte del Ayatolá Jomeini y otras figuras religiosas. El Sha se sentía seguro de su propia gestión y permitía que se produjesen algunas películas en que se trataban algunos temas sociales. El de la pobreza, sin embargo, continuó siendo un asunto muy delicado al contradecir la propaganda de progreso social de la monarquía. Cabe citar en este sentido las muy valiosas obras documentales realizadas en los años sesenta y setenta por Kamran Shirdel, inaceptables por su crudeza en el retrato de las miserias del sur de Teherán e inspirada en el neorrealismo italiano.

Tras la revolución, después de un cierre de tres años de los cines, considerados lugares de pecado y perdición, las nuevas autoridades se propusieron mediante el recién instituido ERSHAD conducir el cine iraní (en realidad toda la cultura) a una “nueva dirección cultural”, hacia los valores del islam. Así, para reorganizar la industria cinematográfica, el Estado creó una serie de instituciones y agencias semi-gubernamentales, entre las que se cuenta la ya mencionada Fundación Farabi. Pero, durante años, la organización fue muy precaria. A título de ejemplo, durante la proyección de películas extranjeras, al aparecer imágenes de escotes, piernas descubiertas o besos, para sustraerlas a la vista, el proyeccionista adoptaba el rudimentario método de colocar manualmente un trozo de cartón delante de la lente. Hoy en día, gracias al desarrollo de software de diseño gráfico, se retoca el pecado con mayor sofisticación, alargando faldas, cerrando botones o prolongando pañuelos.

La propia rigidez de las normas ha llevado al cine de vanguardia a alcanzar dimensiones de abstracción artística que lo han ayudado a obtener un éxito mundial

No fue hasta 1984 cuando las autoridades de la República Islámica redactaron un reglamento que especificara qué cosas estaba permitido mostrar en pantalla, y cuáles estaban prohibidas. Hasta ese momento, habían conservado su vigencia las normas anteriores a la revolución, salvándose de la censura aquellas cintas que mostraban la pobreza del país durante el reinado del defenestrado Sha o la revuelta. Las nuevas normas buscaban obviamente la promoción de la moral islámica y la supresión de motivos que resultasen ofensivos para esta religión. La crítica social era permitida mientras quedara confinada al régimen precedente. Vemos así, compartido por los regímenes prerrevolucionario y postrevolucionario, el interés por suprimir o controlar la discrepancia política y la crítica social. Desde entonces hasta ahora, se viene publicando casi anualmente un manual de normas para la producción, distribución y proyección de cine. El de 1996 es particularmente rico en detalles: las mujeres no pueden aparecer en primer plano, usar maquillaje ni vestir ropas ajustadas o de colores vistosos; los hombres no pueden usar corbata ni camisetas de manga corta salvo que representen personajes negativos. No se permite tampoco la música occidental ni iluminaciones que sugieran intimidad sexual. Las relaciones entre los personajes de distintos sexos deben ajustarse a ciertos cánones islámicos, como si se tratara de personas de carne y hueso presentes en el espacio público: no puede haber contacto físico salvo en el extraordinario caso de que actor y actriz estén tan casados en la realidad como en la ficción. Por supuesto, están proscritas las relaciones extraconyugales, así como los triángulos amorosos en que una mujer se halle entre dos hombres. Para ello, sin embargo, existe el curioso subterfugio de escudarse en la ambigüedad de unas posibles segundas nupcias simultáneas (la poligamia es legal), o bien en un contrato de matrimonio de duración predeterminada, característico del islam.

En 1997, con la elección del reformista Muhammad Jatami a la presidencia, la censura se hace en apariencia menos coercitiva. Sin embargo, en realidad puede observarse una tendencia creciente a la autocensura en la escritura de los guiones, dado el alto costo de producción de las películas y el carácter marcadamente subjetivo y en parte impredecible del proceso de identificación e interpretación de eventuales alusiones políticas o de cualquier otra índole conflictiva, ya que la presencia de elementos problemáticos podría causar una inspección rigurosa de la obra en cuestión, bien en la fase de producción o en la de programación. Así, muchos directores prefieren evitar de cualquier modo temas controvertidos o asuntos sociales sensibles, limitar la presencia femenina en las historias, o privilegiar el empleo de actores niños (piénsese en Kiarostami, Ghobadi o, caso extremo, Mayidi).

Durante todos estos años de República Islámica, varios libros de autores iraníes han sido retirados de las vitrinas de las librerías y seguidamente devueltos a la venta gracias al aperturismo de un nuevo gobierno

De hecho, si un cineasta en Irán quisiese, antes de realizar alguna de sus ideas, prever y sopesar todas las posibles consecuencias de cada uno de los aspectos en juego, la paranoia a la que se vería abocado no le permitiría jamás dar un paso adelante y llevar a cabo su plan original. Paradójicamente, son esas mismas limitaciones y rígidas normas las que han llevado al cine de vanguardia, desarrollado a la sombra del aperturismo de la era Jatami, a alcanzar en ocasiones dimensiones de abstracción artística que lo han ayudado a obtener éxito mundial. Para representar ciertas situaciones e ideas, el cineasta se veía obligado a inventar un código que, en lugar de mostrar claramente las cosas, las diera a entender, creciendo así el poder sugestivo y evocador de las obras. El cine simbólico y minimalista resultante, cine culto de valor apreciable por los intelectuales del país y la crítica y festivales internacionales, pierde, sin embargo, en realismo y fidelidad en el reflejo de la sociedad iraní, con lo que se reduce lamentablemente su impacto en el público popular iraní.

MÚSICA

Una joven adquiere una casete de la banda de rock Queen

Una joven adquiere una casete de la banda de rock Queen, después de que las autoridades iraníes autorizaran la comercialización de la discografía del grupo inglés. Teherán, 24 de agosto de 2004. / Abedin Taherkenareh/EFE

La tradición musical iraní, sin remontarnos a las excavaciones arqueológicas o la mitología, es bien rica desde antiguo, y los músicos actuales siguen enorgulleciéndose de teóricos de la música como Farabi (siglos IX-X). El islam ortodoxo, con su valoración de la sobriedad y la austeridad, consiente por tanto la música siempre que no produzca desviaciones mayores de esos estados de ánimo: euforia, exaltaciones, enajenaciones momentáneas, deseos irrefrenables de bailar… todo ello comúnmente inaceptable, por lo que desde el triunfo de la revolución islámica, son estados psíquicos indeseados, combatidos y perseguidos. Pero, claro está, el carácter de bailable que pueda atribuirse a la música es muy subjetivo: cada persona tiene su propio ritmo, una sensibilidad personal e, incluso, una íntima propensión a entrar en trances dionisiacos. Y, así, resulta muy difícil trasladar la escala de valores islámica a un marco legal sistemático. Difícilmente pueden establecerse indicaciones precisas que permitan distinguir músicas permisibles de otras nocivas.

Esa aversión por la sensualidad llega al extremo de que, durante más de dos décadas, se proscribió mostrar en las pantallas de televisión o cine los instrumentos musicales mientras los intérpretes acariciaban sus formas sinuosas. Siendo la excitación de escasa sofisticación, lo que en la música plantea mayores problemas a quienes se atribuyen la potestad de autorizar o prohibir sonidos, se observan distinciones entre los géneros musicales. Así, apenas generan preocupación la música clásica europea (pese a ser importada del malvado Occidente) o la música tradicional iraní, siempre que no haya solos de vocalistas femeninas o, por supuesto, textos improcedentes. Sin embargo, la aceptación y concesión de licencias de distribución a músicas del género pop y rock ha sido mucho más lenta y gradual, limitándose a casos de cantantes iraníes, los cuales el ERSHAD vigila para que sus letras y carácter no se distancien demasiado de los valores que se quieren fomentar.

La celebración de conciertos se realiza en condiciones muy estrictas, imponiéndose en todo momento una compostura exagerada, con el público siempre sentado y sin causar revuelos que pudieran resultar incontrolables. Los permisos concedidos son además muy escasos en proporción al gran número de músicos, para los que, pese al gran interés existente entre la población por la tradición musical nacional, es prácticamente imposible sobrevivir como profesionales de este arte si no es impartiendo clases privadas. La radio estatal (la única existente) difunde música culta iraní, himnos revolucionarios, poesía con fondos musicales y pop iraní del autorizado pero, también, pop y rock occidentales; eso sí, siempre reinterpretado en los estudios del país, y sin voz. Es corriente escuchar melodías de Pink Floyd, Phil Collins, los Gypsy Kings o bandas sonoras de películas extranjeras… Durante los sombríos años de la guerra, en que eran más evidentes la represión y los fervores religiosos revolucionarios, la persecución de la música fue extrema: frecuentemente las milicias paraban a los coches y se incautaban de cuanta casete allí hubiera y se requisaban instrumentos de música occidentales.

Durante los años del reformismo, la apertura social, extendida también al campo de la música, favoreció una mayor tolerancia, concediendo una tímida libertad. Desde entonces, ya no hay miedo cuando al bajar la ventanilla del coche una euforia de sonido inunda el espacio público. La radio y la televisión iraníes transmitían una gama más amplia de músicas, habiendo aceptado que no puede impedirse por completo a los jóvenes iraníes escuchar la música que gusta a los de su edad en el resto del planeta. Así, poco a poco, los jóvenes deseosos de ponerse en sintonía con las tendencias mundiales y de distanciarse respecto a la tradición y los modelos impuestos por el Estado han dado nacimiento a un número creciente de pequeños grupos musicales, que practican su música en la clandestinidad de los sótanos particulares. Algunos de ellos han logrado salir del anonimato y la estricta privacidad gracias a la tolerancia desarrollada y, después, a la multiplicación de los medios de comunicación y a la generalización de los deseos de cambio en las nuevas generaciones. Otro de los fenómenos aparecidos en los años de Jatami fue el de los conciertos para audiencias en exclusiva femeninas, que permiten a las artistas desarrollar su arte no solo como instrumentistas o coristas, sino también como cantantes de solos, posibilidad vedada en el caso de haber oídos masculinos (siempre tan lascivos) al alcance de sus voces. En tal espacio, todos son mujeres: público, músicos y personal de la sala en cuestión.

El programa de refuerzo de la ideología islamista de los inicios de la revolución con el que Ahmadineyad llegó a la presidencia era tan reaccionario que, en un principio, el nuevo gobierno se proponía rescatar una vieja prohibición de los tiempos de Jomeini para impedir la emisión de música occidental en los canales públicos (todos), entendiendo por occidental el pop, la música de baile y otras músicas “satánicas”. De modo que, en la actualidad, las bandas de pop iraníes se han convertido en objetivo de los ultraconservadores, que acusan a sus predecesores reformistas de haber permitido a los jóvenes músicos salir al espacio público desde los sótanos de sus casas en el norte de Teherán (donde se hallan los barrios acomodados).

Aún así, en el actual ambiente de temor difuso y creciente, la música occidental, las películas proscritas y las ropas de estilo occidental siguen inundando el mercado negro y las calles de las grandes ciudades; y en los taxis colectivos, medio habitual de locomoción en Irán, se escucha todo tipo de música, a menudo la de cantantes prohibidos residentes en Los Ángeles desde la revolución, o incluso la emisora estadounidense en persa Radio Farda (Radio del Mañana), aunque en este caso, lógicamente, a un volumen más moderado.

EL LIBRO

Son muchos los libros que contribuyeron en los años setenta a la toma de conciencia de las desigualdades y los atropellos corrientes bajo la monarquía Pahlavi, al desarrollo del espíritu revolucionario y, finalmente, a la eclosión de la revolución. Una de las figuras intelectuales que más influyeron a toda la generación de aquellos años con su innovación en la lectura del islam fue el sociólogo formado en la Sorbona Ali Shariati, cuyos ensayos, publicados clandestinamente, corrían bajo cuerda de mano en mano desde los inicios de la década. Tras la victoria de la revolución se produjo una primavera de libertad, durante la cual se publicaron sus obras, así como las de otros escritores prohibidos. Hasta que con la aparición de luchas internas entre las distintas tendencias revolucionarias y el triunfo del clero más reaccionario, muchos de aquellos textos fueron retirados de las librerías, tachados de heterodoxia modernista y de imperdonable izquierdismo. Destino parecido es el sufrido por los cuentos para adolescentes de alegoría política escritos por el autor comunista Samad Behrangi, que denunciaban el lado oscuro de los esplendores y fastos imperiales del Sha.

Durante todos estos años de República Islámica, varios libros de autores iraníes han sido retirados de las vitrinas de las librerías a causa de nuevas políticas culturales dictadas por el ERSHAD y, seguidamente, devueltos a la venta gracias al aperturismo de un nuevo gobierno. Las obras de ciertos autores, o ciertos argumentos, pueden de modo temporal atraer exigencias represivas y suscitar incomodidades en función de la susceptibilidad del gobierno de turno; como es el caso de los escritores mencionados, que hoy se exponen de nuevo al público, si bien sometidos a una cierta censura. Otros escritores, coetáneos con la República Islámica como eran el prosista Hushang Golshiri o el poeta Ahmad Shamlu, no aceptan las modificaciones exigidas por el ERSHAD y algunas de sus obras no llegan a publicarse. Quienes abandonaron este mundo antes de la revolución no tienen esa opción, y sus libros se venden en versión censurada, como es el caso de autores tan antiguos como los impúdicos satíricos Irach Mirza (siglo XIX), Obeyd Zakani (siglo XIV) o el archiclásico Saadi (siglo XIII).

Bajo el gobierno reformista de Jatami, la apertura social y el desarrollo general de la cultura se extendieron también al ámbito del libro, con lo que aumentó el número de publicaciones que pasaban con éxito la prueba de las inspecciones del ERSHAD. Pero con la llegada al gobierno de Ahmadineyad se ha experimentado un regreso a los principios revolucionarios y a un control obsesivo en defensa de la moral y la virtud islámicas.

En los casos de libros de contenido explícitamente provocativo, que puedan ofender la moral pública o difundir la libertad de expresión de deseos pecaminosos (ya se trate de títulos escritos en Irán o de traducciones de lenguas extranjeras), la opción de prohibir la obra parece clara para los censores. Sin embargo, los libros de ensayo abren un campo de argumentación difícilmente accesible al inspector medio, creando graves quebraderos de cabeza en las oficinas dedicadas a esta labor. “Ciertos libros poseen una complicación particular”, como expone un secretario de cultura del ERSHAD, interrogado sobre la razón de la lentitud en la concesión de permisos de publicación. “Tal vez la persona que los examina, en un principio, no tenga la certidumbre de que el libro pueda ser autorizado. Lógicamente, el libro debe pasar a un segundo inspector y, después, al jefe de grupo y, luego, a la comisión de supervisión. (…) Es que hay algunos que buscan crear problemas. Estos individuos, viendo la situación en la que nos encontramos, inyectan libros complicados en el sistema para ralentizar nuestro trabajo”.

Mientras la música clásica europea apenas genera preocupación, la concesión de licencias de distribución a la música pop y al rock ha sido mucho más lenta y gradual

¿Serán los malvados escritores quienes ralentizan a sabiendas el proceso de obtención de permisos? Durante el primer año de gobierno de Ahmadineyad se publicó en Irán la traducción persa de la Memoria de mis putas tristes, de García Márquez (camuflado bajo el título más púdico de Memoria de mis tristes cautivadoras). Con una tirada de 5.500 ejemplares (relativamente alta para el mercado iraní), el libro se vendió como rosquillas. Pero cuando el editor, tras saltar el escándalo a resultas de la denuncia de algún elemento puritano, quiso reimprimirlo, se le impidió hacerlo y se desencadenó un notable recrudecimiento de la censura de la literatura de ficción. Mientras que en los años precedentes cuando un libro recibía el níhil óbstat del ERSHAD podía después ser reeditado sin necesidad de pasar nuevos exámenes, ahora, tras un cambio legislativo introducido por el gobierno actual, cada nueva edición ha de ser sometida otra vez a paciente escrutinio. Tal vez sea entonces el premio Nobel colombiano el culpable de las lentitudes ministeriales.

BEBIDAS IMPURAS

En la poesía clásica persa el vino acompaña al amante en espléndidas noches de amor, tal y como refleja la poesía de Hafez, Rumi y Jayyam. La ebriedad causada por el vino se asemeja a la ebriedad alcanzada en el amor a Dios. En la embriaguez a la que cantan los poetas persas clásicos pueden distinguirse dos tipos: la metafórica de quien busca a Dios en la oración y la carnal del bebedor de vino, preparado clandestinamente en un sótano (hoy también en las bañeras de las casas).

Beber vino es para los musulmanes iraníes pecado, y su castigo es el látigo: 80 azotes. En Irán, la producción y venta de alcoholes están prohibidas, aunque se consiente el consumo y elaboración restringida a las minorías no musulmanas: el 1% de la población iraní que forman cristianos, zoroastrianos y judíos. Pero buena parte de la población teóricamente musulmana también consume este tipo de productos pese a las prohibiciones, tal y como refleja la incautación el año pasado de cuatro millones de litros de alcohol por las fuerzas del orden. Existe un mercado negro, igual que lo hay para otros tipos de estupefacientes, en buena medida controlado por los cristianos de etnia armenia, quienes son de entre las distintas minorías religiosas iraníes, los más diestros en la elaboración de vino y aguardiente casero.

La elaboración doméstica e incontrolada de alcohol puede, obviamente, acarrear daños y llegar incluso a causar la ceguera o la muerte. Pero en la esfera pública no se suele hablar abiertamente de este peligro y oficialmente se hace caso omiso del fenómeno, lo que ha favorecido una gran afluencia clandestina, y por tanto incontrolable, de bebidas alcohólicas adulteradas en el mercado negro. Solo recientemente se puede observar un tratamiento en los periódicos de las consecuencias del consumo de alcohol de contrabando. Acaso las autoridades han comprendido la peligrosidad del silencio guardado sobre este grave riesgo. Peligro que incrementa esa ciega resistencia a admitir que en la República Islámica abundan las bebidas impuras.

No se sabe cuántas personas han perdido la vida o la vista en los últimos años por ingestión de alcohol adulterado. Los bidones de plástico de cuatro litros de aguardiente casero son el formato más corriente en que se adquiere el alcohol, pero en el mercado negro se venden, por supuesto, numerosos tipos de bebidas importadas de contrabando: vino, vodka, whisky, etc. Lo más económico son, sin embargo, las pequeñas botellitas distribuidas en las farmacias, cuyo contenido ha de diluirse antes del consumo en cuatro partes de agua por parte de alcohol. Recientemente, las cifras de la demanda de etanol proporcionadas por el Ministerio de Sanidad apuntaban a un consumo bien superior al esperable para un uso farmacéutico e higiénico. Tras la publicación de tales datos, las autoridades se vieron obligadas a tratar de impedir estos usos impropios. “Pese a que, para controlar la producción y el consumo ilícito de alcohol de trigo, el Ministerio de Sanidad ha obligado a las fábricas farmacéuticas estatales a agregar una sustancia amargante, tal iniciativa no ha contribuido a reducir la demanda”, sostiene el director de una sección de estudios sociales de la policía antes de acusar a las fábricas privadas de añadir ahora, en contrapartida, “varios aromas y esencias adicionales”.

El espacio privado de los no practicantes da lugar a ambientes en apariencia completamente desconectados de la realidad externa del país, microcosmos en los que se unen todas las transgresiones en un apogeo de música de baile, compañía de hombres y mujeres danzando juntos, con la adrenalina y el alcohol actuando como elemento integrador de los compañeros de fiestas desatadas tras la protección insegura de puertas y gruesas cortinas. La ley islámica en vigor prohíbe toda fiesta en que participen personas de ambos sexos, salvo en caso de que las mujeres se mantengan totalmente cubiertas de pies a cabeza. Prohíbe también, naturalmente, el consumo de alcohol y el baile. En realidad, las fiestas de este tipo son muy frecuentes en las casas privadas y las temibles y onerosas irrupciones de las milicias islamistas, frecuentes hace años, son hoy en día acontecimientos excepcionales.

ACCESO DENEGADO

La constante visualización de la frase “El acceso a esta página no está autorizado” o de otras similares sobre la pantalla durante la navegación por internet no constituye sorpresa alguna. El escrito, sin embargo, no aparece solo cuando se visitan páginas pornográficas (o no lo bastante púdicas) o lugares de disidencia política.

En 2007, el gobierno iraní, en la aplicación de un plan de normalización de las páginas web del país, encargó al ERSHAD que se asegurase de que todas las páginas quedaran inscritas en un registro, de modo que quedasen sometidas a control y pudiera obligarse a sus responsables a rendir cuentas de lo publicado sin respetar los límites establecidos. Como era de esperar, salvo las páginas aceptables para las autoridades, ninguna otra se dignó prestar atención a este trámite. La velocidad de acceso a internet está regulada por los servicios secretos, dotados de un ministerio autónomo que establece el límite máximo consentido de acceso a 128 Kb, creando graves problemas, en especial a los investigadores académicos en sus intercambios de información con el resto del mundo. Tal vez una velocidad excesiva en este dominio pueda ser considerada como un problema de seguridad nacional.

De acuerdo con los datos suministrados por el propio ente encargado de purificar el mundo virtual, las páginas web bloqueadas de modo oficial se cuentan por millones: el 30% del total. Aparte del porno, esto afecta muy en particular a los blogs en persa, a los que contienen palabras subversivas como “sexo” o “teta” o, incluso, el nombre de la dinastía Pahlavi, derrocada por la revolución y aún deseosa de hallar la oportunidad de regresar al trono. Hay cerrados sitios tan populares a nivel internacional como las redes sociales de Orkut o Facebook y también, parcialmente, Youtube. Es notable el ensañamiento censor sobre las páginas dedicadas a los derechos humanos y los sitios web feministas. Pero Irán es un país joven, en el que el 70% de la población tiene menos de 30 años y donde, salvo raras excepciones, la Red es el único modo de explorar el mundo. En los últimos años, tras la clausura por orden judicial de decenas de diarios en papel y la de centenares de revistas, muchos escritores y periodistas iraníes han decidido emigrar a internet y exiliarse en su blog personal. Para garantizar el derecho al acceso a internet se fundan en Irán asociaciones dedicadas a combatir las barreras represivas mediante la creación o distribución de direcciones de camuflaje o de programas específicos con los que burlar la censura, estos últimos muy a menudo diseñados para condiciones análogas en China.

El gobierno ha previsto severísimas penas para los proveedores de acceso a internet que no se muestren lo suficientemente celosos en la aplicación de los bloqueos decididos por la autoridad judicial. Aún así, entre los varios proveedores existentes en el mercado se advierten distintos niveles de diligencia en el filtraje de los sitios disponibles, prefiriendo algunos una mayor satisfacción del cliente, arriesgando la clausura por orden gubernativa. Reporteros Sin Fronteras ha inscrito a la República Islámica en la lista de los peores “enemigos de internet”, colocándola en los primeros puestos junto a Cuba y China.

ESTATUAS ROTAS

Una imagen clásica del arte figurativo iraní es la miniatura del hombre o mujer, fastuosamente revestidos de seda, tendidos sobre una magnífica alfombra, en un jardín florido, y en la mano un instrumento musical o una copa de vino. Todos estos elementos (salvo la alfombra y el jardín) son hoy consideradas imágenes de transgresión pecaminosa, en especial el cuerpo de la mujer, fuente de deseos inmorales.

El espíritu libre del arte choca con las reglas que lo limitan. La pintura figurativa, desde el momento en que representa el cuerpo femenino, aunque sea de manera abstracta, deforme o grotesca, no puede exhibirse en los museos o galerías. El destino de la escultura es aún peor, por cuanto la añadidura de la tercera dimensión la acerca a la realidad y puede inducir al placer de tocar las curvas y volúmenes del cuerpo. En los inicios de la revolución, la escultura era considerada como un arte prohibido y, por tanto, se eliminó de las facultades de Bellas Artes. Después de varios años, regresó a su lugar entre las disciplinas impartidas en la universidad y, hoy en día, las estatuas de efigie humana hallan su lugar en el espacio público y en las plazas, a condición de quedar incompletas, mutiladas o rotas por alguna parte. Con el aumento de las restricciones del gobierno de Ahmadineyad, ahora las galerías de arte están obligadas, antes de cualquier exposición, a mostrar todas las obras y recibir el visto bueno del departamento especializado del ERSHAD, que supervisa los temas y estilos de ejecución artística con la idea de impedir la difusión de la banalidad (frecuentemente occidental) en la expresión creativa. Por otra parte, se multiplican las galerías y los artistas que, a pesar de todas las dificultades, continúan creando arte. Tal vez sea en los modos de esquivar la censura donde se halle su máximo arte.

ESTADIOS UNISEX

Seguidores de la selección nacional iraní celebran la victoria de su equipo en la fase de clasificación para el Mundial de Fútbol de Alemania 2006

Seguidores de la selección nacional iraní celebran la victoria de su equipo en la fase de clasificación para el Mundial de Fútbol de Alemania 2006. Teherán, 13 de octubre de 2004. / Abedin Taherkenareh/EFE

Fue mucha la oposición suscitada por el presidente Ahmadineyad entre los grandes ayatolás de Qom cuando anunció su loable intención de abrir por primera vez tras la revolución los estadios de fútbol al público femenino. El clero y los diputados ultraconservadores protestaron estruendosamente contra la presencia de mujeres en los lugares deportivos, hasta ese momento reservados a varones por lo general poco dados a la etiqueta. Las críticas del clero se apoyan en la tesis de que esta libertad es incompatible con las leyes islámicas de la sharía, y los ulemas dictan nuevas fetuas para proscribir la mezcla de los sexos en los estadios. En la retransmisión directa de los Mundiales de Fútbol se introduce siempre un desfase que va desde unos segundos hasta un minuto, el tiempo necesario para poder impedir la visión de un público femenino eventualmente demasiado escotado o con las piernas descubiertas. Las imágenes de las mujeres iraníes que acuden en el extranjero a los estadios con los colores de su bandera pintados sobre el rostro o envueltas en la tricolor nacional son también fulminantemente censuradas por la televisión iraní. Por su parte, el director de seguridad del Instituto de Educación Física aduce que “en la estructura de los estadios de fútbol no se han previsto entradas separadas para hombres y mujeres, ni se ha tenido en cuenta la necesidad de servicios diferenciados y aún menos un puesto reservado para las mujeres en las gradas, por lo que llevará algo de tiempo poder llevar a cabo estas modificaciones”.

La historia de las muchachas que se introducen en los estadios disfrazadas de hombre y su deseo de presenciar los partidos de fútbol de cerca fue el tema del último film de Yafar Panahi, Offside (2006), premiado en el Festival de Berlín. El desenlace de la película llega a ser conmovedor, con las chicas de fiesta por las calles, al fin libres gracias a la euforia general por la victoria del equipo nacional: una celebración por encima de barreras ideológicas y de estratificación social, que festejan tanto los basij (la milicia islámica) como los hijos de papá de los barrios altos de Teherán.

Queda el hecho de que, treinta años después de la revolución, la República Islámica no admite su propio fracaso en materia de la educación religiosa de los jóvenes. Cada día aumentan las prohibiciones, el bloqueo de páginas de internet, las incautaciones periódicas de las parabólicas disimuladas en las azoteas y la difusión (ya sistemática) de interferencias para dificultar la generalizada recepción de los canales vía satélite, en especial los que emiten en persa los disidentes iraníes desde Estados Unidos. Una mayoría de la población joven no se reconoce ya en la religión del Estado, insatisfacción que en un contexto de dificultades económicas puede muy bien, y a pesar de lo escaldados que están los iraníes por su experiencia revolucionaria, desembocar en disturbios y revueltas de desenlace incierto. ¿Lo tendrá el Estado en cuenta?

Traducido por Manuel Llinás Aguilera

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