Buket Uzuner
Escritora, autora, entre otras, de la obra “Gentes de Estambul”. [+ DEL AUTOR]

Blues de Estambul

“Los extranjeros la llaman Haliç, ‘el Cuerno de Oro’. Estambul es la única ciudad con un cuerno de oro”. Eso decía ella. Ni una palabra más, ni una palabra menos. Y lo decía a menudo. Entonces su soñadora mirada se perdía muy, muy lejos. Yo no sabía si añoraba los amores de su infancia en Estambul, o si lamentaba otras oportunidades perdidas. En cualquier caso, yo era demasiado joven para saber que el amor, ya sea vivido o imaginado, se va difuminando tras el velo del tiempo.

Buket Uzuner en su despacho

Buket Uzuner en su despacho.
Estambul, Turquía, 25 de noviembre de 2010. / Andrés Mourenza /EFE

“¡La única ciudad del mundo con un cuerno de oro!”

Cada vez que la oía pronunciar estas palabras, una puerta se abría ante mí revelándome la enorme y oscura figura de un toro. No podía saber entonces por qué la palabra “cuerno” me recordaba a un toro, y no a un ciervo o a un buey. Pero cada vez que oía o imaginaba la frase “ciudad del cuerno de oro”, este enorme y embravecido toro cargaba contra mí. ¡Y con qué ferocidad! Galopaba hacia adelante, empeñado en destruirme: ¡en hacerme desaparecer! Me asustaba. Aún peor, me aterrorizaba. Se me aflojaban las rodillas y empezaba a temblar. Estaba aterrada. Pero a pesar de mi pavor, siempre me fijaba en la juventud y la belleza del toro. Entonces cerraba los ojos y me preparaba para recibir la carga del toro. El miedo me clavaba al suelo. Y aún así me cautivaba la sensación de fuerza y vitalidad del toro, la salud y exuberancia que irradiaba. Mi sobrecogimiento se fundía con mi creciente pánico hasta crear un sentimiento de inferioridad. Al combinarse, estas dos fuertes emociones provocaban una forma de servidumbre voluntaria, el peligro de la adicción y la languidez de la hipnosis.

El toro nunca atacaba. Por algún milagro siempre se detenía cuando estaba a punto de alcanzarme. Cuando volvía a abrir los ojos para encontrarme cara a cara con el toro nos mirábamos totalmente sorprendidos. Porque los dos nos dábamos cuenta de que él tenía un defecto, un defecto que, por la gracia divina, se había transformado en una belleza increíble. Al toro le faltaba un cuerno. En el centro de su frente, el toro lucía un único cuerno que brillaba hacia el cielo. ¡Era el único toro con un cuerno de oro! ¡Era una leyenda! ¡Por fin era una leyenda! Cuando lograba arrancar mi mirada del cuerno de oro que se extendía hacia las vistas panorámicas de Estambul, me encontraba con sus tristes y afligidos ojos. Sus dulces ojos marrones, en absoluto contraste con su cuerpo fuerte, enorme y viril, se volcaban tiernamente sobre mí. Esa fue la primera vez que experimenté la armonía estética de los contrarios, aunque iba en contra de mis conocimientos convencionales. Me bañaba una extraña luz, y sentí que una dicha desconocida recorría mi cuerpo.

Era demasiado inexperta aún para saber que la pobreza emocional era un producto de la arrogancia y la artificialidad, y que el placer de hacer el amor yace en su apasionada intimidad y franqueza

Una vez recuperada del miedo, observaba el cuerno de oro con admiración, mientras que él, sabiendo que era diferente de los demás toros, esperaba con pesar, aunque también con la fuerza de la aceptación. Ese dolorosísimo, triste y solitario momento de aceptación. Fue con ese mítico toro con el que yo aprendí la dificultad y el dolor de la aceptación. Fui testigo de ese momento con mis propios ojos. ¿Cuántas personas pueden decir que han contemplado personalmente un momento de aceptación? Dedicamos tantos laboriosos esfuerzos a ocultarnos a nosotros mismos nuestros propios momentos… Bueno, yo siempre supe que era un toro diferente. Era especial, solitario y luminoso. Había nacido como símbolo de poder, exuberancia, furia y agresividad, pero su mítico defecto daba a su mirada un pesar afectuoso. Él era Estambul: el Toro de Estambul. Fue también por entonces cuando me tropecé por primera vez con la agonía de los sentimientos contradictorios. Admiración y lástima. La lástima huele a vinagre; la admiración a vainilla. Hasta ahora siempre me han desagradado el vinagre y las corridas de toros. En cuanto a la vainilla: cualquier cosa que tenga vainilla me hechiza, me seduce y me cautiva instantáneamente.

“La única ciudad atravesada por un mar”, decía. Con la mirada soñadora y la voz llena de poesía, se perdía en sus pensamientos. Estambul es la única ciudad del mundo a la que atraviesa un mar. Díos mío, ¿cómo debe ser eso? ¿Cómo me sentiría si me atravesara un mar?

Me recordaba a Deniz. Deniz, montando en bici, jugando al fútbol, cantando. Deniz, que te emocionaba con su absoluta falta de timidez. Deniz, hermosamente absorto con cada ocupación. Yo aún no estaba familiarizada con la artificialidad de aquellos que son terminalmente conscientes de sí mismos, ni con la sinceridad de aquellos que se quedan completamente absortos con sus ocupaciones. También era demasiado inexperta aún para saber que la pobreza emocional era un producto de la arrogancia y la artificialidad, y que el placer de hacer el amor yace en su apasionada intimidad y franqueza. O se podría decir que aún tenía un largo camino por recorrer antes de poder descubrir mis propios placeres y verdades. Solo sabía que Deniz era mi mejor amigo, y que me encantaba jugar con él, como a él le encantaba jugar conmigo. Inmensamente.

Estambul tenía la amplitud de imaginación y la inmensidad de corazón necesarias para embriagarte de sentimiento, para hacerte flotar por encima del suelo de dicha

Tenía tanta curiosidad por conocer la sensación de ser atravesada por un río que inmediatamente pensé en Deniz, a quien le habían puesto ese nombre por ese tipo de masa de agua. Deniz era un niño imprevisible, activo e inconstante. Era volátil. Era tan volátil como indomable. Como odiaba a los peluqueros, su fino pelo castaño le crecía hasta los hombros en verano. Ni su madre ni su padre consiguieron nunca arrastrarlo hasta una peluquería. Así que yo me imaginaba a Deniz tan volátil como el mercurio, pero hecho por completo de su pelo. Lo imaginaba con facilidad y muy a menudo. Soñaba incesantemente con él. Deniz, hecho de su largo y fino cabello, entraba por mi boca y fluía por mí. “¡Hurra! Deniz está atravesándome, ¡ahora soy Estambul!”. Pensaba entonces. Sentía un cosquilleo en la garganta y una sensación extraña en el estómago, pero aún así me gustaba. Pero Deniz no se portaba bien. Si le apetecía se dispersaba por todo mi cuerpo, viajaba hasta mis lacrimales y me rascaba ahí. Me hacía llorar inexplicablemente. Cuando Deniz zigzagueaba hacia mis orejas me mareaba y notaba un pitido. Si se quedaba demasiado tiempo en el oído interno también empezaba a sentirme mareada y enferma. Deniz se escurría hacia mis axilas. Me hacía cosquillas. Y yo de repente empezaba a resoplar y a reírme a carcajadas. Deniz sabía que era fácil hacerme cosquillas, Deniz me conocía bien. Justo cuando llegaba a la risa delirante, Deniz se dirigía a mi nariz. Sentía un picor y estornudaba. ¡Achís! ¡Salud! Éramos jóvenes, Deniz y yo, éramos lo suficientemente jóvenes como para creer todos mis sueños, pero aún así sentía vértigo, un desfallecimiento cuando pasaba por mi entrepierna, aún así, yo…

Fue entonces cuando lo supe. Supe por qué en la única ciudad diseccionada por el mar podría ocurrir cualquier cosa en cualquier momento. Estambul podía de pronto alzar la cabeza y rugir, podía estornudar y dispersar placeres sensuales por todo tu cuerpo. Estambul poseía una furia lo suficientemente poderosa como para aplastar y hacer desaparecer a una persona. Estambul tenía la amplitud de imaginación y la inmensidad de corazón necesarias para embriagarte de sentimiento, para hacerte flotar por encima del suelo de dicha. Porque el mar atravesaba Estambul.

Deniz no se parecía a nadie. Tras su tranquilo y dulce exterior, Deniz era hiperactivo, desafiante y testarudo. Entonces, ¿cómo podía una ciudad cortada por el mar mantenerse mesurada e impasible? ¿Cómo podía permanecer reservada y tranquila? Deniz era impredecible, incomprensible; y ahí residía el origen de su belleza. Me encantaba jugar con él, como a él le encantaba jugar conmigo. Enormemente.

Curiosamente yo entonces no vivía en esa ciudad del Cuerno de Oro, la ciudad diseccionada por el mar. Era mi madre la que me transmitía, con su mirada soñadora y una voz persistente, la ciudad de su infancia. Después de casarse con mi padre, que era originario de Ankara, se estableció para criarme en la ciudad natal de mi padre. Pero sus sueños y su espíritu se habían quedado en Estambul. Mi padre había crecido sintiéndose orgulloso de haber nacido en Ankara y defendía valientemente a su Ankara, que no estaba diseccionada por un mar y que no poseía ningún Cuerno de Oro, frente a mi madre en su frecuente Batalla de las Ciudades. “Si no fuera por Ankara tendrías que sacarte el pasaporte para visitar tu queridísima Estambul”, decía mi padre. La voz de mi padre no trasmitía languidez ni silencioso respeto. Su voz era profunda, segura y resuelta. Ningún mar se había abierto camino a través de su corazón. Yo lo entendía. Ankara y Estambul tenían voces diferentes, pero ambas eran tan cercanas y necesarias para mí como mi madre y mi padre. Yo lo entendía. Estambul tenía una mitad en Asia y la otra en Europa. Las voces de mi madre y de mi padre eran muy diferentes. Yo lo entendía.

“Pero siempre quisiste irte, visitar tierras lejanas”, dijo él.

Por fin había aprendido la diferencia entre el amor real y el imaginado, entre los regustos que deja el amor y la separación. Había aprendido cuándo la ira y el dolor podían apuñalar a una persona. Había crecido. Había sangrado y había sido inmolada en manos de la decepción y la traición; yo había defraudado y herido a otros sin querer, aunque nunca los había traicionado. Hasta entonces. Había madurado. Aún sentía aversión por el vinagre y las corridas de toros, aún me encantaba todo lo que tuviera vainilla, y a menudo pensaba en mi infancia con Deniz.

Estambul era demasiado frenética, desordenada, agresiva, iracunda y vieja. Lo que entonces me parecía exótico era lo ordenado, limpio, tranquilo y joven

“Sí, es verdad”, contesté yo. “Cuando eres joven crees sinceramente que puedes encontrar la perfección, lo inmejorable, o al menos la compenetración. Buscas algo diferente, al otro. Buscas por todas partes, siguiendo pistas, indicios y rastros. Durante muchos años yo pensaba que ‘existía la perfección, debía existir en algún sitio’. Te lo juro, pensaba que era posible”. Mi voz no era fría ni amarga. Mi voz era madura.

“Siempre eras tú la que te ibas, la que tenías que seguir buscando, la que no estaba satisfecha. Te enviaste a ti misma al exilio. Y ahora has vuelto a Estambul y vienes a verme como si nada de esto hubiera ocurrido, como si nunca te hubieras ido, y como si al irte no te hubieras llevado nada. Estás siendo injusta. Eres injusta”.

“Estambul era demasiado oriental entonces, y yo era demasiado occidental. Estambul era demasiado frenética, desordenada, agresiva, iracunda y vieja. Lo que entonces me parecía exótico era lo ordenado, limpio, tranquilo y joven. Estambul era morena, y como es natural eran los rubios los me parecían exóticos. Huí de Estambul. Me daba miedo su poder destructivo, me temblaban las rodillas ante su poderío. Cambié el raki por el vino, menospreciaba nuestros vasos de té con forma de tulipán y en su lugar utilizaba tazas, yo era demasiado buena para comer simits, así que comía bagels, cruasanes y pasteles. Solo tenía diecinueve años”, dije yo.

“Los dos teníamos diecinueve años”, me corrigió él.
“Diecinueve”, repetí yo.
“¿Realmente tenías que irte?”, me preguntó.
Su voz no sonaba enfadada ni acusadora. Tampoco revelaba resentimiento ni venganza. Su voz transmitía el deseo de entender. Oír su deseo me dio esperanzas.
“Tenía que irme para poder volver y comprender. Algunos necesitamos irnos”, dije.
Él suspiró.
Yo también.

Todos los veranos, sin falta, mi madre llevaba a la familia a Estambul. Durante nuestra estancia ella agotaba todas sus capacidades intentando enseñarnos a los tres su ciudad. Trabajaba sin descanso, como una guía turística que se arriesga a perderlo todo si no consigue enamorarnos de la ciudad. Era como si el mundo pudiera dejar de girar si no veíamos, observábamos y amábamos su Estambul. Y me pregunto ¿por qué se esforzaba tanto mi madre?

Vestía elegantes vestidos de color claro con mangas ajustadas que se hacía ella misma. Se ponía gafas de sol de montura blanca con los extremos hacia arriba. Llevaba tacones blancos estilo Capri de marca nacional. Ni sus zapatos ni su ropa eran caros, pero ella siempre estaba arreglada y elegante con ellos. Me gusta recordar a mi madre con esta ropa, sonriendo con alegría en el ferry de la ciudad, bebiendo té en un vaso con forma de tulipán.

“Han diluido bicarbonato en este té y tiene un sabor horrible, pero siempre me pido uno sólo por tradición”, decía. Cada vez que subíamos al ferry nos hablaba de la Torre de la Doncella. Se olvidaba de lo que la rodeaba e, imaginando que estábamos solos, levantaba la voz para hablarnos de la Torre de la Doncella.

Mi padre escuchaba junto a los demás pasajeros de cubierta, cuidando de mantener la compostura, ignorar el té diluido y ocultar lo orgulloso que estaba de ella. (Yo sabía que mi padre estaba orgulloso de mi madre, pero ella no lo sabía. Las mujeres no saben lo que no se les dice, los niños simplemente comprenden). Mi padre estaba allí, junto a nosotras, mi padre estaba con nosotras pero mi madre estaba dividida por el mar. Esta es la razón por la que era feliz en Estambul. No había nada que le gustara más a mi madre que Estambul, ni los festivales religiosos con los deliciosos pastelitos de Ankara, ni las cenas familiares para las que la abuela cocinaba su famoso estofado de Ankara, ni nuestras frecuentes visitas al mausoleo de Atatürk, impulsadas por su devoto nacionalismo, ni nuestras visitas al zoo, donde veíamos a Mohini, el elefante indio… Si había algo que la complaciera tanto como Estambul, yo no sabía de su existencia.

Luché durante años por liberarme de todas mis cadenas culturales, económicas y políticas, por liberarme de poseer o de ser poseída

“La Torre de la Doncella”, recitaba, con la mirada soñadora y una voz jadeante. “Es uno de los faros más antiguos de los que se conozca su historia. Se dice que fue construido antes de la época del profeta Jesús. No es un viejo faro cualquiera: la Torre de la Doncella es hermosa por su leyenda”.

Todos los veranos nos contaba la historia de la Torre de la Doncella cuando pasábamos ante ella en nuestro obligatorio viaje en ferry durante el peregrinaje anual a Estambul. Al descubrir que su hija moriría por una mordedura de una serpiente venenosa, el rey enclaustró a la hermosa princesa (y por qué las princesas son siempre hermosas es algo que nunca podré entender) en la Torre de la Doncella durante muchísimos años. ¿Pero puede alguien escapar a su destino? (¡Claro que se puede, mamá!). Años después, una serpiente escondida en una cesta de uvas consiguió entrar en la torre, causando la mordedura que provocaría la muerte de la hermosa y solitaria princesa. La serpiente mata a la princesa (por eso la confundía con Cleopatra). Y las uvas ocupan así su lugar en la historia de Estambul.

Algunas veces la princesa era la hija de un Emperador otomano y otras provenía de un linaje bizantino. A ninguno nos importaba. Su identidad étnica y religiosa no nos incumbía lo más mínimo, pero todos lamentábamos su cruel destino. Que la leyenda de la Torre de la Doncella variara ligeramente cada año, que una lámpara de aceite o una antorcha alumbraran la habitación en lugar de una bombilla, que los relatos fueran atenienses, espartanos, griegos, bizantinos, árabes, otomanos o turcos, nada de eso suponía ninguna diferencia. Esta torre tenía una leyenda. Lo cierto es que no es fácil encontrar una leyenda, y no todos los lugares ni todas las personas pueden presumir de tener una leyenda.

“Y entonces un día vuelves, a pesar de todos esos sentimientos desgastados, alienados y quizá incluso apagados”, dijo él.
“Sí”.
Mi voz es clara. Destilada por años de experiencia, ha vivido y ha amado, ha luchado y ha conquistado; se ha vuelto mía. Deniz y yo hemos dejado de fumar y hemos cumplido cuarenta.
“Sí, todos los vuelos, toda la gente nueva, las nuevas ciudades, nuevos países, nuevos continentes, los nuevos amores, nuevas separaciones, decepciones, dolores, descubrimientos… todo ocurrió para que pudiera volver”.
“Así eres tú…”, dijo él.
¡Díos mío! ¡Qué maravilloso es hablar con tu alma gemela! Sé en qué medida me entiende, confío en la sinceridad de todos sus defectos, estoy segura que su beso después de hacer el amor no es ningún insulto personal: ¡es mi alma gemela! Estambul, mi alma gemela.
“¡Eres la reina de las contradicciones! Siempre lo has sido. Hiciste que me enamorara de Estambul con todas tus historias a la vuelta de las vacaciones, tus leyendas medio inventadas, y después te fuiste”, refunfuñó.
Refunfuñar implica emoción. Emoción es esperanza. Empecé a ponerme eufórica, pensando “¡me ama! ¡todavía me ama!”.
“Vivía en una pequeña ciudad en Europa occidental”.
Se quedó mirándome para ver si estaba bromeando.
“¡Qué ridículo!”, me reí.
Él se rió también. Había echado de menos esa risa, la que me había irritado durante tantos años. La había echado de menos porque era sincera. Cuando estaba muy dolido tomaba represalias con esa risa. Me fastidiaba tanto…
“Una noche estaba dando un paseo por esa pequeña ciudad europea ‒y de ningún modo la menosprecio al llanarla pequeña, porque, a pesar de su población de 250.000 habitantes, tenía dos museos de arte, quince bibliotecas públicas y una universidad seria‒, el caso es que una noche estábamos dando un paseo”.

Su rostro se oscureció. Evidentemente, pensó que estaba hablando de un amante europeo. Me alegré de poder leer sus pensamientos. Si puedes percibir que la otra persona te ha entendido mal, aún puedes tener una oportunidad de comunicarte.
“Una amiga y yo”, añadí.

Un joven viaja sentado en el tope de un tranvía de estilo antiguo

Un joven viaja sentado en el tope de un tranvía de estilo antiguo. Estambul, Turquía, 10 de noviembre de 2003. / Kerim Okten /EFE

Yo era un producto de mi madre, que estaba más enamorada de las leyendas de Estambul que de la ciudad en sí, y de mi padre, que creía fervientemente en la veracidad casera de Ankara, yo era la persona que ellos criaron bajo la luz de sueños y realidades

Nuestras miradas se encontraron. Él comprendió que yo había entendido. A él le gustó comprender que yo lo entendía. Habíamos conocido a bastantes personas, sufrido suficiente dolor y sentido suficiente desesperación para saber la poca frecuencia con la que se dan estas situaciones. Lo habíamos experimentado juntos y por separado. Él sonrió. Se alegraba de reconocerme.

“Esa noche nos detuvimos mientras cruzábamos un puente de esa pequeña ciudad. Mi amiga se volvió y me preguntó: ‘¿No es precioso?’ Yo miré. Era realmente hermoso. Había algo allí que nos resultaría exótico a nosotros. Era una ciudad ordenada y limpia, con calles rectas, y ordenadas y centelleantes luces. Era precioso. Y muy aburrido. Lo sentí claramente por primera vez estando con esa amiga. La ciudad estaba meticulosamente planeada y era confortable. Nunca sufría apagones; los bomberos y las ambulancias eran instituciones en las que se podía confiar. Estaba prohibido que la policía torturara a su propia gente, el alcalde y los políticos locales eran personas responsables y accesibles que no estaban por encima de la ley. A nadie le importaba la ropa que se ponían las mujeres, o con quién se acostaban. No había gente podrida de dinero con cuestionables fuentes de riqueza, ni gente pobre y mugrienta sin esperanza alguna de futuro. Y era ahí donde residía la auténtica emoción. No en la ciudad en sí. La ciudad no tenía siquiera personalidad”.

Me callé para respirar. Él me estaba escuchando atentamente.

“La chica europea de esa pequeña ciudad se giró hacia mí en el puente y, señalando a la ciudad con un brazo, declaró: ‘¡Esta es mi ciudad!’ Su voz transmitía que se sentía increíblemente orgullosa, ebria por la sensación de propiedad, y le brillaron los ojos. Estaba extasiada. Nunca olvidaré ese momento. La envidié, ¿sabes? Envidié la dedicación, el sentimiento de pertenencia y el amor ingenuo que ella sentía por una ciudad que nunca había tenido, y que nunca tendría, una historia, una leyenda, un cuento, ni un milagro”.

“Pero tú luchaste durante años para no pertenecer a ninguna persona ni a ningún lugar”, dijo él. Su voz era triste.

“Luché durante años por liberarme de todas mis cadenas culturales, económicas y políticas, por liberarme de poseer o de ser poseída. Me negué. ¡Dios, qué difícil es negarse a veces! Especialmente en épocas de dificultad, la negativa exige fuerza de voluntad. Y cada negativa amplía los límites de tu soledad. Ya sabes cómo es”, dije, quedándome sin aire. “No pertenecía a mi ciudad. No tenía dirección fija en ninguna ciudad ni en ningún país, ni trabajo fijo, ni amante estable, marido, hijos ni familia. Era infinitamente independiente y no tenía ataduras. Estaba hambrienta, pero era libre”.

“Te exiliaste”, dijo él. “Querías descubrir cómo era quedarse sola, sin lazos ni raíces. Querías ver hasta dónde podías llevar tus fronteras. Igual que cuando éramos niños. Siempre llevabas los límites de nuestras fantasías al extremo, nuestros juegos fingidos. Solías volverme loco. Destrozabas mis límites”.

Tenía razón. Solo entonces comprendí que tenía razón. Solo entonces pudo expresar que tenía razón.

“No tenías ataduras y estabas desenfrenada, pero tenías miedo de perderte. Así que escribías muchísimo. Me escribiste una cantidad increíble de cartas. No me daba tiempo a contestarlas todas. Tus historias, diarios, ensayos y poemas. Te volvías hacia tu lengua materna para evitar perderte. Escribir se convirtió en tu brújula, tu reloj, tu calendario”.

Vista de Levent, el distrito financiero de Estambul

Vista de Levent, el distrito financiero de Estambul, en una imagen tomada desde la Torre Sapphire, el edificio más alto de Europa. Estambul, Turquía, 17 de mayo de 2011. / Tolga Bozoglu /EFE

Era verdad. Yo era un producto de mi madre, que estaba más enamorada de las leyendas de Estambul que de la ciudad en sí, y de mi padre, que creía fervientemente en la veracidad casera de Ankara, yo era la persona que ellos criaron bajo la luz de sueños y realidades. Al final esta oposición se había convertido en un caos de contradicciones. Él tenía razón, yo lo amaba, pero me había dado demasiado miedo quedarme con él. Porque había habido algo que yo había querido más que a él: yo había querido perderme y encontrarme de nuevo, volver a nacer y crearme a mí misma. Había querido crear mi propia leyenda, vivir.

Observando esa pequeña, aburrida y meticulosa ciudad de Europa occidental, supe que nunca podría huir de Estambul

“Quizás te daba miedo perderte”, dijo él. “Siempre volvías a mí. Y yo, yo me había enamorado del Estambul del que siempre me hablabas, te había seguido hasta aquí después del instituto y lo convertí en mi hogar. Te odiaba cada vez que te ibas, pero, como el toro de un solo cuerno, eras muy especial, muy atractiva y adictiva. Eras indispensable. Cada vez que volvías, esta ciudad y yo te acogíamos con los brazos abiertos, y me odiaba a mí mismo por hacerlo. El conflicto del amor y el odio me desgarraba”.

“Como Estambul”, pensé.
“Era como si estuviera sentado esperándote solo a ti, sin hacer nada más, rezando que volvieras sola y virgen, como la propia Torre de la Doncella”.
Él se había licenciado en Medicina. Al contrario que yo, era un buen estudiante. Se especializó en psiquiatría. “Mujer, me hice doctor de mitos para poder entenderte mejor”, solía decirme, riéndose. Se casó y se divorció dos veces. Tenía una hija, que ahora era adolescente. Su nombre: Leyenda.
“Observando esa pequeña, aburrida y meticulosa ciudad de Europa occidental, supe que nunca podría huir de Estambul. Ni de ti. Darme cuenta de esto me asustó aún más, así que durante los siguientes años cambié de dirección y de estilo de vida incluso con más frecuencia”.

Él me miraba como si estuviera bromeando.

“Incluso los que lo odiamos tenemos algunos melodramas dentro. Todos tenemos a un melodramático dentro, esperando salir”, dije burlonamente.

Nos callamos. Sabía que él estaba sopesando mis palabras como médico. Como persona ya estaba incondicionalmente de acuerdo conmigo. Una persona solo aprende a reconocer las verdades de su amado después de que se hayan reconocido las suyas propias. Yo era su melodrama.

“Años después esa chica de la pequeña ciudad vino a visitar Estambul. Le impactó mucho. Le afectó muchísimo. Le impresionaron tanto las leyendas, la historia, la cultura y la belleza de Estambul, como su barbarismo, desorden, pobreza y energía. Se encontró en la difícil situación de la estudiante modelo que debe contestar a una pregunta mucho más amplia que las preguntas para las que se ha preparado y ha estudiado. Y aunque al principio intentó sonreír, al final se echó a llorar. No estaba acostumbrada a estas preguntas, quería las preguntas para las que tenía respuesta. Quería disfrutar de la sensación de ser la mejor de la clase, volver a sacar buenas notas. Estambul era misteriosa, inestable, difícil y extremadamente hermosa. Se dio media vuelta y huyó a casa. ‘¿Cómo podéis vivir aquí?’, me dijo de camino al aeropuerto. Ahora viene todos los veranos; y tiene una casa en la isla de Heybeli”.

Ahora soy tan oriental como Estambul. Soy tan vieja como Estambul, soy igual de mediterránea, igual de balcánica, igual de europea que Estambul. Quiero raki y vino, quiero orden y caos, quiero amor y furia

Lo miré. Estaba mirando un dibujo de la alfombra. Estaba sopesando mis palabras. No quería otro melodrama, pero no podía dejarlo. Su pelo aún era tan rebelde como en su niñez, pero ahora lo llevaba corto. Ahora iba a la peluquería por propia voluntad. Tenía zonas de pelo gris y había cogido algo de peso. Pero no se había abandonado. Lo observé intensamente, con todo mi ser. Al sentir que aún era capaz de hacer travesuras, me alegré. Aunque estaba muy oculto al exterior, aún no se había convertido en una persona tranquila, obediente y complaciente. Mi alma gemela, mi queridísimo amigo, mi amor de contradicciones.
“Deniz”, dije, temblando. “Ven, Deniz, y atraviésame”.

Fue entonces cuando Deniz alzó la cabeza y me miró. Me miró como lo hacía cuando de niños yo le contaba las leyendas de Estambul. Me observó, empezando a creer pero mostrando que no creía. Deniz me miró.
“Estambul sigue siendo oriental, y sigue siendo vieja y furiosa. De hecho, es más agresiva que antes y huele a raki. Estambul no ha cambiado mucho”, dijo con cansancio.

“Pero yo sí he cambiado. Ahora soy tan oriental como Estambul. Soy tan vieja como Estambul, soy igual de mediterránea, igual de balcánica, igual de europea que Estambul. Quiero raki y vino, quiero orden y caos, quiero amor y furia”.
“Te volverás a ir”, dijo él.
Era como si estuviera dispuesto a creerme si yo decía ‘no’, como si un minúsculo ‘no’ pudiera convencerlo instantáneamente.
“Soy un compás, Deniz. Ahora me he convertido en un compás de dibujo”.
“Eras ese toro embravecido cuando eras una niña. Con tu pesar y tu ira, con tu poderío y tu soledad…”
“Ahora soy un compás”, dije yo.
Me miró con curiosidad, preguntándose si esto sería otra leyenda, y esperó.
“Mi punta está clavada en Estambul y mi brazo con lápiz gira alrededor de Estambul…”.
Se rió. “Como los derviches”, dijo.

Su corazón había vuelto corriendo hacia mí junto con su voz, pero su cuerpo aún estaba lejos. No solo no estaba seguro de mí, sino que tampoco lo estaba de él mismo. Yo no era la única razón de mis partidas. Yo no lo había dejado todas esas veces solo por irme. Deniz lo sabía. Deniz nunca había sido una persona fácil. Deniz no podía ser una persona tranquila, silenciosa y dócil. ¿Se parece algún mar a las aguas tranquilas? Ahora él mismo sabía suficientemente bien que no podía culparme únicamente a mí.

“Has entendido el amor, oh, toro del cuerno de oro, oh, toro embravecido y compasivo”, me dijo.
“¿Y tú, Deniz?” pregunté.
No contestó.
Estuvimos un rato en silencio.
“No lo sabremos si no lo intentamos, otra vez, con emoción y miedo, otra vez…”, dijo.
Se estaba conteniendo, pero así era él. Al final era a mí a quien le faltaba un cuerno, pero ese único cuerno de oro me aportaba mi leyenda. Él lo sabía.
“Ven, atraviésame, Deniz”.
Deniz me miró.
Deniz se acercó a mí. •

Traducido del turco al inglés por Pelin Ariner

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