Aurèlia Mañé Estrada
Departamento de Política Económica y Estructura Económica Mundial, Universidad de Barcelona. [+ DEL AUTOR]

Las relaciones energéticas: ¿Dependencia, interdependencia o antagonismo?

Al parecer de muchos analistas, uno de los elementos que más determina las relaciones entre Estados Unidos y los países de Oriente Próximo, en especial los del Golfo Pérsico, es el petróleo. Esta creencia se gesta en el momento en el que el sector energético estadounidense se tuvo que incorporar al mercado petrolífero internacional, a inicios de los años setenta. En el ya clásico libro de Peter R. Odell, Oil and World Power (1974), se explica que el sector energético estadounidense no formaba parte de lo que el autor define como la industria petrolera internacional: las que actúan a través de complejas redes de relaciones en la mayoría de países. Este autor expone que, después de la Segunda Guerra Mundial, se produjo una división entre la industria petrolera de EEUU y la del resto del mundo “no comunista”. En términos prácticos, ello significa que, hasta 1973, el espacio energético estadounidense estuvo muy protegido y funcionó con un tipo de organización y unos precios distintos a los internacionales. Después de esa fecha se tuvo que acudir al mercado internacional para satisfacer el creciente consumo de hidrocarburos de los EEUU. Este punto de inflexión coincide con el inicio de la llamada Doctrina Nixon y con los acuerdos de Teherán y Trípoli (1971). De facto, la Doctrina Nixon convirtió a EEUU en el garante de la seguridad energética de los países consumidores, que posteriormente se agruparán bajo el paraguas de la International Energy Agency (IEA); mientras que los acuerdos citados, especialmente el de Trípoli, marcan un punto de inflexión en las estrategias de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), que se convertirá en el cartel –teóricamente– defensor de los intereses de los llamados países productores.

Con ello, desde inicios de los años setenta y, especialmente después de los dos shocks del petróleo, la Escena Energética Internacional (EEI) –entonces fundamentalmente basada en el petróleo– se ve como un ámbito en el que existen dos tipos de países: los que producen y los que consumen petróleo, quedando fuera la Unión Soviética y los países del CAME (Consejo de Ayuda Mutua Económica). Esta visión ha llevado a entender que, energéticamente, el mundo es dicotómico. Además, en muchos casos, se supone que las relaciones bilaterales entre estos dos grupos son, por definición, antagónicas: hay unos países ricos en recursos naturales, a los que se llama países productores, con unos intereses contrapuestos a los de los países consumidores cuyas economías y poblaciones dependen de estos recursos. Esta visión todavía se refuerza más con el sesgo economicista que ha experimentado el análisis de las cuestiones relativas a la seguridad energética, que lleva a que las relaciones energéticas en términos de países productores y consumidores acaben quedando reducidas a las cuestiones relativas a la cantidad de hidrocarburos que se podrá seguir ofreciendo desde los países con territorios ricos y si esta cantidad será suficiente para satisfacer las cantidades que demandarán los consumidores –término ambiguo que puede significar, los consumidores finales, los países o las empresas del sector–. En el marco de este enfoque, las relaciones entre EEUU y los países de Oriente Próximo, especialmente los del Golfo Pérsico, se presumen dependientes y conflictivas.

EEUU es el primer consumidor de petróleo del mundo (casi un 24% del consumo total mundial), mientras que el subsuelo de los países de la Península Arábiga, sobre todo el de Arabia Saudí, contiene el mayor porcentaje de reservas probadas de petróleo mundial.

EEUU es un productor significativo de petróleo (un 8% del total mundial), pero las previsiones de la Agencia Estadounidense de la Energía –que en 2009 ya incorporan una cierta estabilización del consumo y el incremento en el uso de energías alternativas– apuntan a que entre 2010 y 2030 las importaciones de líquidos se situarán entre el 54% y el 41% del total consumido en este país.

Los países de la Península Arábiga son los primeros en reservas y producción de crudo a nivel mundial, pero no ocupan posiciones destacadas en el refino, producción de derivados y consumo

De estas previsiones, con frecuencia se deduce que, dado que el objetivo de la política energética de EEUU –según lo expuso, en mayo de 2002, el Presidente George W. Bush en el Plan Nacional Energético– es asegurar una oferta de energía continua y barata para los hogares, empresas e industrias estadounidenses, la única opción viable es garantizarse el control de las mayores reservas, y con menor coste de extracción, del mundo. Estas son las del subsuelo de la zona del Golfo Pérsico. Por ello, se entiende que:

a) energéticamente hablando, EEUU depende de los países del Golfo Pérsico para el suministro de sus ingentes necesidades energéticas, ya que esta zona es la única con un volumen de reservas de petróleo suficiente para satisfacer a largo plazo sus necesidades, y

b) EEUU empleará una política energética que requiere el empleo de todos los instrumentos posibles: prevención, contención, gestión de crisis y el uso activo de la política exterior y de seguridad. Un enfoque –llamado de Regiones e Imperios– en el que el objetivo estratégico de asegurar vitalmente la oferta de energía pasa por encima de cualquier argumento de eficiencia y sostenibilidad energética. En un escenario de escasez del petróleo como el que se ha venido esbozando estos últimos años, ello se interpreta como que los Estados Unidos están dispuestos a cualquier tipo de intervención –económica, diplomática o bélica– en la zona de Oriente Próximo para asegurarse ese suministro.

Ante estas premisas, no es de extrañar que buena parte de los analistas y articulistas que escribieron sobre los motivos de la Guerra de Iraq de 2003 afirmaran que la causa de todo es el petróleo. Años después, ante el fiasco de esta guerra, las opiniones han ido cambiando, pero no deja de ser cierto que buena parte de la opinión pública mundial sigue pensando que el principal interés de EEUU en esta zona –más allá de unas complejas relaciones con el llamado lobby judío– son sus cuantiosas reservas de petróleo.

Marines estadounidenses y tropas británicas patrullan las aguas de Basora en el sur de Iraq como parte de una campaña contra el contrabando de petróleo

Marines estadounidenses y tropas británicas patrullan las aguas de Basora en el sur de Iraq como parte de una campaña contra el contrabando de petróleo. 19 de octubre de 2003. / Jamal Nasrallah /EFE

En las páginas que siguen, sin negar lo anterior, introduciremos otros elementos de análisis que, además de desmentir que el mundo de las relaciones energéticas sea tan simple como el que plantea el paradigma dicotómico, ayudarán a interpretar con mayor precisión qué puede significar que la causa de todo es el petróleo.

¿DEPENDENCIA?

En el gráfico 1 se observa una posible fuente de complementariedad entre el primer consumidor del mundo y el primer productor. Este tipo de gráficos en forma de escalera inversa pueden inducir tres tipos de conclusiones: a) el gran consumidor (EEUU) depende del gran productor (Arabia Saudí); b) la situación inversa, el productor depende del consumidor; y c) las relaciones entre ambos pueden ser complementarias, puesto que mientras uno necesita obtener el crudo, el otro necesita venderlo.

En un análisis basado exclusivamente en cantidades importadas y exportadas de crudo, los datos muestran que, hoy por hoy, tanto la afirmación “a” como la “b” son difíciles de justificar. Las importaciones de crudo de Estados Unidos están muy concentradas. Casi el 60% procede de cuatro países (Canadá, México, Venezuela y Arabia Saudí). A pesar de ello, ni Arabia Saudí ni el conjunto de los países del Golfo Pérsico son los principales suministradores de crudo a EEUU. Del total de petróleo importado, el 16,4% proviene de la zona de Oriente Próximo, mientras que más del 50% tiene su origen en el continente americano. Estas cifras todavía son más significativas si se considera que, según el US Bureau of Economic Analysis, en el total de las importaciones de bienes estadounidenses, el petróleo de la zona de Oriente Próximo representa un escaso 2% del total.

Por otro lado, EEUU no es el único comprador de crudo que tienen los países del Golfo. De hecho, según los datos que proporciona la OPEP, en 2007, solo en el caso de Arabia Saudí y Kuwait, el porcentaje de cuota de mercado de América del Norte es significativo, un 22% y un 9,6%, respectivamente. En el resto de casos, por cuestiones obvias, Irán e Iraq, están entrando y saliendo del juego, y en el caso de Qatar y Emiratos Árabes Unidos, los porcentajes son extremadamente bajos. En todos estos casos, el principal cliente son los países de la zona Asia-Pacífico y los de la Unión Europea. Incluso Arabia Saudí exporta a los países asiáticos más del doble de lo que lo hace a EEUU.

La dependencia que Estados Unidos tiene de las importaciones de crudo de Oriente Próximo es menor de lo que cabría pensar

Las cifras que se acaban de presentar llevan a aventurar que la dependencia que Estados Unidos tiene de las importaciones de crudo de Oriente Próximo es menor de lo que cabría pensar. Refuerzan esta hipótesis cuatro elementos que indican que la supuesta asimetría a favor de unos países en cuyo subsuelo se hallan la mayor parte de las reservas de crudo, frente a unos importadores dependientes, no existe.

1. El primer factor es la ausencia real de escasez de crudo en el mercado internacional. A pesar de la inundación de informes catastrofistas que han aparecido estos últimos años sobre el supuesto fin del petróleo, no ha habido, en los últimos cuarenta años, limitaciones en el suministro de crudo, ni se ha producido ninguna interrupción en el mismo.

2. El segundo factor es que en términos energéticos, EEUU tiene más capacidad de influencia en la escena petrolera internacional que los países del Golfo Pérsico. Sea cual fuere la fuente que se emplee, los datos muestran que los Estados Unidos de América son el mayor productor de energía mundial, el mayor consumidor y el mayor importador. Frente a ello, las cifras de los países el Golfo Pérsico son relativamente pobres, puesto que, si bien es cierto que los países de la Península Arábiga son los primeros en reservas y producción de crudo a nivel mundial, no lo es que ocupen posiciones destacadas en el resto de variables de refino, producción de derivados y consumo. Además, pierden también posiciones cuando dejamos de hablar de petróleo crudo y hablamos de otras fuentes de energía. Incluso, en el caso del gas, donde Eurasia toma el relevo a la Península Arábiga. Lo dicho es un contrapunto a la visión de EEUU como país consumidor dependiente de los países productores. Solo el hecho de ser el primer importador mundial de crudo y gas le otorga un poder enorme a la hora de negociar los contratos de suministro. Este poder se ve acrecentado porque EEUU pertenece –y es miembro impulsor– a la Agencia Internacional de la Energía, que como cartel de consumidores tiene un gran poder de influencia en la EEI. Su capacidad de negociación, además, se ve agrandada por ser el único país –Rusia sería un caso más complejo y distinto– con capacidad para subsistir –no sin complicaciones ni aumentos de costes energéticos– unos pocos meses sin las importaciones de petróleo. Ello se debe a su propia producción de energía y a las significativas reservas estratégicas de las que dispone.

3. El tercer factor es el papel que pueden tener las empresas energéticas en este juego, ya sean estas empresas las grandes privadas transnacionales (IOCs en la jerga energética actual) o las grandes compañías nacionales de los países productores (NOCs en la misma jerga). De hecho, ellas son las protagonistas de la partida, puesto que quien extrae, exporta, produce y comercializa son las empresas, no los países. Así, en este escenario que acabamos de esbozar, son las compañías nacionales de los países productores las que extraen el crudo, que las Grandes Productoras de Energía (GPE) transnacionales adquieren, transportan, refinan y comercializan en los países consumidores. Así, el peso que puedan tener estas empresas en el juego energético global puede otorgar mayor o menor capacidad de influencia a determinados países.

En el gráfico 2 se muestran, ordenadas de mayor (valor 1) o menor peso (valor 0), las mayores empresas energéticas privadas transnacionales y las nacionales de los países del Golfo Pérsico. Solo dos empresas de la zona de Oriente Próximo podrían estar en el club de las mayores del mundo (el grupo de las super majors compuesto por ExxonMobil, Shell, BP Amoco, ChevronTexaco, TotalFinalElf y ConocoPhillips): la saudí, ARAMCO y la iraní, NIOC. Como puede observarse en este gráfico (barra azul cercana al 1), la eventual pertenencia a este selecto grupo de dos de las compañías nacionales orientales se debe exclusivamente a una de sus características: las reservas que se encuentran en el subsuelo de sus territorios y el volumen de extracción de crudo. Ello las convierte en gigantes con pies de barro, puesto que son empresas muy descompensadas, con una actividad muy sesgada hacia la extracción y la exportación.

Arabia Saudí se ha limitado a hacer la función de ‘swing producer’, corrigiendo las alteraciones en el precio y la cantidad de crudo en función de las demandas de los países consumidores

Un ejemplo histórico de esta debilidad lo tenemos en lo que ocurrió a inicios de los años 50 en Irán, cuando Mohammad Mossadeq nacionalizó los activos que British Petroleum (BP) tenía en su territorio. La consecuencia de ello fue, para Irán, que las grandes empresas petroleras no les quisieron comprar el petróleo y los iraníes se tuvieron que plegar a las condiciones de los compradores. BP, por el contrario, se volvió todavía más poderosa, ya que esta situación le obligó a reforzar sus posiciones en el refino y el mercado occidental. Al final, siguió siendo la compradora del crudo iraní, diversificó sus yacimientos y se convirtió en una de las primeras compañías en la producción y comercialización aguas abajo. Este hecho sirve para ejemplificar que, una vez construidas las vías de exportación del crudo y del gas hacia un destino concreto, es más difícil diversificar las ventas (las exportaciones) que las actividades de los compradores (importadores, productores y comercializadores). Por lo tanto, en el caso que estamos analizando, sin identificar los intereses de las IOCs con los de la Administración estadounidense que, por ejemplo, como explica Greg Palast, en el momento de la Guerra de Iraq fueron distintos, sí que es adecuado decir que las empresas productoras (NOCs) exportadoras a Estados Unidos son vulnerables porque más allá de sus fronteras su posición es débil.

4. Por último, la extrema dependencia del los países del Golfo de sus ingresos por la venta del petróleo –más del 98% de los ingresos por exportación y entre un 70 y 80% de los ingresos fiscales–, por su comportamiento de economía rentista, limita sustancialmente su margen de maniobra para incidir en la EEI. Una muestra de ello es que, desde finales de los setenta hasta fechas bien recientes, Arabia Saudí se ha limitado a hacer la función de swing producer en el juego petrolífero mundial. Es decir, tener el papel del que corrige, en función de las demandas de las necesidades de los llamados países consumidores, las alteraciones en el precio y en las cantidades de crudo que ocasionan los otros actores del juego petrolífero.

Así pues, con las reflexiones aportadas hasta el momento y respondiendo a la pregunta que se ha formulado al inicio de este apartado, se puede decir que ni las cantidades actuales de petróleo importado desde Oriente Próximo hacia EEUU, ni la posición relativa de los sectores energéticos de ambos territorios en la escena petrolífera internacional, parecen suficientes para justificar la afirmación de que la causa de todo es el petróleo. Por el contrario, lo mostrado apuntaría hacia una cierta interdependencia entre vendedor y comprador que, parece mostrar una posición más favorable –con mayor capacidad para incidir, en los términos de Odell, en la Industria petrolífera internacional– de los actores energéticos estadounidenses frente a los del Golfo Pérsico.

El presidente estadounidense, Barack Obama durante la reunión bilateral que mantuvo con el rey Abdullah bin Abdulaziz de Arabia Saudí en el marco de la cumbre del G-20

El presidente estadounidense, Barack Obama (i) durante la reunión bilateral que mantuvo con el rey Abdullah bin Abdulaziz de Arabia Saudí en el marco de la cumbre del G-20. Londres, Reino Unido, 2 de abril de 2009. / Shawn Thew /EFE

Para que se produzca la interdependencia energética se ha de hacer creíble un escenario de escasez y de confrontación que asegure unos precios elevados

¿INTERDEPENDENCIA?

A la luz de lo comentado, parece lógico hablar de una complementariedad entre EEUU como consumidor que necesita comprar, y Arabia Saudí como productor que necesita vender; o de una complementariedad entre unas grandes compañías energéticas transnacionales con mercado para los bienes energéticos finales y unas grandes compañías energéticas nacionales con derechos sobre la extracción de hidrocarburos en “sus” territorios. Sin embargo, donde mejor se ve esta interdependencia no es en el aspecto físico de las importaciones y exportaciones de petróleo, sino en su faceta financiera. El gráfico 3, que se presenta a continuación sirve para ilustrar este aspecto.

El gráfico 3 muestra una relación positiva entre la evolución de los precios del petróleo, los ingresos netos de las grandes empresas energéticas estadounidenses, los ingresos que obtienen los países exportadores de petróleo –en el gráfico sólo los de la OPEP del Golfo Pérsico– y los flujos de inversión y de compra de armas de Arabia Saudí hacia EEUU. Dicho de otro modo, este gráfico muestra que cuando sube el precio del petróleo, las grandes empresas energéticas estadounidenses obtienen mayores beneficios y los países exportadores de petróleo mayores niveles de renta nacional. Estos mayores niveles de renta son los que generan un nivel de petrodólares suficientes para que aumenten las inversiones que los países ricos en hidrocarburos hacen en la economía estadounidense y para que estos adquieran un mayor volumen de armamento. Evidentemente, cuando baja el precio, ocurre lo contrario.

Existe una relación positiva entre la evolución de los precios del petróleo, los ingresos de las empresas energéticas estadounidenses y de los países exportadores de petróleo y los flujos de inversión y de compra de armas de Arabia Saudí hacia EEUU

Desde este punto de vista, hay una confluencia de intereses entre varios de los actores implicados en el juego energético, cuya partida se juega entre EEUU y la zona de Oriente Próximo. Primero, están las llamadas petromonarquías, cuyo principal objetivo –por encima del de exportar petróleo– es obtener el máximo posible de renta nacional para sus súbditos. En segundo lugar, están las empresas privadas, cuyo principal objetivo tampoco es producir energía para los consumidores, sino obtener el máximo de beneficio al mínimo coste. En tercer lugar, está el complejo militar estadounidense que también tiene como objetivo obtener el máximo de beneficios a través de la venta de armas y que, además, desde mediados del pasado siglo, es uno de los pilares de la economía estadounidense. Por último, está un ente genérico que es la economía americana que, en función del momento, prima la obtención de energía barata o prima sus necesidades de financiación.

Ante las evidencias presentadas, ha llegado el momento de volver a valorar la frase la causa de todo es el petróleo. El “todo” sigue pareciendo excesivo, pero introducir la faceta financiera del petróleo en el análisis muestra mayores interrelaciones de las que se ven cuando nos limitamos a analizar las cantidades de energía exportadas e importadas. Esta faceta financiera de los hidrocarburos no es nueva, aunque salvo excepciones como las del pionero Jean-Marie Chevalier o, más recientemente, las de autores como Robert Mabro y Bernard Mommer, es menos tratada en los análisis sobre las cuestiones energéticas. En el caso concreto que nos ocupa, dos autores, Nitzan y Bichler, mostraron ya los efectos del aumento del precio del petróleo sobre lo que ellos denominan el Weapondollar-Petrodollar Coalition.

En el momento actual, frente a unos crecientes déficits, público y exterior, y las necesidades de realizar a la vez un apuntalamiento del sistema financiero y la reestructuración del tejido industrial, la faceta financiera del petróleo cobra todavía mayor importancia, ya que cada vez es más evidente que los importadores de petróleo estadounidenses pueden sostener sus niveles de consumo e inversión gracias a que “toman prestado” de los países exportadores de crudo –también de los asiáticos.

La economía americana prima la obtención de energía barata o prima sus necesidades de financiación, en función del momento

Parte de estos flujos financieros se canalizan a través de los llamados, ahora, Fondos Soberanos. Estos son una especie de fondos de inversión institucionales que se nutren del exceso de ingresos –petrodólares– que los Estados de los países ricos en hidrocarburos reciben cuando el precio del petróleo aumenta considerablemente. El destino de inversión de estos fondos ha sido, y es, la compra de activos en las economías occidentales industrializadas, especialmente, en el Reino Unido y Estados Unidos. Para los ciudadanos españoles, el más conocido de estos fondos es KIO (la Kuwait Investment Office), pero no es el único.

Vista general de la sesión de inauguración de la cumbre de la OPEP

Vista general de la sesión de inauguración de la cumbre de la OPEP. Riad, Arabia Saudí, 17 de noviembre de 2007. / Jamal Nasrallah /EFE

El ejemplo más claro del peso de estos fondos lo tenemos en la información que nos aporta el cuadro 1. En este cuadro se reseñan algunas de las principales inversiones que los fondos de los países de la zona del Golfo Pérsico han realizado en EEUU.

EEUU y los países del Golfo Pérsico son interdependientes, puesto que sus economías lo son a través de la financiación que proporciona el petróleo

Los Estados Unidos no son el principal destino de estos fondos –Reino Unido es el primero–, además, por falta de disponibilidad, la información que aquí se proporciona es incompleta, pero, a pesar de ello, llama la atención el volumen que tienen estos Fondos Soberanos. El informe de la UNCTAD (United Nations Conference on Trade and Development) del 2008 sobre la inversión mundial da una valiosa información sobre estos fondos. Según estos datos, hoy en día, el primero del mundo es de una de las petromonarquías del Golfo: el reseñado en el cuadro de Emiratos Árabes Unidos con 875.000 millones de dólares –en el resto de primeras posiciones se intercalan los fondos de las economías asiáticas emergentes y de las economías petroleras–; como también recoge que en los últimos años, con los sucesivos últimos aumentos de los precios del petróleo, estos fondos no han hecho más que aumentar y aumentar.

El segundo aspecto que llama la atención del cuadro son los nombres de las empresas o los sectores en los que estos fondos han intervenido: algunas de las joyas de la corona del sistema financiero estadounidense-occidental.

En un momento como el presente, en el que “Occidente”, pero especialmente EEUU parece buscar desesperadamente las vías para reactivar la economía real y reacomodar el sistema financiero, lo mostrado en estas páginas permite aventurar que si los precios del crudo se mantuvieran elevados se crearían las condiciones para –según la información del gráfico 3 y el cuadro 1– que:

a) uno de los pilares de la industria estadounidense, la armamentística, incrementara sus ventas y con ello los efectos de arrastre al sector industrial de EEUU;

b) las grandes productoras de energía estadounidense tuvieran grandes beneficios que, repartidos a sus accionistas, incrementarían el consumo; o reinvertidos podrían ayudar a reconvertir el sector hacia la economía verde anunciada por el Presidente Barack Obama;

c) se pudiera seguir manteniendo un sistema económico que basa su crecimiento en la existencia de una economía estadounidense caracterizada por un doble déficit. Un déficit exterior que se financia gracias a la hegemonía del dólar y los flujos de inversión directa extranjera en el sector productivo estadounidense, y un déficit público, cuya financiación no detrae ahorro interno, puesto que los países ricos en recursos naturales y los asiáticos se lo financian;

d) el sector financiero, puesto que los fondos han tenido un creciente protagonismo en la compra o rescate de las principales empresas del sistema financiero, pueda lograr la liquidez necesaria para salir de la descomunal crisis ocasionada por la falta de regulación y los efectos colaterales de las hipotecas subprime.

Estos cuatro puntos, aunque tal vez no positivos a largo plazo para la economía mundial, podrían parecer buenos a los estadistas estadounidenses, cuyo objetivo es salvar su statu quo económico a cualquier precio. En el enfoque de este artículo, ello es perfectamente compatible con el objetivo primero de las petromonarquías: mantener un nivel de renta nacional suficiente para legitimarse políticamente a través de la distribución de la misma a sus súbditos. Así, es fácil ver que existe una comunión de intereses entre EEUU y los países ricos en recursos naturales de la zona de Oriente Próximo, ya que a ambos les favorece un precio del crudo suficientemente elevado. Desde este punto de vista, EEUU y los países del Golfo Pérsico son interdependientes, puesto que sus economías lo son a través de la financiación que proporciona el petróleo.

¿ANTAGONISMO?

Para que un activo físico como es el petróleo se convierta en un activo financiero internacional y que estos activos tengan el volumen máximo posible de capacidad de financiación, solo se requiere que exista una regulación financiera que avale la creación de los Fondos Soberanos –los activos financieros del petróleo– y que los precios del crudo sean lo más elevados posible.

Lo primero ha ido ocurriendo paulatinamente y, en los últimos años del anterior siglo, se favoreció activamente mediante las políticas económicas que los organismos económicos internacionales diseñaron y avalaron para ser aplicadas en los países ricos en recursos naturales. Lo segundo ocurre cuando se activan los mecanismos que inducen a un incremento de los precios del petróleo, cuando no hay restricciones reales en la oferta de crudo.

En la historia petrolífera mundial de la segunda mitad del siglo XX, dos factores se han mostrado particularmente eficaces en ese sentido: a) los discursos catastrofistas sobre el final del petróleo y b) el riesgo en la continuidad del suministro que entraña la inestabilidad en la zona de Oriente Próximo. En la práctica, ambos se retroalimentan.

En los últimos años han proliferado los análisis en torno a lo que se llama la Peak Oil Theory –es bueno recordar que su autor la desarrolló ya en los primeros 60 del pasado siglo. Según esta teoría, hemos alcanzado ya la cumbre máxima de producción de crudo y por ello entramos en una fase de petróleo escaso y, por tanto, caro. Ante ello, aunque sea implícitamente, algunos think tanks neocons han aconsejado asegurarse el control de la zona donde se calcula que hay más reservas, para más tiempo. Especialmente en un escenario en el que –como ya se ha visto al principio del texto– los principales clientes de los exportadores de Oriente Próximo de la OPEP son las economías en las que se espera que aumente más la demanda de energía, las de Asia y del Pacífico. Es decir, una política de seguridad energética basada en un enfoque de Regiones e Imperios.

Si es la aplicación de este enfoque lo que fomenta la inestabilidad en la zona de Oriente Próximo –lo que defienden Nitzan y Bichler, argumentando que Israel es la pieza clave, o lo que defenderían la práctica totalidad de autores que argumentaron que la invasión de Iraq se debió a la voluntad de control de las reservas de petróleo–, o, por el contrario, es la inestabilidad en la zona lo que lleva a que se instalen tropas para garantizar el suministro futuro de petróleo, no está claro, para quien escribe este artículo. Pero sí es evidente que la coexistencia de ambos factores permite una escalada de precios que, como se ha argumentado, beneficia tanto a la economía de EEUU como a la de las petromonarquías.

Frente a este hecho aparece una de las grandes paradojas de las relaciones energéticas entre EEUU y Oriente Próximo, en el contexto de los últimos años, en el que se ha mostrado más importante su faceta financiera que la energética. Esta paradoja es que para que se produzca la complementariedad e interdependencia energética entre ambas zonas se ha de hacer creíble un escenario de escasez y de confrontación, puesto que tanto para que la economía estadounidense como las economías rentistas de la Península Arábiga se beneficien del “hecho del petróleo”, se requiere un contexto de elevados precios. Solo desde esta interpretación, hoy, se puede afirmar que la causa de todo –el antagonismo entre EEUU y Oriente Próximo– es el petróleo.

Que a día de hoy el precio del petróleo haya disminuido considerablemente, en relación a hace tan sólo unos meses, no invalida este análisis. Más allá de la disminución de la demanda de crudo que ha ocasionado la crisis económica, tal vez, sólo sea indicativo de que los flujos de capital periféricos, que fluían hacia Occidente, empiezan a dar miedo a unos estupefactos políticos, empresarios y ciudadanos que ven cómo muchas de las perlas industriales y financieras del corazón del sistema caen en manos de unos fondos gestionados por gobiernos –no amigos– de países petroleros o asiáticos.

Si esta interpretación no es válida, se puede pensar que se acaban los tiempos en los que desde algunos medios se entendió que la inestabilidad en Oriente Próximo era buena para financiar la economía estadounidense. Esto sí que sería “el cambio”.

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