Radwan Ziadeh
Profesor invitado con la beca de investigación Prins Global, Hagop Kevorkian Center for Near Eastern Studies, New York University; investigador invitado, The Center for Contemporary Arab Studies (CCAS), Georgetown University. [+ DEL AUTOR]

La primavera de la libertad bajo el régimen autoritario

Los orígenes de la “Primavera de Damasco”

La Primavera de Damasco fue un periodo de intenso debate social y político que tuvo lugar en Siria y que comenzó tras la muerte del presidente Hafez al-Asad en junio de 2000 llegando hasta el otoño de 2001, cuando la mayoría de sus actividades fueron reprimidas por el gobierno. El término fue acuñado por Riad Seif en una entrevista a France Press en febrero de 2001. Toma su nombre de la “Primavera de Praga”, por las similitudes entre la Siria del momento y la Checoslovaquia bajo el régimen comunista.

El periodo que siguió a la independencia de Siria en 1946 estuvo lleno de vivos debates entre las clases políticas y los partidos de diferente orientación. Siria había heredado un legado de pluralismo, democracia y transición pacífica de poder, y en 1950 tuvo el privilegio de contar con una Constitución –al parecer una de las primeras en la región árabe–, que garantizaba en varios de sus artículos la igualdad de género, las libertades públicas y el respeto de las libertades fundamentales y los derechos humanos de los ciudadanos. A las mujeres se les concedió el derecho al voto en 1949 y el derecho a presentarse como candidatas en 1953, es decir, mucho antes de que los mismos derechos se reconociesen en algunos países europeos. En aquel periodo, Siria también se benefició de un sistema parlamentario pluralista y de una libertad de prensa que dio voz a los diferentes sectores y grupos de la sociedad a pesar de su diversidad étnica, sectaria y regional. Es cierto que esta situación no duró mucho y en 1949 el país sufrió el primero de una serie de golpes de Estado militares. Sin embargo, este periodo constituyó un legado democrático del que muchos siguen estando orgullosos y que los demócratas recuerdan como la evidencia de que los sirios son capaces de responder a las libertades y privilegios de la democracia.

En 1949 el país sufrió el primero de una serie de golpes de Estado militares

A pesar de la toma de poder del partido Baaz en 1963 y de los acontecimientos que le siguieron (el estado de emergencia, la ley marcial, la disolución de los partidos políticos y la prohibición de los periódicos), apareció un cierto pensamiento crítico entre los intelectuales del país. Cualquiera que examine de cerca la vida cultural a finales de los años 60 y a principios de los 70 se dará cuenta de la importante contribución que los intelectuales hicieron al pensamiento político. Los esfuerzos de Yasin al-Hafez, Elias Murqus y sus camaradas, en lo que se conoce como la dimensión democrática del nacionalismo, marcaron el camino, desde muy temprano, para todos los partidos nacionalistas del mundo árabe. Sus ideas representaban la reconciliación entre los conceptos de socialismo y democracia. Lo mismo se puede decir de los Hermanos Musulmanes, ya que algunas de sus personalidades más destacadas conocían una recopilación de estudios jurídicos que reconciliaba la jurisprudencia tradicional con la moderna. Juristas como Mustafa al-Zarqa, Ali al-Tantawi, Mohamed al-Mubarak, Fathi al-Darini y otros jugaron un importante papel en lo que más tarde se denominaría la Escuela de Jurisprudencia del “Sham” (la Gran Siria), que llegó a labrarse una excelente reputación por su buen juicio y su racional autoridad intelectual. Por tanto, uno podría decir que la vida cultural de Siria era como un arco que se extendía desde la extrema izquierda hasta la derecha más extrema. Era enérgica y constructiva, a pesar de su marginalización y de la obligada exclusión de la esfera política general. El restablecimiento de las tendencias islamistas y nacionalistas, que coincidió con la aparición de voces nacionalistas en el Partido Comunista, exigía la separación de la Unión Soviética y un nuevo enfoque de los asuntos nacionales.

Hafez al-Asad llegó al poder en 1970, y consiguió centralizarlo durante los 30 años de su gobierno

Todo parece indicar que los intelectuales sirios, independientemente de sus diferentes orientaciones ideológicas, se encontraban al frente de la vida intelectual árabe y tuvieron un impacto considerable en el pensamiento árabe islamista, izquierdista y nacionalista. Sin embargo, esas voces críticas aún no habían tomado la alternativa democrática. En otras palabras, aún no habían reconocido a la democracia como el único medio de transferencia de poder y de organización y administración de la vida social y política. Del mismo modo que las élites sirias se opusieron a la legitimidad constitucional durante el primer golpe de Estado militar, los partidos izquierdistas y nacionalistas, por motivos democráticos, no se opusieron al Frente Nacional Progresista (FNP) cuando el presidente Hafez al-Asad lo utilizó para imponer sus políticas nacionalizadoras y monopolizadoras. Más bien, se oponían al FNP por razones “ideológicas izquierdistas”, ya que tenían sus reservas sobre el papel que desempeñaba el partido Baaz dentro del Frente. La democracia estaba, por tanto, completamente ausente de la conciencia política que existía en aquel momento. Los partidos izquierdistas y nacionalistas, que eran de hecho los partidos de élite, creían en una democracia desprovista de oposición, puesto que lo que querían de ella era seguir manteniéndose donde se encontraban.

Se podría decir entonces que las clases políticas aún no habían “internalizado” la idea de democracia. Deseaban asumir el poder pero sin tener una idea clara de cómo lo iban a administrar. La democracia no fue la preocupación principal de las élites hasta el periodo de la “Primavera de Damasco”, del que hablaré más adelante.

El presidente sirio, Bashar al-Asad, y su esposa, Asma al-Asad, plantan un jazmín en un parque botánico del centro de Damasco

El presidente sirio, Bashar al-Asad, y su esposa, Asma al-Asad, plantan un jazmín en un parque botánico del centro de Damasco con motivo de la inauguración del Festival del Jazmín. Damasco, Siria, 27 de abril de 2007. / Youssef Badawi / EFE

Heredando un “Estado”: El autoritarismo en Siria

Desde que el difunto presidente Hafez al-Asad llegó al poder en 1970, consiguió centralizarlo durante los 30 años de gobierno. Centralizó las instituciones legislativas, judiciales y ejecutivas del Estado, eliminando todo el equilibrio de poder y el pluralismo que existían antes. El nuevo sistema presidencial giraba en torno a la personalidad y al deseo de Hafez. Construyó redes de intereses sociales, económicos y militares basándose en la lealtad hacia su persona. Estas redes existían al margen –o más bien completamente independientes– de las instituciones estatales.

Los orígenes sociopolíticos de la élite siria se remontan a la década de los 50, que fue testigo del comienzo de una importante explosión demográfica en el país. Las tasas de crecimiento demográfico pasaron del 3,5% en esa década al 4,4% en los 60. Este aumento fue mayor en Damasco y Alepo. La población de Latakia se duplicó entre 1960 y 1970. Las ciudades sirias crecieron a expensas de las áreas que las circundaban y se poblaron de inmigrantes que llevaron con ellos sus tradiciones y sus estilos de vida. La vida urbana adquirió características rurales. Muy pocos inmigrantes consiguieron integrarse en la sociedad urbana original. Este fenómeno debilitó las tradiciones urbanas de las ciudades, al tiempo que la cultura rural no consiguió adaptarse a la sociedad urbana moderna. Los nuevos inmigrantes continuaron en conflicto con la élite urbana. El incremento de los niveles educativos en las zonas rurales hizo que una nueva clase social emigrase a las grandes ciudades con la idea de mejorar su estatus. Sin embargo, estas ciudades no pusieron en marcha proyectos de producción industrial o agraria capaces de asimilar la llegada de personas desde las áreas rurales. Estos proyectos habrían facilitado su asimilación en el entramado social urbano. Como consecuencia, muchos recurrieron a ocupar puestos en diferentes instituciones estatales (sobre todo en el Ejército y los servicios de seguridad) para los que no se necesitaba formación educativa ni científica. Entretanto, el socialismo se iba extendiendo por las zonas rurales, sobre todo alawíes y drusas, que vieron en esta ideología un medio para redistribuir la riqueza y el poder.

La llegada del Baaz

La aparición de la “Tercera República” vino acompañada por una transformación del orden sociopolítico sirio. Utilizo el término “Primera República” para referirme al periodo que va desde la independencia en 1946 a 1958, cuando Siria y Egipto formaron la República Árabe Unida. Aunque esta “Primera República” sufrió varios golpes de Estado militares, ninguno de ellos condujo a cambios importantes en el régimen político, que continuó siendo liberal y republicano. Los implicados en estos golpes de Estado intentaron legitimar sus gobiernos mediante medidas constitucionales y parlamentarias. El primer golpe de Estado llevado a cabo por Husni al-Zaim en marzo de 1949 y el segundo, perpetrado por Adib al-Shishakli a finales de 1949, son ejemplos de este hecho. La “Segunda República” comienza con la unión sirio-egipcia en 1958 y finaliza con la toma de poder del partido Baaz el 8 de marzo de 1963. Las instituciones constitucionales de la “Segunda República” estaban estructuradas de un modo similar al de otros Estados revolucionarios de la época. El dar prioridad al socialismo sobre el republicanismo pluralista estaba justificado por el concepto de “democracia revolucionaria”. El egipcio Gamal Abdel Nasser insistía en que la unión entre los dos países debía ser integradora. Siria se deshizo voluntariamente de todos los partidos políticos, disolvió su Parlamento elegido democráticamente y arrinconó su relativa libertad de prensa. Aunque esta desdichada unión duró solo desde 1958 a 1961, su impacto en la conciencia de las élites políticas sirias fue muy profundo. Las instituciones constitucionales que operaban en Siria antes de 1958 nunca se reinstauraron. La “Tercera República”, desde 1963, ha consolidado un Gobierno autoritario unipartidista a través de originales medios de manejo y control. La ruralización de las ciudades condujo gradualmente a una ruralización del poder político, contribuyendo a la destrucción de las tradiciones legales establecidas por la élite urbana surgida tras la independencia. Esto vino acompañado por desafortunados errores cometidos por dicha élite en la administración del Estado y sus instituciones. Aunque tras la independencia los políticos creían en el constitucionalismo, a veces eludían el marco legal a la hora de gobernar. El gran cambio demográfico que tuvo lugar en la década de los 50 y de los 60 y la militarización de la política proporcionó un entorno que condujo a la aparición de una nueva clase política.

En la sociedad civil forjada por Asad, el ascenso profesional estaba determinado por dos factores clave: la lealtad que uno tuviera hacia Hafez y su formación militar

Cuando el Partido Socialista Árabe Baaz tomó el poder en 1963, la aparición de un “comité militar” dentro de la organización del partido era evidente. Este comité desempeñaba un papel decisivo a la hora de determinar quién tenía y controlaba el poder político en la “Tercera República”. Tras la independencia del país en 1946, el estamento militar fue incrementando su poder progresivamente, obstaculizando el desarrollo de las instituciones civiles, llegando incluso a paralizarlas en determinadas ocasiones. Una serie de golpes militares sacudieron la política siria entre 1949 y 1970. Hafez al-Asad, comandante en jefe del Ejército del Aire en 1965, tras derrocar al Gobierno de Amin al-Hafez en 1966, contó sobre todo con sus camaradas militares para formar el nuevo Gobierno. En la sociedad civil forjada por Asad, el ascenso profesional estaba determinado por dos factores clave: la lealtad hacia Hafez y su formación militar. Asad reorganizó las instituciones destinadas a consolidar su poder sobre las estructuras civiles que servían como fachada a su régimen. Para tal fin, modernizó determinadas organizaciones como las agrupaciones de trabajadores y agricultores, los sindicatos y el propio partido Baaz para garantizar la total lealtad hacia su persona. La ayuda económica que los países árabes proporcionaron a Siria tras la Guerra de Octubre de 1973, junto con los ingresos proporcionados por el petróleo, permitieron a Asad ampliar la burocracia gubernamental, el Ejército y los servicios de seguridad. Esto incrementó la participación ciudadana en los asuntos estatales, sobre todo la de sus partidarios: las masas rurales, menos cultas. Todos estos cambios estaban relacionados con la política militarista superficial que había detrás de la “Revolución Correctiva” de 1970, cuando Hafez al-Asad obtuvo pleno control del país.

El enfoque que Hafez adoptó para conformar las instituciones estatales, y los medios para poder controlarlas, quedó reflejado en la Constitución que él mismo redactó y que fue aprobada en 1973, y que sigue vigente en la actualidad. En su artículo 8 concede amplios poderes al presidente, encargado de guiar al Estado y a la sociedad en su capacidad de secretario general del Baaz.
Los poderes conferidos al presidente por la Constitución de 1973 reflejaban el alcance del dominio “constitucional” de las instituciones no ejecutivas. El régimen formaba un triángulo en el que sus tres lados simbolizaban la burocracia gubernamental, el Ejército y los servicios de seguridad, y el partido Baaz. Juntos mantenían una estructura autoritaria que centralizaba el poder en manos de Hafez al-Asad.

El propio Hafez redactó la Constitución, vigente en la actualidad, que concede amplios poderes al presidente, encargado de guiar al Estado y a la sociedad

Estos tres grupos institucionales se extienden en paralelo en sentido descendente desde el presidente hacia la ciudad, el pueblo y el barrio. Por ejemplo, los gobernadores de las catorce provincias representan al presidente e implementan sus órdenes directas. Los presidentes de la Administración supervisan todo el trabajo que se realiza en las provincias, hasta el nivel de los pueblos, y están relacionados con los Ministerios centrales y otras entidades públicas. El gobernador es además el jefe del Consejo Provincial (al-Machlis al-Baladi). En el estado de emergencia (en el que Siria se encuentra desde 1963) el gobernador es el comandante de la policía y de las tropas del Ejército destacadas en su provincia.

Durante su último año de vida, al-Asad intentó organizar su sucesión de modo que se mantuviera su política y que se garantizara que su hijo Bashar, que se convirtió en el último recurso que le quedaba, llegase a la presidencia decorosamente. Se podría decir que, en la práctica, la transferencia de poder tuvo lugar en 1999, si bien no se llevó a cabo formalmente hasta junio de 2000. Pero fue en 1999 cuando al-Asad consolidó la situación interna del país con mucha confianza y prudencia para que se llevara a cabo la sucesión.

Después de que Hafez al-Asad ignorase las señales de alarma, era de esperar que tarde o temprano la crisis social, política y económica le estallase en las manos a su sucesor. La recesión económica que había ido minando los mercados sirios desde 1996 llegó a un punto de estancamiento total. Existía una gran desaprobación ante el fracaso para implementar leyes que promovieran la liberación económica, que modernizaran la banca y la economía, que mejoraran el sistema educativo y que regularan el mercado inmobiliario (la ley de arrendamiento llevaba 50 años en el código legal). También existía un gran descontento popular sobre el escaso suministro de servicios públicos como agua, electricidad, carreteras y transportes y sobre el cada vez más deteriorado nivel de vida de los ciudadanos, sobre todo de los funcionarios. De hecho, el Estado se encontraba paralizado durante los últimos días de mandato de Hafez al-Asad, época durante la cual los sirios se dieron cuenta de los signos de debilidad y de las escasas apariciones en los medios de comunicación de su presidente.

En un discurso pronunciado el 11 de marzo de 1999 con motivo de su juramento para una nueva legislatura, el presidente Hafez al-Asad dijo que cualquier institución que no fuera capaz de cumplir con sus funciones y de aceptar la responsabilidad de sus decisiones debilitaba al Estado y al régimen popular democrático. Era la primera vez que al-Asad mencionaba que ampliar el ámbito de la toma de decisiones y fomentar el debate y la participación popular fortalecería a la democracia, enriquecería al país y mantendría su progreso. Dijo que la participación de la gente en la toma de decisiones y en la implementación de las mismas fortalecería el espíritu patriótico, garantizándose de ese modo la estabilidad y el progreso del país. Sin embargo, la parte más interesante del discurso fue el tiempo que dedicó a los asuntos económicos y legales si se compara con el tiempo que dedicó a la política exterior (sobre todo al proceso de paz en Oriente Próximo) y a recitar sus propios logros.

El discurso de Asad introdujo un nuevo clima para el debate público sobre las reformas, la corrupción y la necesidad de cambio. La presencia de su hijo Bashar en las conferencias de la Sociedad Siria de Ciencias Económicas incrementó el ritmo del debate, haciéndolo más urgente. De hecho, estas conferencias se convirtieron en debates abiertos sobre el fracaso del gobierno para implementar reformas económicas, administrativas y de desarrollo. Esto dio luz verde para que se continuara con una crítica pública del gobierno sin precedentes. Pero aunque el debate político ya se había puesto en marcha, se llevaba a cabo de un modo cauto. Coincidió con las elecciones parlamentarias que precedieron al plebiscito y se asistió a una intensa lucha por los escaños de los independientes, que representaban 83 de los 250 escaños del Parlamento. Durante estas elecciones aparecieron nuevas consignas que se centraban en combatir la corrupción y modernizar la Administración, urgiendo la pronta introducción de un proceso de reforma que pusiese fin al despilfarro de los recursos públicos. Riad Seif, parlamentario por Damasco que renovó su escaño durante otra legislatura, fue la figura más importante en propagar estas consignas, mientras que el ex decano de la Facultad de Económicas, Aref Dalilah, no obtuvo ningún escaño. Ambos fueron arrestados en septiembre de 2001 durante la “Primavera de Damasco”. A Seif lo sentenciaron a cinco años de cárcel con el cargo de intentar cambiar la Constitución por medios ilegales, perturbar las instituciones estatales y difundir noticias falsas que podrían debilitar al país en época de guerra. A Dalilah lo sentenciaron a diez años por los mismos cargos.

Durante su último año de vida, al-Asad intentó organizar su sucesión de modo que se garantizara que su hijo Bashar llegase a la presidencia decorosamente

En la política de Oriente Próximo se dice a menudo que “la jungla oculta lo que oculta”. Lo que llevó a al-Asad a estimular el apetito de los sirios por el debate abierto –un derecho que les había negado durante tanto tiempo– no fue únicamente el inestable proceso de paz, sino el hecho de que quería reorganizar su política interior ante la proximidad de su muerte y la necesidad de asegurar su sucesión. El paso más sorprendente fue el gran avance de su hijo Bashar, que comenzó a realizar viajes oficiales (Arabia Saudí, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, Irán y Egipto) que atrajeron considerablemente la atención de la prensa oficial a pesar de que en aquella época aún no había asumido ningún puesto oficial. También concedió largas entrevistas políticas. Mientras tanto, todo se iba preparando para que su ascenso fuera progresivo. A principios de 1999 ascendió excepcionalmente de comandante a coronel del Estado Mayor, tras completar un curso y graduarse con matrícula de honor por presentar un “original” ensayo sobre la ciencia militar titulado “Calidad en la práctica militar”, que llegó a formar parte de un curso que se enseña en el Ejército sirio. Se envió una advertencia a su rival más importante en la sucesión, su tío Rifaat al-Asad, cuestionando la legalidad de un puerto de su propiedad en Tartus y amenazándolo con ser juzgado si volvía a Siria.

El cambio desde arriba

La formación del nuevo gobierno vino acompañada de promesas de reforma

Vista general del parlamento sirio

Vista general del parlamento sirio. Damasco, Siria, 5 de septiembre de 2006. / Youssef Badawi / EFE

Hafez al-Asad volvió a prestar atención de nuevo a los asuntos internos que había desatendido durante años. Era muy raro que asistiese a las reuniones que la Dirección Regional, la institución política más importante del Baaz, convocaba periódicamente, a las que se limitaba a enviar “órdenes” escritas que se leían en voz alta y se ratificaban, o bien a hablar por teléfono si había que tomar una decisión urgente. Al-Asad asistió en persona a la conferencia de la Dirección Regional del 17 de febrero de 2000. Poco tiempo después de dicha conferencia, el primer ministro Mahmud al-Zubi, que había ocupado el cargo desde 1987, fue destituido sumariamente bajo un aluvión de críticas sobre el pobre rendimiento de su gobierno, hecho que supuso una medida sin precedentes anteriormente prohibida. Se trataba de responsabilizar al gobierno, en lugar de a al-Asad, por el deterioro económico, aunque fuera aquél quien supervisara cada una de las funciones del mismo.

La transferencia de poder del padre al hijo tuvo lugar en un solo día, en un modo que reflejaba
el alcance del control absoluto del régimen

El 13 de marzo del 2000, al-Asad anunció la creación de un nuevo gobierno encabezado por Muhammad Mustafa Meru, ex alcalde de Alepo. Aunque la mayoría de los ministerios con un cartera importante, como el Ministerio de Defensa, de Asuntos Exteriores y de Economía, continuaron con los mismos ministros, era evidente que Bashar al-Asad jugó un papel importante en la elección de los nombres del resto de los ministerios. La formación del nuevo gobierno vino acompañada de promesas de reforma, sobre todo relativas a la renovación y al desarrollo de leyes que se remontaban a la época del mandato francés y que no se habían modificado durante más de medio siglo. Otro aparente resurgimiento de libertad política se puso de manifiesto con la liberación simbólica de varios presos políticos de orientación izquierdista (en 1999, al-Asad había concedido una amnistía general que incluía a cientos de presos políticos de los Hermanos Musulmanes). Después de haberse pospuesto muchas veces, por fin se convocó el noveno congreso del partido Baaz (el octavo congreso había tenido lugar 15 años antes) y se intensificó la campaña anticorrupción. Los medios de comunicación anunciaron que Bashar al-Asad conduciría la campaña para modernizar el Estado y reformar la economía y la Administración. Este hecho no dejaba de llamar la atención dado que, en aquella época, Bashar no ocupaba ningún cargo político y su padre había negado en repetidas ocasiones que quisiera que él fuera su sucesor, como en junio de 1998 ante preguntas de la televisión francesa, cuando respondió que no estaba preparando a su hijo para que le sucediera, además de aludir a la Constitución, en la que no se otorgaba ese derecho. Vale la pena mencionar que durante esa entrevista le preguntaron en qué le gustaría que su sucesor se le pareciese y respondió: “Me gustaría que fuera una persona recta y que luchara contra la corrupción”.

Transferencia de poder

La transferencia de poder del padre al hijo tuvo lugar en un solo día (11-12 junio de 2000), en un modo que reflejaba el alcance del control absoluto del régimen. Se convocó la Asamblea Popular para enmendar el artículo 83 de la Constitución, que estipulaba que el presidente de la República tenía que tener al menos 40 años. Esta edad se cambió a 34, de modo que Bashar pudiera acceder al poder. Siguen sin conocerse los detalles de cómo se realizó la transferencia de poder, pero antes de que tuviera lugar se llegó a un claro acuerdo con el Ejército, los servicios de seguridad y las clases políticas para permitir que el presidente Hafez al-Asad llevara a cabo cambios radicales en dichas instituciones, que habían tenido los mismos dirigentes desde los años ochenta.

Con la llegada de Bashar al poder aparecieron dos facciones dentro del Baaz. Esto sucedió porque tras el nuevo régimen surgido a raíz del noveno congreso del partido, que tuvo lugar varios días después de la muerte de Hafez, la mayoría de los antiguos líderes del país siguieron manteniendo sus antiguos puestos; en otras palabras, formaban lo que los medios de comunicación árabes y occidentales denominaron la “vieja guardia”. De cualquier modo, los cuerpos militares dominaban el comité central del partido. Esta “nueva/vieja” cúpula parecía dispuesta a jugar un papel que no había jugado durante la era del presidente Hafez al-Asad, calificada a menudo de estancada, indiferente a nuevas ideas económicas y políticas, intolerante y a veces obstruccionista. El comité central también acusó a los activistas y oponentes, sobre todo durante la “Primavera de Damasco”, de traición y de otros delitos similares.

El “Manifiesto de los 99” fue descrito por los medios árabes e internacionales como el primer grito por la libertad de Siria

Bashar al-Asad mantuvo muchas de las características del régimen que había heredado de su padre, en especial la estructura jerárquica que aseguraba su dominio. El puesto de presidente le garantizaba una autoridad absoluta sobre las demás instituciones estatales, de modo que nadie pudiese enfrentarse a él ni política ni personalmente. El desequilibrio de poder entre el Ejército y los servicios de seguridad suponía la única amenaza posible a su supremacía, aunque no existiera ninguna inmediata, porque el tipo de lealtad que podría aprovecharse de la situación de debilidad de Bashar tardaría mucho tiempo en volver a formarse. Además, Bashar al-Asad fue fortaleciendo gradualmente su posición en la estructura piramidal, reforzando los mecanismos protectores que operaban a su favor a través del gobierno, el Baaz y los servicios de seguridad. De este modo, siempre era el presidente el que tomaba las últimas decisiones, igual que sucedía en la época de su padre. El presidente seguía controlando las tres caras de la pirámide.

La primavera de Damasco

Como hemos mencionado antes, debido a las presiones sociales, económicas, políticas y culturales surgidas en la sociedad siria, algunas de estas quejas se trataron activamente en los foros públicos oficiales, como en la Sociedad Siria de Ciencias Económicas que se reunía los martes cada semana. Esta sociedad debatía sobre la política económica del gobierno sirio, pero lo que hacía sus debates tan apasionados era la presencia de Bashar al-Asad antes de que se convirtiese en presidente en 2000. Algunos de los participantes pensaban que estas reuniones estaban “protegidas” debido a la presencia de Bashar, y en torno a este hecho se creó más espacio para el debate popular. Algunos de estos seminarios no oficiales tenían lugar en el Foro de Estudios Modernos de Abu Zlam, en la zona de al-Baramka de Damasco, así como en el Foro Cultural de Dumar. Estos foros se hicieron más dinámicos cuando sus miembros sintieron la necesidad de un debate serio sobre asuntos políticos proscritos, empleándose a fondo para conseguir atraer a otros sectores sociales para que expresaran su opinión de un modo libre y responsable.

El 27 de septiembre de 2000, un grupo de intelectuales dio a conocer su primer “Manifiesto de los 99”. Este comunicado urgía a las autoridades a suprimir el estado de emergencia y la ley marcial aplicados desde 1963, promulgar una amnistía general para todos los presos políticos, facilitar el retorno de los exiliados, el establecimiento del Estado de derecho, garantizar la libertad general y reconocer el pluralismo político e intelectual, así como la libertad de asociación, la libertad de prensa y la libertad de expresión. El comunicado lo firmaron varias figuras importantes de la arena intelectual siria como Antoine Maqdisi, Burhan Ghaliun, Sadeq Jalal al-Azem, Tayeb Tizini, así como varios cineastas y reconocidos abogados. El acontecimiento atrajo la atención de los medios de comunicación árabes e internacionales, que lo describieron como “el primer grito por la libertad de Siria”. Para los intelectuales este comunicado supuso un ansiado despertar: la recuperación de su poder simbólico en el imaginario colectivo. El comunicado describía a la élite intelectual como la encargada de expresar la conciencia popular, guiándola hacia la libertad y la justicia. La reacción de las autoridades fue muy positiva considerando los estándares sirios. Ninguno de los que firmaron el manifiesto fue presionado por los servicios de seguridad, hecho bastante habitual en el país debido a su infiltración en la vida cotidiana de los ciudadanos. Más bien sucedió lo contrario: el presidente Bashar al-Asad respondió liberando a 600 presos políticos en octubre de 2000 y la prensa oficial fue la primera en hacerse eco de la noticia en sus portadas. Esto representaba el primer reconocimiento oficial de la existencia de “prisioneros políticos”, en lugar de referirse a ellos usando el término “delincuentes”, después de que las autoridades negasen continuamente su existencia y de que los consideraran reos después de haber cumplido su condena.

En septiembre de 2000, el parlamentario Riad Seif anunció la creación de un Foro para el Diálogo Nacional, compuesto por catorce miembros. Algunos de estos miembros combinaban sus actividades en el Consejo del Comité para el Resurgimiento de la Sociedad Civil con su participación en el Comité del Foro para el Diálogo Nacional. Estos acontecimientos estimularon los movimientos sociales y políticos, sobre todo los de los intelectuales, que vieron una oportunidad para ejercer más presión para que se llevasen a cabo las reformas políticas que asegurasen una protección real que no estuviera basada en el principio de dar luz verde o en la política de mirar hacia otro lado. El Foro Cultural para los Derechos Humanos y el Foro de Yamal al-Atassi para el Diálogo Democrático se establecieron el 13 de enero de 2001. Varios intelectuales se agruparon para crear el Consejo del Comité para el Resurgimiento de la Sociedad Civil, compuesto inicialmente por 20 miembros. Más tarde este número se redujo a 14 miembros que se reunían regularmente y llevaron a cabo la recogida de firmas necesaria para el “Manifiesto de los Mil”, que analizaba de modo crítico el periodo entre la llegada al poder del partido Baaz el 8 de marzo de 1963 y el inicio de la presidencia de Hafez al-Asad en noviembre de 1970. El “Manifiesto de los Mil” fue muy controvertido, tal como pusieron en evidencia las declaraciones ultraconservadoras de algunas figuras como el ministro de Defensa, Mustafa Tlas, y el de Comunicaciones, Mohammed Omran, entre otros. El Manifiesto fue duramente criticado en las portadas de la prensa oficial.

Los ataques del 11 de septiembre desviaron completamente la atención de todo el mundo y permitieron que los arrestos de intelectuales se llevaran a cabo sin agitación

El 31 de enero de 2001, Riad Seif volvió a anunciar en el Foro para el Diálogo la creación de un nuevo partido llamado Movimiento para la Paz Social, solicitando su existencia fuera del FNP. El vicepresidente Abdelhalim Jaddam lo consideró un llamamiento a la disgregación de Siria y esta acusación acabó sirviendo para acelerar el comienzo de la represión de los foros. Parece ser que todos estos pasos estaban orquestados e ideados por parte del régimen. Si observamos cómo se realizó la transferencia de poder, nos damos cuenta que todo era simulado, a través de la creación de nuevas políticas por parte de las élites políticas, militares y de los servicios de seguridad. Las autoridades anunciaron ciertas condiciones para regular, o mejor dicho, para contener las actividades de estos foros. Para poder conseguir la autorización oficial, se ordenó a las personas que se encargaban de organizar dichas reuniones que proporcionasen el nombre de los conferenciantes y de los participantes, así como que presentasen el material que se iba a usar en cada conferencia con quince días de antelación. Esto supuso un alto en las actividades a manos del aparato de seguridad del Ministerio del Interior. Esto coincidió con una campaña de la Dirección Regional del Baaz contra los intelectuales acusándolos de estar al servicio de intereses extranjeros. Incluso algunos miembros de la Dirección Regional recorrieron las provincias alzando la voz de alarma ante el mismo concepto de “sociedad civil”. Esto hizo que muchos foros anunciasen la suspensión de sus actividades, excepto el Foro para el Diálogo Democrático de Yamal al-Atassi. El fin de la Primavera de Damasco –término que había acunñado Riad Seif en una entrevista concedida a la agencia France Press en febrero de 2001– no se hizo esperar.

A pesar de esta situación, los intelectuales continuaron con sus actividades a través de sus comités representativos que habían conseguido auténtica legitimidad. En abril de 2001, el Foro de Yamal al-Atassi continuó con sus actividades organizando conferencias como la titulada “La cultura del miedo”. El Foro para el Diálogo Nacional, a pesar de que el diputado Riah Seif fuese interrogado a causa de su manifiesto sobre el Movimiento para la Paz Social, continuó celebrando sus reuniones y decidió seguir con los trámites para registrarlo legalmente y retomar sus actividades independientemente de lo que opinasen las autoridades.
El golpe definitivo a la “Primavera de Damasco” llegó, irónicamente, el 11 de septiembre de 2001 con la detención de los activistas más destacados del movimiento. Era una advertencia sobre la importancia de mantener el statu quo que había caracterizado a Siria desde finales de los 70, dirigida no solo a los que habían participado en el movimiento, sino a la población en general. Este retroceso legitimaba la cuestión de si era realmente posible un cambio real del régimen actual, sobre todo considerando que la Primavera de Damasco en realidad rehabilitó la imagen de éste dentro y fuera del país.

El nuevo régimen surgió sin un deseo de romper con su anterior política interior basada en el miedo, opresión, monopolio de la verdad y patriotismo

El nuevo régimen surgió sin un deseo de romper con su anterior política interior basada en el miedo, opresión, monopolio de la verdad y patriotismo. Los arrestos comenzaron con la detención del diputado Ma’mun al-Humsi en agosto de 2001 y con su posterior huelga de hambre. También arrestaron a Riad al-Turk, secretario general del Partido Comunista Sirio, en septiembre de 2001, tras su participación en un programa del canal Al-Yazira. A pesar de ello, el Foro Nacional retomó sus actividades, organizando el día 6 de septiembre de 2001 una conferencia que contó con la participación de Burhan Ghaliun, llegado expresamente desde París. Al principio de su charla, titulada “El futuro de la reforma y el cambio en Siria: hacia un nuevo contrato social”, propuso comenzar un nuevo capítulo en la vida socio-política del país. Las autoridades respondieron arrestando a Seif el 9 de septiembre de 2001, lo que llevó a que el Foro para el Diálogo denunciase el hecho y se comprometiera a continuar con sus actividades. Las autoridades respondieron de inmediato arrestando a cuatro miembros del Foro, entre ellos a Aref Dalila (ex-decano de la Facultad de Económicas de la Universidad de Damasco), Walid al-Bunni y Kamal al-Lobwani.

Al hacerse públicos los comunicados que condenaban estas detenciones y se comprometían a continuar con la actividad de la sociedad civil, otros dos activistas fueron detenidos: Habib Issa (abogado y portavoz del Foro de Yamal al-Atassi) y Fawaz Tilo (miembro del Comité del Foro para el Diálogo). Estas detenciones coincidieron con los ataques del 11 de septiembre, que desviaron completamente la atención de todo el mundo y permitieron que los arrestos de intelectuales y activistas se llevaran a cabo sin agitación. Tras el 11 de septiembre, los intelectuales permanecieron inactivos durante un tiempo, lo que les permitió recapacitar sobre los mecanismos políticos que perseguirían después de este acontecimiento de gran implicación internacional. Aunque estas detenciones marcaron oficialmente el fin de la Primavera de Damasco, los intelectuales y activistas apostaron por la posibilidad de crear un nuevo clima para la justicia y la libertad civil después de vivir durante décadas en un vacío civil. Desgraciadamente, esta apuesta fracasó debido a la oposición del régimen a la apertura o al cambio y a su insistencia a monopolizar todas las voces políticas, sociales y mediáticas.

La imagen de reformista de Bashar al-Asad se vio seriamente sacudida a causa de la represión que ejerció contra el denominado movimiento de la “Primavera de Damasco”. Los miembros de este grupo expresaron su aversión por el gobierno en varios foros políticos que de alguna manera habían conseguido prosperar sin ser castigados ni controlados, y desde los que se empezaron a exigir reformas políticas integrales. Estas reformas incluían la abolición de la ley marcial, vigente desde 1963, la liberación de todos los presos políticos, la creación de partidos políticos y la promulgación de una ley moderna de la información que permitiera la publicación de periódicos y revistas privados. Pero sobre todo, exigían que la Constitución se modificara sustancialmente. Al-Asad se pronunció contra este movimiento, acusando a sus activistas de varios delitos que culminaron en una serie de arrestos, incluyendo los de muchos de los líderes más influyentes del movimiento. Esta restricción causó una desilusión generalizada con el nuevo presidente, a quien muchos habían considerado como el reformador potencial de la vida política siria, que además comenzó a hablar sobre adoptar el modelo reformista chino en el que se da más prioridad a la modernización económica que a la reforma política.

A causa de la conocida susceptibilidad del régimen a las palabras empleadas por los medios de comunicación, una manía heredada de la época de Hafez al-Asad, Bashar tenía sus reservas sobre el uso del término “reforma”. También se tenía la sensación de que bajo el “líder eterno Hafez al-Asad” (como lo llamaban los medios de comunicación oficiales), el régimen no presentaba defectos, así que no había ninguna necesidad de reformas después de su muerte. Sucedió más o menos lo mismo cuando Kim Jong-il sucedió a su padre como líder de Corea del Norte. La actitud general era que el régimen llevaría a cabo el “desarrollo y la modernización” continuando las líneas marcadas previamente por el líder eterno, siguiendo las exigencias y la tecnología del momento para modernizar marcos ya existentes. Por tanto, Bashar al-Asad se negaba repetidamente a hablar de “reforma” y siempre respondía a sus críticos diciendo que “los términos que usamos en Siria son desarrollo y modernización”.

La Primavera de Damasco y la Primavera de Praga

La imagen de reformista de Bashar se vio seriamente sacudida a causa de la represión que ejerció contra el movimiento de la “Primavera de Damasco”

La Primavera de Damasco toma su nombre de la Primavera de Praga, pues existen muchas similitudes entre la Siria actual y la Checoslovaquia bajo el Partido Comunista. El régimen checo presentaba asimismo características similares a las del régimen baazista de Bashar al-Asad. A simple vista, ya nos damos cuenta de instituciones políticas estructuradas de un modo parecido. En Checoslovaquia, el Partido Comunista controlaba la sociedad política, económica y socialmente, gobernando con un reducido bloque de partidos aliados. El partido Baaz sirio controla el Parlamento a través del FNP, una agrupación de facciones políticas elegidas por el régimen y que sintonizan ideológicamente con los principios del partido. La Constitución checoslovaca estipulaba que el Partido Comunista era el líder del Estado y de la sociedad. Los legisladores sirios tomaron prestado esto y lo colocaron en el artículo 8 de la actual Constitución promulgada en 1973: “El Partido Socialista Árabe lidera al Estado y a la Sociedad”.

Checoslovaquia y Siria comparten muchos aspectos de sus persuasivos servicios de seguridad/espionaje. Ambos países pueden denominarse Estados de seguridad, debido al poder e influencia de dichos servicios. El número de personas que trabajaba para ellos en Checoslovaquia era desproporcionado teniendo en cuenta la población del país. La experiencia checa con la democracia entre 1918 y 1938 jugó un papel importante a la hora de inspirar a la oposición política y a la sociedad civil para que volviese la democracia parlamentaria. Los acontecimientos que tuvieron lugar en 1968, denominados la “Primavera de Praga” pudieron haber jugado un papel fundamental en la memoria de dicha experiencia. La intervención de los tanques soviéticos reprimió al movimiento reformista y acabó con la ejecución de muchos líderes y militares, incluyendo el líder del Partido Comunista Alexander Dubcek. Esta atrocidad precipitó que algunos comunistas destacados se opusieran a la intervención militar y que se unieran a la oposición y firmasen la “Carta 77”, que incitaba a la transición democrática. La oposición checa dio un paso que iba más allá de esa primera carta: un nuevo documento que trataba sobre la democracia y fue publicado en 1989, bajo la influencia de la Perestroika en la Unión Soviética, titulado “Democracia para todos” fue emitido por la Asociación de Libertades Civiles. Uno de los fundadores de esta iniciativa fue Vaclav Havel. El documento explicaba que “había llegado el momento del cambio político” y pedía “pluralismo político, independencia del poder judicial, libertad para formar partidos políticos, libertad de creencias, de asociación, la necesidad de proteger el medioambiente, de conseguir prosperidad económica y afirmar que Checoslovaquia formaba parte de la Europa de los 26”. Inicialmente, el número de signatarios del documento fue 120, a los que se unieron otros 100 en una segunda etapa, incluyendo a Vaclav Havel, que más tarde se convertiría en presidente, y Alexander Vondra, actual primer ministro, así como otros activistas y periodistas, casi las mismas personas que firmaron la “Carta 77”. Los partidos comunistas de Europa del Este se basaban completamente en el Partido Comunista de la Unión Soviética, bien para justificar su existencia o para obtener su apoyo económico y político. Por tanto, cuando la Unión Soviética cayó, y con ella el Partido Comunista, nada justificaba ya su existencia. De hecho, era la total dependencia de la Unión Soviética la que ligaba la legitimidad de los partidos comunistas de Europa del Este al Partido Comunista Soviético.

El ministro de defensa sirio, Hassan Turkmani, el presidente sirio Bashar al-Asad y el jefe del Estado Mayor, Ali Habi

El ministro de defensa sirio, Hassan Turkmani (i), el presidente sirio Bashar al-Asad (c) y el jefe del Estado Mayor, Ali Habi, en el palacio presidencial durante una cena en honor a las fuerzas armadas en el Día del Ejército. Damasco, Siria, 2 de agosto de 2007. / EFE

Pero no sucedió así en Siria. El Baaz había cesado sus estrechas relaciones con la Unión Soviética, pero su legitimidad no estaba relacionada con el Partido Comunista Soviético. El Baaz siempre mantuvo una cierta distancia ideológica, dando preferencia a los factores nacionalistas y al interés propio. Por tanto, el colapso de la Unión Soviética no acabó con los regímenes baazistas de Siria ni de Iraq. Estos se adaptaron con rapidez reforzando su apoyo sobre la base del nacionalismo, el arabismo y una mezcla de discurso religioso y étnico tras la desaparición de la ideología izquierdista. Los partidos comunistas de Europa del Este siguieron como partidos políticos involucrados en instituciones activas a pesar de sus tendencias totalitarias y de su dependencia de la Unión Soviética. Monopolizaron la representación política eligiendo a miembros del buró político siguiendo criterios de imparcialidad, intereses personales y redes de contactos. Las decisiones las tomaban conjuntamente los miembros más antiguos del cuadro de cada partido. Además, la terminación de los servicios se respetaba en todos los niveles, tanto en política como en los servicios de seguridad. Pero no sucede así en los países árabes gobernados por partidos similares, incluyendo el partido Baaz sirio. El papel del partido y de sus políticas fue disminuyendo hasta desaparecer, convirtiéndose en un mero brazo propagandístico del jefe de Estado, de modo que el propio sistema político ya no es partidista. En muchos países árabes, se ha convertido en un órgano gobernado por los miembros de la familia dirigente, que son los que tienen la última palabra en las decisiones políticas, económicas y militares. Por ejemplo, sucedía así en el caso de Saddam Husein. Esta es la diferencia que impidió que el Baaz sirio hiciera cambios para implementar una transferencia de poder democrática, a pesar de las fuertes protestas de la población. Los regímenes autoritarios en el mundo árabe cuentan con las mismas instituciones pero adaptadas a un gobierno de tipo familiar o a un gobierno unipersonal. En Siria, esto permitió que Bashar sucediera a su padre sin que ninguna de las “instituciones” objetara nada al respecto. Esto nunca habría sucedido en Europa del Este. Además, los países europeos ya superaron la época del nacionalismo, sobre todo a causa de las dos Guerras Mundiales que tuvieron lugar en su territorio. Como consecuencia, los sistemas de la Europa del Este no utilizaron el pretexto nacionalista para reprimir a sus oponentes y acusarlos de amenazar los intereses y la seguridad nacional. En Siria nos encontramos con lo opuesto. El legado del imperialismo, la guerra árabe-israelí y la ocupación israelí del Golán han fomentado el nacionalismo (panárabe o patriótico) a niveles casi fanáticos.

La “Primavera de Damasco” se quedó en poco más que un periodo de inspiración para los activistas y luchadores por la libertad de la Siria del mañana

La armonía religiosa y étnica son factores importantes para reducir la fricción entre la élite política en el poder y en la oposición. La élite política no puede emplear el pretexto étnico ni proteger de los peligros provocados por una confesión que puede asustar a toda una sociedad con el fantasma de una guerra civil. Por último, no debemos olvidar el factor externo. La presión del Occidente capitalista sobre el bloque comunista de Europa del Este estaba basada en la apertura y democratización a fin de acabar con la dictadura comunista. La Iglesia católica también presionó para santificar la libertad religiosa, restringida por los regímenes comunistas. Los partidos comunistas tuvieron que aguantar grandes presiones internas para integrarse en la Unión Europea y abrirse al mundo.

En lo relativo a Oriente Próximo, Occidente busca primero estabilidad en la región y la seguridad de Israel a largo plazo a través de la resolución del conflicto árabe-israelí, pero sin cumplir la agenda de la democratización. Por estos motivos la sucesión de padre a hijo fue muy tranquila, sin ningún empeño por parte de ningún país occidental. Para concluir, la Primavera de Damasco representó un periodo de cambio muy prometedor, pero a causa de la naturaleza del régimen autoritario sirio, incapaz de reformarse a sí mismo desde dentro, y de la ausencia de pensamiento estratégico dentro del movimiento, se quedó en poco más que un periodo de inspiración para los activistas y luchadores por la libertad de la Siria del mañana.

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