Fabrice Balanche
Profesor, Université Lyon 2; director del Groupe d’Etudes et de Recherche sur la Méditerranée et le Moyen-Orient. [+ DEL AUTOR]

El nuevo león de Damasco no transformará Siria en un tigre económico

Aquellos que conocieron Siria en los 80 y que regresan a Damasco nuevamente se sorprenden de la convulsión económica del país. Las avenidas austeras y vacías de coches dejan sitio, hoy en día, a arterias animadas y colapsadas por un flujo continuo de vehículos. Los eslóganes a la gloria del presidente: “Asad ila al abad” (“Asad eternamente”) o también “Kuluna maak” (“Estamos todos contigo”) y del partido Baaz: “Al-Baaz tarikuna” (“El Baaz es nuestro camino”) permanecen pero se confunden en el paisaje urbano con las publicidades de Benetton, una marca coreana de coches o “Zerowat”, el lavavajillas hecho en Siria. Los cajeros automáticos han surgido por doquier. Ya no es necesario hacer cola ante el muy oficial y burocrático Banco Comercial de Siria para cambiar divisas por las libras sirias (LS), sobrevaluadas por un curso forzado digno de la Unión Soviética (en el mercado negro podemos obtener 60 LS por un euro contra únicamente 14 LS en el Banco Comercial de Siria, la única oficina autorizada para cambiar divisas hasta el 2005). El tiempo en el que los comerciantes cambiaban las divisas precipitadamente en su trastienda, a un tipo de cambio mucho más ventajoso, ha pasado. El tipo es homogéneo y el cambio de divisas extranjeras ya no se castiga con 5 años de cárcel, o al menos dicho decreto no se sigue aplicando.

Las avenidas austeras y vacías de coches dejan sitio, hoy en día, a arterias animadas y colapsadas por un flujo continuo de vehículos

Escaparate de una pastelería la víspera de la celebración del Id al-Adha o Fiesta del Sacrificio

Escaparate de una pastelería la víspera de la celebración del Id al-Adha o Fiesta del Sacrificio. Damasco, Siria, 9 de enero de 2006. / Youssef Badawi / EFE

Podríamos seguir ofreciendo ejemplos de las transformaciones que han contribuido a cambiar completamente la cara de Siria. ¿Pero este cambio no es ficticio? ¿Está únicamente confinado a la capital y algunos barrios centrales de las grandes ciudades? Porque cuando abandonamos los grandes ejes y visitamos las pequeñas ciudades y pueblos, el tiempo parece haberse detenido desde la revolución baazista de 1963. Sin duda encontramos muchos más coches que hace una década y el uso del móvil está muy extendido; sin embargo, las estructuras económicas no han evolucionado. El desfase creciente entre Damasco y el resto de Siria es el resultado del proceso de centralización política que se implantó desde la independencia y, sobre todo, desde la entrada de Siria en la globalización. Esta última ha tenido como resultado una concentración del crecimiento económico y, por consiguiente, de las actividades y de las personas, en las metrópolis a través de las cuales el país se integra en la economía mundial. Ello conlleva que los espacios periféricos estén aislados y las poblaciones no integradas sufran una importante caída de su nivel de vida, más aún cuando las necesidades en la nueva sociedad de consumo aumentan de manera exponencial. Ciertamente Siria no conoce la hambruna u otro problema de malnutrición a gran escala, como otros países desestructurados por la mutación de su economía, pero las diferencias de ingresos y de estilo son ya escandalosas. Esto provoca una enorme frustración en la población, especialmente en la juventud, que descubre que el confort “occidental” existe verdaderamente en Siria y no únicamente a través de las películas extranjeras, pero al que no podrán acceder. Y ello en un país marcado por las divergencias insalvables entre las comunidades y un régimen en permanente búsqueda de legitimidad, debido precisamente a su carácter minoritario (la familia Asad es de confesión alawí, así como la parte más importante del clan en el poder; sin embargo los alawíes están considerados como heréticos por los musulmanes sunníes que representan el 80% de la población siria). Una eventual recesión económica podría tener graves consecuencias políticas, lo que no constituía un peligro en el marco de la economía dirigista del anterior periodo.

REFORMA AGRARIA Y NACIONALIZACIONES: EL RÉGIMEN “BAAZISTA” CONSTRUYE SU BASE SOCIAL

Cuando se visitan las pequeñas ciudades y pueblos el tiempo parece haberse detenido desde la revolución “baazista” de 1963

En veinte años Siria pasó lentamente de un sistema económico dirigista de inspiración marxista a una economía capitalista liberal. El proceso de reformas iniciado tímidamente por Hafez al-Asad sufrió una notable aceleración con la llegada al poder de Bashar en junio de 2000. La apertura del sector bancario al sector privado, el fin del control de las operaciones de cambio, los acuerdos bilaterales con Turquía o de libre comercio en el marco de la GAFTA (“Greater Arab Free Trade Area”, Gran Área Árabe de Libre Comercio) en 2005, influyeron decididamente para sacar a Siria del atolladero económico en el que se encontraba en los años 90. En teoría el cambio es radical, pero en la realidad el discurso y las medidas legales no hacen sino ratificar una situación de hecho. Cuando el partido se hizo con el poder en 1963, lanzó una amplia reforma agraria y nacionalizó sectores enteros de la economía: la industria, la banca, los seguros, el comercio mayorista, los transportes, etc. Únicamente el comercio al por menor y la artesanía escaparon a estas medidas. La cimentación de un sector público industrial potente en los años 70, gracias a las ayudas de los países árabes del Golfo, así como una nueva oleada de restricciones para el sector privado convirtieron a Siria en un país “socialista” comparable con los de la Europa del Este en los años 80, incluido su rosario de penurias. El establecimiento de esa economía dirigista no fue tanto un fruto de la imposición de la ideología marxista en el seno del régimen o de la alianza estratégica con la Unión Soviética como de la voluntad de destruir a la clase política opositora: la burguesía urbana y los grandes terratenientes.

En 20 años Siria ha pasado de un sistema económico dirigista de inspiración marxista a una economía capitalista liberal

Los militares que tomaron el poder en 1963 provenían de la pequeña burguesía rural, bloqueada en su ascensión social por la clase superior que controlaba la economía siria. Asimismo, esta pequeña burguesía procedía a menudo de comunidades minoritarias: alawí, ismaelí, drusa o cristiana ortodoxa, mientras que la burguesía urbana era sunní y griego-católica. Los alawíes fueron especialmente las víctimas de ese bloqueo económico y comunitario. Considerados durante mucho tiempo como heréticos por los musulmanes sunníes, especialmente debido a su creencia en la reencarnación, vivían recluidos en las montañas del nordeste del país y solo tenían la carrera militar como única posibilidad de promoción social. En la Siria de los años 50 las diferencias entre el medio urbano y rural eran enormes. Las poblaciones rurales eran menospreciadas por los ciudadanos de las urbes y se hacían muy pocas inversiones públicas en el medio rural, que vivía sin electricidad, carreteras, escuelas u otros servicios públicos. La mitad de las familias campesinas del país, aún fuertemente agrícola, no poseían tierras y trabajaban como aparceros o jornaleros. Sin embargo, solo varios centenares de familias terratenientes acaparaban más de la mitad de las tierras.

La nueva clase dirigente que tomó el control en 1963 no disponía de capital financiero, de conocimientos en el mundo de los negocios ni tampoco obviamente de las redes sociales indispensables para prosperar. Únicamente apoderándose de los medios de producción podría realizar su “acumulación primitiva”, por retomar un viejo concepto marxista, tanto desde el punto de vista financiero como social. Es la razón por la cual la nueva burguesía burocrática se nutre de las rentas del Estado abonadas al sector público, de los impuestos sobre las exportaciones de materias primas agrícolas y minerales, así como de los diversos chantajes al sector privado. Esa situación exigía mantener un equilibrio entre el sector público y privado, con el fin de que este último no se asfixiara totalmente, al constituir una fuente nada despreciable de ingresos para la burguesía burocrática. También era necesario que el país dispusiera de materias primas o de ingresos capaces de mantener el aparato burocrático, ya que el régimen tributario en Siria era meramente simbólico. Hafez al-Asad tuvo la suerte de beneficiarse entre 1974 y 1987 de las masivas ayudas financieras de los países árabes productores de petróleo tras la guerra del Yom Kippur y del aumento de los precios de dicha materia prima. La crisis energética de los años 80 sumergió al país en una grave crisis financiera de la cual salió milagrosamente gracias al descubrimiento de importantes yacimientos de petróleo. El regreso en estado de gracia de Siria, después de la primera Guerra del Golfo en 1991, contribuyó igualmente a salvarla de la bancarrota ya que las petromonarquías del Golfo le otorgaron de nuevo una ayuda financiera para agradecerle su participación en la coalición anti-iraquí dirigida por los Estados Unidos. De paso permitieron a Siria echar mano a Líbano, otra fuente importante de ingresos para los barones del régimen.

UN CAMBIO ECONÓMICO “CAPITALISTA LIBERAL” EN LA CONTINUIDAD POLÍTICA

En Siria una buena asociación económica debe incluir a un sunní, un cristiano y un alawí: el primero posee el capital, el segundo los contactos en el extranjero y el tercero ofrece la protección del régimen

La apertura económica de 1991, que se materializó mediante la célebre Ley n°10, es pues el fruto de una situación desastrosa generada por el dirigismo económico pero también del interés de la clase dirigente que buscó hacer prosperar su capital privatizando monopolios del Estado. La caída del sistema comunista en Europa oriental tuvo pocas consecuencias en la política económica de Siria al no prestar la URSS ninguna ayuda al país desde la llegada al poder de Mijaíl Gorbachov; más bien al contrario, se solicitó el pago de la deuda de 10.000 millones de dólares que el régimen de Hafez había contraído por la compra de material militar y fábricas entregadas llaves en mano. Con ocasión de una entrevista concedida en 1991, un periodista occidental preguntó a Hafez al-Asad si tenía pensado cambiar de sistema político y económico, ahora que la Unión Soviética se había derrumbado. El presidente sirio respondió que no pensaba cambiar un sistema que había necesitado veinte años para construirse en el momento en que funcionaba perfectamente. Sin embargo, de cara a las relaciones públicas internacionales, se entiende que Hafez al-Asad anunciara el establecimiento de algunas reformas económicas liberales. Pero los inversores extranjeros no se dieron por enterados: únicamente Nestlé abrió una planta en Damasco. La creación de empresas en los años 90 fue fruto fundamentalmente de nacionales instalados en el extranjero o en Siria que repatriaron capitales para aprovechar ciertas oportunidades que les ofrecía el mercado de consumo sirio, “un desierto al que sólo había que regar para que la vegetación floreciera”, según la expresión de un hombre de negocios sirio. Efectivamente, tras años de penuria, los consumidores se abalanzaron sobre los productos importados y los empresarios pudieron aprovecharse del aflojamiento de la tenaza burocrática. La relativa protección aduanera que disfrutaba la producción siria en su época fue también extremadamente favorable al desarrollo de una pequeña industria local.

Un pastor vigila a sus ovejas en la zona montañosa al noroeste de Damasco

Un pastor vigila a sus ovejas en la zona montañosa al noroeste de Damasco, Siria, 5 de noviembre de 2003. / Mike Nelson / EFE

No obstante, esta liberalización económica presentaba un importante inconveniente para Hafez al-Asad, el de reactivar poderosamente a la burguesía mercantil e industrial sunní en detrimento de la burguesía burocrática alawí. Ciertamente, dicho resultado era inevitable, pero representaba un peligro para el régimen, que temía el fortalecimiento de una clase opositora con la cual no deseaba en absoluto compartir el poder. La burguesía burocrática alawí, a pesar de su acumulación de capitales y su poder político, seguía sin tener las redes de contactos y los conocimientos ineludibles para aprovecharse del nuevo entorno económico. Sin embargo, algunos alawíes consiguieron hacerse un sitio nada despreciable en el mundo de los negocios, como es el caso de Rami Makhluf, primo hermano de Bashar al-Asad, por evidentes razones de parentesco. Otros miembros del clan en el poder se asociaron con empresarios sunníes a quienes entregaban el aval del régimen y las redes en el seno de la Administración para desbloquear las mercancías en la aduana, obtener una nueva licencia de importación, etc. En Siria una buena asociación económica debe incluir a un sunní, un cristiano y un alawí. El primero posee el capital y las redes en la población; el segundo dispone a menudo de contactos en Europa o en América del Norte que facilitan las relaciones internacionales; el tercero ofrece la protección del régimen y los conocimientos acerca de los servicios secretos y la burocracia. Pero dichas asociaciones siguen siendo informales y frágiles, y no conllevan la creación de una sociedad anónima. Serían necesarios matrimonios para sellar en el tiempo dichas alianzas, sin embargo las divergencias de las comunidades y el recelo político impiden tales circunstancias.

La apertura económica de 1991 es fruto de una situación desastrosa generada por el dirigismo económico y del interés de la clase dirigente en prosperar privatizando monopolios del Estado

Hafez al-Asad alentaba mucho dichos matrimonios entre los miembros de su asabiyya (clan al que une un sentimiento de solidaridad y objetivos comunes) alawí y la burguesía económica sunní, pero fueron escasos los miembros de la antigua burguesía que aceptaron dicha alianza con el régimen. Los matrimonios mixtos los constituyeron en su mayoría miembros de la nueva burguesía floreciente deseosos de obtener de ese modo el apoyo político indispensable para prosperar. Bashar al-Asad se casó con una mujer sunní con el beneplácito de su padre con el fin de alcanzar más legitimidad ante los ojos de la población, pero su ejemplo no fue seguido por otros. Los prejuicios comunitarios en Siria son el principal obstáculo para una fusión entre la burguesía burocrática y la burguesía económica, contrariamente a lo ocurre por ejemplo en Egipto. Ante la imposibilidad de multiplicar los matrimonios ante el imán, Bashar al-Asad organizó la alianza económica entre el régimen y los empresarios en el seno de dos holdings: Cham y Surya. El primero está dirigido por Rami Makhluf, a quien ya hemos aludido anteriormente, y el segundo por Issam Jud, joven hombre de negocios sunní de Latakia, miembro de una familia de la nueva burguesía adherida al régimen desde los primeros años de poder de Hafez al-Asad. Hay que indicar que entre los miembros de la junta directiva de este segundo holding encontramos a Rodolphe Saadé, el hijo del armador sirio-libanés-francés Jacques Saadé propietario de la CMA-CGM, tercera empresa de flete del mundo. La presencia de un miembro del grupo CMA-CGM en este holding está directamente ligada al hecho de que dicha empresa haya podido abrir la única terminal portuaria privada de Siria en Latakia.

LA ECONOMÍA SOCIAL DE MERCADO

Los empresarios que se negaron a adherirse al régimen vieron su ascenso bloqueado, ya fuera porque sus peticiones ante la burocracia eran desestimadas o porque eran víctimas de los barones del régimen o de sus competidores en los negocios. Muchos empresarios se quedaron al nivel de la pequeña o mediana empresa cuando hubieran podido por méritos propios pasar a un nivel superior. Pero temían ser demasiados visibles y consecuentemente ser requeridos por miembros deseosos de “asociarse” con ellos, esto es, exigiendo compartir los beneficios a cambio de su protección. En la industria estos empresarios se conformaban con una pequeña producción destinada al mercado local. Pudieron prosperar cuando el mercado sirio aún estaba protegido por aranceles y cuotas de importación, situación que desapareció a partir de 2005, fecha de la entrada de Siria en la GAFTA. La industria siria se encontró brutalmente frente a la de los países del Golfo, mucho más competitiva en numerosos segmentos, pero sobre todo con la industria china, cuyos productos entraban a través de la zona franca portuaria de Yebel Ali donde recibían la etiqueta “Made in Dubai” antes de ser reexportados a otros países de la GAFTA, libres de impuestos y cuotas. No obstante, incluso sin esta “arabización”, los productos chinos eran mucho más competitivos que los sirios y ello a pesar de que los aranceles llegaron a alcanzar el 100%. Las consecuencias fueron desastrosas para la pequeña industria, sin preparación frente a esa invasión brutal y sometida a una burocracia asfixiante. En Siria es mucho más fácil y lucrativo ser comerciante que industrial, ya que las leyes que rigen la producción son una herencia del periodo socialista. Esto significa, concretamente para un empresario industrial al que le resulta imposible despedir a los empleados bajo dicha doctrina, que el precio de cada producto debe ser negociado con la temida Dirección de los Fraudes (“Tamwin”), y que no se puede importar material o productos intermediarios extranjeros si éstos ya están disponibles en el mercado local sin contar con los fuertes impuestos establecidos sobre los beneficios, más difíciles de ocultar que para un comerciante. Sin embargo, y obviamente, todo se puede negociar con la burocracia imperante pero ello exige tiempo, esfuerzos y dinero que se podrían dedicar a mejorar la productividad de las empresas. La economía se muestra de ese modo incapaz de generar un tejido de pequeñas y medianas empresas. Y son pues las grandes empresas pertenecientes a los dos principales holdings las que se desarrollan y acaparan la mayor parte del crecimiento.

Siria ambiciona ser la destinataria privilegiada de los turistas del Golfo en base al modelo libanés. El turismo occidental es también un objetivo

El cambio económico era indispensable ya que el sistema “socialista” estaba contra las cuerdas. El petróleo permitió a los Asad, padre e hijo, posponer unas reformas con un coste social y político arriesgado para su régimen, pero esas rentas salvadoras no dejan de menguar frente a una población que crece rápidamente: una media anual del 2,5% durante el último periodo intercensal (1994-2004), frente al 3,2% desde la independencia (o sea, una población que se duplica cada 20 años). A medida que Siria avanza hacia la transición demográfica sigue existiendo una desaceleración, pero antes de poder sacar provecho de ello tendrá que integrar en el mercado laboral a las generaciones nacidas durante el periodo de máxima natalidad, lo que está ocurriendo precisamente ahora.

Es en ese contexto que Bashar al-Asad se ha visto obligado a acelerar la liberalización de la economía desde su llegada al poder. La apertura de la banca al sector privado constituye la clave del cambio en curso, ya que facilita la llegada de inversores directos extranjeros y, particularmente, aquellos procedentes del Golfo Pérsico. Desde el pasado 11 septiembre de 2001, las petromonarquías del Golfo han reorientado una parte de sus inversiones hacia el mundo árabe. En Siria el flujo de la inversión extranjera directa (FDI, en sus siglas en inglés) despegó a partir de 2004, pasando de los 200 millones de dólares a 1.200 en 2008. Hay que subrayar que la FDI sigue aumentando en Siria tras la crisis de 2008 cuando disminuye en todos los demás países de la región. La apertura de la bolsa de Damasco el 9 de marzo de 2009 constituye el símbolo de la incorporación definitiva de Siria a la economía capitalista globalizada, aunque oficialmente se trata de construir “una economía social de mercado”, según el eslogan del partido Baaz. Sin embargo, Siria no ha hecho tabla rasa con el pasado, y el poderoso sector público, herencia del periodo de economía dirigista, sigue existiendo. El régimen no puede asumir el cierre de las empresas públicas y despedir a su personal, no ya por una preocupación social sino simplemente porque los empleados pertenecen a las redes clientelistas que le apoyan. En cuanto a la privatización, aún sigue siendo un tabú político, y es simplemente inimaginable ante la falta de empresarios que acepten conservar su personal pletórico y poco productivo. Ante la falta de nuevas inversiones, la producción sigue disminuyendo gradualmente y los mejores elementos abandonan sus puestos públicos para pasarse al más lucrativo sector privado.

UN MODELO DE VIDA INDIVIDUAL Y CONSUMISTA INCOMPATIBLE CON LOS INGRESOS

Todo parece indicar que Siria no sigue la vía china hacia el capitalismo, sino más bien la egipcia

El tiempo en que las familias sirias vivían de forma acomodada ha llegado a su fin. Ya no es cuestión de acumular las conservas que se elaboran en casa para todo el año, de poner en salmuera nuestras aceitunas o remendar la ropa que vestimos. Las veladas entre amigos en torno a un té, los viernes en casa de los suegros y las vacaciones en el pueblo ya no bastan para ser feliz. Hace años que las familias comunitarias han estallado. Las esposas ya no quieren seguir viviendo en casa de sus suegros y exigen un apartamento independiente, si es posible alejado de la familia política para disfrutar de la libertad individual. Estas nuevas exigencias cuestan dinero y tienen el inconveniente de aplazar la edad del matrimonio mucho más allá de los treinta años, especialmente para los hombres que deben soportar la mayor parte de los gastos de instalación del hogar. Este modelo de vida propuesto es del todo incompatible con los ingresos de la mayoría de la población. Los salarios de los funcionarios han sido revisados al alza varias veces desde la llegada al poder de Bashar al-Asad, arrastrando con ello los salarios del sector privado, pero los precios también han aumentado considerablemente, anulando con ello en gran parte las subidas del poder adquisitivo. La frustración es muy grande para la mayoría de los sirios, más aún cuando tienen a su disposición toda una serie de artículos de buena calidad, desconocidos hasta ahora, pero inaccesibles. El precio de la vivienda se ha triplicado desde 2005 bajo el efecto conjugado de la repatriación de los capitales de los sirios de Líbano, que se invierten principalmente en el ladrillo, y las compras inmobiliarias de los emigrantes que se fueron a trabajar en el Golfo. Estos últimos disponen de ingresos muy superiores a sus conciudadanos que se quedaron en Siria. Se ha producido, al igual que en Líbano o en Jordania, países donde las remesas de los emigrantes constituyen más del 20% del PIB, un encarecimiento de los precios ligado al flujo de los capitales exteriores, un proceso que se conoce en economía bajo el nombre de “dutch disease” o “enfermedad holandesa”.

EL FIN DEL TRABAJO GARANTIZADO PARA LOS TITULADOS

¿Qué interés tendría el nuevo León de Damasco en que Siria se convirtiera en un tigre si ello acabaría llevándole a refugiarse a orillas del Támesis?

Una parte de la población siria se beneficia de los nuevos empleos creados por la liberalización económica. Los bancos privados y las empresas de telefonía móvil necesitan personal cualificado y dinámico que remuneran adecuadamente. En las sociedades privadas un ejecutivo gana al mes entre 30.000 y 60.000 libras sirias (entre 500 y 1.000 euros) frente a las 12.000 a 30.000 (200 a 500 euros) en el sector público. El nivel de salario en el sector privado condiciona en lo sucesivo la emigración hacia los países del Golfo a cualquier persona cualificada que soñaba salir del país una vez terminara la universidad. Hasta la mitad de los años 90, los titulados sirios, ingenieros y arquitectos principalmente, debían trabajar cinco años para el Estado antes de poder ejercer en el sector privado o emigrar. Ciertamente en los años 70 Siria necesitaba personal y todos los diplomados encontraban puestos de responsabilidad en el sector público, pero la masificación de la universidad en los años 80 saturó rápidamente la posibilidad de encontrar un empleo estatal. Los titulados eran contratados a menudo en despachos sin ninguna relación con sus especialidades y esperaban, con paciencia oriental, ser liberados de su “servicio civil” para marcharse. Pero tras 5 años vegetando en la Administración, solo una minoría era aún capaz de integrarse en el sector privado o tenía la voluntad de probar suerte en el extranjero. La mayoría de los titulados se quedaba finalmente en su puesto, con la felicidad de tener la seguridad de un empleo, sin duda escasamente remunerado pero en el cual no le exigían ninguna productividad. En los años 90, la obligatoriedad de trabajar para el Estado se hizo progresivamente opcional para las diferentes categorías de titulaciones. No obstante, ante la falta de oportunidades en el sector privado, la función pública seguía seduciendo a muchos candidatos. En 2001, el Estado dejó definitivamente de ofrecer sistemáticamente un puesto a los nuevos ingenieros y arquitectos. “La economía social de mercado” significa que los sirios deben dejar de confiar en el Estado para obtener un puesto de trabajo y centrarse en el sector privado que es, en lo sucesivo, el motor exclusivo de la economía siria.

MÁS DE LA TERCERA PARTE DE LA POBLACIÓN VIVE BAJO EL UMBRAL DE LA POBREZA

Las redes de seguridad social puestas en marcha durante el periodo “socialista” (1963-1990) se han desmantelado progresivamente. Los productos alimentarios ya no se subvencionan, se revisan las tarifas de las energías (la electricidad, el gasoil doméstico, los carburantes, el gas) hasta alcanzar su verdadero precio, con el consiguiente encarecimiento de los productos básicos. Se creó un fondo nacional de Ayuda Social en el 2009 para ayudar a los más pobres, si bien la lentitud burocrática no ha permitido aún que las ayudas hayan beneficiado a dicha población. La Administración alega como excusa la dificultad que encuentra en definir realmente las poblaciones pobres en un país donde la mayor parte de los ingresos no se declara. Habría que añadir igualmente que la corrupción está generalizada, lo que provoca que cualquier ayuda social sea efectivamente muy costosa y a menudo ineficaz. Eso es lo que aconteció en octubre de 2008 con los bonos de tarifa reducida para el gasoil doméstico, cuyo fin era permitir a la población pobre calentarse durante el invierno, después de que el Estado hubiese triplicado su precio. Dichos bonos nutrieron desde el momento de su distribución un poderoso mercado negro a escala nacional. Muchas familias pobres estaban en tal situación de indigencia que prefirieron recibir algunas decenas de miles de libras inmediatamente antes que esperar el momento para utilizar dichos bonos. Por otra parte, todos especularon con un invierno suave.

La población siria se ha incorporado a la sociedad de consumo y su atención se centra más en tener un coche que en recuperar el Golán

En 2007, Siria contabilizaba oficialmente un 33% de pobres (5,5 millones) de los cuales el 12,3% eran extremadamente pobres (2,2 millones) según un estudio del PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo). Tras la publicación de estas cifras el gobierno sirio se comprometió a reducir, de aquí a 2015, el porcentaje de personas extremadamente pobres a la mitad. Pero esta declaración de intenciones, realizada antes de que se disparasen los precios de las energías y de los productos alimentarios de 2008, no ha sido respaldada por medidas concretas. Y contrariamente a lo expresado, la pobreza ha seguido aumentando en estos tres últimos años, especialmente en el campo golpeado con crudeza por la sequía, el encarecimiento de los carburantes y el fin de las ayudas del Estado a los precios agrícolas. La Yezireh, una región del noroeste del país considerada como el granero de trigo de Siria, ha sufrido particularmente los efectos. La población rural emigra masivamente hacia las grandes ciudades de la región y sobre todo hacia Damasco, aumentando aún más la población que se hacina en sus suburbios. Oficialmente el desempleo alcanza el 20% de la población activa en Siria, pero es difícil tener una estimación precisa ya que la mayoría de la población trabaja en el sector informal. Asimismo, numerosas mujeres se declaran amas de casa ya que no han conseguido encontrar un empleo, y muchos estudiantes prolongan sus estudios por la misma razón. La solidaridad familiar permite amortiguar el choque de la liberalización económica, pero ¿hasta cuándo?

EL TURISMO: ¿UNA NUEVA RENTA SALVADORA?

El Estado anuncia a bombo y platillo que el desarrollo del sector turístico permitirá la creación de 2 millones de empleos al horizonte de 2020. En efecto, Siria ambiciona ser la destinataria privilegiada de los turistas del Golfo en base al modelo libanés: veraneo, turismo de sol y playa y hoteles de lujo en las grandes ciudades. Hay que añadir que este tipo de turismo conlleva igualmente la prostitución masiva. Si los súbditos del Golfo gustan tanto de Líbano es porque encuentran allí la libertad de consumir alcohol y buena comida hasta saciarse. El turismo occidental es también el objetivo de Siria, que pone en valor su patrimonio histórico. Es cierto que dispone de parajes magníficos (Palmira, San Simeón, el Crac de los Caballeros, el zoco de Alepo, etc.) que junto a un buen marketing podrían ser tan demandados como las pirámides de Egipto o Petra en Jordania. Siria vive actualmente un aumento de los flujos turísticos junto a la liberalización del sector pero son aleatorios en función de la situación geopolítica. Un rebrote de tensiones en los territorios palestinos, un atentado en Líbano o cualquier otro suceso de este tipo, corriente en Oriente Medio pero sin gravedad para los turistas, son suficientes para desviar del país los consumidores de ocio procedentes de Europa o del Golfo. Asimismo, Siria no dispone de una infraestructura hotelera para alojar un turismo internacional de masa. Las cadenas internacionales son escasas en el país y desconfiadas, ya que el turismo sigue siendo aún un sector reservado a los barones del régimen. Éstos buscan asociarse a cualquier operación inmobiliaria con el consiguiente reparto de beneficios que ello supone. El número de hoteles de lujo aumenta periódicamente, pero no el de los hoteles de categoría media, lo que supone por lo tanto un encarecimiento del coste de las estancias, más aún cuando el precio de los billetes de avión sigue siendo elevado ante la falta de una auténtica competencia entre las compañías. Desde la supresión de los visados entre Siria y Turquía, la clase media siria prefiere viajar a la costa turca antes que pasar sus vacaciones en Latakia, la principal zona turística del país, donde los precios del alojamiento y del acceso a las playas son hoy en día prohibitivos.

El régimen se balancea entre las aspiraciones consumistas de su población y el temor de ser derrocado por la irrupción de una clase empresarial que ya no controla

A título de ejemplo, en los años 90 un funcionario con su mujer y dos niños podía pasar una jornada apacible en una playa privada de la zona turística de Latakia por 25 LS por adulto y 15 LS por niño. Esta salida le costaba menos de un día de salario. Hoy en día estos clubes de baño han desaparecido, reemplazados por clubes de lujo o por playas privadas que dependen de los nuevos grandes hoteles. A partir de ahora hay que gastar una media de 1.000 LS por adulto y 500 LS por niño, el equivalente pues del salario de 10 días para este mismo funcionario y su familia. Sin duda, las prestaciones han mejorado enormemente, el cliente tiene, además de la antigua ducha, unas tumbonas, unas sombrillas y una piscina. Sin embargo, la población que puede acceder a estos lugares es mucho más limitada hoy en día. Aún existe la posibilidad de bañarse sin pagar en algunos lugares alejados de la ciudad pero que son cada vez más escasos debido a la fuerte presión inmobiliaria que existe. Y además dichos lugares exigen tener un coche ya que los transportes colectivos no llegan allí.

SIRIA SE ENCUENTRA EN LA ESTELA DE EGIPTO, NO DE CHINA

Una furgoneta circula frente a las ruinas romanas de Palmira

Una furgoneta circula frente a las ruinas romanas de Palmira, a unos 220 kilómetros al noroeste de Damasco, Siria, 14 de septiembre de 2003. / Jorge Ferrari / EFE

Las reformas económicas en Siria han fracasado en su intento de mejorar la situación de los pobres y de unas clases medias en claro declive. Esta situación es normal en este tipo de economía en transición. En un primer momento cualquier política de reforma beneficia a los ricos antes de tener un efecto de arrastre general sobre el conjunto de la población, junto con la eventual creación de una nueva clase media tal y como ha ocurrido en China, un país nombrado como ejemplo por el régimen de Bashar al-Asad. Pero todo parece indicar que Siria no sigue la vía china hacia el capitalismo, sino más bien la egipcia. Desde la independencia, la evolución de Siria se asemeja a la de Egipto con diez o veinte años de retraso. El golpe de Estado de los ”Oficiales Libres” de Nasser en 1952 se corresponde con la revolución baazista de 1963. En ambos casos se trata de una toma del poder por parte de la pequeña burguesía rural en detrimento de la burguesía urbana. Ello supone una reforma agraria, nacionalizaciones, una carrera por el liderazgo del mundo árabe, etc. La política de desarrollo autodirigido en la Siria baazista es la réplica exacta de la política egipcia, hasta parecer una caricatura. Los dos dirigentes han luchado por el control de los ríos, la presa de Asuán en el Nilo y el lago Nasser tienen su corolario en Siria con la presa Teechrin en el Éufrates y el lago Al-Asad. Egipto liberalizó su economía en 1974 y Siria en 1991. Damasco se ha convertido en el mismo monstruo urbano que El Cairo, salvando las distancias. Desde el punto de vista geopolítico, la Siria de Bashar al-Asad, al igual que el Egipto de Anwar al-Sadat, aspira a la paz con Israel. La población siria se ha incorporado a la sociedad de consumo y su atención se centra más en tener un coche que en reivindicar la recuperación del Golán. El régimen se balancea entre las aspiraciones consumistas de su población, que debe satisfacer si quiere permanecer en el poder, y el temor de ser derrocado por la irrupción de una clase empresarial que no controla desde hace mucho tiempo. Ya que, incluso si las fachadas de las avenidas de Damasco están recubiertas en lo sucesivo de una pátina neoliberal, la estructura original del poder permanece.

En 2007, Siria contabilizaba oficialmente un 33% de pobres (5,5 millones), y la pobreza ha seguido aumentando en estos tres últimos años, especialmente en el campo

El clientelismo político comunitario sigue siendo la columna vertebral del régimen de Bashar al-Asad. El padre del presidente actual se apoyaba en su clan alawí, el ejército y los servicios secretos de información (mujabarat) controlados igualmente por su clan. Desconfiaba de la burguesía sunní cuyas bases políticas y económicas intentó ahogar sin conseguir invertirlas en beneficio de su comunidad alawí. Especialmente porque ésta se conformaba con disfrutar de los ingresos estatales: ”la comunidad del porcentaje” como un día la nombró con despecho. Bashar al-Asad sigue apoyándose en su comunidad ya que ésta ocupa todos los engranajes del Estado y su insustituible sistema de seguridad. Sabe que en el caso de problemas internos la solidaridad de su clan no le fallará, como en 2004 cuando fue necesario sofocar la revuelta de los kurdos en Yezireh y utilizó únicamente la guardia republicana, compuesta enteramente por alawíes y no el ejército regular mucho más mixto y consecuentemente menos seguro. Pero el régimen necesita diversificar su base social si quiere durar. Debe integrar a la burguesía empresarial, sobre la cual descansará en lo sucesivo el crecimiento económico de un país que ya no exporta petróleo y que ya no puede esperar ayuda exterior, a menos que firme la paz con Israel. Este nuevo equilibrio del poder es necesario por razones económicas pero conlleva concesiones políticas para la poderosa comunidad sunní, más estrechamente relacionada con Arabia Saudí que con el Irán de Ahmadineyad. Ello obligará a Bashar al-Asad a ser más prudente desde el punto de vista geopolítico, ya que su alianza con Irán es contraproducente para la economía golpeada por las sanciones americanas y el desprecio saudí. Pero ¿acaso dicha situación no supone una manera práctica de atar a esa burguesía emergente que muestra una tendencia excesiva a independizarse del régimen en un marco económico verdaderamente liberal? ¿Qué interés tendría el nuevo León de Damasco en que Siria se convirtiera en un tigre si ello acabara llevándole a refugiarse a orillas del Támesis?

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