Sami Moubayed
Redactor jefe, “Forward Magazine”. Profesor de Relaciones Internacionales, Universidad de Kalamoon (Siria). [+ DEL AUTOR]

Cielo azul sobre Siria y Líbano

Las relaciones sirio-libanesas en la actualidad parecen ser casi perfectas, suponiendo que este término pueda aplicarse a algo en Oriente Próximo. El primer ministro libanés Saad Hariri ha estado en Siria cuatro veces desde finales de 2009 y está construyendo fuertes vínculos con Damasco después de muchos años de hostilidad, inspirado por la anterior Casa Blanca de Bush. Su aliado Walid Yunblat, un antiguo amigo que se volvió contra Siria durante los años de Bush, se ha disculpado formal y públicamente ante Siria, y el presidente Bashar al-Asad le ha permitido visitar el país (él también ha viajado hasta allí varias veces en las últimas semanas). El aliado principal de Siria en Líbano, Hizbullah, tiene una fuerte representación en el parlamento y en un gobierno libanés que ha prometido proteger y abrazar sus armas, asombrando a los Estados Unidos y a muchas capitales europeas. Líbano, que durante cinco años fue utilizado como plataforma para la propaganda y las actividades antisirias, parece estar ahora domesticado al centrarse Siria en temas más urgentes que tratar: los relativos a Iraq, Irán, la situación en Palestina, las conversaciones de paz y las relaciones bilaterales con Estados Unidos. A todos los efectos prácticos, Siria se ha “curado” de Líbano; tanto de la obsesión con los temas libaneses como de los peligros provenientes de Beirut. Ya han pasado los oscuros días de George W. Bush, durante los que se intentó culpar a Siria de todos los males provocados a Líbano, y ahora Siria está tendiendo puentes de unión estables con la comunidad internacional, librándose permanentemente del aislamiento impuesto por la Casa Blanca de Bush. Además de mantener una relación muy buena y relativamente nueva con Líbano, Siria está en contacto con los europeos, los americanos, los franceses, los rusos, los turcos, los saudíes y, más recientemente, con los nuevos poderes en América Latina: Argentina, Brasil, Cuba y Venezuela. Sorprendentemente, Siria ha conseguido hacer todo esto sin romper ninguna de sus alianzas.

Durante los últimos cinco años, las capitales del mundo han estado presionando a Siria para que cortara su relación con Hizbullah y Hamas y para que rompiera su alianza con Irán. Siria se negó a cumplir cualquiera de estos dictados de manera tajante, y esperó a que sus adversarios, uno a uno, cambiaran de rumbo o dejaran el poder. George W. Bush, Jacques Chirac y Tony Blair han dejado sus cargos, mientras que Saad Hariri y su equipo en Líbano han realizado un giro de 180º hacia Siria, con el objetivo de establecer el diálogo y un compromiso positivo, en lugar de hostilidad. Gran parte del ambiente positivo es el resultado de factores externos no relacionados directamente con las relaciones sirio-libanesas, como la elección de Barack Obama en enero de 2009, seguida por la del radical Benjamin Netanyahu en Israel en marzo de ese mismo año, y el deterioro de la situación en Iraq que, entre otras cosas, dio lugar a un acercamiento sirio-saudí sobre el tema de Líbano. Todos estos acontecimientos entraron en juego, cada uno de su propio modo especial, en la definición del estado de la situación actual entre los dos países. Si tuviéramos que resumir por qué las relaciones sirio-libanesas funcionan tan bien en la actualidad, podríamos decir con seguridad que es debido al inquebrantable apoyo y confianza de Siria en Hizbullah para tener el control en Líbano. Apostó por el caballo ganador y hoy en día, cinco años después de que empezara la tormenta, ha salido victorioso en Oriente Próximo gracias a él.

CONTEXTO HISTÓRICO

Seguidores de Hizbullah siguen por televisión el discurso de su secretario general, Hasan Nasrallah

Seguidores de Hizbullah siguen por televisión el discurso de su secretario general, Hasan Nasrallah, en los suburbios del sur de Beirut, Líbano, 22 de febrero de 2008. / Nabil Mounzer / EFE

El destacado intelectual libanés Said Takkidin redactó una vez un famoso artículo diciendo que la conjunción ‘y’ entre Siria y Líbano era “un infiel” (o incluso diabólica, o creada por el demonio). Dijo que Siria y Líbano constituían una única entidad geográfica compuesta por un único pueblo que no debería haber sido dividido con una ‘y’ que subraya sus respectivos estatus como dos Estados y dos pueblos. Takkidin, junto con muchos otros que defienden la misma línea, sostiene que las fronteras entre Siria y Líbano son artificiales, impuestas por los colonialistas franceses después de la Primera Guerra Mundial. El antiguo presidente Hafez al-Asad describió a sirios y libaneses con las famosas palabras “un pueblo en dos Estados”.

Las relaciones sirio-libanesas en la actualidad parecen ser casi perfectas, suponiendo que este término pueda aplicarse a algo en Oriente Próximo

Atrás, en 1920, el entonces alto comisario francés Henri Gouraud creó el moderno Estado del Gran Líbano y anexó cuatro distritos de Siria (el Valle de Bekaa, Hasbaya, Rashaya y Baalbek) al nuevo país extraído de Siria. Dieciséis años después, cuando los altos funcionarios sirios estaban en París debatiendo el futuro del mandato francés en el país, el primer ministro Leon Blum estableció que las conversaciones no progresarían si los sirios sacaban el tema del estatus de estos cuatro distritos, subrayando que Líbano y Siria debían seguir siendo dos entidades separadas. El presidente de la delegación y futuro presidente de Siria, Hashem al-Atassi, contestó: “Vienen a nuestra tierra alzando la bandera de la democracia y la libertad. Déjennos organizar un referéndum en esos distritos, su Excelencia, para ver si la gente de Marjayun, por ejemplo, quiere seguir formando parte de Líbano o volver a la madre tierra Siria” (Entrevista con Radwan Atassi, nieto del presidente Hashem al-Atassi, 18 de mayo de 2009). Por razones obvias, su propuesta fue rechazada por los franceses, aunque recibió el sólido apoyo de Riad al-Sulh, un joven político de Sidón cuyo padre había sido ministro en Siria en 1919 y que acabó convirtiéndose en el primer primer ministro de Líbano independiente en 1943. En 1936, sin embargo, Sulh, que era miembro de la delegación siria en París, se presentó como nacionalista sirio, que trabajaba por la liberación y la unidad de las tierras sirias.

Siria está tendiendo puentes de unión estables con la comunidad internacional, librándose del aislamiento impuesto por la Casa Blanca de Bush

Cuando por fin Siria consiguió ser libre en abril de 1946, varios diputados del parlamento presentaron un proyecto de ley reivindicando que la anexión de los cuatro distritos era nula porque había sido impuesta por Gouraud y pidiendo que fueran devueltos a Siria. El entonces presidente Shukri al-Quwatli contestó enfadado: “¡Qué vergüenza que pidáis eso! ¿Y qué diferencia hay de todos modos entre Siria y Líbano? ¿No son la misma nación? Estas fronteras, creadas por los ocupantes, no significan nada para nosotros y no las reconocemos. No pediré a los libaneses que nos devuelvan ni un metro. El que haya territorio sirio en Líbano es exactamente lo mismo que tener territorio sirio en Siria. Y si los libaneses necesitan más tierra, lo único que tienen que hacer es pedirla y se la daremos. Siria y Líbano son mucho más que vecinos”. Al leer las palabras de Al-Quwatli en el diario de circulación masiva al-Hayat, el destacado cineasta Qays al-Zubaidi decidió titular su nuevo documental sobre las relaciones sirio-libanesas Más que vecinos. El documental contaba la historia de varios pueblos, como Der al-Ashayer e Isal al-Ward, que están divididos por la mitad entre Siria y Líbano debido a las fronteras artificiales de los años 20 y cuyos habitantes experimentaron una confusión de su identidad, al ser libaneses por territorio y pasaporte pero sirios por nacionalismo e historia. (Al-Hayat, 18 de junio de 2008; y conversación con el cineasta Qays al-Zubaidi el 20 de junio de 2008).

2005: EL AÑO QUE SE ARMÓ LA GORDA

Durante un breve periodo entre 2005 y 2010, parte de esa historia y todo lo que se decía sobre un pueblo en dos países parecían ser ilusiones, casi demasiado abstractas de digerir para cualquiera que estuviera observando la escena sirio-libanesa. Al parecer, los dos vecinos estaban teniendo una fuerte pelea y parecía que todo el vecindario estaba mirando. Las relaciones parecieron tocar fondo después del asesinato del anterior primer ministro de Líbano Rafiq Hariri en febrero de 2005, a lo que se añadió la retirada de las tropas sirias de Líbano en abril del mismo año (un informe de las Naciones Unidas sobre el caso Hariri, elaborado por el fiscal alemán Detlev Mehlis y publicado en octubre de 2005, culpaba a los funcionarios sirios y libaneses del asesinato de Hariri). Siguió una serie de acontecimientos: el establecimiento de un Tribunal Internacional en el caso Hariri, el ataque a Líbano en el verano de 2006 y los acontecimientos de mayo de 2008, cuando estalló una mini-guerra en las calles de Beirut. Durante este periodo Siria estaba en el radar de todo el mundo como el único país que podía traer paz y tranquilidad al aparentemente siempre atribulado pequeño país mediterráneo. Así que la opinión internacional y regional estaba dividida en dos bandos: los que culpaban a Siria por todo el daño causado en Líbano y pedían un castigo, y los que creían que Líbano estaba siendo utilizado como plataforma contra el gobierno sirio por los Estados Unidos, reclamando que el compromiso con Damasco, en lugar de la hostilidad en su contra, ayudaría a poner fin a los numerosos males de Líbano.

Básicamente todo se reducía a una sencilla ecuación: “¿Qué quería Siria de Líbano ahora que su ejército se había ido, poniendo fin a una presencia de 29 años en territorio libanés?” Los pesos pesados de la Coalición prooccidental del 14 de marzo, liderados por el diputado Saad Hariri, hijo del primer ministro asesinado, reclamaban que Siria quería restaurar su influencia política y militar dando poder a sus aliados y representantes, Hizbullah. En su opinión, en Líbano chocaban por un lado Irán-Siria frente a Arabia Saudí, y por otro lado, sunníes frente a chiíes. Por su parte, los miembros de la oposición prosiria liderada por Hizbullah argumentaban algo distinto, reivindicando que Siria había sido “curada de Líbano” y no pensaba en una respuesta (1).

Siria apostó por el caballo ganador –Hizbullah– y cinco años después de que empezara la tormenta, ha salido victoriosa en Oriente Próximo gracias a él

Sin embargo, Siria subrayó que aún tenía intereses en Líbano y que nunca toleraría un gobierno de Beirut obsesionado con la desestabilización de Siria. Entonces llegó el acalorado debate sobre el principal aliado de Siria, Hizbullah, y su derecho a mantener las armas para combatir a Israel, ahora que los sirios se habían ido. Hizbullah había mantenido sus armas después del final de la Guerra Civil en 1990, durante el apogeo del poder sirio en Líbano, alegando que el sur del país aún seguía ocupado y debía ser liberado. Dado que el ejército libanés estaba demasiado débil y mal equipado para una guerra de liberación, esta batalla tenía que lucharla Hizbullah. Gran parte del debate internacional entre 2005 y 2009 giró en torno al futuro de Hizbullah, y podía interpretarse como una lucha mediante representantes para obtener influencia entre Siria –respaldada por Irán– que quería reforzar la posición de Hizbullah, y Arabia Saudí –respaldada por Francia y Estados Unidos– que quería apoyar a la Coalición prooccidental del 14 de marzo y que el gobierno libanés monopolizara el poder y los asuntos militares. Siria insistió en que estas armas eran legítimas mientras que hubiera territorio libanés, como las Granjas de Shebaa, que siguiera estando ocupado, mientras que estadistas antisirios como el antiguo caudillo Samir Gagea, que fue perdonado y excarcelado después de que se fueran los sirios, alegaban que no se debería permitir a actores no estatales operar en Líbano. Sus palabras fueron repetidas por Walid Yunblat, un amigo de Siria y Hizbullah que se convirtió en su enemigo después de 2005, que se refería a las armas de Hizbullah como “las armas de la traición”.

Mientras tanto, la relación de Siria con Hizbullah ha pasado por dos transformaciones principales en los últimos 5 años. Antes de 2005, Hizbullah necesitaba que Siria operara en Líbano, mientras que después de abril de 2005, la situación era la contraria, era Siria la que necesitaba que Hizbullah siguiera siendo poderoso. En un mundo en el que tantos antiguos amigos y caras familiares –siguiendo el ejemplo de la Casa Blanca antisiria de Bush– hicieron un cambio radical inmediato con respecto a Siria, como Walid Yunblat y Fuad Siniora, el secretario general de Hizbullah, Hasan Nasrallah, parecía ser el único refugio seguro para Siria en la política libanesa. Se negó a romper con los sirios, insistiendo en el compromiso de su partido con Damasco en un mitin masivo agitado por Hizbullah el 8 de marzo de 2005. En él, Nasrallah dijo: “Las órdenes de Hizbullah no vienen de Damasco. Desde 1982 hemos sido amigos de Siria y hasta la actualidad no ocultamos esta amistad ni nos avergüenza”. Añadió: “Beirut fue destruido por Ariel Sharon, reconstruido por Rafiq Hariri, y protegido por Hafez al-Asad” (Al-Manar TV, 8 de marzo de 2005.). Entonces se refirió a una conversación con Hariri semanas antes de su asesinato, afirmando que éste le dijo: “Creo en esta resistencia. Y te digo que si vuelvo a ser primer ministro no ejecutaré el artículo (de desarme) de la Resolución 1559 (de la ONU). Te juro que la resistencia y sus armas se mantendrán hasta el día en que se alcance un acuerdo regional completo, no solo hasta la retirada (israelí) de las Granjas de Shebaa”. Hariri, según Nasrallah, siguió diciendo: “Ese día, cuando se llegue a un acuerdo, me sentaré contigo y diré: “Señor, ya no son necesarias la resistencia ni sus armas”. Si estamos de acuerdo, así será. Si no estamos de acuerdo, te juro a ti y ante Dios (también juró por su hijo fallecido, Hussam) que no lucharé contra la resistencia. Dimitiré y dejaré el país (antes de que ocurra)”. Esas palabras, en lo que se refiere a los sirios, eran música para sus oídos. Ese verano, hablando desde el sur de Líbano, Nasrallah se dirigió a un público enorme desde el pueblo liberado de Bint Jbeil diciendo: “Se habla de desarmar a la resistencia, pero pensar en hacerlo es una absoluta locura. No queremos atacar a nadie. Nunca hemos querido hacerlo. Y nunca permitiremos a nadie atacar Líbano. Pero si alguien, sea quien sea, piensa siquiera en desarmar a la resistencia, lucharemos contra ellos como los mártires en Kerbala.” (Al-Manar TV, 24 de mayo de 2005).

El antiguo presidente Hafez al-Asad describió a sirios y libaneses con las famosas palabras “un pueblo en dos Estados”

Una de las razones por las que Hizbullah siguió siendo prosirio hasta el último momento fue que, incluso sin Siria físicamente presente en Líbano, Nasrallah sabía que podría sobrevivir, gracias a la credibilidad que tenía en la opinión pública libanesa, principalmente entre los chiíes que constituían el 60% de la población, pero también debido a la amplia red de servicios sociales, de educación y de beneficencia que Hizbullah había construido en el sur de Líbano y en los barrios periféricos del sur de Beirut. Nasrallah lucía montones de condecoraciones de guerra en su uniforme, conseguidas tras muchos años liderando la resistencia y el estruendoso éxito obtenido con la liberación del sur de Líbano en mayo de 2000. Era joven, carismático, poderoso, benevolente y aparentemente desinteresado. En un mundo en el que los líderes árabes están acostumbrados a amasar riquezas a expensas del conflicto con Israel, Nasrallah había sacrificado a su hijo Hadi en un combate con las Fuerzas de Defensa de Israel en los 90. Puede que esto explique por qué Hizbullah, al contrario de las predicciones, no perdió nada de popularidad después de abril de 2005. Por ejemplo, su número de escaños pasó de 4 en las elecciones de 1992, durante el apogeo del poder sirio en Líbano, a 14 en 2005. Siguió pidiendo consejo a los sirios, pero Hizbullah nunca había dependido de Damasco para obtener dinero, personal o armas. Y además de su mayor independencia, estaba el hecho de que en el verano de 2005, meses después de que los sirios dejaran el país, Mahmud Ahmadineyad, un partidario incondicional de la resistencia en Líbano, fue elegido presidente en Irán. Como hombre dedicado a los principios de la revolución iraní de 1979, Ahmadineyad sabía que uno de sus principales objetivos era la emancipación chií, ayudando a todos los chiíes del mundo a lograr la victoria y acabar con las injusticias. Si un candidato moderado como Mustafa Moin, por ejemplo, o alguien como Ali Akbar Hashemi Rafsanyani, que buscaba formas imaginativas de apaciguar a los americanos, se hubiera convertido en presidente de Irán, entonces probablemente el futuro de Hizbullah habría estado en duda, debido a la posibilidad de perder a su patrocinador iraní. Si la retirada siria sacudió de algún modo la confianza de Hizbullah internamente, sin duda la victoria de Ahmadineyad la restableció.

La opinión internacional estaba dividida: los que culpaban a Siria por todo el daño causado en Líbano y los que creían que Líbano estaba siendo utilizado por los Estados Unidos como plataforma contra Siria

En 2005, además de otros factores, los sirios apostaron mucho por la popularidad de Hizbullah en Líbano. Una pregunta lógica que se debe plantear es: ¿por qué apoya la gente a Hizbullah? La razón obvia es la religión, aunque un estudio realizado en 1996 por la Dra. Judith Harik, una profesora de ciencias políticas de la Universidad Americana de Beirut (AUB en sus siglas en inglés), demuestra lo contrario. En su estudio, Harik demostró que el 70% de los partidarios de Hizbullah se consideraban religiosos moderados, y el 23% declaraba que eran religiosos solo por obligación. El pragmatismo y el nacionalismo, más que la ideología musulmana, son los secretos del éxito de Hizbullah y este hecho es profundamente entendido en Siria. En pocas palabras: Hizbullah tiene autoridad y cuenta con la lealtad inquebrantable de los chiíes porque siempre parece ser un partido político seguro que está haciendo un excelente trabajo luchando contra Israel. Además del aspecto nacionalista está el aspecto social, que consiste en que muchas personas de la comunidad chií, principalmente a nivel de las bases, dependen de Hizbullah para conseguir beneficencia y asistencia social. Hizbullah ha logrado hacerse publicidad a través de los medios de comunicación, insuflando confianza y seguridad a los 10 millones de espectadores de la cadena de televisión Al-Manar, por ejemplo. Muchos de esos espectadores son chiíes. El imperio de medios de comunicación de Hizbullah incluye además una estación de radio, un periódico y montones de sitios Web creados por la resistencia, afiliados a ella o que la apoyan. Por ejemplo, Al-Manar nunca muestra a los espectadores a un miembro de Hizbullah vencido. En lugar de eso, muestra imágenes de israelíes muertos, secuencias reales de operaciones de Hizbullah y programas que destacan la organización benéfica del partido, como la reconstrucción de 5.000 hogares destruidos por los israelíes en el sur de Líbano. Hizbullah es un movimiento inspirado por el nacionalismo más que la religiosidad.

El presidente de Siria, Bashar al-Asad, saluda al primer ministro libanés, Saad Hariri, a su llegada al Palacio Presidencial de Teshrin

El presidente de Siria, Bashar al-Asad (d), saluda al primer ministro libanés, Saad Hariri, a su llegada al Palacio Presidencial de Teshrin, en la primera visita de un jefe de Gobierno libanés desde el asesinato del ex primer ministro y padre de Hariri, Rafiq Hariri, en marzo de 2005. Damasco, Siria, 19 de diciembre de 2009. / Youssef Badawi / EFE

2006: COMPROMISO SOBRE LÍBANO

En noviembre de 2006, Sir Nigel Sheinwald fue enviado por Blair a Siria con un mensaje que aparentemente reflejaba lo que Londres y Washington querían de Damasco. Antes de su visita a Siria, Sheinwald había visitado Estados Unidos para hablar con la Secretaria de Estado Condoleezza Rice. Lo que se pedía a Siria era apoyo al proceso político en Iraq, así como a los gabinetes prooccidentales de Mahmud Abbas en Palestina y Fuad Siniora en Líbano, cooperación en materia de contra-terrorismo en Oriente Próximo en general, y una revisión de la cuestión de Irán. Los sirios respondieron inmediatamente enviando al ministro de Asuntos Exteriores, Walid al-Muallem, a Bagdad, para tender puentes con el primer ministro Nuri al-Maliki, y abrieron una embajada en Iraq. Creían que una embajada siria allí haría maravillas por el proceso político porque ayudaría a legitimizar a al-Maliki ante los ojos de los iraquíes de a pie, principalmente sunníes que anteriormente lo habían visto solo como un títere de Irán o una creación estadounidense. Una cosa era, decían, cuando países prooccidentales como Jordania o Bahrein abrían embajadas en el Bagdad posterior a 2003, pero algo muy distinto era cuando esto lo hacía Siria, un país dirigido por un fuerte estilo de nacionalismo árabe, que estaba en el extremo opuesto de los Estados Unidos precisamente debido a su posición en la invasión anglo-estadounidense de Iraq.

Siria utilizó entonces su considerable influencia con Hamas para garantizar más indulgencia en su relación con la Autoridad Nacional Palestina del presidente Abbas. Musa Abu Marzuk, un funcionario de Hamas residente en Damasco, declaró que Hamas aceptaría un gabinete de unidad nacional en Palestina que representara con fuerza a Hamas, pero que no tenía por qué estar liderado por un miembro de dicha formación. Dicha declaración, proviniendo del liderazgo de Hamas con sede en Damasco, parecía tener las huellas de Siria.

“Beirut fue destruido por Ariel Sharon, reconstruido por Rafiq Hariri, y protegido por Hafez al-Asad”, en palabras de Hasan Nasrallah, líder de Hizbullah

Parecía haberse dado respuesta casi inmediata a dos de las demandas británicas/americanas. Occidente ya estaba satisfecho con los esfuerzos de Siria en contra-terrorismo, dado que tenían un enemigo común con Damasco en terroristas radicales como al-Qaida. En cuanto a Irán, aún había dos opiniones en la comunidad internacional: romper la relación sirio-iraní o utilizarla para moderar el comportamiento regional de Irán.

La única cuestión sin resolver parecía ser Líbano. Siria insistió en que no se comprometería con el gabinete de Siniora, que durante la guerra del verano de 2006 había tomado una postura muy radical y hostil contra Hizbullah, culpándolo de la ofensiva de Israel. Nasrallah culpaba al primer ministro libanés de abrazar, física y políticamente, a la Secretaria de Estado estadounidense Condoleezza Rice durante su visita a Líbano, acusándolos a ambos de no hacer nada por detener la guerra, esperando que por algún golpe del destino, las Fuerzas de Defensa de Israel consiguieran eliminar a Hizbullah. Si eso hubiera ocurrido, dijo Nasrallah, habría sido considerado una disimulada bendición por la Coalición del 14 de marzo, que confiaba en Israel para que hiciera lo que ni la Resolución 1559 de la ONU ni el gobierno libanés habían conseguido hacer. En noviembre de 2006, tres meses después de que acabara la guerra, Hizbullah y sus aliados abandonaban el gobierno libanés, organizando una sentada masiva en las calles de Beirut pidiendo la dimisión de Siniora. Estados Unidos dijo que era juego sucio, culpando del “golpe” de Hizbullah a Siria, acusándola de implícitamente apoyar el plan de Nasrallah para derribar a Siniora.

EL ACUERDO DE DOHA

El 7 de mayo de 2008 los acontecimientos tomaron un feo cariz en Líbano, cuando milicianos de Hizbullah chocaron con incondicionales de la Coalición del 14 de marzo en las calles de Beirut, desarmándolos en cuestión de horas. La miniguerra civil que estalló fue una respuesta directa a un decreto de Siniora por el que se desmantelaba la red de telecomunicaciones de Hizbullah en la pista de aterrizaje 17 del aeropuerto internacional de Beirut, alegando que era ilegal, y se destituía también al comandante de seguridad del aeropuerto, que era pro-Hizbullah. Nasrallah argumentó que este gabinete era inconstitucional porque los chiíes ya no formaban parte del mismo, pidiendo de nuevo a Siniora que dejara el cargo. No obstante, la Coalición del 14 de marzo, respaldada por los saudíes y los americanos, se negó a ceder a la presión y se aferró a Siniora mientras que Siria seguía firmemente apoyando a sus aliados en Beirut. Los observadores reclamaron que en esta ocasión Nasrallah había tratado de abarcar más de lo que podía, teniendo en cuenta que sus impresionantes manifestaciones habían empezado ya el decimoctavo mes y que no había indicio alguno de que Siniora fuera a ceder. Nasrallah afirmó que alterar la red de telecomunicaciones de Hizbullah era un “indignante” ataque contra las armas de Hizbullah, añadiendo que en resistencia, los sistemas de comunicación y seguridad no son menos valiosos que las bombas y los misiles. “Le cortaremos la mano a quienquiera que intente desarmar a Hizbullah” fueron las palabras del enfadado Nasrallah. “Se utilizarán las armas para proteger las armas”, añadió, desechando la promesa que había hecho anteriormente de no utilizar nunca las armas de Hizbullah internamente. Sus hombres siguieron el consejo y tomaron al asalto barrios enteros leales a Hariri desarmando totalmente a su milicia. Una vez conseguido el control total (en el breve plazo de seis horas), llamaron al ejército libanés para que entrara y tomara el relevo. La Coalición del 14 de marzo liderada por Hariri aclamó que era juego sucio, al igual que Arabia Saudí, afirmando que Hizbullah había lanzado un golpe de Estado y ocupado Beirut. El ministro de Asuntos Exteriores saudí, Saud al-Faisal, hizo paralelismos entre la invasión por parte de Israel de la capital libanesa en 1982 y la ofensiva de Hizbullah en 2008, afirmando que Nasrallah era otro Ariel Sharon.

Hizbullah cuenta con la lealtad inquebrantable de los chiíes porque está haciendo un excelente trabajo luchando contra Israel

Todos pensaban que al utilizar sus armas internamente, Nasrallah había utilizado su último cartucho. Algunos escribieron sobre una próxima guerra civil entre sunníes y chiíes. Otros especularon que ahora sería más fácil para la comunidad internacional y el Estado libanés conseguir crear un debate contra las armas de Hizbullah, ahora que habían sido utilizadas internamente. Muchos decían que Nasrallah había cometido el error de su vida. Bajo la fuerte presión de la Liga Árabe, Estados Unidos, Francia y pesos pesados del Golfo como Qatar, todas las partes se subieron a un avión y se dirigieron a Doha, dejando atrás 82 civiles muertos en Beirut. Los residentes de la capital libanesa los despidieron con grandes carteles que decían: “Si no os ponéis de acuerdo, no volváis”. Entre los asistentes a la Conferencia de Doha estaban el líder cristiano Michel Aoun y el portavoz parlamentario Nabih Berri (dos aliados de Hizbullah); figuras proestadounidenses como Samir Gagea y Walid Yunblat; independientes como el veterano periodista y diputado Ghassan Tweini; junto con Hariri y Siniora. El único participante ausente era Nasrallah, que no pudo viajar a Qatar por razones de seguridad. Durante cinco días los líderes asistentes se reunieron bajo el auspicio qatarí supervisados directamente por el Shaij Hamad, el Emir de Qatar, buen amigo de Damasco. Consultaron día y noche a los americanos, los franceses, los saudíes, los sirios y los iraníes. Finalmente, el 21 de mayo llegaron a un acuerdo que parecía satisfacer a todo el mundo.

El Acuerdo de Doha estipulaba que se dejarían todas las armas de forma inmediata, que se desconvocarían todas las manifestaciones, que no se organizarían elecciones parlamentarias adelantadas y que todas las partes se reunirían para elegir a un nuevo presidente para Líbano para cubrir el puesto vacante desde noviembre de 2007. El candidato presidencial, Michel Suleiman, un antiguo comandante del ejército, acuñado como prosirio y pro-Hizbullah, nunca fue un favorito para la Coalición del 14 de marzo, pero Hariri se decidió por él como candidato aceptable para todas las partes. Se creó un nuevo gabinete de 30 hombres, que se mantuvo bajo la dirección de Siniora hasta que tuvieron lugar las elecciones parlamentarias en el verano de 2009. El nuevo gabinete incluía 16 puestos para la mayoría de la Coalición del 14 de marzo, 11 para la oposición liderada por Hizbullah y 3 elegidos por el nuevo presidente. Dado que Suleiman se entendía bien con Hizbullah y Damasco, esto significaba que las tres plazas asignadas por él estarían más o menos aliadas con los 11 de la oposición dirigida por Hizbullah. Esto subiría el total de asientos del equipo anti-Hariri a 14, dándoles de forma efectiva su demandado poder de veto. Esto resultaría muy útil, decían, en caso de que el equipo de Hariri intentara ratificar algún decreto relacionado con el Tribunal Internacional, aprobado en virtud del Capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas, en relación con el asesinato de Rafiq Hariri. Además, todas las partes se comprometieron a no dimitir del gobierno o dificultar su trabajo, como hicieron en noviembre de 2006 cuando Hizbullah abandonó a Siniora. Para mostrar su buena fe, la oposición liderada por Hizbullah derribó las tiendas de campaña que había montado en el centro de Beirut (el corazón del reino de Hariri), devolviendo así la vida al distrito comercial de la capital libanesa.

¿Quién ganó en la política de Beirut? En cuanto a evitar otra guerra civil, ganaron todas las partes, sobre todo el pueblo libanés

¿Quién ganó en la política de Beirut? En cuanto a evitar otra guerra civil, ganaron todas las partes, sobre todo el pueblo libanés. No hay duda de que Hizbullah salió victorioso, ya que finalmente todas las resoluciones salieron a su gusto. Y también salieron victoriosos los sirios e Irán. El único bando que puede no estar muy satisfecho con lo que ocurrió en Doha es Arabia Saudí. Fueron los qataríes quienes actuaron de intermediarios del acuerdo, no los saudíes, aunque ellos habían sido quienes supervisaron el Acuerdo de Taif, que puso fin a otra guerra civil en 1990. Los sirios, a quienes los saudíes habían intentado marginar en Beirut dando poder a la Coalición del 14 de marzo, demostraron sin duda que aún tenían mucho peso en Líbano, aunque habían estado fuera del país, militarmente hablando, desde 2005. Los representantes de Arabia Saudí fueron vencidos militarmente en los enfrentamientos callejeros en Beirut y políticamente en Doha. De repente a todo el mundo le parecía una tontería desafiar a Siria en Líbano, territorio que conocía bien después de 30 años de implicación en los asuntos libaneses. Después de todo, a pesar de tanta bravuconería, los saudíes y sus representantes finalmente cedieron y aceptaron las demandas de la oposición liderada por Hizbullah. Hizbullah y sus amigos en realidad consiguieron el poder de veto que tanto habían deseado, mantuvieron sus armas y se aseguraron un presidente que no era miembro de la Coalición del 14 de marzo.

ELECCIONES DEL VERANO DE 2009

Toda la región aguantó la respiración en el verano de 2009 cuando se celebraron las elecciones parlamentarias en Líbano. La nueva Administración del presidente Barack Obama había pedido a los sirios que ayudaran a garantizar unas elecciones seguras y democráticas, pidiendo que no interfirieran. Arabia Saudí, que negoció duramente sus propias diferencias con Siria en una cumbre sobre Gaza celebrada en enero de 2009 en Kuwait, también había acordado con Siria que se producirían elecciones tranquilas en Líbano. Los saudíes y los sirios sabían que lo que los unía en Iraq era más importante que lo que los dividía en Líbano. Ambos querían evitar que las milicias tomaran el control en Bagdad y deseaban bloquear la vuelta de políticos guiados por la religión como Nuri al-Maliki. Las relaciones sirio-iraquíes se habían ido a pique en el verano de 2009, cuando al-Maliki acusó a Siria, sin presentar ninguna prueba, de dar refugio a unos fugitivos iraquíes que habían cometido atentados triples en Bagdad, matando a 100 civiles. Siria estaba cada vez más molesta con el primer ministro iraquí, al igual que Arabia Saudí, que le acusaba de hacer sistemáticamente todo lo posible por poner freno a la influencia de Arabia Saudí y sus aliados sunníes en Iraq.

El primer ministro iraquí ya había avivado las leyes de desbaazificación que castigaban a toda la comunidad sunní, se había negado a permitir una amnistía general para liberar a los presos sunníes, no había conseguido que esta comunidad se implicara más en el proceso político y no había levantado un dedo para evitar que los aliados de Arabia Saudí, el Frente del Acuerdo Iraquí, abandonaran el gobierno en el verano de 2007. Además de encontrar puntos de coincidencia contra al-Maliki, Siria y Arabia Saudí no querían que los aliados de éste contemplaran la idea de dar autonomía a los chiíes en el sur de Iraq (una idea defendida por Abdul Aziz Hakim de la Asamblea Suprema Islámica de Iraq), porque eso dejaría a los kurdos con el control del petróleo en el norte de Iraq, a los chiíes con el control del petróleo del sur y a los sunníes, en el interior de Iraq, sin petróleo alguno. También estaban enfadados con al-Maliki por considerar la idea de celebrar un referéndum sobre Kirkuk, ciudad rica en petróleo, para ver si los habitantes querían unirse al Kurdistán iraquí, una acción que estaba fuertemente vetada por Arabia Saudí, Siria y Turquía. Con esta agenda que tratar en Iraq, era prudente que Siria y Arabia Saudí dejaran a un lado sus diferencias sobre Líbano e hicieran lo que fuera necesario para arreglar el país, a fin de poder centrarse en los temas iraquíes.

De repente a todo el mundo le parecía una tontería desafiar a Siria en Líbano, territorio que conocía bien después de 30 años de implicación en los asuntos libaneses

Cuando finalmente se celebraron las elecciones libanesas, la participación fue del 55% y la Coalición del 14 de marzo ganó 71 de los 128 escaños del Parlamento, mientras que la Coalición del 8 de marzo consiguió 57 escaños. Esta situación no era muy diferente de los resultados de 2005, cuando la Coalición del 14 de marzo había cosechado 69 escaños, mientras que la oposición había conseguido 57. Significaba que Hizbullah seguiría liderando la oposición y que la Coalición del 14 de marzo seguiría controlando el Estado en Líbano. Esto servía de forma inmediata a los intereses sirio-estadounidenses, siempre que los sirios no hubieran intervenido en las elecciones, y satisfacía a Arabia Saudí. Pero algo cambió ese verano justo después de que se anunciaran los resultados de las elecciones. El mundo empezó a mirar a Siria pidiendo soluciones rápidas para Líbano. El mundo ya se había dado cuenta de cómo, gracias a los esfuerzos de Siria, Hamas había cambiado sus posiciones en Palestina, acordando no obstaculizar la Iniciativa de Paz Árabe de 2002, reconociendo las fronteras de 1967 y aceptando las conversaciones de paz bajo los auspicios del gobierno estadounidense, un gran cambio con respecto a la posición que tenía 3 años antes. Siria había logrado garantizar la liberación de 15 marineros británicos secuestrados en aguas iraníes en 2007; la liberación de un periodista británico de la BBC secuestrado en Gaza y decía al mundo de muchas formas diferentes: podemos ayudar a estabilizar Oriente Próximo. Incluso aunque Hizbullah no tenía entonces la mayoría, todos se dieron cuenta de lo importante que era que Nasrallah estuviera contento, a sabiendas de que sin la participación de Hizbullah en cualquier gabinete futuro, el gobierno estaría abocado a fracasar desde el primer momento. Y cuando Nasrallah está contento, Siria también lo está por defecto. Y para que Hizbullah siga satisfecha, la Coalición del 14 de marzo y Arabia Saudí tenían que jugar al juego dictado por Hasan Nasrallah y Damasco. Entre sus numerosas demandas estaban las siguientes:

Siria había logrado la liberación de 15 marineros británicos secuestrados en aguas iraníes y decía al mundo de muchas formas diferentes: podemos ayudar a estabilizar Oriente Próximo

1. La sustitución del primer ministro Fuad Siniora, que durante sus 4 años en el poder había suscitado el antagonismo de la comunidad chií en general y de todos los políticos anti-Hariri en la comunidad sunní también, especialmente durante la guerra de 2006.
2. La concesión del poder de veto a la oposición en el nuevo gabinete, para garantizar que no se impusiera ninguna legislación peligrosa, relativa al Tribunal Internacional o a las armas de Hizbullah.
3. La asignación del Ministerio de Telecomunicaciones a la oposición, para garantizar que no se repitiera una situación similar a la de mayo de 2008, con respecto al sistema de seguridad de Hizbullah.
4. La garantía de que los aliados de Nasrallah en el Movimiento Patriótico Libre de Michel Aoun estuvieran bien colocados en el nuevo gabinete.
5. La publicación de una política del gabinete que se comprometiera a mantener, proteger y aceptar las armas de Hizbullah.

Jóvenes sirias reciben a los soldados provenientes de Líbano tras el anuncio de la retirada de las tropas sirias de este país

Jóvenes sirias reciben a los soldados provenientes de Líbano tras el anuncio de la retirada de las tropas sirias de este país. Jdaidet Yabus, frontera sirio-libanesa, a unos 45 kilómetros de Damasco, Siria, 11 de marzo de 2005. / Youssef Badawi / EFE

Saad Hariri, que tenía los ojos puestos en ser primer ministro, sabía que si quería tener éxito en su primer mandato como tal, tendría que ceder a todas las demandas de Hizbullah. Arabia Saudí le susurraba al oído que lo hiciera, pues tenía demasiado en juego en Líbano, política, moral y financieramente como para ver al país tambalearse, un argumento que se aplicaba también en gran medida a su postura en 2008. Si Saad Hariri no aceptaba las condiciones de Hizbullah, en pocas palabras, ni Nasrallah ni Aoun aprobarían el gabinete, con lo que la formación del mismo sería inconstitucional. Aún peor, Hizbullah podría convocar más manifestaciones como había hecho en 2006-2008, congelando totalmente la vida comercial y las inversiones.

Los pesos pesados de Líbano tomaron ejemplo de los sirios. Damasco ya había salido de la oposición impuesta por la Casa Blanca de Bush. Semanas después de que se anunciaran los resultados de las elecciones, Obama declaró que enviaría un embajador a Siria para un puesto que se había dejado vacante desde 2005. Varias delegaciones del Departamento de Estado habían visitado Damasco y participaban en un diálogo en dos sentidos con los sirios, escuchando sus preocupaciones sobre Oriente Próximo, en lugar de dictar sus propias condiciones, como había sido el caso bajo el mandato de Bush. El enviado de paz para Oriente Próximo de Obama, George Mitchell, había visitado Damasco ese verano y anunció que, como parte de su compromiso, la Administración estadounidense estaba dispuesta a reducir algunas sanciones relacionadas con la tecnología y el equipamiento médico impuestas por la Casa Blanca de Bush en 2004. Obama confiaba en los sirios y los saudíes para conseguir algo de paz y tranquilidad en Iraq, tan claramente como se veía desde las exitosas elecciones provinciales de enero de 2009, y estaba pendiente de las elecciones parlamentarias de noviembre de 2009 (que fueron finalmente pospuestas hasta marzo de 2010). La UE ya estaba otra vez en marcha con Siria, contemplando la idea de firmar el Acuerdo de Asociación con Damasco, que había congelado en 2004, debido a las presiones de Estados Unidos. El rey de Arabia Saudí estaba planeando una visita a Siria a finales de 2009, con lo que era absurdo que los libaneses siguieran cuestionando a Siria en los asuntos de Oriente Próximo ahora que el impulso de Bush se había evaporado totalmente del mundo árabe, gracias a Obama. Los dos pesos pesados internacionales que habían respaldado la campaña antisiria en Beirut, George W. Bush y Jacques Chirac, estaban fuera del cargo y sus dos sucesores, Obama y Nicolas Sarkozy, estaban claramente desinteresados en sumergirse con todo detalle en las relaciones sirio-libanesas.

LOS NUBARRONES SE DESPEJAN

Desde Damasco el nuevo primer ministro libanés declaró que “el cielo es azul entre Siria y Líbano”

Como consecuencia de todo lo anterior, se pasó una nueva página en las relaciones sirio-libanesas y en esta ocasión lo hizo Saad Hariri personalmente. El que había sido nombrado primer ministro celebró una reunión de alto nivel con Nasrallah y accedió a conceder todos los puestos solicitados al Movimiento Patriótico Libre de Aoun, nombrando a su yerno Yibran (que había perdido las elecciones parlamentarias) ministro de Energía. Hariri entonces sorprendió a los observadores ofreciendo al equipo de Aoun el ministerio de Telecomunicaciones, que fue asignado a Charbel Nahhas, lo que fue aprobado por Hizbullah. Ali Chami, un protegido del prosirio Nabih Berri, se convirtió en ministro de Asuntos Exteriores y a partir del primer momento empezó a presionar para deshacerse de la odiada Resolución 1559 de las Naciones Unidas, que era una espina que tenía clavada Hizbullah. Entonces Hariri ofreció a Hizbullah la siguiente formula: ellos nombrarían a 10 ministros, él a 15 y el presidente Suleiman a 5, uno de los cuales sería un ministro de Estado chií. La oposición liderada por Hizbullah, por su parte, nombraría a ese ministro chií junto con Suleiman. Esto significaba que, numéricamente, tendrían sólo 10 de los 30 asientos, pero en la práctica tendría el control de 11 asientos en el gabinete de 30 hombres, con lo que tendrían de forma efectiva el poder de veto que pedían. Viendo que Hizbullah estaba satisfecha, Hariri hizo el movimiento final publicando una política de gabinete contra los deseos de dos de sus aliados en la Coalición del 14 de marzo, comprometiéndose a “proteger y abrazar” las armas de Hizbullah. El aparato de medios de comunicación de Hariri detuvo toda la retórica contra Hizbullah y Siria. Cuando el gabinete estuvo listo, totalmente respaldado por Aoun y Hizbullah, Hariri se dirigió a Damasco en diciembre de 2009, pasando página, aparentemente para siempre, a todos los nubarrones que habían predominado desde el 14 de febrero de 2005. Desde Damasco el nuevo primer ministro libanés declaró que “el cielo es azul entre Siria y Líbano”. Los dos vecinos, aparentemente, habían solucionado sus diferencias y volvían ahora de nuevo al camino natural en las relaciones sirio-libanesas.

 

Notas al pie

  1. La retirada de Líbano en 2005 en realidad aceleró el proceso de reforma en Siria, conduciendo a la rápida apertura de bancos, universidades, centros comerciales, cines y cafeterías. Todos los servicios y el ocio de los que los sirios disfrutaban en Líbano anteriormente pasaron a estar disponibles en Siria, aparentemente de un día para otro, por lo que se apodó a la transformación “la beirutización de Damasco”. La retirada de las tropas también frenó la influencia de ciertas figuras sirias que habían creado un monopolio de un sistema de influencia similar a la mafia en Líbano, como el ex-vicepresidente Abdul Halim Jaddam, quien, después de haber perdido el poder en Siria y en Líbano en el verano de 2005, se pasó a la oposición hacia finales del mismo año. 

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